08
Feb
10

¿un diario Extra gobiernista?

Patético. ¿Un diario Extra gobiernista? Así han definido los estrategas de Carondelet a su nuevo proyecto mediático de sacar un “periódico público popular”, o sea, un PPP o un triple P.

Pero no me extraña. Si ya tienen canales públicos populares como TC, Gama TV y Ecuador TV, ¿qué hay de nuevo en esa propuesta? Si ya tienen radio “pública”, radio Universal y toda la cadena mediática ex Isaías y ex Aspiazu, si ya tienen periódicos, agencias, cadenas, enlaces…

Tampoco me extraña la incoherencia de la cúpula del poder politico, la misma cúpula que hace dos años decía que el Extra es un periódico que vende sangre, que pone desnudas para vender, que hace daño a la imagen de la mujer, que afecta a la dignidad de la gente pobre…

Así que no veo demasiada dificultad en hacer un diario Extra gobiernista. Si algún talento tienen los de la cúpula del poder político es elegir para sus proyectos propagandísticos (disfrazados de mediáticos) a la gente que le puede ser más útil.

Y, claro, ya se conoce que quienes están haciendo el proyecto tienen experiencia justamente en el manejo de diario Extra, de donde fueron super gerentes de publicidad y ventas y super editores.

Y seguramente contarán con la asesoría de quienes manejan Gama y TC con el mismo sentido populachero (que no es lo mismo que popular) que lo hacían los anteriores propietarios: atacando a sus críticos, usando los espacios informativos en su beneficio, difamando, ridiculizando, llenando la cabeza “del pueblo” con sangre y beneficencia de los doctores muerte y las reporteras del drama.

Hagan el Diario Extra gobiernista. Junten a sus geniales productores, recojan la información de sus canales,  radios y  periódicos. Farandulícenlo todo. Pásenlo al papel.

¿Qué esperan? Ah, pero eso sí: al menos confiesen que para recuperar popularidad (que no es lo mismo que credibilidad) necesitan usar los mecanismos de la “prensa corrupta”, sí, la misma que tanto dicen combatir.

El triple P o diario público popular será un nuevo producto de la “pornomiseria”, pero no solo  pornomiseria mediática, sino política.

Con todas las letras.

07
Feb
10

jon lee anderson, el heredero de kapuscinski

Al periodista Jon Lee Anderson, nacido en Estados Unidos en 1957, se lo ha llamado “el heredero de Kapuscinski”, en referencia al legado que dejó el gran maestro polaco fallecido hace tres años.

Y es cierto. Porque Anderson sigue el camino trazado por Kapuscinski para hacer periodismo: ir, ver, comprender, sentir, contar…

Pero también es un poco John Reed, un poco Ernest Hemingway, un poco Graham Greene, extraordinarios cronistas de la historia contemporánea.

Para escribir su memorable biografía del Che Guevara, por ejemplo, Anderson pidió permiso al Gobierno de Cuba para acceder a los archivos secretos, recorrer los lugares donde estuvo el Che y hablar con quienes lo conocieron.

En La Habana, donde Jon vivió tres años para tomar notas y recopilar documentos, mantuvo intensas conversaciones con Aleida March, viuda del Che, quien durante tres décadas había mantenido un silencio casi religioso y reverencial acerca de su ex marido.

La prolijidad con la que trabajó hizo de esa una obra monumental ‘Che Guevara, una vida revolucionaria’, está catalogada como la mejor biografía que se haya escrito sobre el mítico guerrillero.

Uno de los grandes méritos de Anderson, como reportero, es que su ideología de izquierda no se refleja en sus crónicas porque, sencillamente, lo que él hace es contar lo que ve y lo que puede probar. No opina ni pontifica. Las conclusiones -suele decir- las tiene el lector, no yo.

Como expresa el escritor mexicano Juan Villoro, “Anderson es fiel a las partes que se disputan la veracidad de una historia. En todos los casos ofrece pros y contras. El perfil de Pinochet, personaje que contraviene sus convicciones democráticas, está construido con declaraciones de sus allegados y personas más cercanas.

“Anderson -continúa Villoro- se esfuerza por dar voz a quienes pretenden humanizar a Pinochet (y, sin embargo), el resultado es más dramático que el de una crítica militante de izquierda. Aún bajo la mejor luz , Pinochet es un sátrapa”. El “gringo feo”, como él mismo se llama, reside con su esposa y tres hijos en Inglaterra, pero decir “reside en Inglaterra” lleva un poco de mentira: en realidad recorre el mundo en busca de cosas por contar, acompaña a los protagonistas de las historias, cuenta la vida desde la misma vida.

¿Cómo es Jon Lee Anderson? El catedrático colombiano Jaime de la Hoz lo describe así en www.saladeprensa.org:

 “Anderson se expresa en impecable español. No hace mucho esfuerzo para los verbos. Arrastra la erre más de lo debido y de vez en cuando suelta un ‘coño’ cubano para enfatizar sus gestos. En ocasiones, por su sentido del humor, desparpajo e irreverencia, podría parecer un latino, pero lo delatan sus casi dos metros de estatura, su mandíbula de Marlon Brando y la mirada de Anthony Perkins en ‘Psicosis’. Es el típico gringo que cualquier latinoamericano confundiría con un guitarrista de una banda roquera resucitada de Woodstock”.

 Anderson se considera a sí mismo “un simple reportero” y trabaja como tal en la revista estadounidense The New Yorker. Durante tres años viajó una y otra vez a Iraq para contar la invasión norteamericana.

La primera vez que viajó, su esposa Erika le dijo que “al menos tratara de volver en un pedacito”. Regresó con un libro magnífico: ‘La caída de Bagdad’.

¿Qué sintió el reportero Jon Lee Anderson frente a esa guerra cruel y desigual? Él no opina, solo describe, solo narra: “En un palacio en ruinas, un soldado estadounidense, incapaz de distinguir lo público de lo privado, defeca con tranquilidad sobre una lata de leche, mientras lee la revista Playboy”.

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ALGUNOS TEXTOS

SOBRE LA CUBA DE FIDEL.

“Este país es una mezcla surrealista de coerciones oficiales e individualismos recalcitrantes. Muy similar al mar que abraza la isla, su atmósfera es lírica y melancólica, liberadora y opresora”.

SOBRE EL CHILE DE PINOCHET: “Hace años se descubrieron los cadáveres de un centenar de ejecutados por los militares, metidos de cualquier manera en una fosa común. Pinochet comentó con humor macabro: Quien los haya enterrado hizo un servicio a la Patria ahorrando clavos”.

SOBRE GARCÍA MÁRQUEZ: “Gabo había escrito que los aviones que bombardearon La Moneda durante el golpe contra Allende estaban pilotados por yanquis que habían entrado a Chile disfrazados de trabajadores de un circo aéreo. El novelista que lleva dentro modifica la realidad para que coincida con su imaginación”.

SOBRE EL CHE GUEVARA: ”El Che llegó a Bolivia en 1966 sin ser invitado, convencido de que la dirección comunista boliviana no retrocedería ante la guerra de guerrillas inminente. Esta vez, el error resultaría fatal”.

