Rubén Darío Buitrón

Territorio de periodismo y ejercicio autocrítico del oficio

Récord de despidos: ¿otro premio Guinness para la TV nacional?

Ana Teresa Fernández

Qué curioso. Abro la página web del canal que hace poco ganó un premio Guinness y la primera noticia tiene un encabezado que dice: Despidos.

La leo con avidez, creyendo que la empresa tendría el coraje de aceptar que ha sacado de los roles a decenas de empleados, algunos de ellos con muchísimos años, “puestos la camiseta”, como suelen decir los dueños de los medios para convencernos de dejarnos explotar porque “somos una familia”.

Pero la noticia se refiere a que “Coca Cola planea eliminar un 32,67 por ciento de sus empleos en España”. En otras palabras, aquí no pasa nada. Es allá…

Sigo buceando en el portal y encuentro una nota en la que pide aclaración a uno de los periódicos que publicó la noticia.

“En la edición de Diario El Telégrafo correspondiente al 17 de septiembre de 2014 ha sido publicado un reportaje titulado: ‘Ecuavisa separa a 40 colaboradores de dos ciudades’ y en el desarrollo de la noticia, basándose en mensajes de twitter de Fausto Calispa, menciona que los despidos llegarán a 90”.

A Fausto (@facalispa) lo conozco, sé de su profesionalismo y su amor por el trabajo. ¿Por qué tendría que mentir? Luego el documento insinúa que Calispa salió del canal hace meses “por otras razones”. Que diga el canal con transparencia esas razones y no deje en el aire esa insinuación.

Luego continúa:

“Como aquello no es cierto, y en el fondo puede deteriorar el clima laboral, amparado en el artículo 23 de la Ley Orgánica de Comunicación, nos vemos en la necesidades de pedir la rectificación de dicha nota periodística, pues la información tiene deficiencias de verificación, contrastación y precisión…”.

Si es así, como dice El Telégrafo, ¿por qué no respondieron cuando el diario los llamó?

Y en un alarde de sinceridad, como si fuera un alivio o un consuelo, el canal “aclara” que “no se ha despedido a 40 personas, sino a 27”, aunque en otro documento habla de 35.

¿Con el hecho de que no sean 40 pretenden consolar a quienes se han indignado con la medida laboral? ¿Por qué la tenían escondida mientras celebraban con fanfarria el premio Guinness al conductor de mayor permanencia en el aire?

Cuando intentan descalificar a la fuente, en este caso Fausto Calispa, queda la duda.

¿Que no es cierto que despedirán a 90 personas? Veremos qué ocurre en las siguientes semanas.

¿No será que los frenó la valentía de Calispa para revelar lo que está pasando allá adentro?

Luego se refieren al personal que, según la estación televisora, se acogió a la jubilación patronal por sus largos años de servicio. De nuevo, la duda. Porque en estos días me he encontrado por casualidad con dos de ellos y afirman, de manera tajante, que los botaron.

La lección final es paradójica. “No creo en la Ley de Comunicación, pero cuando sirve a mis intereses, sí”.

Ellos, que en sus notas editoriales y en sus comentarios públicos rechazan sistemáticamente la Ley, ahora demandan que se cumpla el derecho a la rectificación contemplado en esta normativa. ¿Ahora ya creen en ella?

Releyendo entre líneas, lo que le preocupa a la empresa es lo que dice al empezar su comunicado: que pueda “deteriorarse el clima laboral” interno.

¿Por qué tendría que ocurrir eso si las decisiones tomadas por parte del canal han sido legales y ajustadas a la normativa laboral? ¿O no lo fueron?

Lo del clima laboral suena, más bien, a mala conciencia.

Así como suena a mala conciencia que se diga, como si nada sucediera, que “no son 40, sino 27”. Como si el canal se sorprendiera: “¿Tanta bulla solo por 27 personas?”. Sí, tanta bulla, porque son 27 trabajadores, 27 familias, 27 seres humanos.

Igual que lo ocurrido hace un mes con el ex Diario HOY. Más de 150 periodistas, empleados y trabajadores sin dos meses de salario y sin el décimo cuarto sueldo. O los cierres de las regionales de Diario La Hora.

Pero eso no parece importarles a los dueños de los medios. Y, en este nuevo caso, si hubiera el premio Guinness al canal que más personas despide, con este ya tendría dos galardones: el uno festivo y rimbombante, el otro rodeado de secretismo y confusión.
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Ilustración de Ana Teresa Fernández

¿Cuerpo bien formado? ¿Rostro bonito? Sea reina de Portoviejo y gane un sueldo mensual y un cargo

Katja Faith
Este sábado 20 de septiembre hará historia Agustín Casanova, alcalde de Portoviejo, capital de la provincia de Manabí.
Hace poco cumplió tres meses en su cargo y en estos días ha hecho noticia internacional, pero en las secciones de curiosidades, de farándula o de hechos asombrosos.
En la presentación de las 16 candidatas al concurso de “Miss Portoviejo”, Casanova sorprendió al auditorio y a las candidatas cuando hizo un anuncio insólito: la nueva reina recibirá un sueldo de 1.600 dólares y será nombrada jefa del departamento municipal de Bienestar Social.
Según Casanova, la decisión tiene como propósito que la reina “pueda mantenerse en todos los eventos y cumpla con lo que le exige la dignidad”.
La reina saliente, reporta diario El Universo, es María Janeth Pazmiño. Ella dice que sí es necesario que la futura majestad reciba un sueldo porque “las gestiones, los trámites y las representaciones generan un egreso que lo asumen los familiares de la soberana. Agregó que las actividades que realizan implican gastos que incluyen vestimenta”.
Absurda por donde se lo mire, la propuesta del Alcalde es demagógica, populista y fuera de toda realidad.
Una reflexión más sobria e inteligente, aunque vaya en contra de la “tradición”, habría sido suprimir la elección anual de “Miss” (de hecho, escoger a la más bella –generalmente con un bajo coeficiente intelectual- es un acto discriminatorio con las demás jóvenes habitantes de la ciudad) y no disponer de los fondos del Cabildo, es decir, del dinero de los impuestos que pagan los ciudadanos, para conseguir popularidad.
La sorpresa que ha generado el anuncio debe llevarnos a debatir, a nivel nacional, acerca de cuál es el objetivo de que una ciudad tenga una “reina”.
¿Nostalgia del pasado español, que durante el coloniaje vino a invadir, conquistar e imponer valores extraños a nuestros ancestros, como el hecho de elegir “reina” para que no olvidemos que estamos bajo un modelo políticamente vertical y para que nunca dejemos de tomar en cuenta que la superioridad sobre los demás tiene que ver con la belleza física y con llevar sobre la cabeza una corona?
¿Ignorancia de la autoridad al no entender que un cuerpo bonito no necesariamente viene acompañado de una capacidad administrativa para trabajar, con salario mensual, en beneficio de la gente?
¿Qué sentido tiene que una ciudad cuente con una reina? ¿Para qué? ¿Qué rol importante puede jugar en la estructura administrativa de un municipio alguien que quizás lo poco que sabe es caminar con garbo y sonreír a las cámaras?
Según el libro «Beauty and body image in the media» (2009), “las críticas hacia los concursos de belleza radican principalmente en que refuerzan la idea de que las mujeres deben ser valoradas principalmente por su apariencia física, lo cual hace una gran presión sobre las mujeres para que “sean hermosas”, gastando dinero en ropa, cosméticos, productos para el cabello y cirugías estéticas.
“Esta obsesión por la belleza física incluso lleva a las mujeres a realizar dietas estrictas, con resultados como la anorexia o la bulimia.
“Aunque algunas competencias tienen componentes que no están basados puramente en la belleza física, las participantes poco atractivas tienen pocas posibilidades de ganar, sin importar su talento, su inteligencia, su educación, su aplomo, su ingenio o su conciencia social.
“En lugar de proveerles oportunidades a las mujeres, se discute que los concursos de belleza lastiman a las mujeres que no cumplen las ideas tradicionales de belleza, porque las que sí cumplen el ideal son vistas como “mejores” que el resto de las mujeres”.
En Europa, es una costumbre antigua elegir reyes y reinas simbólicos para las festividades, en las cuales las ganadoras “representan las virtudes de la nación y otras ideas abstractas”.
No hay un argumento válido para continuar con esta ridiculez de elegir reinas, mucho peor si un alcalde distorsiona de forma total el anticuado concepto.
La incapacidad para valorar a la mujer por otros méritos y no solo por la belleza de su rostro ni por un “cuerpo estructural” es uno de los actos machistas más burdos, discriminatorios y sesgados de la sociedad contemporánea.
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En otros lugares, ya ni siquiera habrá el concurso Miss Universo

