Rubén Darío Buitrón

Territorio de la palabra y del periodismo

Los peores errores de 30 famosos periodistas de diario El País de España

FOTO ERRORES DE EL PAÍS
Tomado de Red Ética Segura, de la FNPI

Treinta periodistas del diario español El País participan en un nuevo libro editado por Álex Grijelmo.
El texto, que busca convertirse en un manual de estudio para periodistas en ejercicio y en formación, explica los fallos que más lamentan estos profesionales en sus últimos años de ejercicio.
El objetivo del libro titulado ‘¡En qué estaría yo pensando! Treinta periodistas de El País explican sus peores fallos’ es pedir disculpas a los lectores del diario, y contribuir a mejorar el aprendizaje en las facultades de periodismo.
“Somos humanos y, por tanto, imperfectos. Pero al menos nosotros lo reconocemos”, afirma Álex Grijelmo, coordinador del proyecto editorial, en entrevista concedida a Hernán Restrepo, gestor de contenidos de la Red Ética Segura.
¿Cómo surgió la idea de recopilar en un libro los peores errores periodísticos de periodistas de El País?
Una de mis funciones actuales consiste en promover y editar libros bajo la marca EL PAÍS (concretamente, EL PAÍS LIBROS), relacionados por lo general con el periodismo y los temas que se suelen publicar en el diario. En ese marco, pensé que un libro sobre los errores que hemos cometido sería muy útil para los estudiantes de Periodismo (que pueden aprender de nuestros fallos) y para el público en general (que puede darse cuenta de que todos nos equivocamos y entender los procesos que conducen a un error).
¿Pretende éste ser un libro que ayude a mejorar los estándares éticos de los periodistas que lo lean?
Pretendemos mostrar que nosotros nos consideramos falibles. Si eso sirve como ejemplo a otros y los inclina a reconocer también sus equivocaciones, bienvenido sea. Desde luego, no es una conducta muy habitual en nuestra profesión.
¿Incluye el libro el error de la falsa fotografía de Hugo Chávez en una cama de hospital, que resultó ser sacada de un video de YouTube?
Se hace referencia a ello en el prólogo, y se facilitan los enlaces con las páginas donde se incluyó el error y con las publicadas después para explicar lo sucedido y pedir disculpas. No nos olvidaremos nunca de eso, pero se trata de un asunto muy conocido, muy trillado, y que se detalló en el propio periódico en su día con mucha extensión y todo tipo de datos. Usted mismo lo recuerda sin necesidad de haber leído el libro. En este caso buscábamos nuevos errores (o menos conocidos) en los que hubieran incurrido periodistas individuales, con nombre y apellidos.
¿Cómo se seleccionaron a los 30 periodistas que relatan sus desventuras en el libro?
Se explica en el prólogo. Se invitó a varias decenas de periodistas del diario, y fueron 30 los que desearon participar. Otros no encontraron errores dignos de desarrollar en un libro, otros prefirieron no difundir sus fallos y otros simplemente no entregaron el original a tiempo.
En la FNPI somos muy cercanos al maestro Miguel Ángel Bastenier, ¿podría contarnos de qué se trata el error que el confiesa en el libro?
Se refiere a un artículo de opinión titulado “El Pato que quería ser Espartaco”. Dice que abomina del periodista que fue en aquel momento.
¿Para quiénes fue escrito el libro? ¿Para profesores y estudiantes de periodismo, o pensaron en un público más amplio?
Pensamos en estudiantes de periodismo, pero también en los lectores del diario.
¿Planean hacer nuevas ediciones del libro en el futuro, añadiendo nuevos errores?
Me temo que siempre habrá material para eso…
¿Son errores individuales de los periodistas, o aparecen también errores que todo el periódico admita como colectivos?
Buscábamos errores con nombre y apellidos, y las explicaciones de cada autor.
Usted es autor de “Defensa apasionada del idioma español” y otros títulos sobre gramática y ortografía. ¿Qué tanto espacio ocupan en este libro los errores relacionados con el mal uso del idioma?
Las aportaciones se refieren más bien a excesos en los juicios, errores en los enfoques y falta de ética. Pero también hay algún texto sobre penosos errores de palabras…
¿Deja el libro algún tipo de moraleja a sus lectores?
La única posible: somos humanos y, por tanto, imperfectos. Pero nosotros lo reconocemos.
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Participan en el libro los periodistas Carlos Arribas, Francisco Javier Barroso, Miguel Ángel Bastenier, Emilio de Benito, Ramón Besa, Gabriela Cañas, Javier Casqueiro, Mónica Ceberio, Tereixa Constenla, Álvaro de Cózar, Juan Cruz, Juan G. Bedoya, Rosario G. Gómez, Vicente G. Olaya, Naiara Galarraga, Mábel Galaz, Luis Gómez, Álex Grijelmo, Vera Gutiérrez Calvo, Borja Hermoso, Antonio Jiménez Barca, Winston Manrique, Javier Martín, Walter Oppenheimer, Patricia Ortega Dolz, Francisco Peregil, Jesús Ruiz Mantilla, Javier Sampedro, Óscar Sanz y Mauricio Vicent.
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Más sobre Álex Grijelmo

