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Territorio de crítica y autocrítica sobre el periodismo

Reflexión y ejercicio sobre el trabajo en un diario

Cada día está más claro que los periódicos que se limitan a cubrir, aunque lo hagan bien, la actualidad conocida (que yo llamo “obligada”) tienen un difícil futuro. Se está acabando, al menos en el mundo desarrollado, la vigencia de los diarios que son muy parecidos a su colega y competidor, porque lo que se busca son periódicos diferentes entre sí.

Diferentes no solo por su inclinación política o porque tengan un cuerpo distinto de colaboradores (escritores de periódicos), sino que hacen falta periódicos con personalidad e información distintivas, que llamo “propias”; muchos de los temas que traten los diarios de la localidad o del país seguirán siendo coincidentes, pero el tratamiento, no solo el estilo, la luz que la información arroje sobre ellos ha de ser muy diferente para que esos diarios tengan sentido.

En el trabajo periodístico, agenda propia y pro actividad son una misma cosa, aunque de ninguna manera se esté diciendo que basta con eso para salvarse de la quema; es lo mínimo que hay que hacer para no suicidarse.

El estado de la cuestión es el siguiente: el lector ve la televisión, oye la radio e instantáneamente tiene un conocimiento superficial, para muchos suficiente, de lo que pasa; compra el diario por la mañana y se encuentra con menos temas que en los órganos de información audiovisuales del día anterior y, en menos de un caso, igual o aun mas someramente tratados.

Un periódico como El País publica diariamente bastante más de un 80% de información o agenda obligada, aquella que si no incluye en sus páginas tendrá la sensación de que no ha cumplido, de que el registro de lo sucedido no se ha satisfecho. Y menos de un 20% -muchas veces bastante menos- es lo que llamamos “agenda propia”, que estricto sensu es aquello que solo tenemos nosotros, bien porque sea fundamentalmente distinto a lo que podríamos llamar la “versión estándar” conocida de todos.

Y no estoy proponiendo aquí una inversión radical e instantánea de esas proporciones, porque, aparte de que las relaciones no están preparadas para esa revolución, correríamos el riesgo de desorientar al lector y de perder muchos más compradores de los que podríamos ganar con semejante originalidad. Pero el cambio ha de comenzar ya y no es otro que el editor el que ha de presidir esa nueva era.

Tomemos el ejemplo del presidente Putin, que pronuncia un discurso en la duma de Moscú sobre lo que un periódico con una sección de internacional presentable no puede dejar de informar; esa es la agenda obligada; pero el espacio que le dedicamos estaría mejor empleado en contar otras cosas de la política rusa, tan relevantes o más, que constituirían la agenda propia. Y tampoco significa ello que Putin no tuviera que aparecer ese día en el periódico, si no que solo se le daría el espacio necesario para dejar constancia de sus insistentes andanzas, pero sí lo mejor que podíamos hacer era dar la misma o menos información que los audiovisuales, para ese viaje no hacían falta estas alforjas. Y de todo ello se deduce que en la era de Internet seguir pretendiendo hacer lo que en España se llama el “record”, la radiografía completa hasta no dejar una noticia significativa por publicar, es una soberana tontería. Hemos de seleccionarlo  que publicamos, porque el lector no va a reprocharnos lo que no publicamos, sino tan solo lo que le damos, pero de mala manera.

Hemos de ir hacia una permuta de posiciones, de forma que llegue el día, y cuanto antes mejor, en que, digamos, el 80 % del periódico sea agenda propia, y el 20%, un resumen sin pretensiones, solo para el registro histórico o hemerografico, de todo aquellos sobre lo que no tenemos nada especial que aportar.

Pongamos un ejemplo que representa lo que quiero decir. A comienzos del siglo XXI, Argentina vivió unos años atenazada por una situación económica que, como en un santo y seña, llamábamos “el déficit cero”. Los diarios argentinos no paraban de escribir sobre ello (y los españoles, tampoco) y en bien poco se diferenciaban unos de otros. El periódico que en esas circunstancias hubiera sido capaz de contar la intrahistoria de ese déficit se habría apuntado un tanto mayúsculo, como habría sido revelar el papel de Washington en la adopción por el presidente De La Rúa de esa política económica; revelar quien se arruino o enriqueció con ella; o contar los pactos, amenazas y promesas entre bastidores que se cruzaron por esa razón.

No digo que la prensa argentina no hiciera algo de todo ello, ni que fuera fácil ir más lejos, sino que los periódicos que sean capaces de operaciones de esas características tienen más garantía de salvarse del tormenton que se avecina.

El editor que aspire a seguir viviendo de ruedas de prensa y de periodismo de declaraciones esta tan muerto como su periódico.

Como ya he dicho, en toda la historia de Occidente podemos aventurar que jamás se ha convocado una rueda de prensa para dar una noticia. Y, de nuevo, no estoy sugiriendo que el editor olvide que existen esos eventos informativos; lo terrible del negocio es que hay que seguir asistiendo a ellas, por si ocurre algo o porque nos pueden dar una frase, ideas, apuntes, que sirvan para completar o iluminar otra información. El editor debe enviar al redactor de la conferencia de prensa para dedicar luego si merece o no publicarse, si contiene algo a partir de lo cual interesa trabajar.

El resultado es un periodismo de declaraciones, la declaracionitis de la que padece todo el periodismo del mundo latino. Periodismo de sombras y agujeros negros, sin luz, movimiento, ni personalización. Y ante todo ello, estoy convencido que la tolerancia del público  se está acabando. (Tomado de “Cómo escribir un periódico”, de Miguel Ángel Bastenier)

EJERCICIO:

1. ¿Puedes encontrar ejemplos de “declaracionitis” en los periódicos de tu país? Danos un ejemplo.

2. ¿Cuál es la alternativa a la “declaracionitis”?

3. ¿Cómo se pueden salvar los periódicos para vivir en el futuro?

4. ¿Cómo se construye una agenda propia?

5. ¿Cómo un diario puede diferenciarse de los demás?

¿Apóstoles del periodismo?

¿Apóstoles del periodismo?

¿El periodismo como una vocación casi sacerdotal?