Por primera vez el popular certamen de belleza más importante del mundo entero, Miss Universo, no se realizará este año, según trascendió hace solo unos días en las redes sociales. El alcalde de la famosa ciudad de Doral, Florida, Luigi Boria, anunció recientemente a través de su cuenta de twitter que se celebrará en 2015.

Eso provocó de forma inmediata que se hiciera correr como la pólvora en la red que 2014 será saltada y tendrá fecha el 18 de enero del próximo año, es decir, que la actual vencedora aumentaría su reinado.

Se trata de una decisión que hemos conocido a lo largo de este fin de semana y que ha originado cierta polémica en torno a los responsables de la misma.

Se han producido también diversas reacciones entre las que destacan las de muchos cargos de responsabilidad política.

Tal y como sabemos, este desfile debe realizarse en enero bajo una pujante influencia comercial en todos los sentidos.

Enrique Flor, un periodista del Nuevo Herald, ha revelado que se van a gastar 2 millones y medio de dólares en el espectáculo tras una votación de 3 votos a favor y uno en contra.

El alcalde de Doral, Luigi Boria, asegura que el hecho “significará un importante motor económico para la comunidad”.

La vice-alcaldesa, Christi Fraga, la que desaprobó realizar allí el proyecto.

En este punto, si bien se mostró a favor de realizarlo, agregó que “creo que no debería hacerse a costa del dinero de los contribuyentes” de la ciudad.

Eso sí, pese a la oposición de su vice-alcaldesa, Christi Fraga, el jefe de esta entregó 500 mil dólares para organizar el certamen.

Para ello argumenta que los habitantes de Doral afrontan necesidades más apremiantes que impulsar Miss Universo.

Y agrega también que ya anunció que en diciembre sumará otro millón al plan. Y no queda ahí la cosa.

El frívolo espectáculo es manejado por el multimillonario estadounidense Donald Trump.

Sin ir más lejos, hubo una pública trifulca entre Boria y su administrador, Joe Carollo, así como la renuncia de su jefe de Despacho, Gonzalo Bello.

No fue lo único, ya que también le descubrieron irregularidades en pagos de un local que utilizó durante su campaña electoral del 2013.

Este certamen de especial repercusión mediática no goza de la aceptación popular en muchos sitios por la imagen de la mujer que se ofrece.

Cuando el automóvil es una máquina de sentimientos

Nicola Verlato
Imposible saber lo que hará en los próximos segundos el conductor que va adelante: quizás suba de tono la conversación que mantiene con la persona que viaja junto a él y eso provoque que súbitamente pise el acelerador, impulse el vehículo con velocidad inusitada e, inmediatamente, ponga el pie en el freno.

O quizás, mientras escucha las noticias sobre la eterna guerra de los gringos en el Medio Oriente o se deja llevar por el ritmo de algún vallenato de moda, mueva el volante hacia la derecha sin haber encendido las luces direccionales.

O quizás, inconscientemente, decida bajar la velocidad y permanecer en el carril de la izquierda, sin hacer ninguna señal que ponga en guardia al conductor del auto que viene detrás.

O quizás gire intempestivamente el volante, porque resuelve eludir al perro callejero que indiferente y suicida cruza la autopista Simón Bolívar, y eso provoque frenazos simultáneos de los autos que van detrás.

O quizás amaneció de mal humor y va despacio a propósito por el carril izquierdo, por el que sirve para rebasar, para poner del mismo mal humor a quienes van detrás, con lo cual sentirá que no está solo en el mundo de las amarguras interiores.

O quizás ninguna autoridad le haya advertido que debe ir por el lado derecho cuando circule despacio por una vía de dos o más carriles, y que solo debe tomar la izquierda para adelantar a quienes conducen con menor velocidad y luego volver a su derecha.

O quizás esté muy molesto con los que van detrás, que pitan, hacen cambios rápidos de luces y hasta sacan la cabeza por la ventana y le piden que acelere o se haga a un lado, y tanto le molesten esos actos que resuelva frenar en seco, apagar el motor, bajarse del auto y desafiar a golpes o, si es más rudo, amenazar con una pistola a quienes le exigen respetar las normas de tránsito y de convivencia pacífica.

Hay muchos quizás en el imposible conductor que va despacio, lento, desesperadamente despacio por el carril izquierdo de la Simón Bolívar.

Hay tantos quizás que lo mejor será que la próxima vez que mi carro, que va detrás de aquel automovilista, haya llegado el momento de decidir si revestirme de una inusual dosis de paciencia, para lo cual deberé entender que el tiempo que me demore en circular por la vía no será mío sino del individuo que no me deja pasar, o quizás –yo también tengo ahora mis quizás– decida convertirme en otro clon del incierto conductor (sus réplicas circulan por calles, avenidas y vías de la ciudad) y me sume –mientras me aferro a mi carril izquierdo– a este quemimportismo y a este odio automovilístico colectivo.
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Ilustración de Nicola Verlato

De todo lo que fue y de todo lo que viene

Feeling
La voz suena tímida, como un susurro, distante. Tras el saludo, ocurre el tradicional cruce de frases. Adivina quién soy… No, no sé… ¿Me has olvidado?… Tengo una idea, pero dime quién eres…

Él reconoce la voz. Una voz del pasado. De hace 20 o 25 años. Una voz de hace tanto tiempo que ahora está aquí, al otro lado del teléfono.

No es necesario nombrarla. Él recuerda que se trata de Elena y ella estimula su imaginación.

Bastan una pincelada, un boceto: la hermana del compañero más querido del colegio, las calles nocturnas del antiguo barrio, el coqueteo que nunca se atrevió a romper los límites de la timidez y el rubor, la amistad intermitente pero memorable.

Elena recuerda y él también recuerda. Cuatro, cinco cosas. “Nunca he olvidado que fuiste mi mejor amigo –dice ella–. Y aunque me costó varios meses saber dónde estabas, al fin te ubiqué para decirte adiós”.