Es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense, de Madrid y cursó un programa de alta dirección de empresas (PADE) en el IESE. Publicó su primer artículo a los 16 años de edad en La Voz de Castilla, un periódico de su ciudad en el que después trabajaría como becario. En 1977 fue contratado por Europa Press, agencia de noticias.
En 1983 ingresó en el diario español El País, donde ocupó distintos cargos durante 16 años y fue responsable de su “Libro de estilo”. Ha sido también director editorial de los periódicos regionales del grupo Prisa (propietario de El País) y director general de Contenidos de Prisa Internacional, división que gestionaba varios medios en América Latina, entre ellos Radio Caracol.
También ha ejercido como profesor de Redacción en la Escuela de Periodismo UAM – El País, y ha escrito “El estilo del periodista”, “Defensa apasionada del idioma español”, “La seducción de las palabras”, “El genio del idioma”, “La gramática descomplicada” y “La información del silencio”, entre otros libros. Presidió la agencia Efe desde 2004 a 2012, y en 2007 fue elegido presidente del Consejo Mundial de Agencias para un mandato de tres años. Actualmente es directivo del grupo Prisa en Madrid.
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Es posible adquirir el libro en Amazon y Google Play Books, solo en España, por ahora.

“Cóndor”, revelador libro sobre el genocidio fascista a la izquierda latinoamericana

Foto del Plan Cóndor

El Plan Cóndor
Por Jon Lee Anderson*
(Tomado de la revista colombiana El Malpensante)

Editorial Blume acaba de publicar Cóndor, un extraordinario libro de fotos de João Pina, que reúne la memoria de las víctimas del Plan Cóndor. En este prólogo, Jon Lee Anderson rescata del olvido los crímenes de este escuadrón de la muerte, y narra la complicidad de los verdugos con ex nazis, con el gobierno estadounidense y los regímenes militares latinoamericanos.