Hay que tener cuidado en no confundir los conceptos ni las metáforas.

Un periodista no es un apóstol, un misionero, un sacerdote, un redentor, un enviado del cielo o un ser destinado a que su pluma transforme la sociedad.

Un periodista es, simple y sencillamente, un profesional. Como lo son un médico, un ingeniero, un abogado, un empresario….

¿En qué se diferencia de los demás? En nada.

Cada cual, en su oficio, tiene responsabilidades, obligaciones, deberes, objetivos por realizar para cumplir con sus clientes. En este caso, el público al que servimos.

No hay nada de religiosidad ni de parapsicología en lo que hace o debe hacer un periodista.

Lo que existen son normas éticas, técnicas, estructuras básicas para hacer las cosas bien; objetivos claros y esfuerzos cotidianos para ser los mejores, como en cualquier profesión.

Así que, lejos de pensarnos como seres místicos, iluminados, dotados de características distintas a las de los demás profesionales, los periodistas debemos tener firmes los pies en la tierra y dedicarnos a trabajar bien.

Nada es distinto a otros oficios: la disciplina, el tiempo que le dedicamos, los fines de semana, la presión, los límites y hasta la angustia y el empeño por hacer mejor las cosas. Con calidad.

Desmitificarnos y desmistificarnos es urgente: hacer periodismo es servir, ser útiles, informar, entretener, contribuir a que la sociedad se entere de los hechos de la mejor manera posible.

El resto (la toma de posiciones, el sentido que se les da a las cosas, la importancia o la trascendencia) es una decisión de cada lector.

Creer que somos especiales, únicos, tocados por los dioses, que somos la última palabra, es un error que nos lleva a cometer otros más graves.

En el periodismo, como en cualquier profesión, tenemos el deber de alcanzar la excelencia.

Y en nuestro caso, gracias a ella, ganar cada día más lectores. Eso es todo.

El futuro es el presente

Existen dos clases de medios: los que miran al futuro y los que sienten miedo del futuro.

Los que miran al futuro están ya en el futuro: asumen los nuevos desafíos de la tecnología, intentan captar los nuevos públicos, entienden que lo que han estado haciendo por muchos años ya no tiene sentido.

Los que sienten miedo del futuro se quedan en el pasado: no asimilan que la realidad evoluciona, no logran entender el cambio en los equilibrios sociales y políticos, no admiten que el periodismo ya no es vertical sino horizontal, interactivo, útil, mucho más cercano a la gente y a la vida cotidiana.

Los que miran al futuro están ya en el futuro. Comprenden que el vertiginoso tren de la informática ha dado la vuelta al ejercicio de la información y la opinión: el ciudadano dejó de ser un receptor pasivo. Se volvió actor fundamental del proceso y demanda un periodismo de profundidad, de historias, de contextos, de interpretaciones que vayan más allá del simple registro noticioso.

Los que temen al futuro van perdiendo contacto con la realidad. No buscan ser distintos. No intentan marcar diferencias. Repiten, no presentan nuevos ángulos. Son cada vez menos viables.

Crónica: La migración del shawarma

Por Gabriela Muñoz

Lo comen albañiles, ejecutivos, empleadas domésticas, estudiantes universitarios, familias y gente empeñada en bajar de peso.

La combinación de tortillas de harina con finas láminas de cordero o pollo, acompañadas de vegetales, se llama ‘shawarma’ en árabe, ‘doner kebab’ en turco y ‘gyros’ en griego. Es una de las comidas más antiguas del mundo.

Indagaciones históricas indican que este plato apareció en el año 1234 después de Cristo. Y ha alimentado por siglos a miles de millones de personas en Medio Oriente, Europa y América Latina.

En Guayaquil, los inmigrantes de Siria, Palestina y Líbano llegaron con el shawarma a fines del siglo XIX y principios del XX, dice el historiador Melvin Hoyos. Otra historiadora, Jenny Estrada, afirma que vinieron en la segunda mitad del siglo XIX.

“Equivocadamente se los llamó ‘turcos’, porque los documentos que portaban estaban sellados con el cuño del imperio turco, bajo cuyo dominio se encontraban”, dice Estrada.

A la gente del Medio Oriente le gusta vivir cerca del océano Pacífico y le agrada el clima cálido. En aquellos años, los puertos más importantes del continente americano eran los de Los Ángeles, Callao, Santiago y Guayaquil.

Lois Crawford de Roberts, en su investigación “Los libaneses en el Ecuador, una vida de éxitos”, aporta otro dato: los libaneses millonarios fundaron negocios de exportación en París.

A esa ciudad llegaban las familias adineradas de los exportadores cacaoteros ecuatorianos, que disfrutaban de los altos precios del producto. Y en esos cafés de mesas pequeñas y redondas, donde los meseros llevan, apurados, croissants, queso, vino y frutas, los libaneses tuvieron sus primeros contactos con Ecuador y Guayaquil.

Crawford afirma que Gabriel Farah llegó en 1875 al Ecuador y trabajó con exportadores locales. En 1920  vendió seda, casimir, algodón y vestidos con un patrimonio que, según la investigadora, era de 300 mil sucres en esa época.

Los otros, los que llegaron sin dinero, tenían una fórmula para obtenerlo. Vendían telas y adornos para casas. “Ellos fueron los primeros en introducir el damasco, que sirve para tapizar muebles, cortinas y arreglos finos”, precisa Hoyos. Sus locales estaban en las calles Aguirre, Pichincha, Pedro Carbo  y Escobedo.

Con los ahorros, compraban mulas o canoas para llevar su mercadería a pueblos aislados y haciendas distantes de los ríos. “Luego buscaron abrir un local. Y así, poco a poco, sus negocios crecían”, explica Crawford. De esta manera generaron fortunas e integraron la Sociedad Unión Libanesa.

Julio Aziz Saab dedicó más de cinco años a investigar cuántas familias de Medio Oriente existen en Guayaquil y conocer sus costumbres y tradiciones. Concluyó que existen más de cien familias, la mayoría de las cuales pertenecen a influyentes grupos políticos, económicos y sociales.