El silencio se vuelve demasiado largo. Él, finalmente, lo rompe con dos frases directas, secas: ¿Te vas de viaje? ¿Adónde?

Elena ríe, casi imperceptiblemente. No lo dice, pero en sus palabras evidencia que no está jugando. Ya no es una adolescente. Ya no es la chica tímida que no sabía cómo enfrentar la vida. Ya no busca la clave de su existencia. Tiene a sus hijos de 17, 16 y 14 años. Tiene a su esposo. No necesita nada más.

Después de otro largo silencio, él percibe que no debe preguntar de nuevo lo del viaje. Piensa que el adiós y la despedida podrían ser una metáfora, una manera de decir algo que duele decir, una forma de neutralizar cierto sabor amargo que se aproxima.

Ocurrió hace un año y medio –dice la voz de Elena–. Y no puedo esperar para contarte, aunque sea inoportuna o no tengas tiempo para escucharme. La voz ahora suena apacible, reflexiva.

Desde hace 18 meses, Elena se dedica a recorrer los lugares que para ella más sentido tuvieron: el colegio de monjas donde pasó doce años, la empresa donde fue secretaria ejecutiva durante cinco años, el barrio en el que vivió hasta el día que decidió casarse, la iglesia en la que se celebró el matrimonio, la clínica donde dio a luz a sus hijos.

Desde hace 18 meses, también, se dedica a buscar los teléfonos de todas las personas –al menos, de las que recuerda con nitidez– que alguna significación tuvieron en un momento de su vida. Su alegría es encontrarlas. Reconstruir con ellas una memoria solidaria, conjunta, fraterna, ojalá infinita.

A Elena le hace feliz saber que esas personas aún siguen allí, al otro lado del teléfono, dispuestas a escucharla 20 o 25 años después. Por eso llama. Para despedirse. Para decir adiós. Porque hace un año y medio el médico, después de mirar los resultados de los exámenes, le dijo que su enfermedad era irreversible.

A los 40 años de edad es difícil despedirse, dice la voz dulce de Elena. Porque a los 40 años tienes la sensación de que todavía te queda mucho por andar.
Elena quiere ganar tiempo.
Quizás vaya al cielo.
O al infierno.
O a la nada.
Le han advertido que morirá sin aviso, sin síntomas previos, y quiere estar segura de que se irá con las imágenes y las voces que alguna vez le dieron alegría.
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Fotografía de Nicholas Garlab

Los dardos inesperados de la soledad

José Luis Serzo
Era medianoche cuando lo atacó la nostalgia y se le ocurrió que debía decidir si esta soledad era obligada o voluntaria.

Solía jactarse de esos conceptos con los amigos, con la pareja –antes de que ella resolviera dejarlo–, con los compañeros de trabajo, pero siempre lo hizo con distancia, en un tono poético o fabulador que manejaba bien, pero que no era auténtico.

Él mismo no lo sentía parte de su naturaleza. Y ahora que estaba solo, vacío de afectos y relaciones, ni siquiera tenía quien escuchara su retórica.

Enfrentado al insomnio acusador, a la culpa que ya no podía ignorar, a la incertidumbre y, sobre todo, a la nada que súbitamente lo asaltó, debía resolver un enigma que hasta entonces había creído ajeno (un problema que en realidad no le afectaba, un asunto que nada tenía que ver con su vida, un tema que para los demás –no para él– era un conflicto interno).

Quería pensar. Había resuelto no encender el televisor ni la radio porque la luz de la pantalla lo agotaba y la música no lo dejaba concentrar.

Lo único que escuchaba era el rumor de su propia respiración, mientras desde afuera llegaba, lejana, la queja de algún perro callejero.

Parecía tonto aferrarse al objetivo de querer saber inmediatamente cómo llegó a este momento de su existencia. En qué instante la soledad apuntó hacia él con sus dardos inesperados. Parecía tonto pero lo sentía necesario. Esencial. Urgente.

Había desconectado sus dos teléfonos, el convencional y el celular. Quería evitar una debilidad, un gesto frágil, una boya o un salvavidas: generalmente se busca en el prójimo un pretexto para armar exculpaciones, proclamar inocencias o argumentar ingenuidades. Es el reingreso a la normalidad por la puerta falsa.

Y ahí estaba, buscando el punto más negro y brillante en la intensa oscuridad de la habitación, quizás para caer dentro, perderse, desaparecer. Buscaba un mecanismo furtivo y disfrazado que le permitiera evadir un autojuzgamiento implacable.

Todo por la soledad. Por esta indefinible sensación de vértigo y vacío, por esta mancha espesa que corroe el corazón o el alma o el espíritu (depende del espacio interior donde uno intenta renovar la vida cada día).

¿Soledad voluntaria u obligada? Analizó la dimensión de la pregunta y a ratos le pareció confusa, casi inútil y hueca. ¿Qué tan importante era definir el carácter de la soledad que esta noche lo derrotaba? ¿No era más oportuno entender el proceso que condujo a esta exasperación?

Lo cómodo era concluir que se trataba de una soledad voluntaria.

Cómodo si no optaba por entender el proceso, por admitir errores, por ceder posiciones en el combate contra sus egoísmos, sus prioridades individuales, su tendencia a ignorar todo lo que no fuese parte de su proyecto personal, porque a partir de esa definición podría compadecerse, justificarse, dejar atrás este profundo bache anímico. Incluso perdonarse.

Pero a veces él mismo se sorprendía de los caminos que tomaba: de pronto definió su soledad como obligada, forzada, tormentosa. Y entonces resolvió asumir las culpas por el manejo de sus afectos y de su relación.

Rápidamente encendió la luz, conectó el teléfono, marcó un número. El timbre sonó repetida, insistentemente. Pero al otro lado de la línea, hacía tiempo, la persona que estaba allí dudaba si la reconciliación debía ser obligada o voluntaria.
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Ilustración de José Luis Serzo

Egos y dudas sobre un pedazo de la condición humana

Nula libertad II Xochitl Espinosa
Esperaba que la cajera le devolviera el cupón de descuento y terminara de verificar la validez de la tarjeta de crédito cuando escuchó que una mujer susurró algo así como: “Dios mío, solo tengo 13 dólares”.

No entendió por qué le llamó la atención: quizás por su costumbre de evadir su propia existencia y hurgar en las situaciones ajenas, de escuchar con atención fragmentos de vidas para imaginar la totalidad de ellas, de protegerse de un vacío desolador donde no pueda sentir nada real ni imaginado.

Firmó el comprobante por 49 dólares, recogió su paquete y dio vuelta para marcharse. Pero en ese momento algo lo impulsó a escuchar más, a fingir una dificultad con la funda que contenía los artículos comprados.

Quiso saber algo adicional de ese pedazo de historia que tenía a su lado, una pequeña hija que intentó tomar un peine que se exhibía en el escaparate contiguo y una madre que inmediatamente -con miedo y pudor- le exigió que no tocase nada.

Él no debía quedarse más porque carecía de razón para hacerlo. Podrían tomarlo como indiscreto o mirón. Podría despertar alguna sospecha innecesaria. Y esas cosas él no podía permitirse.