El Plan Cóndor llevaba activo casi cuatro años en secreto cuando en 1979 se filtró a la prensa la noticia de su existencia.
El famoso columnista norteamericano Jack Anderson, que obtuvo una copia del informe secreto de manos del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos, escribió que el Cóndor funcionaba principalmente como “una organización que recaba información para seguir la pista a los exiliados ‘de izquierda’ y otros oponentes de las juntas en el poder” en el Cono Sur.
Pero el Cóndor tenía también escuadrones de la muerte, “equipos especiales de los países miembros cuya misión consistía en viajar a cualquier parte del mundo, inclusive a países no miembros, para ejecutar sanciones, entre ellas el asesinato, a los enemigos del Cóndor”. Lo terrorífico es que el informe explicaba así mismo que los verdugos latinoamericanos del Plan Cóndor recibían apoyo de criminales de guerra nazis.
“Antiguos oficiales de la Gestapo y las SS”, escribía, “les han enseñado técnicas de tortura e incluso participan en su aplicación”.
En aquel entonces, la idea de una alianza forjada entre los regímenes militares de derecha de América Latina, con el objetivo expreso de asesinar comunistas en sus respectivos países, sonaba a teoría de la conspiración, mientras que lo de los criminales de guerra nazis parecía algo casi fantástico, surgido de la imaginación febril de los guionistas de Hollywood. Pero todo era cierto, y a principios de los ochenta, cuando empezaron a disminuir los asesinatos del Plan Cóndor, la operación se había cobrado ya unas 60.000 vidas.
Los años setenta fueron una época perturbadora en América Latina. Gran parte de la región estaba gobernada por una sucesión de regímenes militares de derecha, y constituía un puerto seguro para fugitivos internacionales de todo tipo, así como un reducto de filosofías repudiadas hacía mucho en otros lugares.
Solo habían transcurrido tres décadas desde el final de la Segunda Guerra Mundial y muchos ex nazis habían encontrado refugio en la región. Había colonias de emigrantes alemanes exclusivistas en los países del Cono Sur y una red de personas, entre las que se contaban funcionarios del gobierno, que todavía comulgaba con los ideales del Tercer Reich.
En 1960, un equipo del Mossad localizó y secuestró a Adolf Eichmann en Argentina. Lo llevaron ilegalmente a Israel, donde fue juzgado y condenado a la horca, pero otros criminales de guerra siguen en libertad.
Uno de los peores monstruos de la historia, Josef Mengele, “el ángel de la muerte”, vivió feliz y en el anonimato en Brasil hasta su muerte en 1979 a causa de un accidente de natación.
En 1983, el infame oficial de la Gestapo, Klaus Barbie, también conocido como “el carnicero de Lyon”, que había vivido en Bolivia durante años sin ocultarse, fue arrestado y extraditado a Francia por órdenes de un presidente reformista.
Anteriormente, Barbie había trabajado como asesor de la policía secreta boliviana y, por tanto, gozado de la protección de toda una serie de dictadores militares de ultraderecha (en 1977, durante un viaje que hice a La Paz, un veterano conocedor de Bolivia me llevó al Café La Paz, al que Barbie acudía a diario, y me lo señaló.)
En 1984, Walter Rauff murió en libertad, en el vecino Chile, a causa de una enfermedad. Como oficial de las SS, Rauff supervisó la producción y utilización de camiones de gas móviles en los que habían sido asesinados al menos a 100.000 judíos, entre otros, en las zonas ocupadas por los nazis en la Unión Soviética y Polonia. Rauff nunca tuvo remordimientos por sus actos y tampoco hizo ningún esfuerzo por ocultar su identidad.
Había otros como él, por supuesto, muchos otros. El hecho de que, después de la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte de ellos pudiese continuar su vida en América Latina sin miedo o castigo da fe del tipo de entornos políticos que allí encontraron.
Esos entornos, en concomitancia con las desigualdades sociales y económicas, hicieron de gran parte del hemisferio un caldo de cultivo a partir de los años sesenta. El éxito de la revolución de Fidel Castro en 1959 en Cuba inspiró a toda una generación de jóvenes latinoamericanos a seguir su ejemplo y a tomar el poder en sus propios países. Con la ayuda de Cuba, los radicales políticos de izquierda de la región, desde Nicaragua hasta Bolivia, empezaron a llevar a cabo sus propias revueltas armadas.
Estados Unidos, la superpotencia regional, respondió a aquellas amenazas con una lógica de guerra fría, incluso más amoral a partir de la entrada en escena de Fidel Castro y de Ernesto “el Che” Guevara.
Temeroso de “otra Cuba”, especialmente después de la Crisis de los Misiles de 1962, el gobierno de Estados Unidos luchó para aislar a Cuba y dio apoyo a prácticamente cualquier régimen que abrazase principios anticomunistas.
En términos prácticos, esto supuso a menudo la ayuda y la complicidad con los déspotas más asesinos.
De manera perversa, algunos de ellos abrazaron ideologías políticas que se acercaban más a las de los fascistas que Estados Unidos había luchado por derrotar durante la Segunda Guerra Mundial que a los principios democráticos que esta nación decía defender.
Al aumentar la represión política en América Latina, el Estado de derecho se perdió en favor de los intereses del momento. En un país tras otro, la inteligencia militar y las unidades de policía especiales crearon discretamente escuadrones de la muerte para barrer a la izquierda y a sus simpatizantes.
Los sospechosos eran detenidos, torturados y a menudo asesinados; sus cuerpos abandonados en lugares públicos para que sirviesen de advertencia a otros, o bien, a fin de crear otro tipo de terror existencial, se les “hacía desaparecer”. Las políticas antiterroristas escalaron de forma sostenida, especialmente en lugares en los que las guerrillas habían tratado de iniciar rebeliones armadas al estilo de la cubana.