Entre ellos están los Kronfle, Dumani, Bucaram, Isaías, Mahuad, Taleb, Dassum, Antón, Nader, Raad, Saadi, Achi… Según otros estudios, hay más de 15.000 libaneses en Guayaquil.

Estrada y Hoyos coinciden en que esta generación de inmigrantes no difundió su comida públicamente. Al contrario de lo que hicieron italianos y españoles -dice Estrada-, los árabes preferían disfrutar de su comida casa adentro. Pocas personas compartían su sazón. “Ya en la segunda mitad del siglo XX hubo algunas señoras que preparaban dulces árabes por pedido, entre ellas la señorita Julia Saad, hermana de Pedro, fundador del Partido Comunista. Ella fue una excelente repostera. Diseñó tortas de novia que, en verdad, eran obras de arte”.

En comidas de sal -cuenta la historiadora- destacaban doña Sofía Salomón y Zulema Taleb Dumani. Y solo para deleite de amigos y familiares, doña Ofelia Dibo de Raad, cuyo esposo fue cónsul de Líbano en Guayaquil. “De sus exquisitas manos salían manjares de la mesa árabe”.

Melvin Hoyos reflexiona sobre lo que ocurre hoy con la nueva migración del Medio Oriente. En su oficina de la Biblioteca Municipal, rodeado de cientos de libros, documentos y carpetas, dice que “obviamente el Guayaquil del siglo XIX es distinto al actual. Hay nuevas exigencias, hay otro estilo de vida. Los restaurantes son el nuevo nicho de negocio para los libaneses y palestinos, que por tradición son hábiles para los negocios. Son absolutamente trabajadores”.

En la calle Guayacanes, en la frenética zona comercial de Urdesa, existen letreros luminosos en amarillo, rojo, verde y fucsia, con el menú escrito tanto en árabe como en español. El más antiguo de los locales es Malek al Shawarma, de Rawad Bzeih Barakat.

Barakat tiene 30 años, es libanés y llegó a Guayaquil hace nueve años. Al Malek significa “el rey”. El restaurante funciona desde 1994, pero desde hace tres él es su dueño.

En el ingreso, la carne de cordero y de pollo se cocina en un asador vertical. Apenas se acerca a la lumbre, el sudor fluye. Dos empleados enrollan la carne y colocan vegetales en las tortillas. En tarrinas pequeñas sirven salsa de ajo, hecha con sal, limón, aceite y clara de huevo. La carne se adoba con sal, pimienta negra, pimienta blanca, ajo, nuez moscada y otros aliños que ellos conocen como ‘los siete sabores’.

“Vine al Ecuador porque es un país donde se puede establecer fácilmente un negocio. Acá necesitas 5.000 dólares para iniciar un negocio de comidas. En Líbano requieres de al menos 50.000 dólares. El negocio del shawarma es un éxito porque vendemos comida sana y barata. Cada tortilla con carne se vende a precios entre 2 y 3 dólares”.

Barakat abre su negocio de domingo a martes, entre las 10:00 y las 02:00 del día siguiente. Viernes y sábado atiende hasta las 05:00. En estos dos días se venden de 300 a 400 shawarmas, que representan 200 libras de carne: 170 libras son de pollo y 30 son de cordero.

José Lapo es un albañil de Guamote (Chimborazo). Vive en Guayaquil hace diez años. Cuenta que el shawarma es tan rico como el pan con cola. “Pero al menos tiene carne y ensalada, y llena el estómago. Yo me pego dos todos los días desde hace un año”.

Mónica Ramírez, secretaria, no quiere engordar. “Cuando ya no aguanto el hambre y quiero comer una hamburguesa o un pollo frito, vengo al shawarma y como sano”.

Edison Ulloa, estudiante universitario, valora que los platos son baratos y que come shawarma porque no tiene dinero para solicitar platos a la carta. “Además, como abren los locales hasta muy tarde, puedes comer buenazo después de la farra para recuperar fuerzas”.

Diagonal a Malek se encuentra el local Javivi, que significa “amor”. Chadi Hassan, de 34 años, es libanés-palestino. Llegó hace diez años y desde el 2005 vende shawarmas. Hace poco inauguró una sucursal de Javivi en la ciudadela Puerto Azul, en la vía a la Costa.

Hassan también prepara comida árabe para recepciones familiares y fiestas sociales. “Le puse ‘amor’ al restaurante porque hay que amar a todos. Hay que amar la calidad, hay que amar a la gente. Hay que hacer bien las cosas por los demás”.

Chadi vive con su esposa Abir El Arid Mahmoud, de 25 años. Ella cubre su largo cabello negro con una tela delgada llamada hijab. Ambos atienden su local hasta la madrugada y viajan a su país cada cuatro años para traer dulces, especias, aceite, dátiles, pistachos y queso.

Él es musulmán y ora por Alá todos los días. Habla bien el español, pero aún le cuesta pronunciar palabras como “amortiguador”. “Respetamos y queremos mucho a esta ciudad, pero mantenemos nuestras costumbres. Si tú me visitas en la casa te doy café, un dulce y luego preparo la comida. Te despido con un té”.

Hassan es primo de Rawad Bzeih Barakat, el propietario de Malek al Shawarma. Sus otros primos tienen el mismo negocio y están repartidos en Urdesa y otras zonas de Guayaquil.

Calculan que son, por lo menos, unos 30 locales que venden uno de los platos más antiguos del mundo y que ahora constituye el símbolo de la nueva generación de migrantes del Medio Oriente al Ecuador.

Cinco reflexiones sobre el periodismo del siglo XXI

1. La frescura, la sorpresa y el pluralismo deben ser el eje o el hilo conductor que recorra no solamente los espacios de opinión sino todos los contenidos, incluidos los informativos.

2. No se puede trasladar los contenidos impresos a las páginas web sin añadirles productos multimedia, links, fotogalerías, espacios interactivos para comentarios del lector, etc.

3. Es imprescindible hacer planificación de contenidos a corto, mediano y largo plazo, de manera simultánea. Para eso no se requiere más pers0nal sino una mejor distribución de la carga de trabajo.