06
Feb
10

¿medios públicos? hummm…

Atribuirse la propiedad (¿privada?) de los conceptos y las categorías es un acto de deshonestidad intelectual y política.

Y es mucho más deshonesto cuando (por ingenuidad o complicidad) se proclaman “públicos” los medios claramente alineados desde lo gubernamental.

Una característica esencial para “construir” (como dicen los ideólogos de moda) un medio público es su absoluta distancia de la agenda del poder oficial.

A partir de esa distancia, que tiene directa relación no solo con los contenidos sino con la administración de sus recursos, los medios públicos se convierten en auténtica expresión ciudadana, no en un arma para que el poder de turno consolide sus estrategias propagandísticas y ataque a sus críticos.

Y al decir “auténtica expresión ciudadana” no estamos hablando del tradicional concepto de “dar voz a los que no tienen voz” -¿quiénes somos nosotros para elegir y decidir a quién conceder la palabra?- sino de narrar la diversidad de opiniones, puntos de vista, sentimientos y maneras de entender la vida de todos los que integran la sociedad.

Un medio público, por tanto, debe ser la síntesis de lo plural, de lo diferente, de lo ciudadano, de lo deliberante, de la no unanimidad o de la “otredad”, como suelen decir los teóricos que no aplican sus tesis cuando enfrentan la realidad.

Un medio público se diferencia de los otros (privados, comerciales o neoliberales, según los estigmas en boga) en que las audiencias y la sociedad en su conjunto participan desde adentro, activamente, en el proceso editorial.

A partir de esa participación activa, con decisiones y acciones concretas, el medio público relata la vida cotidiana desde la gente y no desde la presunta mirada lúcida y mesiánica de supuestos intérpretes de los hechos.

Un medio público establece y vigila los grados de responsabilidad de quienes conducen el Estado, es un espacio para la rendición de cuentas del poder y expresa, sin discriminaciones ideológicas, el derecho de los ciudadanos -no del poder- a fijar las reglas para un diálogo abierto y horizontal con quienes gobiernan.

Un medio público tiene la obligación de crear, promover y motivar grandes debates democráticos alrededor de los temas que más interesan a la sociedad y en los que está en juego la profundización de una sociedad plural.

Pero nada de eso es posible cuando quienes tienen la responsabilidad de “construir” el medio público lo hacen a espaldas de los intereses de los ciudadanos, toman decisiones “independientes” con la autorización del poder político y hablan de una supuesta autonomía periodística pero no abren los espacios de opinión a quienes piensan distinto. Es decir, hacen justo lo que tanto critican de la “prensa corrupta”.

¿Hay medios públicos en Ecuador? Hummm…

01
Feb
10

el periodismo según Tomás Eloy Martínez

Lunes, 1 de febrero 2010

Ahora que ha muerto el maestro, dejo para los expertos el análisis de la obra literaria de Tomás Eloy Martínez y, más bien, quiero reflexionar sobre el periodista Tomás Eloy Martínez.

O, mejor dicho, propongo recuperar algunas reflexiones de Tomás Eloy Martínez  sobre el periodismo en estos tiempos en que nuestro trabajo está bajo sospecha.

Era implacable cuando hablaba de periodismo. En una de sus últimas entrevistas declaró, sin tapujos, que los periodistas de hoy están mejor preparados académicamente, pero que ya no tienen pasión, el condumio esencial para ejercer el oficio.

En otra intervención pública, hace seis meses, expresó que no entiende por qué muchos periodistas no asumen que la herramienta del lenguaje, bien manejada, es esencial para que los lectores no solo nos comprendan sino que sientan como propias las historias que les contamos: “Pensar y enriquecer la lengua para comunicar mejor -decía- porque la esencia del periodismo nunca se pierde cuando el desafío sigue intacto: estimular el pensamiento del lector”.

Apasionado de la crónica como el género fundacional del periodismo, recibió los premios de mayor trascendencia en el mundo hispano, entre ellos el Ortega y Gasset, que cada año concede Diario El País de Madrid a los grandes periodistas. 

En esa oportunidad, el jurado destacó a Martínez como un “maestro de periodistas, que ha ejercido el oficio en circunstancias difíciles para su país y ha marcado con su excelencia una de las más brillantes carreras del periodismo en lengua castellana”.

Martínez vivió por y para el periodismo. Durante sus 5o años en el oficio, pasó por La Gaceta, de Tucumán (la ciudad donde nació), La Nación (con críticas de cine, en especial), Primera Plana y La Opinión.

Con más proyección mundial, gracias a su excelencia periodística, ensayística y literaria, llegó a ser columnista de los diarios El País, The New York Times, entre los más importantes.

En la ceremonia de entrega del premio, en junio pasado, resaltó la vigencia del filósofo Ortega y Gasset: “El nombre de Ortega tiene una especial resonancia para el periodismo. Él nos enseñó a pensar. Fue un maestro del pensamiento. Nos enseñó a vernos sin complacencia. Así tiene que ser el periodismo”.

Crítico de tendencias y modas pasajeras, a las cuales no les concedía ningún futuro ni relevancia, decía que el periodismo está perdiendo la capacidad de asombro y la curiosidad: “Hoy percibo en los medios cierta ligereza en el tratamiento de algunos temas, grandes vacíos en la investigación, a pesar de que el periodismo contemporáneo corre con ventajas, porque todas las herramientas están en Internet”.  

“El rumbo para el futuro -añadió- es el periodismo de calidad, consciente de su responsabilidad cívica y moral y del lector al cual se dirige. No existe una sola verdad. Hay múltiples verdades; tantas como seres humanos”. 

Y concluyó: “Así como los buenos gobiernos persisten en la memoria por su relación con la cultura  hace falta un periodismo culto, no panfletario. Para eso se necesitan personas cultas. El amor por la cultura sólo nace en la gente culta y se irradia a la sociedad donde uno escribe”.

¿Homenajes a Tomás Eloy Martínez? Sí, pero no desde la retórica sino desde el trabajo cotidiano.

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Los hechos de la vida

Por Tomás Eloy Martínez

Hace tres décadas, durante el apogeo de la investigación de The Washington Post sobre el caso Watergate, lo que ya entonces se conocía como nuevo periodismo alcanzó su punto de máxima influencia y credibilidad. Se puede disentir con lo que después hicieron Carl Bernstein y Bob Woodward, autores de aquellos memorables relatos impecablemente investigados, pero no con la decencia, la tenacidad, la eficacia en la información y la calidad en la narración que exhibió el Post al anudar los hilos de aquella historia.

Desde entonces, el periodismo narrativo ha tropezado y ha caído más de una vez, en los Estados Unidos y en otras latitudes, acaso por haber olvidado que narración e investigación forman un solo haz, una alianza de acero indestructible. No hay narración, por admirable que sea, que se sostenga sin las vértebras de una investigación cuidadosa y certera, así como tampoco hay investigación válida, por más asombrosa que parezca, si se pierde en los laberintos de un lenguaje insuficiente o si no sabe cómo retener a quienes leen, la oyen o la ven. Solos, una y otra

son sustancias de hielo. Para que haya combustión, necesitan ir aferrados de la mano.