No obstante, fue con el espectacularmente violento golpe de Estado en Chile, contra el gobierno electo del presidente Salvador Allende, cuando se acabaron los miramientos en todo el hemisferio y el Cóndor empezó a mostrar sus garras.
Resultaba evidente que el nuevo hombre fuerte de Chile, el general Augusto Pinochet, no solo había recibido la bendición política del gobierno de Estados Unidos, sino también su apoyo encubierto.
Con esta señal, los regímenes emparentados del Cono Sur se apresuraron a seguir el ejemplo chileno. En un plazo de dos años, los jefes de la inteligencia militar de Argentina, Paraguay, Bolivia, Uruguay y Brasil se reunían para coordinar sus acciones bajo el mando del verdugo número uno de Pinochet, el coronel Manuel Contreras, jefe de la Dina (Dirección de Inteligencia Nacional). Durante esa reunión, celebrada en noviembre de 1975, nació el Plan Cóndor.
Cinco días más tarde, el 21 de septiembre, estallaba en Washington D.C. un coche bomba, matando al exiliado diplomático chileno Orlando Letelier y a su secretaria estadounidense Ronnie Moffitt.
El ataque había sido organizado por el jefe de inteligencia del ejército chileno y padrino del Cóndor, Manuel Contreras; sus operativos incluían a agentes chilenos y cubano-estadounidenses vinculados con anteriores misiones anticastristas de la CIA.
Dos semanas más tarde, el 6 de octubre, un avión de la compañía Cubana de Aviación que volaba de Barbados a Jamaica explotó en pleno vuelo, matando a los 78 pasajeros y tripulantes que llevaba a bordo, entre los que se contaban los 24 miembros del equipo nacional cubano de esgrima.
La operación, la primera bomba terrorista que estallaba en una aeronave en el hemisferio occidental, fue organizada y llevada a cabo por varios exiliados cubano-estadounidenses y agentes de inteligencia venezolanos vinculados con la CIA, y muchos creen que fue una operación asociada al Plan Cóndor.
En marzo de 1983 conocí a un hombre en Honduras, al que me dio por llamar “el Lobo”. Había pertenecido a un escuadrón de la muerte anticomunista en ese país.
Me explicó que su grupo se reunía e intercambiaba información con grupos de la misma ideología de toda América Latina y que operaban bajo el amparo de una organización llamada CAL, sigla de Confederación Anticomunista Latinoamericana.
Al investigar el tema confirmé que la CAL, a su vez, era la rama latinoamericana de otra organización, la WACL, sigla de World Anti-Communist League (Liga Anticomunista Mundial), un lugar de encuentro internacional para ultraderechistas, fascistas y ex nazis de todo el mundo.
Floreció durante la guerra fría y su red proporcionaba al Plan Cóndor una coartada conveniente de cara al público.
En 1977, la CAL celebró su reunión anual en Asunción, a la que asistieron los diferentes líderes del Plan Cóndor, y en ella se adoptó una resolución para una cooperación transfronteriza en América Latina con el objetivo de controlar la actividad de “monjas y sacerdotes subversivos” e intercambiar información sobre ellos.
Algunos de los verdugos de Pinochet, incluido Contreras, fueron juzgados y sentenciados a penas de prisión por sus crímenes, pero el propio dictador negó su culpa hasta la tumba. No obstante, poco después de haber abandonado su último puesto oficial como jefe del ejército chileno, en 1998, tuve la oportunidad de entrevistarle en varias ocasiones y descubrí que temía el castigo por sus actos.
En nuestro último encuentro, en referencia a las acciones de un juez que empezaba a abrir causas en su contra, en nombre de algunas de sus víctimas, Pinochet gritó abruptamente: “Quiero que acaben esos juicios”, mientras daba un puñetazo en la mesa a la que nos sentábamos. “Quiero que acaben”.
Por supuesto, la mayor parte de las víctimas del Cóndor fueron asesinadas discretamente, solas o de dos en dos, sin bombo, y sus cuerpos fueron enterrados sin dejar rastro, o se los hizo desaparecer para siempre.
Con el apaciguamiento de la guerra fría, el legado de la mayoría de las víctimas quedó en el limbo mientras muchos regímenes y sus oponentes optaban por amnistías del tipo “mirar a otro lado” para poner fin a sus conflictos. En su gran mayoría, los asesinos quedaron libres, y sus crímenes impunes, igual que algunos de los ex nazis que, en ocasiones, los habían apadrinado o se habían convertido en sus modelos.
Es la cualidad de “olvidado” de este episodio la que el magnífico e inquietante libro de João Pina trata de evocar.
En las fotografías de familiares, lugares de ejecución y cámaras de tortura, o en los emplazamientos en los que fueron vistos los desaparecidos por última vez (en los rostros llenos de emoción de sus madres, padres, hijos y amantes), Pina compone un sentido epitafio para esas personas, cuyas vidas fueron borradas en secreto, cuyos cuerpos se hicieron desaparecer y, en ocasiones, cuya misma existencia fue puesta en duda.
También encontramos a algunos de los asesinos del Cóndor, hombres antaño poderosos que miran fijamente a sus manos, o al suelo, en vez de mirar al fotógrafo. Otros ocultan sus rostros para no ser vistos, pero es el suyo un propósito vano, puesto que los crímenes que alguna vez trataron de ocultar los conoce hoy todo el mundo, del mismo modo que se conoce su identidad de torturadores y asesinos.
En estas imágenes uno siente la victoria definitiva del concepto de memoria histórica, que es no obstante una victoria pírrica, ya que nada devolverá la vida a aquellos que la perdieron.
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Jon Lee Anderson
California, 1957
Escritor y periodista
Especializado en zonas de conflicto.
Trabaja como escritor de planta en The New Yorker.