4. La transversalidad temática (por ejemplo, hablar de “ciudadanizar el medio”, no puede ser solamente una teoría: debe reflejarse en los organigramas, en los esquemas de trabajo, en la planificación diaria, pero, sobre todo, en la convicción de cada periodista del medio de que esa es la línea adecuada para llegar a los lectores.

5. La capacitación debe ser permanente: una, sobre la marcha (capacitación en caliente); dos, sobre los contenidos publicados (reflexión, autocrítica y lecciones aprendidas para no cometer los mismos errores); tres, para mantener fresca la pluma (géneros periodísticos, nuevos conceptos para escribir noticias, maneras de presentar las informaciones en el medio convencional y en el medio digital).

 

 

Buen periodismo en twitter o en papel

Estimados seguidores y lectores:

No suelo poner en este blog textos de otras personas o medios, porque el objetivo de este espacio es reflexionar desde mis propias experiencias.

Sin embargo, he encontrado este text0 que adjunto abajo y quiero pedirles a ustedes una reflexión, pequeña o grande, acerca de lo que se dice en él.

Creo que el debate será un muy bien alimento para todos.

Un abrazo. Y a leer… Y comentar…

RDB

 

 

Buen periodismo en twitter o en papel

Tomado de Diario El País de Madrid

Periodismo comprometido, riguroso y valiente en todos los soportes. Desde el viejo papel hasta el innovador Twitter. El buen periodismo, ese que distingue los Premios Ortega y Gasset, ha aflorado esta tarde en la gala de entrega de los galardones que concede desde hace 29 años el diario EL PAÍS.

En esta edición, el jurado ha reconocido la labor de los informadores que, en cualquier soporte, pulsan el latido de la calle. Es el periodismo que no está pendiente de las élites políticas o económicas sino el que refleja el día a día de la gente corriente, de aquellos que carecen de título, como apunta el reportero mexicano Humberto Padgett, ganador en la categoría de periodismo impreso.

Los muchachos perdidos, publicado en la revista Emeequis, se adentra justamente en desvelar el nombre, el rostro, las voces de tantos y tantos adolescentes mexicanos que a falta de futuro abrazaron la violencia que les ha conducido a las cárceles.

Fue entre la gente que salió de manera espontánea a las calles de Madrid donde Carmela Ríos encontró una nueva manera de hacer periodismo. La redactora de Cuatro, ganadora del Ortega en la modalidad de periodismo digital por el relato a través de Twitter del Movimiento 15-M, defiende esta herramienta como un instrumento útil para profesionales con formación y experiencia.

También el 15-M es protagonista del galardón al mejor trabajo fotográfico, que se publicó en la portada del 21 de mayo de 2011 en EL PAÍS después de miles de visitas en Twitter. Fue en la red social donde Jacobo Méndez colgó una imagen de la Plaza del Ayuntamiento de Valencia en la que un grupo de manifestantes sustituyen la placa por otra alusiva a este movimiento, que estos días en su primer aniversario revive en las calles de las ciudades españolas. La imagen de Méndez se convirtió en portada y en un símbolo de los indignados españoles.

Harold Evans sí que es un símbolo del gran periodismo mundial. El británico, con una larga carrera como reportero y periodista de investigación, ha sido galardonado con el premio a la mejor trayectoria profesional como “icono de la independencia y referente global del periodismo”, según el fallo del jurado, presidido por Elena Foster.

En la ceremonia de entrega, celebrada en CaixaForum Madrid, el centro cultural de la Obra Social de La Caixa en la capital, y que ha reunido a personalidades del mundo de la política, la economía y la cultura, el director del periódico, Javier Moreno, dio la bienvenida a los premiados e invitados, entre los que se encontraban el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, y el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, entre otros.

Moreno, que ha recordado en su discurso al gran pensador Isaiah Berlin, ha destacado que en estos años azarosos EL PAÍS tiene el deber de escuchar a la sociedad, favorecer el diálogo, impulsar los consensos y sosegar los enfrentamientos. El espíritu de Berlin, asentado en la libertad, la tolerancia y el diálogo, es el que, aseguró Moreno, “irradia el trabajo y el empeño moral de los premiados en su búsqueda de la verdad, la justicia y la defensa de los más desprotegidos”. Valores con los que, agregó, está comprometido este periódico y el grupo editorial que lo sustenta.

Elena Ochoa Foster, como presidenta del jurado en esta edición, ha contrastado el mundo del periodismo y del libro en papel y las enormes oportunidades que se abren con Internet y las redes sociales. “Internet y las redes sociales suponen una total transparencia de nuestras vidas y también de lo que somos. Nuestras huellas quedarán para siempre en el espacio digital”, ha asegurado la editora, que ha añadido: “Internet no es bueno ni es malo, será lo que nosotros queramos que sea. Como el acero con el que se puede hacer un bisturí o una pistola”.

Elena Ochoa ha dudado del futuro del papel, pero se ha mostrado convencida de que la información no desaparecerá en ningún caso y de que en el futuro será más necesaria que nunca la figura del periodista para evaluar la información de manera independiente. “Ese es su gran reto”.

El acto lo ha cerrado el presidente de EL PAÍS y consejero delegado del grupo PRISA, Juan Luis Cebrián, que ha subrayado que el diario que se fundó hace 35 años es un diario liberal en el más recto y evidente sentido del término, “partidario acérrimo de la libertad y practicante de una tolerancia sin más límites que el recurso a la violencia en la defensa de las propias ideas e intereses”. Cebrián ha añadido que EL PAÍS fue y es un “periódico socialmente solidario, defensor de los más débiles, de las minorias sojuzgadas o amenazadas, y empeñado en la democratización y modernización de la sociedad”.

Con un recuerdo al Nobel de literatura Gabriel García Márquez se ha cerrado la fiesta del mejor periodismo en español. Cebrián ha tenido un reconocimiento para todos aquellos informadores “desconocidos alejados del oropel, del dinero y la fama, que siguen haciendo posible que exista lo que el maestro García Márquez definió en su día como el mejor oficio del mundo. El nuestro”.