Los problemas que afectan la calidad del periodismo, sea o no narrativo, son más o menos los mismos tanto en este continente como al otro lado del Atlántico. Desentrañar por qué han sucedido y pueden seguir desencadenándose es el tema de mi reflexión. Mal podré exponer de dónde venimos si no reconozco primero el camino hacia donde vamos.

Véase lo que sucedió con la historia de Watergate, en la que dos periodistas jóvenes, en pocos meses, alcanzaron notoriedad universal al desatar algunos nudos de corrupción y abuso de poder. Todo empezó por algo en apariencia insignificante: un robo en las oficinas del partido político de oposición. Y terminó con un hecho notable: la renuncia forzada del presidente de los Estados Unidos. El punto de partida era ínfimo; el resultado, en cambio, fue espectacular.

Una lectura superficial de ese fenómeno hizo que muchos llegaran a conclusiones también superficiales. Si un incidente pequeño podía, por obra y gracia de los medios, transfigurarse en una historia mayor, entonces escándalo. El periodismo narrativo parecía perfecto para alcanzar ese fin. Los dramas bien contados podían conmover e hipnotizar a millones. En cuanto a la investigación, se llegó a pensar que era legítimo tejer trampas aquí y allá, corregir sutilmente la dirección de ciertos hechos, agrandar otros, inventar testigos, multiplicar las gargantas profundas. Así fue convirtiéndose en mercancía lo que es, esencialmente, un servicio a la comunidad. Se confundió a los lectores, espectadores y oyentes con una muchedumbre de alfabetos a medias, cuya inteligencia equivalía a la de un niño. En ese juego, el periodismo perdió mucha de su credibilidad y casi toda su respetabilidad.

Me di cuenta por primera vez de que algo grave estaba sucediendo cuando, en el Festival de cine de Cartagena de Indias de 1997, un periodista novato, empuñando un micrófono como si fuera la pistola Beretta de James Bond, se acercó a Gabriel García Márquez y le preguntó si era verdad que iban a filmar en Hollywood su último libro. ¿Cuál libro?, preguntó García Márquez, con genuina curiosidad. Pues cuál va a ser, el último, dijo el jovencito. ¿Y cuál es el último?, insistió el autor que meses antes había publicado Noticia de un secuestro, a sabiendas de que se venía lo peor. Pues cuál va a ser: ése que llaman Cien años de soledad, explicó el muchacho, con un aplomo que nunca vi en Norman Mailer ni en Tom Wolfe. No he sabido más del interrogador, que fue enviado aquella noche de regreso a la escuela, pero todos los días veo a muchos que se le parecen en las pantallas de televisión de mi país, Argentina, o en las radios que cazo al vuelo cuando doy vueltas por América Latina.

Suele evocarse con melancolía y con la admiración que se siente por lo que no se tiene aquel periodismo de los tiempos en que empezó todo, hacia fines de los años cincuenta. Creo decididamente que ese periodismo no era tan bueno como el que se podría hacer ahora, porque hay más talentos que entonces y, los que hay, están intelectualmente mejor preparados. Lo que sucede es que no sólo van quedando pocos lugares donde publicar lo que se quiere escribir, sino que a la vez (y lo uno va con lo otro) cada vez hay menos empresarios dispuestos a arriesgar la paz de sus bolsillos y la de sus relaciones creando medios donde la calidad vaya de la mano con la riqueza y la sinceridad de la información.

Informar bien cuesta mucho dinero, porque requiere invertir un tiempo para el que a veces no basta una sola persona, e informar con honestidad roza con frecuencia intereses ante los que se preferiría estar ciego.

A diferencia de lo que sucedía hace un siglo, el periodismo es un árbol con más ramas de las que se ven. Hace ocho décadas nació, incipiente, el periodismo de las radios, hace medio siglo el de la televisión y hace poco más de una década el periodismo de internet. Casi durante el mismo tiempo se ha pronosticado la decadencia y caída del periodismo gráfico, que ha ido asumiendo formas inesperadas, como para desmentir los vaticinios fúnebres de las encuestas. En la reunión que celebró la Asociación Mundial de Periódicos en Seúl, a fines de mayo pasado

pensaron algunos que había que salir en busca del

donde la preocupación central fue la proliferación de los webblogs como ejercicios descontrolados de periodismo masivos publicada por The Wilsonian Quaterly, una revista de la Universidad de Princeton.Allíse sostenía que, dado el acelerado avance de la revolución tecnológica, el periodismo tradicional sucumbiría en el año 2040. Con sorna, el presidente de la compañía de The New York Times, Arthur Sulzberger, respondió: Ya que tratamos de ser precisos, ¿por qué no somos todo lo precisos que el periodismo nos permite? ¿Por qué decir que moriremos en 2040? Digamos, más bien, que moriremos el 16 de abril de 2040, y que eso sucederá a las seis de la tarde. ¿No les parece?

Lo que está enfermando a la profesión periodística es una peste de narcisismo. Lamento coincidir en ese punto con el australiano Rupert Murdoch, que tanto daño ha causado comprando medios sólo para degradarlos y venderlos después.

Una inmensa parte de las noticias que se exhiben por televisión están concebidas sólo como entretenimiento o, en el mejor de los casos, como diálogos donde las preguntas no están sustentadas por información. Y entre las radios y los periódicos se ha creado un atroz círculo vicioso para que éstos publiquen, a su vez, las reacciones de esos personajes, y así hasta el infinito.

La fiebre exhibicionista ha creado escándalos como el de Janet Cooke, la periodista que ganó un Pulitzer en 1981 por una serie publicada en el mismo Washington Post del caso Watergate por contar la historia de un niño de ocho años que se inyectaba heroína con el consentimiento de la madre. La historia era falsa y Janet Cooke tuvo que devolver el premio, pero ya había cometido el grave daño de contarla muy bien, con lo que sembró la semilla de una plaga que dio muchos frutos desde entonces.

En 1998 el semanario The New Republic despidió a Stephen Glass, su editor principal, porque lo descubrió inventando datos, citas o personas en 27 de sus 40 últimos artículos. El más famoso y letal de todos fue el fruto que nos dio a comer Jayson Blair, reportero estrella de The New York Times, quien entre los años 2002 y 2003 investigó por todos los Estados Unidos una docena de noticias apasionantes sin moverse de su escritorio, plagiando el trabajo de otros o rellenando los huecos informativos con delirios de su propia invención. Al afán de la gloria fácil Blair unió el pecado de la pereza, que es el pecado capital de todo buen periodista, y con el solo arte de su indolencia descabezó de un soplo a la plana mayor de editores de su periódico.