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Fotografías del libro “Cóndor”
© João Pina

El caso del periodista Marco Pérez y la incoherencia (o conveniencia) del poder

Marco II
Uno de los programas más escuchados de Radio Universal (emisora incautada a los exbanqueros Isaías y entregada a la Prefectura de Pichincha) era Alternativa.
Lo dirigía y conducía, a su estilo, el periodista Marco Pérez Torres, con muchos años de experiencia en radiodifusión popular en la emblemática Radio Tarqui, que hizo historia en las últimas décadas.
Ahí se crió y desarrolló profesionalmente Marco Pérez. Y nunca dejó esa manera de comunicar: decir las cosas como son con el lenguaje de la gente y, lo más importante, escuchar lo que la gente opina, comenta, sugiere, demanda.
El programa Alternativa surgió y mantuvo ese estilo directo. La denuncia. La conminación a las autoridades a que rindan cuentas. El decir las cosas como son.
Pero, aunque parezca lógico, aunque tenga sentido común, resulta difícil cuando el poder empieza a incomodarse, cuando lo que dice el periodista y lo que dice la gente comienzan a producir malestar en la cúpula.
No es la primera vez que sucede algo así en este año. Recordemos el caso del programa El poder de la palabra, dirigido por Francisco Herrera Aráuz, quien denunció que una de las primeras decisiones del alcalde Rodas, el 16 de mayo, fue impedir que el espacio se difundiera por Radio Municipal, pese a que había un contrato legalmente firmado entre el Cabildo y Ecuador Inmediato.
De vuelta con el caso de Pérez, el viernes 28 de noviembre fue convocado a una reunión por la gerente de la radio Pichincha Universal, Patricia Saldaña, junto con la jefa de redacción Isabel Paz y Miño.
Saldaña no demoró en lo quería decir: según cuenta Marco Pérez, sin ningún papel ni argumento legal, le dijo que le notificaba la decisión de “cerrar temporalmente la emisión del programa Alternativa en consideración a las reiteradas quejas del alcalde Mauricio Rodas ante el prefecto de Pichincha, Gustavo Baroja”.
Los días anteriores, Marco Pérez había puesto en escena el tema de la teletón y la gente que llamaba al programa rechazaba que se imitara la tradición socialcristiana en época navideña: hacer una colecta para los pobres. Dar limosna a los pobres. Recoger limosna para los pobres. Con el pretexto que fuese.
El 3 de diciembre, así mismo sin argumento legal alguno, se vuelve a llamar a Pérez y se le entrega un oficio en el que Pichincha Universal decide, en forma unilateral, terminar el contrato de coproducción que mantenía con la radiodifusora.
Pérez Torres protestó: no hubo el debido proceso ni una justificación legal o de contenido para cerrar el programa de opinión.
Indignado, el periodista les respondió que “si el origen de esta censura proviene del alcalde Rodas, lo reto públicamente a que, si tiene alguna objeción al contenido que la ciudadanía emite a través del programa, acuda a la Supercom y plantee una demanda. Las instancias legales -puntualiza- se resuelven en derecho y no con telefonazos”.
El caso se agrava cuando los directivos de la radio impiden la emisión del programa del viernes 28 de noviembre, sin previo aviso.
Pérez Torres recuerda que antes de estos hechos, a mediados de agosto, recibió una llamada de la entonces Directora de Prensa del Municipio de Quito, quien le transmitió la preocupación del alcalde Mauricio Rodas por los contenidos transmitidos en Alternativa y en las cuentas en redes sociales del periodista.
Narra que la funcionaria le pidió “borrar esos contenidos” y que le invitó a su oficina “a tomarse un cafecito y conversar, antes de emprender otro tipo de acciones”.
Pérez no acudió a esa reunión por considerar que se ejercía censura previa sobre su derecho a la expresión y, además, se le hacía una velada amenaza.
Sin embargo, no se ha callado. Ha hecho plantones, ha ido a lugares públicos a denunciar lo ocurrido con su espacio y la gente que lo escuchaba lo está respaldando.
Y, sin otro camino para protestar legalmente, ha decidido presentar su queja por censura previa ante la Superintendencia de Comunicación, como lo han hecho, de forma personal, 18 de sus oyentes.
Pero, ¿cómo entender que el prefecto Gustavo Baroja, uno de los máximos dirigentes de Alianza PAIS, dejara que cerraran el programa del medio público que está a su cargo?
¿Cuáles son, en realidad, las relaciones de poder entre el prefecto y el alcalde para que eso haya sucedido?
Si existe ese acuerdo confidencial entre las autoridades locales (Baroja y Rodas), el caso del periodista Marco Pérez expresa las incoherencias ideológicas. Y si existe, son las burdas conveniencias del poder.
Y deja algo importante en el aire: la Supercom tiene ahora en sus manos una pelota de fuego.
¿Se atreverá a sancionar a quien es el máximo responsable de la radio desde lo institucional y que ahora es el líder de PAIS en Pichincha?