Del aula a la realidad

Un grupo de estudiantes de periodismo de la Universidad de Cuenca llega de visita.
Durante el recorrido por las instalaciones del Diario y la charla posterior, los jóvenes no preguntan mucho, quizás intimidados por lo que se les dice o, más aún, por lo que ven.
Entiendo que sus profesores se esfuerzan por construir los accesos más difíciles entre la teoría y la práctica.
Asumo que los maestros se empeñan en que sus alumnos vivan el oficio de la manera más cercana posible a los hechos que deberán contar cuando se gradúen y logren una plaza de trabajo.
No obstante, siempre que vivo estas experiencias con estudiantes de periodismo de las universidades ecuatorianas, me invade la percepción, quizás injusta, de que no existe la decisión política de autoridades y directivos universitarios para tender esos puentes.
Pero es desalentadora la doble sensación que a uno le queda luego de estos encuentros.
Se evidencia en los ojos de los estudiantes el deseo de aprenderlo todo y de volcarse ya sobre el oficio pero, al mismo tiempo, se percibe que aún no cuentan con las herramientas mínimas para afrontar la dura batalla de intentar hacer el mejor periodismo cada día.
Por eso, aunque duela, urge la advertencia. Lo que están recibiendo en las aulas nunca será suficiente mientras no empiecen por lo esencial: iniciar ya el camino por ese puente que les llevará del aula a la realidad.

Un ejercicio sobre crónica periodística

LA ENANITA DEL AMOR

Por José Navas

Eusebia Mollo tiene 52 años y mide 84 centímetros: es la cantante folclórica más pequeña del mundo. Un cronista acompañó a esta diminuta soprano durante una  gira de conciertos en los barrios populares y los pueblos más alejados de Perú.

Eusebia Mollo Pachao es la cantante folclórica más pequeña del mundo. Con 84 centímetros, no existe soprano más chiquita que esta arequipeña nacida en las faldas del volcán más grande de Perú: el Misti. Pero a ella no le importa demasiado el título. Le parece que es sólo una anécdota más.

Estamos en su casa, al norte de Lima, y me dice que lo que realmente le preocupa es la dificultad que tiene para desplazarse en un escenario de 20 metros cuadrados, rodeado de parlantes que superan el metro y medio de altura. Eusebia está cansada, sobre todo de los niños que no entienden cómo una señora con cara de grande y con arrugas puede vestir una falda que bien podría acomodarse en la cintura de una niñita de cuatro años.

Sentada en una sillita azul, de esas que utilizan en las guarderías, habla sobre sus 25 años de trayectoria artística y dice que jamás le han hecho un homenaje a su medida, a la medida de una gigante de la canción. Me dice también que la gente la convoca no sólo para que demuestre su talento vocal, sino que a los asistentes les gusta creer en lo increíble: les fascina observar como La Enanita del Amor —así la llaman— aún tiene fuerza, a pesar de sus 52 años de vida, a pesar de la osteoporosis, del hígado inflamado y de la diabetes.

La Enanita del Amor se ha convertido en una estrella en Perú cantando huaynos, un género que existe desde hace cientos de años en la cordillera de los Andes. El huayno se baila en pareja, con giros y movimientos a partir de pequeños saltos y zapateos que marcan el ritmo. Los instrumentos que se utilizan son la quena, el charango, el arpa y el violín y, por supuesto, la voz de una soprano que canta en quechua.

—El huayno es una forma de retorno. La gente de la sierra que emigró a la capital siempre recuerda a sus pueblitos con el huayno —dice.
—¿Cantarías otras cosa? —le pregunto.
—Yo no podría cantar otra cosa más que un huayno. Lo más difícil no es la interpretación, el vestuario es lo que cuesta. Yo soy chiquita y no es fácil conseguir faldas para mí, porque son muy caras.
—¿Cuánto cuestan?
—Cada una puede valer más de 500 soles (180 dólares).
—¿Cuántas faldas tienes?
—Sólo cuatro, no hay dinero para más.

***

Una semana ha pasado desde mi primer encuentro con Eusebia. Es viernes de primavera y la soprano parte en bus junto a su único hijo, Miguel Ángel. El muchacho tiene 12 años y es dos veces más grande que ella. Van hacia San Juan de Chullín, un pueblo que se encuentra en la región Ancash, en la sierra del Perú, muy cerca a la cordillera de los Andes. Ambos se acomodan en un taxi que los lleva al terminal terrestre. Miguel toma de la cintura a Eusebia y la alza hasta que sus pies llegan al piso del Station-Wagon blanco. Una vez dentro, el chofer mira por el espejo retrovisor y reconoce a Eusebia: “¿Usted es la que salía en la televisión?”, le pregunta.

Eusebia nació en 1957 en Machahuay, Arequipa. A los cuatro años dejó de crecer, pero sus padres se dieron cuenta de su enanismo cuando se hizo adolescente. Los niños serranos le gritaban: “Muttu egeggo”, que en quechua significa enana. Meses antes de tener 15 años, dejó su casa y se fue a Lima. Su padre y su madre ya estaban muertos y sus siete hermanos, uno a uno, se esparcieron por toda la cordillera. Su idea era irse de Machahuay, un lugar sombrío, sin posibilidades para una artista, lleno de pobreza y de cactus. Eusebia era muy grande y Machahuay muy pequeño.

Ya en Lima, una folclorista la escuchó en una audición radial y no dudó en hacerla su discípula. La maestra se llamaba Pastorita Huaracina, una artista originaria de Ancash. “En el huayno la mujer pisotea al hombre”, le decía Pastorita Huaracina, quien recorrió casi todo el país junto a su discípula. Las dos cantaban en las explanadas de los nevados y en las cimas de los cerros.

En la década de los ochenta el terrorismo se apoderó de Perú. Y con éste llegaron los programas cómicos que distraían a los peruanos heridos y fue entonces cuando Eusebia pasó ocho años de su vida en la tele. Se vestía de monjita, por ejemplo, y con un garrote de plástico “castigaba” a los políticos más corruptos y embusteros de esos tiempos.

