LA ENANITA DEL AMOR
Por José Navas
Eusebia Mollo tiene 52 años y mide 84 centímetros: es la cantante folclórica más pequeña del mundo. Un cronista acompañó a esta diminuta soprano durante una gira de conciertos en los barrios populares y los pueblos más alejados de Perú.
Eusebia Mollo Pachao es la cantante folclórica más pequeña del mundo. Con 84 centímetros, no existe soprano más chiquita que esta arequipeña nacida en las faldas del volcán más grande de Perú: el Misti. Pero a ella no le importa demasiado el título. Le parece que es sólo una anécdota más.
Estamos en su casa, al norte de Lima, y me dice que lo que realmente le preocupa es la dificultad que tiene para desplazarse en un escenario de 20 metros cuadrados, rodeado de parlantes que superan el metro y medio de altura. Eusebia está cansada, sobre todo de los niños que no entienden cómo una señora con cara de grande y con arrugas puede vestir una falda que bien podría acomodarse en la cintura de una niñita de cuatro años.
Sentada en una sillita azul, de esas que utilizan en las guarderías, habla sobre sus 25 años de trayectoria artística y dice que jamás le han hecho un homenaje a su medida, a la medida de una gigante de la canción. Me dice también que la gente la convoca no sólo para que demuestre su talento vocal, sino que a los asistentes les gusta creer en lo increíble: les fascina observar como La Enanita del Amor —así la llaman— aún tiene fuerza, a pesar de sus 52 años de vida, a pesar de la osteoporosis, del hígado inflamado y de la diabetes.
La Enanita del Amor se ha convertido en una estrella en Perú cantando huaynos, un género que existe desde hace cientos de años en la cordillera de los Andes. El huayno se baila en pareja, con giros y movimientos a partir de pequeños saltos y zapateos que marcan el ritmo. Los instrumentos que se utilizan son la quena, el charango, el arpa y el violín y, por supuesto, la voz de una soprano que canta en quechua.
—El huayno es una forma de retorno. La gente de la sierra que emigró a la capital siempre recuerda a sus pueblitos con el huayno —dice.
—¿Cantarías otras cosa? —le pregunto.
—Yo no podría cantar otra cosa más que un huayno. Lo más difícil no es la interpretación, el vestuario es lo que cuesta. Yo soy chiquita y no es fácil conseguir faldas para mí, porque son muy caras.
—¿Cuánto cuestan?
—Cada una puede valer más de 500 soles (180 dólares).
—¿Cuántas faldas tienes?
—Sólo cuatro, no hay dinero para más.
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Una semana ha pasado desde mi primer encuentro con Eusebia. Es viernes de primavera y la soprano parte en bus junto a su único hijo, Miguel Ángel. El muchacho tiene 12 años y es dos veces más grande que ella. Van hacia San Juan de Chullín, un pueblo que se encuentra en la región Ancash, en la sierra del Perú, muy cerca a la cordillera de los Andes. Ambos se acomodan en un taxi que los lleva al terminal terrestre. Miguel toma de la cintura a Eusebia y la alza hasta que sus pies llegan al piso del Station-Wagon blanco. Una vez dentro, el chofer mira por el espejo retrovisor y reconoce a Eusebia: “¿Usted es la que salía en la televisión?”, le pregunta.
Eusebia nació en 1957 en Machahuay, Arequipa. A los cuatro años dejó de crecer, pero sus padres se dieron cuenta de su enanismo cuando se hizo adolescente. Los niños serranos le gritaban: “Muttu egeggo”, que en quechua significa enana. Meses antes de tener 15 años, dejó su casa y se fue a Lima. Su padre y su madre ya estaban muertos y sus siete hermanos, uno a uno, se esparcieron por toda la cordillera. Su idea era irse de Machahuay, un lugar sombrío, sin posibilidades para una artista, lleno de pobreza y de cactus. Eusebia era muy grande y Machahuay muy pequeño.
Ya en Lima, una folclorista la escuchó en una audición radial y no dudó en hacerla su discípula. La maestra se llamaba Pastorita Huaracina, una artista originaria de Ancash. “En el huayno la mujer pisotea al hombre”, le decía Pastorita Huaracina, quien recorrió casi todo el país junto a su discípula. Las dos cantaban en las explanadas de los nevados y en las cimas de los cerros.
En la década de los ochenta el terrorismo se apoderó de Perú. Y con éste llegaron los programas cómicos que distraían a los peruanos heridos y fue entonces cuando Eusebia pasó ocho años de su vida en la tele. Se vestía de monjita, por ejemplo, y con un garrote de plástico “castigaba” a los políticos más corruptos y embusteros de esos tiempos.