Un tierno relato navideño

Pawel Kuczynski
El auto ya no estaba en el lugar que le dejé parqueado. ¿Me equivoqué de calle? Pero no. Ella la misma calle secundaria donde lo estacioné, pero ya no estaba.
Recordé la calle porque en la esquina contraria al lugar donde estacioné había un taller mecánico con un árbol navideño demasiado grande, descomunal, absurdo. ¿Un árbol de navidad en la entrada de una mecánica?
Me atemorizó la idea de que por fin se haya cumplido mi pesadilla recurrente: cada dos o tres noches vivo, desde hace años, me despertaba asustado porque me imaginaba que me robaban el carro y no volvería a encontrarlo. Quizás esos malos sueños eran el reflejo de la ciudad violenta, insegura, cruel, donde cada uno desconfiaba del otro.
Traté de calmarme. Tragué saliva. Un extraño individuo, que llevaba sobre los ojos unos enormes lentes de plástico transparente, con la mirada perdida y que hablaba de una manera casi incomprensible, logró darme una pista, pero equivocada: alguien había abierto la puerta y se había llevado el auto.
Perdí la serenidad. Debo haberle hecho decenas de preguntas. Cómo. A qué hora. Quién era. Qué rumbo tomó. Él solamente me decía que no, que no sabía nada más, que siempre hay “esas cosas en esa esquina”.
Me di cuenta de que era inútil seguir con el interrogatorio, aunque por un momento se me cruzó la idea de que era cómplice cuando recordé que al dejar el auto y empezar a caminar rumbo al laboratorio donde me haría los exámenes de sangre, él estaba ahí, en la esquina del frente.
De repente, a su lado apareció un hombre negro, grande, musculoso. Estaba con el cabello y el rostro lleno de grasa, como si hubiera salido de la parte inferior de un automóvil, arreglándolo quizás, o robando algunas piezas o haciendo algo que yo sospechaba pero no alcanzaba a comprender debido a mi ignorancia respecto de qué tipo de componentes mecánicos existen allí abajo.
Se miraron. No eran aún ni las nueve de la mañana y yo me sentía un estúpido, culpable de haber dejado el vehículo en un lugar poco transitado y donde no apareció ningún empleado del Municipio que me diera la certeza de que a cambio de 40 centavos de dólar él me daría un comprobante o un recibo y que con eso todo quedaba seguro.
“Cinco”, dijo el hombre negro. El otro, el extraño, también pronunció algo como “cinco”. ¿Cinco qué?
Repitieron cuatro veces la palabra, que incluso empezó a parecerme absurda. Me dije “cinco” y me repetí y la cifra perdió su sentido de número. Se volvió un término bobo, misterioso, raro.
Cinco, cinco, cinco, cinco, cinco. Yo miraba a la esquina donde dejé el auto con la estúpida esperanza de que reapareciera, como si en realidad todo eso no estaba sucediendo.
Vi de nuevo a los dos hombres, una pareja insólita: el discapacitado, que lo era en realidad o fingía, y el hombre negro, que talvez llevaba toda esa grasa plomiza, gruesa, para evitar que lo identificara.
“Cinco mil, hijo de puta”. Esta vez el hombre oscuro fue explícito. ¿Estaba pidiéndome cinco mil dólares a cambio de devolverme el carro? Era lo más probable. En medio diciembre la gente que tiene trabajo anda con plata. Le pagan el salario mensual adelantado. Le dan otro sueldo, llamado décimo tercero, o sea una suerte de bonificación del mismo monto de su sueldo si ha trabajado todo el año. Los gastos son demenciales. Se endeudan con tarjetas de crédito. Compran cosas inútiles. Abarrotan los centros comerciales con brutalidad compulsiva.
Pero yo no recibía ese bono ni me adelantaban el salario. Mi trabajo era contra factura y el pago, aunque fuera diciembre, me lo hacían en la última semana o en la primera del siguiente mes. Tampoco me interesaba entrar en la vorágine de comprar por comprar. De ser parte de una masa informe que vacía sus bolsillos para quedar bien o complacer o fingir cariño.