“Abandoné la tele luego de ocho años. No he ganado mucha plata, pero tengo una casa propia y no me quejo. Ahora el canto es mi vida. Tengo siete discos y tres dvd”, le responde al taxista.

***

San Juan de Chullín es un pueblo de 675 habitantes que está escondido en uno de los cañones de la Cordillera Negra, en la sierra peruana. Es un lugar tan pobre que 40% de los niños que viven ahí están desnutridos, sólo se alimentan de trigo y yuca. No hay dinero para una dieta balanceada, pero sí sobran billetes en los bolsillos de los campesinos que están dispuestos a embriagarse durante una semana. Los cerros que se miran desde este poblado abandonado por el gobierno son explotados por las mineras internacionales. La paradoja está en el aire: San Juan de Chullín es miserable y a su alrededor se encuentra la riqueza incontable: toneladas de oro y de cobre. Aun así la gente ha sabido ahorrar para la fiesta patronal y por eso han invitado a Eusebia.

—¿Mamá, de qué planeta es ella? —pregunta un niño de siete años.
—Ella es una artista, es cantante y le dicen La Enanita del Amor —le responde su madre.

Eusebia y Miguel Ángel se han adelantado a la presentación central que será el domingo en la noche, en la única escuela de San Juan de Chullín que está montada sobre una loma. Esta vez dormirán en un catre angosto, en una habitación sin luz y sin agua. Eusebia acomoda su vestuario en el cuarto de cemento escarchado y decide salir, porque aún es de día.

Afuera, en las calles del pueblo, un carnaval de disfrazados ha tomado de rehenes a tres ovejas y dos llamas. Miguel Ángel sonríe al ver cómo un grupo de borrachos se besa con los animales. Los habitantes del pueblo matarán ese ganado en honor de su madre. Eusebia está sentada a los pies de un árbol, desde ahí participa con las palmas y con esa risa de dientes perfectos, dientes de artista de televisión.

Al día siguiente se presenta frente a un público hostil. Ella dice frases en quechua, mientras que los hombres beben cerveza con sed salvaje. Casi todos están borrachos. Pronto se empiezan a poner agresivos y la cantante sabe que es hora de partir. Se despide de su gente. Miguel Ángel mira todo sin sobresaltarse.

Un taxista ancashino la espera a las afueras del pueblo. El conductor, felizmente sobrio, le pide un autógrafo y ella le pregunta su nombre. José Coropuna, dice el dueño del Cadillac rojo. Eusebia le escribe en quechua: “La dama del huayno no abandona a su gente, seguiré cantando para ti, José”. Del terminal terrestre de Ancash toma un bus a Lima que, tres horas más tarde, bordea gran parte de la costa norte de Perú. Eusebia mira el mar desde la ventana. En el bus que viajan la pequeña madre y su hijo no hay aire acondicionado ni calefacción, las ventanas no se pueden correr y la estabilidad del vehículo parece estar amenazada por el difícil camino de trocha. Eusebia ha decidido aventurarse en ese bus porque está ahorrando dinero para techar su casa.

***

Dos meses han pasado desde la presentación en San Juan de Chullín y ahora, de nuevo en la húmeda Lima, Eusebia canta en el Mercado de Acho, que se encuentra de espaldas a la única Plaza de Toros de Lima, en el distrito del Rímac, el más antiguo de la capital. Antes de empezar su presentación, se queja por tener que cantar en un lugar que aún huele a carne cruda, en un piso lleno de verduras y de limones podridos.

—¿Cuál ha sido el lugar más peligroso en el que te has presentado? —le pregunto.
—En el cerro San Cosme —responde.

San Cosme es uno de los lugares más terroríficos de Lima. Ubicado a menos de dos kilómetros del Palacio de Gobierno y de la Catedral de Lima, es un cerro donde viven más de 24 mil personas y 2% de ellas están infectadas por el bacilo de Koch. Pero eso no fue impedimento para Eusebia: “Yo canto donde me llaman, yo voy donde me necesitan”, dijo entonces. Y a pesar del frío se subió al escenario y cantó. La gente tosía y luego coreaba su nombre y luego volvía a toser. El concierto empezó a las 11 de la noche y terminó a las tres de la madrugada.

—Pocos cantantes se atreven a ir a San Cosme.
—Yo me entrego en el escenario desde el principio hasta el fin de mis conciertos. Monto un espectáculo. Pero tampoco me quedo hasta las últimas. Siempre ando con mi hijo Miguel, y él está en el colegio y no puede perder clases ni horas de sueño.
—¿Y el padre de Miguel?
—Soy madre soltera, siempre he sido soltera…
—¿Cómo se dice soltera en quechua?
Sapan tiyaq.

Eusebia ha cubierto con un gran velo su pasado amoroso. Sólo confiesa que en 1995 conoció a un hombre que la embarazó y del que nunca más tuvo noticias. Al año siguiente nació Miguel Ángel, que ya es un adolescente que acompaña a su madre a todos lados. Le carga el neceser de cosméticos y el maletín donde guarda el vestuario. En cada presentación no le quita los ojos de encima. Sabe que en muchos conciertos la gente se desborda y a veces la sangre corre por la pista de baile.

Como ocurrió una noche de 1994, en la selva. La habían contratado para cantar en el caserío de San Francisco, en la región de Ayacucho. Eusebia recuerda que la oferta económica fue tal que abandonó un viaje a Estados Unidos que le ofreció la colonia de peruanos en Nueva York. “No sé si el que me contrató fue un narcotraficante, ahora que lo pienso puede ser. La cosa es que el dinero me convenció y partí para San Francisco”, dice. Lo que encontró ahí, en una explanada inmensa, fue a más dos mil personas que coreaban su nombre. Los hombres sin camisa y armados, las mujeres ebrias y aceleradas. Eusebia subió al escenario, sin saber que en aquel lugar abundaban terroristas camuflados y narcos exhibicionistas. Cantó más de una hora, ahogada por el calor selvático, y cuando iba por la última canción, un sonido seco la distrajo. Sólo se acuerda que vio a un hombre con el torso agujereado que brillaba en el piso. “Me despedí, me asusté mucho. No volvería más a ese lugar”, dice.