“Abandoné la tele luego de ocho años. No he ganado mucha plata, pero tengo una casa propia y no me quejo. Ahora el canto es mi vida. Tengo siete discos y tres dvd”, le responde al taxista.
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San Juan de Chullín es un pueblo de 675 habitantes que está escondido en uno de los cañones de la Cordillera Negra, en la sierra peruana. Es un lugar tan pobre que 40% de los niños que viven ahí están desnutridos, sólo se alimentan de trigo y yuca. No hay dinero para una dieta balanceada, pero sí sobran billetes en los bolsillos de los campesinos que están dispuestos a embriagarse durante una semana. Los cerros que se miran desde este poblado abandonado por el gobierno son explotados por las mineras internacionales. La paradoja está en el aire: San Juan de Chullín es miserable y a su alrededor se encuentra la riqueza incontable: toneladas de oro y de cobre. Aun así la gente ha sabido ahorrar para la fiesta patronal y por eso han invitado a Eusebia.
—¿Mamá, de qué planeta es ella? —pregunta un niño de siete años.
—Ella es una artista, es cantante y le dicen La Enanita del Amor —le responde su madre.
Eusebia y Miguel Ángel se han adelantado a la presentación central que será el domingo en la noche, en la única escuela de San Juan de Chullín que está montada sobre una loma. Esta vez dormirán en un catre angosto, en una habitación sin luz y sin agua. Eusebia acomoda su vestuario en el cuarto de cemento escarchado y decide salir, porque aún es de día.
Afuera, en las calles del pueblo, un carnaval de disfrazados ha tomado de rehenes a tres ovejas y dos llamas. Miguel Ángel sonríe al ver cómo un grupo de borrachos se besa con los animales. Los habitantes del pueblo matarán ese ganado en honor de su madre. Eusebia está sentada a los pies de un árbol, desde ahí participa con las palmas y con esa risa de dientes perfectos, dientes de artista de televisión.
Al día siguiente se presenta frente a un público hostil. Ella dice frases en quechua, mientras que los hombres beben cerveza con sed salvaje. Casi todos están borrachos. Pronto se empiezan a poner agresivos y la cantante sabe que es hora de partir. Se despide de su gente. Miguel Ángel mira todo sin sobresaltarse.
Un taxista ancashino la espera a las afueras del pueblo. El conductor, felizmente sobrio, le pide un autógrafo y ella le pregunta su nombre. José Coropuna, dice el dueño del Cadillac rojo. Eusebia le escribe en quechua: “La dama del huayno no abandona a su gente, seguiré cantando para ti, José”. Del terminal terrestre de Ancash toma un bus a Lima que, tres horas más tarde, bordea gran parte de la costa norte de Perú. Eusebia mira el mar desde la ventana. En el bus que viajan la pequeña madre y su hijo no hay aire acondicionado ni calefacción, las ventanas no se pueden correr y la estabilidad del vehículo parece estar amenazada por el difícil camino de trocha. Eusebia ha decidido aventurarse en ese bus porque está ahorrando dinero para techar su casa.
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Dos meses han pasado desde la presentación en San Juan de Chullín y ahora, de nuevo en la húmeda Lima, Eusebia canta en el Mercado de Acho, que se encuentra de espaldas a la única Plaza de Toros de Lima, en el distrito del Rímac, el más antiguo de la capital. Antes de empezar su presentación, se queja por tener que cantar en un lugar que aún huele a carne cruda, en un piso lleno de verduras y de limones podridos.
—¿Cuál ha sido el lugar más peligroso en el que te has presentado? —le pregunto.
—En el cerro San Cosme —responde.
San Cosme es uno de los lugares más terroríficos de Lima. Ubicado a menos de dos kilómetros del Palacio de Gobierno y de la Catedral de Lima, es un cerro donde viven más de 24 mil personas y 2% de ellas están infectadas por el bacilo de Koch. Pero eso no fue impedimento para Eusebia: “Yo canto donde me llaman, yo voy donde me necesitan”, dijo entonces. Y a pesar del frío se subió al escenario y cantó. La gente tosía y luego coreaba su nombre y luego volvía a toser. El concierto empezó a las 11 de la noche y terminó a las tres de la madrugada.
—Pocos cantantes se atreven a ir a San Cosme.
—Yo me entrego en el escenario desde el principio hasta el fin de mis conciertos. Monto un espectáculo. Pero tampoco me quedo hasta las últimas. Siempre ando con mi hijo Miguel, y él está en el colegio y no puede perder clases ni horas de sueño.