El riesgo y la soledad me abrumaron. Volví a otra reflexión estúpida: ¿por qué a mí? Y fue en ese momento en el que el extraño de las gafas de plástico me espetó algo incomprensible pero con un gesto contundente: un puñal que acercó a mi estómago mientras el hombre negro lo cubría en caso de que alguien nos estuviera observando.
Era obvio que estaban pidiéndome cinco mil dólares para devolverme el auto. ¿O no? Por un momento se me ocurrió que unos robaron mi carro y otros (estos) me asaltaban.
El hombre negro me explicó rápido lo que querían. Que fuéramos al banco que estaba en la avenida principal, que sacara cinco mil dólares y que me devolverían el auto.
Demasiado claro. Y el hombre extraño dejó de ser extraño. Se sacó las gafas, empezó a hablar con soltura y normalidad y me advirtió que si yo tratara de hacer algo (gritar, denunciarlos, escapar, no sé) él tenía el puñal y su compañero una pistola. Me miró, hizo un gesto con los ojos en dirección a su cómplice. Le seguí la mirada, el hombre negro sacó la pistola del bolsillo de su mameluco sucio y se la guardó.
Les dije de frente: no tengo esa cantidad. No soy de los que reciben sueldos extras y ni siquiera el salario adelantado. Simplemente, no tengo.
Desperté en una cama de hospital. Un poco atontado, confundido, como si me hubieran dado sedantes para dormir un año. Me dolían las piernas, el estómago.
Muchos minutos después vinieron una enfermera y un médico. Me preguntaron si yo era el señor Jorge Washington Mendieta y les dije que sí.
Me explicaron que no podría caminar con la pierna izquierda por “un largo tiempo, quizás el resto de mi vida”, pese a que me habían extraído la bala apenas llegué al centro médico, “aunque todo depende de que siga la terapia con disciplina”. No les creí. Ya estaba muy despierto y no sentía la pierna.
Dijeron también que la puñalada en el estómago era profunda, aunque ya me habían operado y cerrado la herida. Que también tendría problemas digestivos “durante un tiempo”.
Entró una monja a la que solo se le veía el rostro. Estaba con toca sobre la cabeza, unas telas celestes que le cubrían el cuerpo hasta el piso. Me pidió que rezáramos juntos, me dijo que mi familia vendría mañana a visitarme porque esta noche era la última del año y que esperaron muchas horas que despertara pero que no fue posible y se fueron. Seguro estarán cenando y rezando por ti, dijo como una frase hueca.
¿Qué familia? Le pregunté a la monja. Yo no tengo familia. Me está mintiendo.
“Soy la hermana Concepción y las madres no mentimos”, dijo, tratando de atenuar mi molestia. Le pregunté: “Señora, ¿usted vino a darme la extremaución? No la necesito.”
La monja sonrió con un gesto compasivo. “No, hijo. Las monjas no damos la extremaución, solo los sacerdotes. Además, no te vas a morir. La Providencia te ha concedido el don de que te quede una pierna sana y los órganos en buen estado, excepto el estómago, que requerirá un largo tratamiento, un poco complicado. Pudiste morir, pero los médicos te salvaron”, me dijo con ternura de abuela.
Recordé a los delincuentes. Su estratagema para chantajearme y robarme. Su agresividad. Hasta me reproché no haber tenido aquellos cinco mil dólares en el banco para darles, recuperar el auto y que todo volviera a la normalidad.
Pero después lo pensé bien. Yo, Jorge Washington Mendieta, me prometí que los encontraría donde fuera y que, en adelante, me dedicaría con exclusividad a buscarlos. Que compraría una pistola y aprendería a disparar a quemarropa. Y que antes de la próxima navidad los dos estarían muertos.
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Ilustración de Pawel Kuczinski
Este relato solo puede reproducirse con permiso escrito del autor.