Mientras empezaba a caminar escuchó a la cajera pedir a la mujer el cupón de descuento y que esta respondía que no, que no lo tenía, y luego a la cajera decir que el par de zapatos para la niña costaba 14 dólares con noventa centavos y que sin aquel cupón era imposible hacer una rebaja. Lo último que alcanzó a oír fue, de nuevo pero con más énfasis, “Dios mío, solo tengo 13 dólares”.

Lo que sucedió después fue, para él, consecuencia del riesgo de acercarse al prójimo más allá de lo prudente.

Salió del local en busca de un taxi y de repente le obsesionó la idea de que había actuado de manera insensible en un lugar público, lo cual era una vergüenza: la niña seguramente necesitaba con urgencia esos zapatos para ir a la escuela y su madre no habría podido comprarlos porque le faltaron un dólar con noventa centavos. Y él no había mostrado ningún interés.

Imaginó el llanto inconsolable de la niña, su pena o rabia o vergüenza cuando el lunes asista a clases con zapatos desgastados o inservibles. Imaginó también la frustración de la madre, una mujer humilde que talvez gane poco, como empleada doméstica o como vendedora de frutas en el mercado cercano.
Avanzaba en el taxi con dirección a su casa y empezó a atormentarlo una creciente condena a su presunta (o real) apatía.

Resolvió pedir al taxista que regresara al almacén. Allí buscaría a la mujer y le diría que él podía ayudarla con el dólar y los noventa centavos, o que le cedía el cupón de descuento para pagar sin recargo el valor de los zapatos, o simplemente -para sentirse bien consigo mismo- le preguntaría si logró resolver el problema.

Pagó al taxista y entró rápidamente. Se detuvo en la mitad del almacén para ubicar a la mujer y a la niña. Dudó. Se preguntó si era pertinente lo que estaba haciendo. Se preguntó si la mujer sentiría una invasión a su intimidad o una afrenta contra su orgullo. Se preguntó si lo que él en realidad intentaba era tan solo lavar su sentimiento de culpa.

Pero no tuvo respuestas. La mujer y la niña ya no estaban allí y él ni siquiera consideró la idea de preguntar a la cajera. Podría tomarlo como indiscreto o mirón. Podría despertar alguna sospecha innecesaria. Y esas cosas él no podía permitirse.
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Nula libertad. Ilustración de Xóchitl Espinosa

“Tres garrotazos”, las lecciones de una sociedad en descomposición

Francois Benveniste
El taxista guayaquileño Franklin López, que confiesa ser barcelonista de corazón y guayaquileño ciento por ciento, pasó del anonimato a la fama (¿) gracias a una presunta proeza sexual que contó a un cliente, este le grabó y subió a las redes sociales.
Según la grabación, tuvo relaciones carnales con una pasajera, quien lo sedujo y consintió el encuentro, y fue a ella a quien, en lenguaje machista, le dio “tres garrotazos” en el asiento de atrás del vehículo.
La inmediatez y viralización de las redes sociales hicieron el resto del trabajo.
López se convirtió en un héroe para muchos y en un villano para otros, en especial para quienes no profesan el machismo y, por supuesto, para miles de mujeres ecuatorianas que se enteraron de la historia.
La súbita popularidad del taxista de los “tres garrotazos”, que según confiesa le costó que su esposa lo sacara de la casa, fue aprovechada de inmediato por medios de comunicación que, casi sin excepción, obviaron la reflexión social sobre el reflejo de la descomposición de una sociedad bombardeada por la TV, el cine y las redes sociales con este tipo de contenidos, sino como un episodio humorístico, picarezco, para ser difundido a la audiencia.
Radio DiBlu de Guayaquil, por ejemplo, lo hizo en un programa en el que un panel de hombres y mujeres aprovecharon para hacer los chistes más burdos y hasta ofrecer a las chicas la dirección, el teléfono y cómo una chica o un señora puede localizar a López en caso de necesidad…

¿En qué anda la gente, de qué está hablando el país? Tomando un chocolate en una librería-cafetería del norte de Quito, me sorprendió que en la mesa de al lado, siete altos ejecutivos (afuera tenían choferes y guardaespaldas) hablaban del éxito de sus empresas, bebían vodka Finlandia y dedicaron al menos una media hora de su charla, entre chistes y suspicacias, al tema del “Tres garrotazos”. Lo hacían junto con una socia, amiga, esposa o compañera de uno de ellos, que callaba y sonreía con esfuerzo.
Se entiende, entonces, que la presentación que hizo DiBlu fuera como si quien llegara a los estudios fuera una estrella internacional. “¡Aquí está, lo prometido, el taxista de los tres garrotazos!”. Aplausos y risas en el estudio.
López habló de que las mujeres “andan atrasadas” y que él es solo un representante más del hombre (y sin Viagra, aclaró el panel), pero que él no se propuso hacerlo.
¿Cómo reaccionó cuando su esposa se enteró? Le dijeron. El taxista respondió:
“Como todo varón, negando todo hasta el último. Pero me maleteó (lo sacó de la casa)”.
Quizás eso de “varón” (macho o semental), fue lo que hizo que el expresidente Abdalá Bucaram, tan proclive a autodefinirse como un Adonis, enviara un mensaje a López, que se difundió en YouTube y en medios de comunicación.
“Te felicito, hermano, así hay que tratarlas, como varón. Cuando esté en Ecuador para darnos un fuerte abrazo”.

El Noticiero Uno, sin embargo, fue prudente. Uno de sus reporteros, Christian Arias, explicó a la audiencia que tomaron la decisión de abordar el caso y difundirlo porque ya era inevitable hacerlo. Entonces, dijo, no convenía callar, sino contextualizar. Un aplauso para Arias.

Arias explicó que el audio del “Tres garrotazos”, es como la gripe: hoy todo el mundo lo tiene. “Aquella grabación de audio se propagó como virus por Guayaquil y el mundo y es la descripción de una supuesta aventura vivida por un taxista, copiada, reenviada, criticada y censurada por unos, gozada y aplaudida por otros… Pero escuchada por la gran mayoría de usuarios de las redes…”.
Según una experta entrevistada por el reportero, cuyo nombre no pudimos registrar, es el peor reflejo de la consumanía.
La prueba: López ha recibido muchas ofertas para que haga publicidad. Una concesionaria le ofrece un auto, pagándole la entrada, o una cadena hotelera le pide promocionar sus habitaciones a cambio de importantes sumas de dinero.
Arias, a diferencia de DiBlu, explicó:
“López pasó de una desatinada voz que hacía reír a sus compañeros. Un compañero lo escuchó y lo subió al YouTube. Arias contextualizó con otros casos en el mundo de cosas sorpresivas”.
Orgulloso y convencido de su hazaña (que nadie la ha comprobado, pues es su historia, sin nombres), López expresa, quizás sin proponérselo, el machismo más simplón, burdo y masivo al que el ametrallamiento de símbolos y signos y sugerencias está sometida la sociedad: más hombre eres mientras te acuestas con más mujeres. Y, supongo, más aún si les has dado “tres garrotazos”.
López, talvez confundido por esa extraña fama de quince minutos, explica que en el audio habla de una sola mujer, que no la nombra, y que solo les contó a un “pana” y a un cliente de confianza, a quien atribuye haber subido a las redes el audio.
Eso es lo que pasó -afirma- y pido disculpas si las mujeres ecuatorianas se han ofendido.
La sociedad, atiborrada de tanto mensaje y contenido sexual, aceptará las disculpas y “Tres garrotazos” quedará, finalmente, como una anécdota.
Lo grave es que algunos medios mitifiquen esos actos, los vuelvan objeto de chisme comunicacional colectivo y vuelvan héroes a estos personajes.
Lo grave es volver a “Tres garrotazos” un referente para los hombres y, en especial, para los jóvenes.
Lo grave es que lo entrevisten decenas de medios, sin reflexión ni autocrítica ni diálogo moral posibles, en un marco de presentar a quien acaba de realizar una hazaña de la cual el país debe enorgullecerse.
Lo patético es que los políticos feliciten esta forma de actuar.“Así hay que tratarlas”, dice Bucaram.
¿Qué dirán, en silencio, otros políticos, otros ciudadanos, otros hombres, otros machos como los ejecutivos de la cafetería-bar que gozaban con la historia?
¿Qué o quiénes están detrás del taxista? ¿Hay alguna estrategia perversa que utiliza a Franklin López? ¿Algún poder que quiere utilizarlo en el momento justo? De no ser así, López es igualmente manipulado por su propia conciencia y es resultado del exitismo machista por sobre los afectos y los compromisos.
Mario Benedetti decía: “Qué complicado es el amor breve/y qué sencillo el largo amor”.
En la historia de “Tres garrotazos” es todo lo contrario: lujuria brutal llena de adrenalina por sobre el amor de pareja.
Así se propagan los antivalores de una sociedad cuyos valores han entrado en estado de descomposición.
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Ilustración de Francoise Beneviste