El periodismo narrativo les parece a muchos el atajo más fácil y productivo hacia la fama, y quién sabe cuántos Jayson Blairs de este mundo caen en la tentación de hacerlo como fuera, mal o peor, para progresar rápido en la profesión, pero también hay que advertir que esos orgullos individuales prosperan porque suelen estar alimentados por la codicia de editores que los estimulan para aumentar las cifras de venta o los rátings de audiencia o los favores del

mercado. A veces los editores no caen por codicia sino por ingenuidad. Les llega una pequeña historia en apariencia bien contada, pero llena de tics que son imitación de cronistas con un lenguaje propio, y la publican para cumplir con la cuota obligatoria de narración, sin verificar si esa historia refleja una tragedia mayor o se reduce, simplemente, a una anécdota que aspira a ser pintoresca. Eso también aleja a los lectores, porque en el fondo, es entretenimiento trivial, medalla para saciar el narcisismo de alguien que ha soltado en ese relato sus gotitas de talento imaginario, sin averiguar en qué contexto social suceden las cosas, o si lo que está narrando sucede a la vez en muchas otras partes.

Las cinco o seis W del periodismo convencional no tienen ya que ir en el primer párrafo, pero tienen que aparecer en alguna parte, porque son la columna vertebral de todo buen texto: dónde, cuándo, cómo, para qué, por qué, quién.

Por supuesto, hay periodismos brillantes a los que nadie les ha encontrado mancha alguna. Para mí, un modelo a imitar es el de Seymour Hersh, escritor del semanario The New Yorker que fue el primero en desenmascarar las atrocidades del ejército norteamericano en Vietnam al contar la matanza de los aldeanos de My Lai y el primer también en sacar a la luz los abusos de la cárcel de Abu Ghraib. Seymour Hersh ha salido airoso de todos los intentos por desprestigiarlo, y ha demostrado, una vez y otra, que el mejor periodismo narrativo se fundamenta en la investigación. Esa señal de eficacia superlativa sólo es posible cuando los textos se trabajan con tiempo y con recursos.

Con esa filosofía están creciendo en influencia periódicos como The New York Times, Los Angeles Times, El País de Madrid, The Washington Post y The Guardian de Londres, que publican por lo menos siete a doce grandes piezas de relato todos los días, y entre ellas no cuento las de las páginas de Deportes, donde casi todo está narrado.

Los diarios de América Latina son, en su mayoría, reticentes a ese cambio mayúsculo. Conozco a empresarios que se afanan en competir con la televisión e Internet, lo que me parece suicida, publicando píldoras de información ya digeridas u ordenando infografías para explicar cualquier cosa, como si tuvieran terror de que los lectores lean. Ese esquema ni siquiera tiene éxito en los diarios gratuitos, que son el gran éxito comercial de la última década. Metro Internacional, como se sabe, lanza 56 ediciones en 16 lenguas, y se distribuye en 17 países y 78 ciudades, con una distribución total diaria de 15 millones de ejemplares, pero ha fracasado en Buenos Aires porque todo lo que decía ya estaba desde un día antes en la televisión. El experimento funciona bien donde más narración hay, como sucede en los Metro de Londres y de Frankfurt.

La necesidad de cortejar a los poderes de turno para asegurar el pan publicitario ha convertido a muchos periódicos que nos hicieron abrigar esperanzas de cambio en meros reproductores de lo que dicen los edictos de los gobiernos u ordenan las empresas de propaganda.

Crear una agenda propia es otra de las obligaciones fundamentales del periodismo como acto de servicio a la comunidad, pero hasta The New York Times se olvidó de esa lección elemental cuando empezaron los abusos de la cruzada contra el terrorismo, y las historias de muertos en Irak o de torturas en Abu Ghraib y en Guantánamo fueron lavadas por muchas aguas antes de saltar desde sueltos menudos en la décima página a crónicas bien informadas en la primera.

Quisiera concentrarme ahora en el periodismo escrito, porque es allí donde nació un oficio que, a pesar de tantos embates, todavía está impregnado de pasión y de nobleza. Un periodista que confía en la inteligencia de su lector jamás se exhibe. Establece con él, desde el principio, lo que yo llamaría un pacto de fidelidades: fidelidad a la propia conciencia y fidelidad a la verdad. Alguna vez dije que a la avidez de conocimiento del lector no se la sacia con el escándalo sino con la investigación honesta; no se la aplaca con golpes de efecto sino con la narración de cada hecho dentro de su contexto y de sus antecedentes.

Al lector no se lo distrae con fuegos de artificio o con denuncias estrepitosas que se desvanecen al día siguiente, sino que se lo respeta con la información precisa. El periodismo no es un circo para exhibirse, ni un tribunal para juzgar, ni una asesoría para gobernantes ineptos o vacilantes, sino un instrumento de información, una herramienta para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta.

Hacia comienzos de los años 90, cuando mi país, la Argentina, navegaba en un océano de corrupción, la prensa escrita alcanzó un altísimo nivel de confianza al denunciar con lujo de pruebas y detalles las redes sigilosas con que se tejían los engaños. Eso convirtió a los periodistas en observadores tan eficaces de la realidad que se confiaba en ellos mucho más con mucha mayor razón

Pero la carnada del éxito atrajo a cardúmenes voraces, y casi no hubo periodista novato que no se transformara de la noche a la mañana en un fiscal vocacional a la busca de corruptos. Los focos de corrupción aparecieron por todos lados, por supuesto, pero la marea de denuncias fue tan caudalosa que los episodios pequeños acabaron por hacer olvidar a los grandes y el sol quedó literalmente tapado por la sombra de un dedo. Disimulados entre los ladrones de diez dólares, los grandes corruptos se escaparon con facilidad por los agujeros que había abierto el ejército de improvisados fiscales.

En América Latina nació, como dije más de una vez, la crónica, que es la semilla del periodismo narrativo, pero salvo la tenacidad de unas pocas revistas valientes, esa herencia amenaza con quedar postrada en la negligencia y el olvido.

La historia de la crónica comienza con Daniel Defoe y su Diario del año de la peste, pero el origen de la crónica contemporánea está en los textos que José Martí enviaba desde Nueva York a La Opinión Nacional de Caracas y a La Nación de Buenos Aires en la década de 1880.

Está, casi al mismo tiempo, en los estremecedores relatos de Canudos que Euclides da Cunha compiló en Os Sertoês, en los cronistas del modernismo, como Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal, y en los escritores testigos de la Revolución Mexicana. A esa tradición se incorporarían más tarde los reportajes políticos que César Vallejo escribió para la revista Germinal, las reseñas sobre cine y libros de Jorge Luis Borges en el suplemento multicolor del vespertino Crítica, en los aguafuertes de Roberto Arlt, ejemplares cuando la población total de la Argentina era de diez millones literarios de Alfonso Reyes en La Pluma, los cables delirantes que Juan Carlos Onetti escribía para la agencia Reuter, las minuciosas columnas sobre música de Alejo Carpentier y las crónicas sociales del mexicano Salvador Novo.