—¿Y el padre de Miguel?
—Soy madre soltera, siempre he sido soltera…
—¿Cómo se dice soltera en quechua?
—Sapan tiyaq.
Eusebia ha cubierto con un gran velo su pasado amoroso. Sólo confiesa que en 1995 conoció a un hombre que la embarazó y del que nunca más tuvo noticias. Al año siguiente nació Miguel Ángel, que ya es un adolescente que acompaña a su madre a todos lados. Le carga el neceser de cosméticos y el maletín donde guarda el vestuario. En cada presentación no le quita los ojos de encima. Sabe que en muchos conciertos la gente se desborda y a veces la sangre corre por la pista de baile.
Como ocurrió una noche de 1994, en la selva. La habían contratado para cantar en el caserío de San Francisco, en la región de Ayacucho. Eusebia recuerda que la oferta económica fue tal que abandonó un viaje a Estados Unidos que le ofreció la colonia de peruanos en Nueva York. “No sé si el que me contrató fue un narcotraficante, ahora que lo pienso puede ser. La cosa es que el dinero me convenció y partí para San Francisco”, dice. Lo que encontró ahí, en una explanada inmensa, fue a más dos mil personas que coreaban su nombre. Los hombres sin camisa y armados, las mujeres ebrias y aceleradas. Eusebia subió al escenario, sin saber que en aquel lugar abundaban terroristas camuflados y narcos exhibicionistas. Cantó más de una hora, ahogada por el calor selvático, y cuando iba por la última canción, un sonido seco la distrajo. Sólo se acuerda que vio a un hombre con el torso agujereado que brillaba en el piso. “Me despedí, me asusté mucho. No volvería más a ese lugar”, dice.
También recuerda la imagen más extraña de ese concierto: antes de irse vio a un adolescente sin playera que cantaba “El borracho”, una de sus canciones. El chico murió cantando.
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En Argentina hay un grupo de enanos que tocan cumbias, pequeños artistas que se hacen llamar Los Grossos. Aparecen mucho en televisión y no les molesta cuando les dicen que lo freak genera rating. No hacen folclor, no compiten con Eusebia, pero son mucho más famosos que ella y su popularidad radica en el morbo que producen sus canciones. Lo mismo sucede en España, donde hay decenas de agencias que ofrecen shows de cantantes pequeños. Enanos Boys es uno de los grupos más populares, pero es más de lo mismo. Pequeños bufones que dan alaridos un par de minutos y luego se quitan la ropa y se quedan en calzoncillos.
El artista más pequeño del planeta era, hasta hace unos meses, Nelson de la Rosa. Un dominicano de 39 años. Medía 54 centímetros de altura y fue certificado desde 1990 hasta 2007 en el libro Guiness. Era un bailarín ocurrente que aparecía en muchos videos musicales. Desde que murió, todo parece indicar que va a ser reemplazado por He Ping-ping, un muchacho de Mongolia que tiene 19 años y que mide sólo 73 centímetros. Dicen que cuando nació, He Pingping era del tamaño de la palma de un adulto. Sin embargo no canta, ni piensa en conciertos, ni tiene el talento de Eusebia.
El día de nuestra última charla ella está sentada en el sillón de su living. La miro y pienso en la comodidad de su postura. Todo su cuerpo cabe en un cojín. Sus pies ni siquiera se salen del marco del sofá. Imagino una cama de cuatro cuerpos o un inmenso almohadón en donde podría caber una persona de un metro ochenta.
—¿En dónde van a publicar estas fotos que me toman? —pregunta.
—Aún no tenemos ni idea —le digo.
—Qué raro. ¿Entonces para qué viajan conmigo y me hacen preguntas?
—Algo saldrá de todo esto. Sobre tu vida se podría hacer una película.
—Qué estás diciendo. Yo sólo converso con ustedes porque me caen bien. Porque eso de ser la cantante más pequeña del mundo no me va a cambiar la vida. ¿O me va a hacer millonaria?
Se ríe y luego se baja del sillón, con prisa. Está cansada de hablar y se le hace tarde. En efecto su vida no cambia: tiene que prepararse para un nuevo concierto.
EJERCICIO
1.- Describa en cinco líneas qué es lo que se cuenta en la historia.
2.- Cuántas fuentes humanas y documentales tiene la historia.
3.- Descríbalas.
4.-Cite textualmente la descripción que le parece mejor elaborada y diga por qué.
5.- Cite textualmente el párrafo que le parece mejor elaborado y diga por qué.
6.- Describa en cinco líneas lo que usted aprendió de este ejercicio.
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