El tuitero 123 y dos extrañas no convocatorias

benditofutbol
La mayoría de hinchas del fútbol ecuatoriano lleva altiva, en su frente, la etiqueta “el tuitero 123”.
Me recuerda cuando en el 2005 el presidente de la República, coronel Lucio Gutiérrez, negó que el pueblo estuviera en su contra y dijo que los que protestaban eran “tres o cuatro forajidos”.
De inmediato, los “tres o cuatro forajidos” empezaron a llamar a las radiodifusoras, enviaban mensajes de texto SMS (aún no eran tiempos tuiteros) y se identificaban más o menos así: “Soy el forajido 1704540879” (que era el número de su cédula) y daban su nombre.
Pocos días después, Gutiérrez enfrentaba masivas protestas en Quito y cuando la gente llegó a la Plaza Grande, huyó en un helicóptero y abandonó el poder.
No fueron “tres o cuatro forajidos”. Fue el pueblo que se cansó y tomó la decisión.
Cuando un abogado del presidente de la Federación Ecuatoriana de Fútbol (FEF), Luis Chiriboga, anunció que demandará al dirigente de Liga, Rodrigo Paz, y “a 122 ciudadanos que en tuiter o Facebook ofendieron al presidente de la FEF”, ninguno de los presuntos delincuentes se quedó callado.
Por el contrario, explotaron en creatividad. Unos crearon el hashtag #DemándameCHIRIBOGA y, otros, #LárgateChiriboga.
El tuitero @JuanPablo_Farez recordó, tomando una imagen de la prensa, las razones por las cuales una mayoría de hinchas de la selección, que fracasó en el reciente mundial Brasil 2014 en medio de oscuras inculpaciones y verdades a medias, pide la salida de Chiriboga, quien ya ha amenazado que si lo siguen molestando se presentará en enero a las elecciones de la FEF. Si resultara reelecto estaría, al menos, 20 años al frente de la Federación.
Por eso, lo que hace @JuanPablo_Farez, con los datos del propio informe de la FEF sobre Brasil 2014, es tan importante para la reflexión colectiva.
Leamos las cifras:
-Nómina oficial de la Tri: 50 personas (entre futbolistas, cuerpo técnico y dirigentes).
-18 invitados aparecen en la lista “Dirigentes/Funcionarios/Auspiciantes, entre ellos Iván Hurtado, quien como presidente de la AFE no entra en las tres categorías mencionadas.
-Además, Selim Doumet y Patricio Miño, presidentes de Asoguayas y AFNA, en ese orden.
-También Nassib Neme, presidente de Emelec (él dijo que no aceptó viáticos y que pagó su viaje de ida y vuelta).
-34 familiares del cuerpo técnico y jugadores fueron invitados al Mundial.
-Los que más parientes llevaron a Brasil fueron el DR Reinaldo Rueda y su asistente Alexis Mendoza, con cuatro personas cada uno).
-32 nombres (no se los detalla) están en la lista de “Prensa y varias personas que pagaron” sus pasajes, alimentación y movilización en el Mundial.
-18 nombres se citan en el Anexo D de “Familiares de directores (dirigentes de la FEF) /Canjes/Varios”. Aparecen Mauricio Chiriboga, y Carlos Villacís Jr. (parientes de Luis Chiriboga y Carlos Villacís, presidente y vicepresidente de la FEF). También Carlos Coello como pariente de Carlos Coello. Además, Yadira Jiménez, familiar de Guillermo Saltos Guale.
-$224.600 gastó la FEF en viáticos de invitados al Mundial.
-$93.000 se pagaron en viáticos a otros trece altos directivos de la FEF por viáticos en 18 días en Brasil ($400 diarios para cada uno).
-$82.400 gastó la FEF en viáticos de dirigentes, funcionarios y personal de apoyo ($200 por día a cada una de las 16 personas).
-$73.800 recibieron los presidentes de clubes y asociaciones (o sus representantes) por 18 días. Cada uno recibió $100 de viáticos diarios.
Lo que puso en su tuit @JuanPablo_Farez es una síntesis del informe de la misma Federación Ecuatoriana de Fútbol.
Sobre esas cifras, algunas extrañas, otras desproporcionadas, otras sorprendentes, debe dar explicaciones el presidente de la FEF.
La estrategia de defenderse atacando quizás le dé réditos a Chiriboga en lo jurídico, pero cada día suma más hinchas en contra.
Peor ahora, que, por extraña coincidencia, el frágil Sixto Vizuete, otra vez DT encargado (que hace pocos meses se quejaba en twitter de que lo maltrataron en la FEF), no convoca ni a Jefferson Montero ni a Antonio Valencia, quienes después de la denuncia de Montero tenían mucho que hablar.
Es más, Montero advirtió que “en la próxima convocatoria les dirá en la cara a los que jugaron por la plata y no por la camiseta”.
¿Es eso lo que Vizuete o sus “jefes” quieren evitar? ¿Qué más sabe Montero cuando afirma que es una pena no poder decirlo todo?
Pero las cosas no son tan fáciles como para silenciarlas con dos “no convocatorias”. Los hinchas quieren que se aclare todo y hasta arriesgan la posibilidad de ser enjuiciados.
Porque cada vez son miles y miles de tuiteros dispuestos a jugarse su integridad y su dignidad porque entienden que ha llegado la hora de que resucite el fútbol profesional con un cambio de liderazgo en la FEF.
Son miles y miles de tuiteros que esperan una autocrítica del señor Chiriboga y un paso al costado de toda la dirigencia que ya cumplió su ciclo.
Son miles y miles. Y cada día crecerá el número de hinchas y ciudadanos que se identifiquen como “el tuitero 123”.
No habrá cárcel donde quepa tanta gente.
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Fotografía tomada de Bendito Fútbol