Todos, absolutamente todos los grandes escritores de América Latina fueron alguna vez periodistas. Aunque los Estados Unidos han reivindicado para sí la invención o el descubrimiento del nuevo periodismo, de las factions o de las “novelas de la vida real”, como suelen denominarse allí los escritos de Truman Capote, Norman Mailer y Joan Didion, es en América Latina donde nació el género y donde alcanzó su genuina grandeza. Y es en América Latina, sin embargo, donde se insiste en expulsarlo de los periódicos y confinarlo sólo a los libros.

Tal vez hay una confusión sobre lo que significa narrar, porque es obvio no todas las noticias se prestan a ser narradas. Narrar la votación de una ley en el Senado a partir de los calcetines de un senador puede resultar inútil, además de patético. Pero contar algunas de las tribulaciones del presidente pakistaní Pervez Musharraf para entenderse con sus hijos talibanes mientras oye las razones del embajador norteamericano, o describir los disgustos del presidente George W. Bush errando un hoyo de golf en Camp Davis mientras cae una bomba equivocada en un hospital de Jalalabad es algo que se puede hacer con el lenguaje escrito mejor que con el despojamiento de las imágenes.

Por último, no quisiera dejar de lado un principio que los profesionales de estas latitudes suelen olvidar con frecuencia: el valor y la importancia que tiene la defensa del nombre propio. Por lo general, un periodista no dispone de otro patrimonio que su nombre, y si lo malversa, lo malvende o lo pone al servicio de cualquier poder circunstancial, no sólo se cava su fosa sino que también arroja un puñado de lodo sobre el oficio.

Volví a leer no hace mucho, en un periódico de Buenos Aires, una historia de juventud que había olvidado y que, sin embargo, fue la brújula inesperada que rigió, desde entonces, mucho de lo que he hecho en la vida. En marzo de 1961 yo era el responsable principal de las críticas cinematográficas en el diario La Nación y muy pronto, por el rigor que trataba de poner en mi trabajo, me gané el resentimiento de un sinfín de intereses creados. Llevaba ya dos años en esa tarea cuando el diario decidió que, dada la presunta combatividad de mis textos, yo debía firmarlos para demostrar que era responsable de ellos. Primero lo hice con mis iniciales, luego con mi nombre completo. Un año después, los distribuidores de películas norteamericanas decidieron retirar al unísono sus cuotas de publicidad de La Nación , exigiendo, para devolverlas, que el diario pusiera mi pellejo en la calle. La Nación no hacía esas cosas, por lo que al cabo de resistir valientemente la sequía durante una semana, el administrador del periódico me convocó a su despacho. Usted sabe que es un empleado, me dijo. Por supuesto, le respondí. ¿Cómo se me ocurriría pensar otra cosa? Y, como empleado, tiene que hacer lo que el diario le mande. Por supuesto, convine. Por eso recibo un salario quincenal. Entonces, a partir de ahora, uno de los secretarios de redacción le indicará lo que tiene que escribir sobre cada una de las películas. Con todo gusto, repliqué. Espero que retiren entonces mi firma. Ah, eso no, dijo el administrador. Si retiramos las firmas, parecería que el diario lo está censurando. Hubiera tenido cien respuestas para esa frase, pero la que preferí fue una, muchísimo más simple. Entonces, no puedo hacer lo que usted me pide. Mi trabajo está en venta, mi firma no.

Al día siguiente me enviaron a la sección Movimiento Marítimo, en la que debía anotar los barcos que entraban y salían del puerto. Tres días más tarde me di cuenta de que no servía para contable y renuncié. Durante un año entero estuve en las listas negras de los propietarios de periódicos y tuve que sobrevivir dando clases en la universidad. En esa época había los trabajos alternativos que ahora están borrados del mapa.

Volví a La Nación en 1996. Tres años después, a instancias de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano di una charla de mediodía a todos los redactores de ese diario en el que había comenzado mi vida profesional. Habría dejado caer en el olvido todo lo que dije si, al día siguiente, el jefe de la redacción, a quien le comenté el incidente de 1961 cuando ambos éramos corresponsales en París, no me hubiera alcanzado un resumen de doce puntos con el que quisiera terminar este monólogo. Ya imaginan ustedes cuál era el primer punto:

1) El único patrimonio del periodista es su buen nombre. Cada vez que se firma un texto insuficiente o infiel a la propia conciencia, se pierde parte de ese patrimonio, o todo.

2) Hay que defender ante los editores el tiempo que cada quien necesita para escribir un buen texto.

3) Hay que defender el espacio que necesita un buen texto contra la dictadura de los diagramadores y contra las fotografías que cumplen sólo una función decorativa.

4) Una foto que sirva sólo como ilustración y no añada nada al texto no pertenece al periodismo. A veces, sin embargo, una foto puede ser más elocuente que miles de palabras.

5) Hay que trabajar en equipo. Una redacción es un laboratorio en el que todos deben compartir sus hallazgos y sus fracasos, y en el que todos deben sentir que lo que le sucede a uno les sucede a todos.

6) No hay que escribir una sola palabra de la que no se esté seguro, ni dar una sola información de la que no se tenga plena certeza.

7) Hay que trabajar con los archivos siempre a mano, verificando cada dato, y estableciendo con claridad el sentido de cada palabra que se escribe. No siempre, sin embargo, los diccionarios son confiables. Dos de los mejores que conozco, el de María Moliner y el de la Real Academia, sólo corrigieron en 1990 la vieja definición de la palabra día. Hasta entonces, seguían dándola como si aún viviéramos bajo el imperio de la Inquisición. Día, se podía leer, es el espacio de tiempo que tarda el sol en dar una vuelta completa alrededor de la tierra.

8) Evitar el riesgo de servir como vehículo de los intereses de grupos públicos o privados. Un periodista que publica todos los boletines de prensa que le dan, sin verificarlos, debería cambiar de profesión y dedicarse a ser mensajero.

9) La clase política, la clase empresaria y, en general, los sectores con poder dentro de la sociedad, tratan de impregnar los medios con noticias propias, a veces añadiendo énfasis a la realidad. El periodista no debe dejarse atrapar por las agendas de los demás. Debe colaborar para que el medio cree su propia agenda.

10) Hay que usar siempre un lenguaje claro, conciso y transparente. Por lo general, lo que se dice en diez palabras siempre se puede decir en nueve, o en siete.

11) Encontrar el eje y la cabeza de una noticia no es tarea fácil. Tampoco lo es narrar una noticia. Nunca hay que ponerse a narrar si no se está seguro de que se puede hacer con claridad, eficacia, y pensando en el interés de lector más que en el lucimiento propio.

12) Recordar siempre que el periodismo es, ante todo, un acto de servicio. El periodismo es ponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. Y, a veces, ser otro.

30
Ene
10

eso no ocurrió

Uno de los presuntos conceptos periodísticos que siempre me parecieron arrogantes y absurdos era aquel que decía: “No te preocupes. Si eso no se publica en nuestro Diario, no ha ocurrido”.

Cuando ejercí cargos de jefatura de redacción en algunos periódicos muchas veces escuché esa respuesta al pedir a un editor o a un reportero que me explicaran por qué no teníamos determinada noticia relevante aparecida en otros medios.