También recuerda la imagen más extraña de ese concierto: antes de irse vio a un adolescente sin playera que cantaba “El borracho”, una de sus canciones. El chico murió cantando.

***

En Argentina hay un grupo de enanos que tocan cumbias, pequeños artistas que se hacen llamar Los Grossos. Aparecen mucho en televisión y no les molesta cuando les dicen que lo freak genera rating. No hacen folclor, no compiten con Eusebia, pero son mucho más famosos que ella y su popularidad radica en el morbo que producen sus canciones. Lo mismo sucede en España, donde hay decenas de agencias que ofrecen shows de cantantes pequeños. Enanos Boys es uno de los grupos más populares, pero es más de lo mismo. Pequeños bufones que dan alaridos un par de minutos y luego se quitan la ropa y se quedan en calzoncillos.

El artista más pequeño del planeta era, hasta hace unos meses, Nelson de la Rosa. Un dominicano de 39 años. Medía 54 centímetros de altura y fue certificado desde 1990 hasta 2007 en el libro Guiness. Era un bailarín ocurrente que aparecía en muchos videos musicales. Desde que murió, todo parece indicar que va a ser reemplazado por He Ping-ping, un muchacho de Mongolia que tiene 19 años y que mide sólo 73 centímetros. Dicen que cuando nació, He Pingping era del tamaño de la palma de un adulto. Sin embargo no canta, ni piensa en conciertos, ni tiene el talento de Eusebia.

El día de nuestra última charla ella está sentada en el sillón de su living. La miro y pienso en la comodidad de su postura. Todo su cuerpo cabe en un cojín. Sus pies ni siquiera se salen del marco del sofá. Imagino una cama de cuatro cuerpos o un inmenso almohadón en donde podría caber una persona de un metro ochenta.

—¿En dónde van a publicar estas fotos que me toman? —pregunta.
—Aún no tenemos ni idea —le digo.
—Qué raro. ¿Entonces para qué viajan conmigo y me hacen preguntas?
—Algo saldrá de todo esto. Sobre tu vida se podría hacer una película.
—Qué estás diciendo. Yo sólo converso con ustedes porque me caen bien. Porque eso de ser la cantante más pequeña del mundo no me va a cambiar la vida. ¿O me va a hacer millonaria?

Se ríe y luego se baja del sillón, con prisa. Está cansada de hablar y se le hace tarde. En efecto su vida no cambia: tiene que prepararse para un nuevo concierto.

 

 

EJERCICIO

 

1.- Describa en cinco líneas  qué es lo que se cuenta en la historia.

2.- Cuántas fuentes  humanas y documentales tiene la historia.

3.- Descríbalas.

4.-Cite textualmente la descripción que le parece mejor elaborada y diga por qué.

5.- Cite textualmente el párrafo que le parece mejor elaborado y diga por qué.

6.- Describa en cinco líneas lo que usted aprendió de este ejercicio.

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La esencia del cambio de piel

Un estremecedor vendaval sacude a la prensa y a los reporteros en el mundo.

En múltiples escenarios de la geopolítica internacional se lucha por la supervivencia del buen periodismo, pero también se lucha por el control de los contenidos y por la supremacía de unos sobre otros en la tenencia y administración de los medios.

En otros espacios, la disputa es ideológica y cibernética.

Y entonces, como el legendario dilema de Hamlet (¿”ser o no ser?”), el periodismo vive una crisis de identidad editorial en lo espacial y en lo temporal.

¿Cómo asumir los vendavales, luchas y crisis desde la obstinada decisión de un sector del periodismo de no ceder al objetivo fundamental que no es político ni tiene relación con el poder, sino que tiene como fin alcanzar la excelencia?

Admitamos que el periodismo vive un intenso cambio de piel, como cuando llega la edad madura.

Los antiguos paradigmas se desacomodan y pierden consistencia, las zonas de confort se desestabilizan, los mitos (como aquel del “cuarto poder”) se vuelven frágiles y envejecen.

Citando a la filósofa Hannah Arent, el maestro Javier Darío Restrepo dice: “Los humanos no nacimos para morir, sino para renacer”.

“Cada generación forma un nuevo estado de existencia -escribe Arent-, un nuevo mundo, un empezar de nuevo desde la etapa más alta”. El cambio de piel es inevitable.

Lo esencial es el destino que sepamos darle.

 

Jorge Velarde: Esta sociedad aniquila a quienes crean y piensan

A veces tiene ganas de marcharse del país. Y dejarlo todo. Porque es difícil sobrevivir en medio de una sociedad que “aniquila a quienes crean y piensan”.

Pero, ¿es posible evitar ser parte del aniquilamiento, los escombros, el desorden? ¿No es ese nuestro destino?

Jorge Velarde (51) es un guayaquileño que pinta desde siempre. ¿Cuántos años? No lo recuerda.

Ha pintado cientos de cuadros -tampoco tiene una cifra exacta- y ha destruido otros cientos, simplemente porque no lo han satisfecho.

Afuera no está la ciudad bullente, cálida, vertiginosa. Solo se escucha el canto de los pájaros y desde los ventanales se observa el silencioso entorno de pequeños cerros teñidos de un verde intenso.

Estamos en la vía a la costa, en la urbanización Torres del Salado, a decenas de kilómetros de la ciudad-ciudad.

- ¿Huyó de aquel Guayaquil, como lo han hecho muchos? ¿Por qué?

- Vivir en un lugar así brinda cierta tranquilidad y seguridad.

- Pero su trabajo se nutre de lo urbano, del personaje de la calle…

- Es la contradicción que vivo. Mi trabajo se nutre de reconocer mi entorno y en mi entorno ya no hay gente. Si salgo de esta casa veo calles vacías. No hay tiendas. No pasa un vendedor de frutas o verduras. No se escucha el grito del gasfitero… Todo aquello echo de menos.

Eso perjudica a su obra. Y no solo a su obra sino a su visión de la realidad guayaquileña. Le gusta observar, mirar las evoluciones e involuciones de la ciudad, los abandonos, las novedades. Le gusta palpar los hechos, pero ahora está lejos de ellos.