¿La Tri juega con el corazón o con el bolsillo?

sevilla.abc.es
Cuando el delantero ecuatoriano Jefferson Montero denuncia que “hay jugadores que van por dinero a la Tricolor” está diciendo algo mucho más grave que el sensacionalismo con el que se pretende especular cuánto y cómo fue el reparto del dinero y de los premios.
No soy ingenuo. Sé que los grandes futbolistas del mundo ganan millones de dólares o euros en sus clubes y eso, en medio de la mercantilización del espectáculo, no lo comparto pero lo entiendo.
Sé, por supuesto, que la FIFA es una mafia dedicada a especular y comercializar el fútbol (ellos dicen “masificar e internacionalizar”) en todo el mundo y que manejan miles de millones de dólares en vender imagen, marcas, “sponsors”.
Sé que incluso los tentáculos de FIFA han llegado a influir en la política: fueron sus dirigentes quienes entregaron el trofeo de la Copa Mundial de Fútbol en Argentina al dictador Jorge Videla, quien se enorgullecía de las decenas de miles de muertos, desaparecidos, mutilados, torturados y vejados que dejó la masacre a los militantes de izquierda en los tenebrosos años del Plan Cóndor en el Cono Sur.
Así que nada de eso puede sorprenderme, pero sí me sorprende que aquellos seleccionados que cantan con fervor el himno nacional, que besan la camiseta como cuando en la escuela se jura la bandera, que miran al cielo y se persignan para ofrecer a Dios su gran jugada, en realidad estén calculando cuánto les tocará en el reparto por jugar más o menos minutos.
Jefferson Montero casi ha sido lapidado por sus colegas de la Tri por haber denunciado y sacado a la luz “cosas de camerino”. No, señores futbolistas. No es, como dice el defensa Frickson Erazo, suplente en un equipo brasileño, que Montero “ha quebrado los códigos de camerino”.
¿Códigos de camerino? ¿Los jugadores también se prestan para ocultar cosas de apostadores sombríos, para guardar secretos de ambición y para ser cómplices de acuerdos que no conoce el apasionado hincha, aquel que va a los estadios con fe y pasión y sinceridad y en realidad, por lo que ahora se sabe, es presa de la mentira de que en la cancha cada futbolista juega por amor al país?
Muchos teníamos indicios de cuestiones poco claras que ocurrieron con la Tri en Brasil. De que había dos bandos. De que era imposible clasificar con un técnico que mandaba a defender y no atacar. De alineaciones y cambios incomprensibles (poner un defensa cuando debes hacer goles para ganar el partido).
Y he aquí que Montero revela una de ellas con tal valentía que ha prometido decírselos en la cara a los seleccionados que se mantenían callados y que ahora lo cuestionan.
Supongamos que Jefferson no dice la verdad. Que lo convocan y no es capaz de mirar a los ojos a sus colegas. Que se queda callado. Podría ser su fin como futbolista de la Tri.
Pero yo me juego por el otro escenario. Creo en las palabras de Montero y creo en su valentía para afrontar lo que ha dicho.
Lo que está en duda es si la mafia futbolera local permitirá que se debata abiertamente el tema u optará por ordenar al obediente DT interino que no convoque a Jefferson -quien ahora juega en el Swansea de la Liga Premier de Inglaterra- para los próximos partidos amistosos de la Tri…
Con alto espíritu de ciudadano que ama su tierra y su patria, Montero ha dicho que a la Selección se va “a jugar por orgullo, no por dinero”. Y ha dicho más: él conoce jugadores que priorizaron el factor dinero en las discusiones previas a la Copa del Mundo.
“Yo soy responsable por lo que dije, les dije a algunos compañeros que soy responsable por lo que dije. Con unos me llevo y otros son compañeros, lo voy a solucionar adentro del equipo con los que tuve problemas por esto, tarde o temprano, en una próxima convocatoria. Igual, si un compañero tiene que hablar de mí, que sea de frente y en la cara, como yo lo haría”, expresó a los medios internacionales.
“Yo me refería a que hay jugadores que van por dinero y se los voy a decir a ellos mismos, porque ellos lo saben, porque en su momento me hablaron de eso en el Mundial, las cosas claras. Soy responsable de mis cosas, sé por qué dije lo que dije. Representamos al país y la verdad es que da mucha pena”, dijo Montero.
En los entretelones de estas declaraciones de un valiente futbolista que ama su país están las declaraciones del periodista Jorge Ramos, de ESPN, quien dijo públicamente que en la Tricolor existieron seis líderes que recibieron el 50% de los premios, Antonio Valencia, uno de los jugadores nombrados, se mostró muy indignado por estas declaraciones, aunque la lista de la FEF muestra que son cuatro (entre ellos Valencia) los que más recibieron. ¿Por qué esa injusticia?
Ese es otro tema y, como ha dicho el jugador Antonio Valencia, se resolverá en los tribunales. “El Toño” ha dicho que podría enjuiciar al periodista y este ha reiterado su información porque asegura tiene los documentos y las fuentes.
Lo que llama la atención, sin embargo, es la manera cómo Valencia trata a Montero: “Jefferson ya está grandecito. Él tiene que decir lo que pasó, ¿sabrá lo que quiso decir?”.
Luego expresó a radio La Red: “Todo lo que he hecho, lo he hecho con el corazón”.
Pero hay otras preguntas para el capitán del equipo. ¿Por qué Valencia jugó mal, de manera tan desconocida, los partidos del Mundial, pero sí se preocupó de que, antes de esos partidos, quedara claro el monto y la forma de reparto de los premios? ¿Por qué hizo una jugada que provocó su expulsión en el partido más importante? ¿Por el corazón?
Montero asegura que en el Mundial “pasaron cosas que la gente no sabe y decepciona no poder decirlo”.
El arquero de Liga, Alexander Domínguez, en la emisora SuperK 800, y Christian Noboa, en Radio Caravana, contradijeron a Montero: “No sé exactamente a lo que se refiere Jefferson, a lo mejor él vio algo que yo no vi en Brasil”, dijo.
Pero Montero dijo también que “todos lo que estuvimos ahí lo sabemos. No soy la persona indicada para decirlo, pero todo llegará a su tiempo”. Christian Noboa, del Dínamo de Moscú, respondió que para él “es un gran orgullo defender a la Selección. Lo que menos pienso es en el dinero y si una u otra persona pensó en eso no sabría qué decir. Yo hablo por mí”.
Y dijo algo esencial: “Si uno va pensando en dinero a la Selección es mejor que no vaya. Montero debería decir todo lo que él cree sobre el tema y no dejar a medias este asunto. Si él sintió que hubo un problema grave que lo diga, para resolverlo y crecer como grupo y selección”.
Noboa es un jugador que se entrega y en la cancha lo da todo. Casi imposible desconfiar de lo que dice.
Pero el problema es más grave: ¿por qué era tan importante negociar los premios y luego no se dio relevancia a la necesidad de jugar bien?
Según diario El Comercio, “hay un sistema en el que los futbolistas priorizan la gloria deportiva y por eso la distribución es equitativa. En el caso de Argentina, por ejemplo, que alcanzó la final del Mundial Brasil 2014, semanas antes del inicio del torneo los jugadores albicelestes y la directiva de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) ya establecieron el mecanismo de distribución de premios. Ellos presupuestaron que, de ganar la Copa, de los USD 35 millones para el campeón que entregó la FIFA, el 50% iba a arcas de la AFA y el resto era para repartirse entre los jugadores, cuerpo técnico y colaboradores. Cada uno iba a ganar USD 760 000, incluso los utileros y masajistas”.
Visto así -dice el diario- y según detalla el portal deportivo 4-4-2, “el arreglo entre la AFA y los referentes del plantel es justamente eso, un premio, una división de ingresos y no un intento de motivación económica. En un Mundial, y especialmente para Lionel Messi -ejemplifica- que está a la caza del mito Maradona, no hay mayor motivación que la gloria deportiva” (…).
“El mismo acuerdo se replica en el combinado de Uruguay. Otras selecciones establecieron montos fijos. Los ingleses, si eran campeones del mundo, habían acordado USD 600 000 por jugador de forma igual, mientras que franceses y brasileños coincidieron en un premio de USD 450 000 para cada uno”.
La Federación Ecuatoriana de Fútbol tiene ahora otro problema de rendición de cuentas y de transparencia.
Si Montero ha dicho que “cosas internas impidieron que Ecuador siguiera en el Mundial”, eso debe aclararse.
De lo contrario, a partir de ahora, a miles o cientos de miles de hinchas les quedará la duda. ¿Lo que ven en la cancha cuando juegan los tricolores es por dinero o por corazón?
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Fotografía de ABC Sevilla