¿No te preocupes? Omitir un hecho noticioso de interés colectivo no solo es antiperiodístico (porque muchos ciudadanos ya conocen la noticia por otros medios y quieren verificarlo o ratificarlo en el de su preferencia) sino inmoral.

¿Qué derecho nos asiste a los periodistas o a los medios para tomar este tipo de decisiones a espaldas de la realidad, a espaldas de la gente a la cual, supuestamente, nos debemos?

¿Con qué autoridad ética y profesional hablamos de “periodismo ciudadano”, “nuevo periodismo”, “periodismo público” o “periodismo alternativo?

Cualquiera de esos eufemismos tan solo sirven para ocultar que no hacemos periodismo o que lo hacemos mal, porque en este oficio no es asunto de colocar lemas o etiquetas rimbombantes: hacer periodismo es cuestión de hacer periodismo.

Entonces, ¿qué periodismo practican los medios que no publicaron la noticia sobre la detención de Carlos Julio Solano?

A los medios que tantas etiquetas se han puesto -en especial la de “públicos”-, les recuerdo que Carlos Julio Solano es el ciudadano sobre quien cayó todo el peso del poder político y policiaco en un patético episodio en Machala.

Si no vieron las fotografías o las tomas que aparecieron en “la prensa corrupta” (como dirían ustedes) les invito a hacerlo, aunque sea a escondidas: será una buena manera de entender lo que realmente pasa en el país y cuál debiera ser su papel como periodistas.

Si hoy no tuviéramos “prensa corrupta”, como es el ardiente deseo de militantes, intelectuales y funcionarios, no nos habríamos enterado de cómo la revolución trata a sus ciudadanos, de cómo quien debe dar ejemplo de tolerancia y sensatez persigue por las calles a alguien que con un mal gesto de sus manos mostró descontento, de cómo quienes tienen la obligación de proteger la seguridad de los ciudadanos detienen violentamente a una persona, la arrojan al balde de la camioneta policial y presionan su cabeza contra el piso.

Ahora que tanto se habla de controlar, regular y transparentar es el momento de que los medios gobiernistas admitan que sus posibles intenciones de hacer periodismo distinto al de la “prensa corrupta” choca con la razón de Estado, que su papel proselitista no es informar sino propagandizar, que su trágico destino es servir a quienes, desde el altísimo poder, intentan ocultar la realidad.

23
Ene
10

facebook corrupto

¿Que el Facebook es una pérdida de tiempo, que es frívolo, que solo sirve para el chisme y que, incluso, viola la intimidad de las personas?

A esos estigmas muy pronto se añadirá otro: el de corrupto. Tan corrupto como la prensa que investiga, que hurga, que no acepta cualquier versión oficial, que no se intimida aunque todo el aparato oficial intente esconder la basura bajo la alfombra.

Tan corrupto como la prensa que con su trabajo es capaz de mostrar las enormes fisuras del poder, el doble discurso de quienes hablan de justicia y las profundas llagas de una supuesta verdad manejada según los intereses de ese poder.

Por eso, no sería raro que pronto seamos testigos de una cadena de televisión en la que Facebook pasará a formar parte de la prensa corrupta que tanto daño hace a la revolución ciudadana, como suele decir el Gobierno.

Será ese tipo de cadenas donde, supuestamente, se dice “la verdad y nada más que la verdad”, aunque nunca se explique, desde la más elemental honestidad, que lo que allí se expresa son, apenas, fragmentos de verdad asumidos desde el punto de vista de un interés específico.

Y probablemente Facebook será llamado corrupto porque desde el jueves 14 de enero, cuando la joven colombiana Natalia Emme murió atropellada en Quito, el Facebook se ha convertido en un extraordinario mecanismo para convocar a los ciudadanos a defender el más elemental derecho: el respeto a la vida.

Omar Palomeque, amigo de Natalia, es el creador de la página web: “Este es un grupo creado para exigir justicia y apoyar a la familia de Natalia Emme, quien falleció atropellada por un vehículo de la Fiscalía”, escribió.

En apenas ocho días, la página ‘Justicia para Natalia Emme Bedoya’ contaba con 15 000 seguidores. Son ciudadanos que no tienen ningún otro interés que exigir la verdad (la verdadera verdad, digamos para no confundirnos) y para exigir justicia (la justicia justa, digamos para que el poder no juegue con los conceptos).

¿La cadena de televisión los llamará  “actores políticos”, “poderes fácticos” o “conspiradores”?

En el caso de Natalia, la prensa responsable y el Facebook han sido decisivos para canalizar las demandas y el dolor de familiares, amigos, testigos y ciudadanos que asumen la urgencia de luchar contra los abusos del poder.

Por eso, nadie se sorprenda si mañana se habla de Facebook corrupto, pero que quede claro que desde el mimeógrafo hasta el Twitter, lo que importa es el contenido y, sobre todo, la ética con la que se maneja el contenido.

Gracias a eso, Natalia y el Facebook convocan masivamente a los ciudadanos a exigir justicia.

Y eso quiere decir que pese al enorme poder de quienes tienen el poder, es imposible amordazar la dignidad.

19
Ene
10

¿Cuánto nos durará Haití?

Me duele en el Haití, deberíamos responder a la pregunta acerca de por qué los ojos se nos han llenado de oscuridad cuando vemos sin ver  (porque es mejor mirar a otro lado) las imágenes de la desolación, la soledad, el desamparo y el infierno.

Me duele la intensidad de la indiferencia colectiva, la impotencia tan impertinente del mundo, la solidaridad de culpa y no de voluntad, la generosa contribución de lo que ya no nos sirve, la donación de pintas de sangre con tomas de televisión para que aplaudamos al líder político local que se sacrifica, la disputa entre Obama y Chávez por ganar el campeonato mundial del buen samaritano.

No sé por qué los reporteros ecuatorianos abordan el avión del Gobierno y van como manada a Puerto Príncipe, muchos de ellos sin conocer previamente la historia de un pueblo heroico que, junto con Quito, fue la luz para la independencia americana.

 No sé para qué van los reporteros de TV, seguramente para enviar o traer imágenes en las cuales habrá drama, dolor, llantos, close up de niños hambrientos, notas sobre rescatistas, informes acerca de lo extraordinariamente solidarios que somos los ecuatorianos, pero, sobre todo, tomas en las principalmente se vea, por favor, no se olviden, el logo del canal para jactarnos de que estuvimos allí.

No sé por qué los medios compiten, así como Obama, así como Chávez, por ganar el primer lugar en iniciativas (e influir sobre todos nosotros), en quién es capaz de recolectar más ayuda, en quién es más pilas para contactar con las dadivosas empresas privadas y públicas que desinteresadamente dan su aporte a la causa.

No sé cuánto tiempo nos durará el entusiasmo periodístico para convertir a Haití en la nota de apertura, en el tema de fondo, en la historia lacrimógena, en el sonido ambiental, la música triste para provocar emociones, las imágenes impactantes, los relatos sobre los héroes silenciosos que nunca faltan.