- Yo pinto con el estómago. Y me afecta no estar dentro de la ciudad-ciudad porque en lugar de sentirla me toca recordarla, pensarla, y pensar mucho termina por golpearte.

- ¿Qué Guayaquil espera que vivan sus hijos? ¿Qué tipo de sociedad?

- Soy católico practicante y no creo en las sociedades perfectas. No creo en la perfección del hombre. No creo en la solidaridad como parte de esa sociedad. Para mis cinco hijos quiero amor, pero algo que sea capaz de superar la simplicidad de lo que conocemos como bondad o cariño.

EL AMOR AL ENEMIGO.

Habla del amor por los demás desde su visión cristiana. No cree en los sentimientos monótonos, hipócritas o mojigatos.

Y, entonces, ¿en qué amor cree? “En el amor al enemigo. En darle la razón aunque no la tenga. Esa es la única manera de ser feliz y es la única manera de no vivir en un contexto de amargura”.

- Usted dice que vivimos en una sociedad que aniquila a quienes crean y piensan. Es decir, ¿una sociedad fatua, frívola, superficial, casi analfabeta?

- Es muchísimo mayor el reconocimiento que la sociedad da a cualquier personaje de farándula que el que da a un creador. Aquí cualquiera tiene reconocimiento público a través de los medios y reconocimiento económico a través de instituciones privadas o públicas. Cualquier personaje de farándula es admirado, aunque el valor real de lo que haga no aporte en nada a la identidad nacional.

Se acerca al lienzo y se pone los anteojos cuyo armazón cuelga del cuello por un cordón negro. Su camiseta lila está salpicada de cientos de manchas de colores.

Es mediodía. Jorge Velarde parecería un hombre que no tiene prisa, que vive su espiritualidad sin apuros, aunque lo terrenal lo sacude cuando un inconfundible olor le recuerda que abajo, en la cocina, la lenteja que él está cocinando para el almuerzo empieza a quemarse, porque se olvidó…

LA IDENTIDAD.

Baja, apaga la olla y vuelve al taller. En el segundo nivel de la casa se encuentra este caos donde se mezclan libros, tubos de óleos, dientes de leche de sus hijos, herramientas -un martillo, una plomada-, números telefónicos anotados sobre las paredes, una computadora Mac, paletas construidas por él mismo, una impresora a color, cientos de pinceles, fotos, retratos, una “tablet” sobre el caballete, una pintura a medio terminar y que no le gusta.

- Volvamos a la construcción de la identidad. ¿Tiene que ver con algún desequilibrio entre lo que aparentemente importa y lo que realmente debería importar?

- La sociedad cree suficiente reconocer la importancia de los artistas en la conformación de la identidad nacional porque coloca sus obras en los museos o las muestra en libros que raras veces se publican, pero eso es mínimo. Me acerco a librerías a pedir libros de artistas ecuatorianos y no existen. Converso con artistas jóvenes sobre quiénes son los grandes pintores de la historia ecuatoriana y no los conocen. ¿Cómo puede alguien sentir orgullo de ser ecuatoriano o guayaquileño si vive en una sociedad que ignora a los artistas?

- ¿Ignorantes de nuestros creadores y demasiado entusiasmados con nuestros futbolistas o cantantes de farándula?

- El ‘Tin’ Delgado o Antonio Valencia tienen méritos propios, pero más allá de eso debemos saber que el fútbol es una industria que mueve muchísimo dinero y esto le da mucha prensa. O el cine comercial: qué lamentable ver cuánta importancia le damos -como medios y como sociedad- a una película de estreno sobre superhéroes. ¿Qué peso cultural o artístico trascendente tiene eso? Ninguno. Y, sin embargo, llenan espacios en todos los medios de comunicación y son el tema de conversación entre la gente.

LA MUJER.

Podría no caber la comparación, pero Velarde la hace: ya casi no se encuentra a sí mismo en la ciudad-ciudad, pero jamás deja de encontrarse en su esposa. Anabela, también de 51 años, es portuguesa. Y es su soporte. Con ella tiene cinco hijos (de 26, 23, 22, 16 y 12, además de una niña que nació muerta).

Mientras él no pudo vender un solo cuadro durante seis años, ella -profesora de Literatura y arte- trabajó en tres lugares al mismo tiempo.

Él se califica como cobarde, como desconfiado en sí mismo, como inseguro. ¿La necesita por eso? En su obra destacan decenas de retratos de su esposa. ¿Un agradecimiento a lo que ella ha sido con él? No, dice. La admiración a un cuerpo y un alma y el amor a una mujer excepcional.

Es un monógamo convencido. No solo porque esa convicción le viene de la fe, no solo porque es un católico practicante, sino, sobre todo, porque siente un amor muy real por Anabela y porque no concibe la vida sin ella: “Somos una sola carne”. Y con ella no necesita nada más.

LA POLÍTICA.

Los dos ventiladores plásticos que alivian el calor de las primeras horas de la tarde se mueven, rítmicos e incansables, colgados del techo de taller.

Velarde es uno de los artistas menos premiados del Ecuador, aunque quienes lo conocen lo califican como uno de los mejores pintores contemporáneos del país. Pero eso no le importa.

Mientras analiza una antigua fotografía que su padre tomó a su madre y muestra el cuadro que sobre ese tema ha empezado a pintar, la mirada se le pierde en dirección a un ventanal.

Observa un cerro lejano y expresa, como pensamiento suelto, que no le gustan las cosas que suceden en la política nacional.

- ¿Qué es lo que más le decepciona?

- Lo mismo que sucede con muchas cosas en el país. La farandulización de la política. La falta de altura en los discursos y en el ejercicio de ella. Mucho chisme, pugna, insulto, acusación, ataques, venganza. Le preocupa el olor a lenteja quemada y mientras desciende las escaleras hacia la planta baja reflexiona entre susurros. Va en dirección a la cocina y se despide. Cuando se aleja, se hace una pregunta en voz alta, como para reafirmarse: “¿Una sociedad que aniquila a quienes piensan y crean? Sí. Sí. Una sociedad intolerante”.

Fotografía: Bolívar Parra