COMENTARIO
William Aldo Contreras Lipari
10:47
1

Corazón???
Esto comienza desde las formativas conozco a un deportista que no pudo continuar su carrera futbolistica En un equipo de suma trascendencia porque no compartió la mitad de su sueldo con el entrenador.
Ser Futbolista en Ecuador es una profesión sin color y a la espera de la venta al exterior.
hagamos un análisis
Porque la gente no va al estadio???
Por Economía precios (no)
Por bajo espectáculo (no)
Por ubicación (no)
Por Seguridad (SI)
Por preferir mirar el partido en la comodidad de su hogar junto a sus seres queridos (SI)

Entonces la dirigencia cambio su proyección financiera desde la taquilla que era el rubro que mantenía a un equipo de fútbol Ecuatoriano hacia la comercialización de jugadores al exterior.
Por vender los derechos de tv a canales de argolla que representan la actual miseria de relevancia del futbol Ecuatoriano.
no puedo creer que Venezuela exporte mas jugadores que Ecuador.
Aqui su nutrido listado
FRANCIA
Juan Falcón Aristeguieta, Vizcarrondo
ESPAÑA
Jeffrén Suárez y Dani Hernández
SUIZA
Frank Feltscher Alexander González
Pedro Ramírez
RUSIA
Salomón Rondón
CHILE
Javier González
COLOMBIA
Alejandro Guerra
MÉXICO
La “Pulga” Gómez
Giancarlo Maldonado
INGLATERRA
Fernando Amorebieta
ESTADOS UNIDOS
Bernardo Añor Diomar Díaz
Giovanni Savarese
PORTUGAL
Mario Rondón
Yonathan del Valle
COLOMBIA
Luis Manuel Seijas
Juan García
ARGENTINA
Michael Covea

Dicen en el barrio
ENTONCES COMO HABLAMOS
Si el futbolista esta mal formado
venden la señal del futbol
inseguridad en los estadios
y por ultimo.
En el partido Ecuador España (El partido del siglo de la cerveceria) mi ultima vez en un estadio cambie los paquetes de amortiguacion de mi camioneta porque se subieron al balde como 40 personas que se me robaron la antena y a vista y paciencia de vigilantes y fuerza publica.
Es que en los estadios nada es de nadie y todo es de todos.

“La tierra está cabreada”