No sé cuál es es límite moral de nuestro trabajo en relación a la tragedia haitiana. ¿Realmente cubrimos y nos preocupamos porque, como diría César Vallejo, “nada de lo humano me es ajeno”? ¿O le damos especial atención porque es un tema que, seguro, “vende”?

Me duele el Haití. Me duele que durante mucho tiempo, años quizás, nunca apareció una mínima nota sobre este país en los medios privados, públicos, burgueses, socialistas, gubermentales…

¿Solamente nos importa cuando ya casi no tiene sentido que nos importe? ¿Haití es solamente historias de dolor y tragedias humanas? ¿No hay alegría, literatura, música, creatividad, inteligencia, folklor, pensamiento, amor, danza, sexo, fútbol, historia, tradiciones? ¿Haití solo existe para que los políticos de turno nos lleven al borde del abismo y desde allí nos hagan mirar Haití en el horizonte como el destino al que no quisiéramos llegar?

Cuando pase el temblor, como diría Soda Estéreo, ¿seguirá Haití en la agenda de los medios? ¿seguiremos pensando en qué podremos hacer para que nuestros hermanos haitianos vivan con dignidad? ¿haremos algo importante por ellos, más allá de enviar latas de atún y pintas de sangre como si fuera nuestro máximo sacrificio? ¿Seremos capaces de entender que Haití está a un paso de nosotros, que Haití somos nosotros, y que si Haití es infeliz por los sucesivos terremotos políticos, ecológicos, económicos, por los terremotos del olvido, nosotros no tendremos derecho a sonreír?

Martes, 19 de enero 2010

16
Ene
10

tres años (de periodismo)

¿Qué ha pasado con el periodismo luego de tres años de ‘revolución ciudadana’?

¿Quiénes deben sentirse satisfechos y quiénes preocupados?

¿A qué sectores ha golpeado más la campaña gubernamental para desprestigiar a la prensa?

Son tres preguntas imprescindibles en un momento de necesarias evaluaciones y de presuntas radicalizaciones ideológicas.

Para responder la primera interrogante es inevitable recordar cómo maduró el periodismo tras los tenebrosos años febrescorderistas, entre 1984 y 1988.

Parte de esa madurez la forjó un doloroso aprendizaje, donde cada día se debió trabajar bajo una atmósfera de intolerancia, prepotencia, intimidación y obsesivos intentos gubernamentales por controlar agendas y contenidos.

Los líderes socialcristianos solían repetir que su proyecto se basaba en un plan para gobernar al menos 12 años y, por tanto, necesitaban incidir en la prensa. No lo lograron. Si bien algunos medios (por ejemplo, los ahora incautados) hicieron la reverencia al poder de turno, hubo muchos otros medios (y, sobre todo, editores y reporteros) que tuvieron el coraje de hacer un trabajo independiente de intereses y controles.

Y lo hicieron con las mejores herramientas del periodismo: investigación, reportería, contrastación de fuentes, equilibrio informativo, constatación in situ de los hechos.

Veinte años después, los periodistas se mueven bajo una atmósfera similar y, por eso, quienes ahora están cumpliendo mejor su responsabilidad son aquellos que manejan de manera más rigurosa aquellas herramientas.

La segunda respuesta es sencilla: quienes deben sentirse satisfechos son los periodistas que están haciendo periodismo-periodismo.

Y quienes deben estar preocupados (aunque crean defender causas o cumplir su “deber ético”) son aquellos que han convertido sus espacios informativos o de opinión en trincheras de una guerra a muerte entre progobiernistas y antigobiernistas y, por tanto, ninguno de los dos hace periodismo.

La tercera interrogante es fácil de responder: la obsesiva reiteración del mensaje agresivo y descalificador contra la prensa no oficial viene cayendo en un profundo agujero negro.

Al Régimen, a sus medios y a sus periodistas les resulta cada vez más difícil imponer a los ciudadanos el punto de vista único y vertical como eje de su estrategia basada en repetitivas técnicas publicitarias y propagandísticas.

Mientras tanto, la prensa no gobiernista va entendiendo, en algunos casos de manera lenta, que es un error subir al cuadrilátero del Gobierno y enfrentarlo como “actor político” u oposición.

Aunque usted no lo crea, como diría Ripley, el tercer cumpleaños correísta encuentra fortalecido al periodismo-periodismo, cada vez más identificado con la gente y cada vez menos ‘fáctico’.

11
Ene
10

el maestro del terror enseña a escribir

Si no tienes tiempo para leer, seguramente no tendrás las herramientas necesarias para escribir”.

La frase corresponde al libro ‘Mientras escribo’ (editorial Plaza Janés), el cual, una década después de su lanzamiento en inglés (‘On Writing’, edición de autor) es uno de los obligados libros de consulta de jóvenes literatos y periodistas que quieren aprender los secretos del oficio.

El libro, con decenas de ediciones sucesivas en inglés, español, francés y portugués, entre otros idiomas, es obra del norteamericano Stephen King, uno de los novelistas de terror más leídos del mundo y uno de los autores considerados grandes maestros del arte de escribir.

Los jóvenes aprendices lo siguen por Estados Unidos en busca de sus conferencias, seminarios, charlas y talleres en universidades, institutos, fundaciones y centros culturales.

Y ahí encuentran a Stephen King, no elaborando sus complejas y estremecedoras historias de suspenso y miedo sino pronunciando palabras sencillas acerca de las enormes dificultades que implica escribir bien.

“La verdad es que la tele es lo que menos falta le hace a quien aspira a escribir, ni haciendo gimnasia ni en cualquier otro momento del día. Si sientes que es imprescindible tener puestos a los bocazas de la CNN dando las noticias o a los de la ESPN dando los deportes, ya va siendo hora de que te preguntes por el grado de seriedad de tus aspiraciones como escritor”.

Con estilo desenfadado, fresco y fraterno, King insiste al joven en la necesidad de leer como la herramienta básica para su formación: “Una vez destetado del ansia efímera de la tele descubrirás que leer significa pasar un muy buen rato. Recuerda que los libros son la magia más portátil que existe en el mundo”.

Excluido del menú diario el “enemigo principal del joven” (la televisión), lo que King propone es cultivar la pasión por contar, tanto por quienes aman la novela como por quienes eligen el periodismo como forma de vida: “Si eres capaz de tomártelo en serio, hablaremos. No creas que escribir es como lavar el auto o ponerse rímel en las pestañas”.

El maestro plantea que toda persona que quiere escribir bien debe llevar a cuestas su caja de herramientas. Esa caja de herramientas es el léxico, el vocabulario, la precisión para usar las palabras adecuadas y armar el texto adecuado: “Poner palabras complicadas por vergüenza o por fingir vastos conocimientos de la lengua es lo peor que puedes hacer cuando estás buscando un estilo. Es como poner un vestido de noche a un animal doméstico”.

Y advierte sobre la confusión que puede producir en el joven tener habilidades y talentos que, mal conducidos, pueden convertirse en el peor obstáculo para su desarrollo creativo: “No caigas en la trampa de creer que las palabras son simples palabras que suenan bonito. La unidad básica de la escritura es el párrafo, no la frase. Es ahí donde arranca la coherencia y donde las palabras tienen la oportunidad de ser algo más que simples palabras. Para escribir bien hay que aprender a usar y situar exactamente cada párrafo. El secreto es practicar mucho. Y tienes que aprender a escuchar el ritmo de lo que escribes”.

King carga todas sus baterías en contra de la crítica y los críticos conservadores, planos, chatos. Recuerda que muchos de ellos dijeron del genial Raymond Chandler que era “un escritor barato, de esos que creen que pueden juntarse con nosotros”.

Ser “culto” o haber leído muchos libros -precisa- no es garantía para lograr un alto nivel de calidad en la escritura: “La pereza intelectual llega a sus mayores cotas entre los lectores más cultos. Apenas pueden, levantan los remos y se dejan ir a la deriva”.

Es solo aparente la contradicción de King acerca de su exigencia de leer mucho y su escepticismo sobre la posibilidad de que quien lee mucho sea un gran escritor.

Porque hay otros instrumentos sin los cuales no es factible construir un buen texto. Son el sudor y la persistencia: “Si quieres escribir bien debes trabajar como una mula. Si no, confórmate con tu mediocridad y da las gracias por tenerla a mano. Existe un muso (las musas generalmente son mujeres, el mío es varón), pero no esperes que baje revoloteando y esparza polvos mágicos creativos sobre tu máquina de escribir o computadora. El muso es un habitante del sótano y tendrás que bajar a su nivel. Digamos que te toca a ti sudar la gota gorda mientras el muso se queda sentado, fuma y finge ignorarte. ¿Te parece justo? A mí, sí”.

Después de 200 páginas de cátedra amigable y fluida, Stephen King concluye que, en realidad, en su libro no dice nada nuevo porque no hay nada nuevo que decir: “Escribir es mágico. Es, en la misma medida que cualquier otra disciplina creativa, el agua de la vida. Así que, si quieres escribir, bebe. Bebe y sacia tu sed”.

__________________

UNOS CONSEJOS

Entre las lecturas que Stephen King recomienda están: ‘El corazón de las tinieblas’ (Joseph Conrad), ‘Oliver Twist’ (Charles Dickens), ‘Mientras agonizo’ (William Faulkner), ‘Nuestro hombre en La Habana’ (Graham Greene), ‘Las cenizas de Ángela’ (Frank McCourt) y todas las novelas de la serie sobre Harry Potter (J.K. Rowling).

“Escribir no es cuestión de ganar dinero, hacerse famoso, enamorar mucho o hacer amistades. Es enriquecer las vidas de las personas que te leen y al mismo tiempo enriquecer la tuya. Es levantarse, recuperarse y superarse. Es ser feliz, vaya. Ser feliz…”.

“La mejor manera de aprender a escribir es leyendo y escribiendo mucho, equivocándose mucho, tirando muchos papeles al tacho de basura. Y las clases más valiosas son las que se da uno mismo, en el estudio, a puerta cerrada”.

“Cuando alguien lee tu texto no te pongas a la defensiva. El momento que te critican lo primero que sueles decir es ‘sí, pero…’, en lugar de decir gracias”.

El oficio de contar historias (la descripción, el diálogo, los personajes) se reduce a ver y escuchar con claridad todo lo que pasa alrededor de ti, y en segundo lugar, a transcribir con claridad, nitidez y fidelidad todo lo visto y oído sin recurrir a demasiados adjetivos, adverbios innecesarios y farragosos. Se vería muy mal que saliera de tus manos un texto de cuya calidad no estuvieras seguro”.

_____________

HOJA DE VIDA

Stephen King- Escritor estadounidense nacido en Maine, en 1947. Tras el éxito de ‘Carrie’, su primera novela de terror, se dedicó exclusivamente a su carrera de escritor. Es autor de 30 novelas, todas ellas muy populares. Al menos 10 han sido llevadas al cine, entre ellas la obra maestra ‘El resplandor’.

09
Ene
10

periodismo líquido

Tener certezas es uno de los peores defectos de un periodista.

Certezas en el sentido de ideas fijas, apasionamientos viscerales, prejuicios, pensamientos estáticos.

Porque a los periodistas nos toca ir en busca de incertidumbres.

Mucho más en épocas cambiantes cuando todo es expectativa y tensión, cuando todo es vértigo y levedad.

En instantes históricos decisivos nos toca asumir nuevos paradigmas, visiones, compromisos.

Plantearnos maneras distintas de hacer lo que veníamos haciendo. Cuestionar todo lo que creíamos que era correcto, inamovible o “políticamente positivo”.

Un ensayo de la catedrática española María Pilar Diezhendino www.saladeprensa.org me conduce hacia una idea del alemán Jurgen Habermas: en momentos históricos, de cambios sin precedentes, “las palabras se le envejecen a uno en la boca”.

La expresión de Habermas es tan certera como la de aquel legendario e inolvidable grafiti: “Cuando tenía las respuestas me cambiaron las preguntas”.

Lo que ocurre es que vivimos “tiempos líquidos”, reflexiona Diezhendino, citando al investigador Zygmunt Bauman.

Tiempos líquidos como los del Ecuador de hoy: un país que se mueve entre la expectativa, las emociones, el miedo, la polarización, la duda.

Una sociedad con virtudes, con taras y defectos.

Con dolores y alegrías.

Con vicios, inequidades, injusticias.

Con un deseo centenario de transformar las cosas.

Una sociedad con espíritu de libertad y rebeldía que no admite (¿o no admitía?) que sus líderes lo traicionen, le mientan, se aprovechen de su sed de esperanza, disfracen como “cambio radical” lo que hasta hoy es solo un cambio de mando entre los viejos dueños del país y los nuevos dueños del país.

Diluida la época febrescorderista y todavía cuajando la época correísta, con todas las similitudes entre una y otra, al periodismo le toca leer los entrelíneas y razones de esa transición.

En tiempos de incertidumbres cabe, sin temores, un periodismo de incertidumbres, renovaciones, descubrimientos, asombros y nuevas sensibilidades.

No nos corresponde evadir la responsabilidad histórica que pesa sobre nosotros. Son tiempos cambiantes y somos parte de estos tiempos líquidos y de estas cotidianidades que van reafirmando cómo el poder, con distinto discurso, siempre es el mismo.

María Pilar Diezhendino propone un cambio de paradigma para construir una nueva visión de la realidad e intentar respuestas al nuevo estado de cosas.

Podríamos llamarlo “ periodismo líquido”. Porque los hechos cambiantes y vertiginosos nos exigen, ética y técnicamente, caminar al ritmo de estos tiempos.

¿Cómo? Con un periodismo abierto, libre, vivo, sensible, que acompañe al ciudadano en su desafío urgente de ser un actor decisivo (no pasivo) de la realidad.




    Rubén Darío Buitrón
    Periodista y escritor

 

Febrero 2010
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