sismos en Quito III
Estoy en la planta baja del Quicentro, en los almacenes Paco. Antes que el movimiento empiece a sacudirme me conmueve el miedo de una niña cuyo padre le dice: “Mija, Adri, no pasa nada, solo es un temblor”.
Adri se aferra a su padre y todos en el almacén vibramos. El temblor es largo, muy largo. Se supone que si continúa con esa fuerza y esa intensidad podría empezar un terremoto.
Las dos cajeras se miran. La una se cubre el rostro con las manos. Quizás llora. Quizá reza. La otra se pone pálida, se pone de pie, se sienta, se pone de pie, se sienta.
Ya está pasando, ya está pasando, dice el padre de Adri, más como consuelo para su aterrada hija que como realidad: parece que son dos sismos en cadena.
Sigue temblando todo. O el edificio. O la naturaleza. O la vida. No sé. Pienso en mi esposa y lamento que no esté conmigo, que se haya quedado en su oficina, en el tercer piso de un edificio vetusto de la avenida Mariana de Jesús, con escaleras estrechas y un ascensor donde solo caben tres personas.
Aún tiembla cuando mi esposa me llama. Respondo el celular. Está muy asustada. Quería saber cómo estoy. Yo quiero saber cómo está ella. El servicio telefónico es pésimo. No se escucha con claridad. Se corta la llamada. Volvemos a hablar. Nos consolamos. Acordamos vernos en casa en una hora.
El twitter está que revienta. Datos equívocos, confusos, nerviosos. La mayoría de mensajes dicen lo que ya todos sabemos: “Temblor en Quito”. Algunos aconsejan qué hacer. Otros publican mapas de los sitios seguros.
En otros tuit siguen las especulaciones. Los periodistas tratan de ser precisos. Otros tuiteros solo expresan sus emociones.
Unos dicen que el sismo fue de 5.2 en la escala de Ritcher. Otros, de 5.1. Otros, de 4.7. Me inclino por creer la primera versión, porque los temblores de 4 grados no tienen esa fuerza y en Quito se los siente con frecuencia.
Una señora joven, con un pequeño niño de pelo rubio y ensortijado, se dirige a mí y comenta que “siempre hay temblores en agosto”. No falta otra señora, mayor, que repite aquella teoría descartada hace mucho por los científicos: “Es el cambio de clima”.
Julio ha sido un mes particular en la Capital. Mucho sol. Muchísimo. Como un verano en la mejor temporada de playa y mar. Y agosto, de pronto, empieza a ponerse frío, a forzar que la ropa sea menos ligera, a sorprenderse con una o dos lluvias imprevistas en esta época.
Decido tomar un café en el mismo Quicentro. Me acerco, hago el pedido, voy a sentarme a la espera de que me llamen para retirar la orden.
En la mesa de al lado, un hombre de tez blanca, de unos 60 años, con una laptop encendida, habla por su celular: sí –dice en un tono que no quiere guardar las apariencias-, me asusté mucho. Acá en el internet dice que el epicentro fue en Quito, que en el norte hay casas caídas, que hay un nueve de polvo, que el nuevo aeropuerto está cerrado, que hay gente que está encerrada dentro de los aviones que estaban por despegar.
En otras latitudes, pienso, a nadie le importa lo que ocurre acá. Un sismo. O dos seguidos. Eso en Japón o en Chile es pan de todos los días.
En medio de tanto tuiteo local, alguien escribe que Estados Unidos envía 100 aviones de combate al Golfo Pérsico. El presidente Obama quiere exterminar en Irak al “Estado islámico”. No porque le incomode lo que pasa allí, sino porque las fuerzas rebeldes están a punto de controlar el principal centro petrolero iraquí.
Pocos hablan ya de la masacre de Israel a Palestina. El plan del sionismo da resultado: inflexibles y crueles hasta el sadismo, el llamado “mejor ejército del mundo” va borrando del mapa a la Franja de Gaza y el mundo va olvidando la rabia. Hay miles de muertos. En especial niños. Duro decirlo, pero puede ser a propósito: exterminan hoy la posibilidad de otra guerra en el futuro: esos niños que han muerto por miles ya no son peligrosos. Ni para ahora ni para mañana.
Casi dos horas después de los dos primeros sismos en cadena se produce una réplica. Alguien escribe que fue de 3.7 grados. Ya estoy en casa. Se escuchan sirenas. Muchas sirenas. Quizás no tengan nada que ver. O no sé. De repente recuerdo que cuando crucé a pie la avenida Seis de Diciembre, por la vía del Trole, el asfalto era negro, irregular, lleno de fisuras. Un niño, de la mano de su padre, le pide a gritos que no le suelte.
Talvez una relación de imágenes sin enganche, pero así es el miedo.
Sigo solo. Mi esposa no llega. La llamo. Me dice que en media hora más ya estará aquí.
¿Habrá terremoto en la noche? Alguien escribe que es probable. Los grandes sismos se producen cada siglo en las zonas del cinturón de fuego y en Quito ya han pasado más de cien años de la última catástrofe.
En las radios ya se escuchan informes más precisos: hasta esta hora, casi seis de la tarde, se han producido cuatro temblores en Quito, el más reciente de 3.3 grados.
Según el Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica, la fuente más confiable, y la Secretaría de Riesgos, hay dos muertos y tres personas atrapadas en las canteras de Pomasqui, ocho heridos, 64 casas afectadas, familias en refugios, derrumbes, inmensas nubes de polvo que vienen desde el norte. El epicentro fue en la nueva vía de entrada al aeropuerto.
Solo, reflexiono en muchas cosas. En un mundo en permanente guerra. En el dolor de las víctimas en Gaza, en Irak, en Siria, en Ucrania, inclusive en los soldados israelíes que mueren por la defensa del Estado terrorista.
Mientras espero que caiga la tarde miro desde la ventana el movimiento callejero tradicional de esta hora.
Pienso en el twitter ya no como un extraordinario invento deigital sino como otra arma para que los humanos sigamos cultivando nuestros odios. Cuánto veneno. Cuánta mala vibra. Cuántas víctimas y cuántos victimarios de un lenguaje y de unas ideas que se dan modos para herir, humillar, golpear, atacar, desprestigiar, destrozar al presunto enemigo.
Antes de las 10 y media de la noche, otro sismo. Entonces la fragilidad humana es más conmovedora. ¿Qué hacer en un cuarto piso, en pijama, sin poder escapar si fuera necesario? ¿Es mejor pensar en la huida que en la resignación? ¿Qué señal nos quiere dar la naturaleza ahora, justo ahora, que no podríamos hacer nada o casi nada?
Cuando llega el sueño es como una resignación. La vigilia no tiene sentido desde nuestra condición de seres mortales incapaces de saber qué nos ocurrirá el minuto siguiente.
No logro dormir. Aún tengo las imágenes de uno de los obreros muertos por los derrumbes: Manuel Collahuazo, de 54 años, hallado bajo el alud de las canteras de Pomasqui.
Las noticias de los diarios quizás son precisas, pero llevan en su esencia la frialdad de una cifra, de un dato, de una monotonía, de una rutina:
“Los obreros que trabajaban en la edificación de un puente, como parte de la extensión de la avenida Simón Bolívar, fueron afectados. El primer cuerpo sin vida se rescató a las 16:30 de ayer. El segundo, a las 08:45 de esta mañana. En total, dos víctimas fueron rescatadas del sector de Catequilla, un tercer obrero falleció en una casa de salud a la que fue trasladado luego del sismo y el menor de cuatro años que murió en el sector de San Isidro del Inca”.
Muere las personas pobres. Porque trabajan en lugares peligrosos donde otros no lo harían o porque sus casas se han construido con materiales endebles. No es “castigo de Dios”, pero sí es su indiferencia.
A las 11:00 del día siguiente, el sol también parece tenso. Lanza sus rayos con fuerza. La amiga con quien tomamos ella un capuchino y yo un café negro me cuenta que no sintió ninguno de los sismos de ayer.
Y me dice “creo que ya todo pasó” justo a las 11:23 minutos, en el café, cuando la tierra vuelve a temblar y nos desnuda: somos pequeños animalitos enjaulados e indefensos.
Este sismo, de 3,9 grados Richter, de nuevo tiene al norte de Quito como epicentro, según nos enteramos después. El movimiento es el tercero más fuerte desde el de ayer, el de 5,3 grados.
En el twitter veo fotografías de personas fuera de los rascacielos ubicados alrededor del parque La Carolina. Unas han salido por precaución. Otras porque los administradores de los edificios les han pedido evacuar, por precaución. Alguien comenta que hasta las seis de la mañana de hoy hubo más de 40 réplicas. No las sentí. Pudimos morir si en lugar de réplicas una de ellas era un terremoto.
Es viernes 15 y en las calles la gente comenta que al fin se calmó la naturaleza. En los diarios destaca la noticia de que hay más de 380 casas semidestruidas.
A eso de las cinco de la tarde estamos en el aeropuerto de Tababela a la espera del vuelo a Cuenca. Gabriela y yo dictaremos charlas de periodismo en la bella ciudad austral.
Bromeamos que lo que en realidad estamos haciendo es un intento de fuga. La vida se nos ríe: justo en esos momentos se produce un nuevo sismo. Volvemos a temblar. Mi esposa está aterrada. Le digo que esté tranquila, que solo son réplicas.
Decidimos que no estamos escapando de nada. Dejamos que las cosas fluyan. Seguimos siendo nosotros y esta es nuestra fragilidad, tan volátil, tan de un momento a otro, tan insignificante para el poder de la naturaleza.
Somos un punto en el universo infinito. Un punto absurdo, conflictivo, lleno de odios implacables entre unos y otros. El planeta, simple e incierto, capaz de decidir por sí mismo cuándo recordarnos que somos minúsculas partículas que podemos desaparecer, de un momento a otro, sin que a él le importe.
El sábado, temprano, vuelve el miedo. Desde Cuenca nos enteramos que Quito vuelve a sufrir un sismo de intensidad 4.9 grados. Luego otro, menos fuerte. Estamos lejos esta vez, pero a la distancia nos duele más el dolor de tantos corazones víctimas del miedo y la impotencia.
Los científicos y las autoridades cumplen su función: tratar de que se calme la población con mensajes tranquilizadores como que lo que está ocurriendo solo son réplicas del espantoso sismo del martes.
Pero la ansiedad y el temor van más allá de cualquier explicación fría y estudiada.
Si tuviera que calificar el mejor tuit de estos días de temblores, lo haría con uno de Alex Ron, el pionero de los grafittis poéticos en los años ochenta.
Desde su cuenta @triangulaciones, en apenas cuatro palabras y 23 caracteres, Alex resume todos los miedos, toda la levedad, toda la tensión cada día más implacable, todas las preguntas que no somos capaces de hacernos: “La tierra está cabreada”.
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Ilustración: Kyle Thompson

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