El buen periodismo no es imparcial ni objetivo

CONTRA LA NEUTRALIDAD
“En la mayoría de facultades de periodismo -con maravillosas excepciones-, los periodistas se forman bajo el paradigma sostenido con dos principios supuestamente inquebrantables: la objetividad y la imparcialidad.
El experto español Pascual Serrano aboga Contra la neutralidad en su nuevo libro, en el que, tras los pasos de grandes profesionales, como Kapuscinski, Walsh, Snow, Reed o Capa, asegura que “el culto a la objetividad provoca que los reporteros que presencian tragedias y sufrimientos cuyos responsables están perfectamente identificados vean que sus crónicas terminan llegando al público descafeinadas”.
Los periodistas, hasta que se demuestre lo contrario, son personas vivas. Sujetos que ven, sienten y reflexionan.
Entonces, ¿qué quiere decir ser objetivo? Alguien que enfoca su mirada, que tiene voluntad de estilo, que pregunta más de la cuenta, no es objetivo. Ni cómodo. No es un sofá. Objetivos son, sí, los objetos. Los pantalones usados, las lámparas amarillas, las sillas aerodinámicas.
¿No hemos confundido, pues, los pilares de la profesión con una falacia que nos impide ir más allá de los datos y los números?
La equidistancia y la pluralidad
Serrano mantiene que la imparcialidad de la que algunos alardean es “solo una labor mecánica, algo así como el cumplimiento de órdenes, la obediencia debida del militar”.
Pero el especialista desnuda otro de los mitos contemporáneos del periodismo: la equidistancia. “No es cierto que la verdad se sitúe a mitad del camino de dos puntos de vista contrapuestos”.
Poner ejemplos concretos no es nada difícil: ¿Cuántas personas se manifestaron en la huelga general? ¿La media surgida del número ofrecido por las fuentes oficiales y del que dieron los sindicatos? ¿O una cifra independiente?
Si vamos a casos más extremos, la idea de equidistancia cae por sí sola. ¿La verdad de lo que ocurre en Siria se puede formar a partir de lo que dicen las dos partes enfrentadas?
Si una víctima denuncia que han bombardeado a toda su familia y el Gobierno asegura que han sido terroristas, ¿ser neutral y equidistante sería afirmar qué exactamente?
Con esa “curiosa idea de que, si incluyes una cita de cada bando, ya has cumplido el objetivo”, se banaliza el ejercicio periodístico y, según Pascual Serrano, quizás se ignora que alguien está intentando “justificar un crimen”.
Para el autor, “el problema es que estamos creando un profesional que ya no sabe incorporar principios y valores éticos y culturales a su trabajo”.
Su vocabulario, añade, “se limita a la exposición de hechos y no incluye la elaboración de reflexiones o análisis”.
Es importante dejar claro que este ensayo apuesta por un modelo de periodismo que sea plural -que pregunte a todas las partes aunque no crea a todos por igual-, que sea riguroso -que no justifique manipulaciones por coincidir ideológicamente- y, sobre todo, que sea honesto.
O sea, que su compromiso sea sincero y auténtico. Un buen periodista, si no es un mueble, se puede equivocar, puede cometer grandes errores, pero no traicionar a su lector ni mucho menos a sí mismo.
El periodista comprometido
Ryszard Kapuscinski, en esta línea, señala que un corresponsal no puede creer en la objetividad de la información “cuando el único informe posible resulta personal y provisional”.
No es neutral, ni quiere serlo, porque ha adoptado una actitud, una intencionalidad: el compromiso frente a las injusticias.
El periodista, esté cubriendo una guerra o esté en su mesa explicando un desahucio, tiene una responsabilidad social. Hablar de lo que no se habla, “subrayar lo que se margina”.
Kapuscinski cree que el profesional debe intentar “provocar algún tipo de cambio”.
“Sin utilizar el odio o estimular la venganza”, argumenta Kapucinski, el periodista debe utilizar su bagaje para enriquecer el texto, y es que el que escribe no es simplemente un espectador frío, un contendor de sucesos, un altavoz de declaraciones, un técnico que empaqueta la información: “es importante que no te contagies de esa enfermedad terrible que es la indiferencia”.
John Reed, quien explicó la Rusia revolucionaria en Diez días que estremecieron al mundo, tampoco fue neutral ni objetivo. Serrano asevera que “su rigurosidad le impide creer precipitadamente algunas versiones” de fuentes que entiende como afines.
Reed, que suele utilizar la primera persona, demuestra que la pasión no está reñida con escribir con precisión y profundidad.
Rodolfo Walsh, célebre autor de Operación Masacre, es otro de los periodistas escogidos en este libro.
Walsh, quien denunció el fusilamiento clandestino de un grupo de ciudadanos argentinos en 1956, afirmaba que las dos cualidades esenciales del buen profesional son la “exactitud y rapidez”. Permanece desaparecido desde el 25 de marzo de 1977, y se ha convertido en todo un icono de la libertad de expresión.
Edgar Snow, que fue el hombre que “descubrió” Asia a Occidente, recurre “desde Aristóteles hasta Mark Twain para explicar China y sus acontecimientos”, y su inteligencia le sirvió para conseguir grandes exclusivas, como la entrevista que realizó a Mao y al resto de líderes comunistas.
Serrano nos dice que “a pesar de su simpatía y su defensa de la revolución china, no dudó en expresar inquietud”, y criticó el culto a la personalidad de Tse-tung.
Por último, encontramos en Contra la neutralidad el caso de Robert Capa, un referente del fotoperiodismo que aseguraba que “ante una guerra hay que tomar partido, sin lo cual no se soporta lo que ahí ocurre”.
Pese al incalculable valor de su obra, los que le conocieron atestiguan que era modesto y que se planteaba, como el resto, la utilidad ética de su trabajo, sobre todo tras el decepcionante colapso del idealismo en España.
La intencionalidad y la información
Pascual Serrano sabe que el ciudadano huye del artículo de opinión disfrazado de noticia, y “desconfía de cualquier argumentación que no incluya información, datos, testimonios fiables”.
Por ello, mantiene que el reportaje se ha convertido en el soporte más adecuado para el periodista que no quiere caer en la nota de prensa o el teletipo de agencia.
El también autor de Traficantes de información (2010) insiste en que “la intencionalidad es lícita y efectiva si está dominada por la credibilidad y no por el mero mensaje ideológico”.
El libro de Serrano concluye con un interrogante, el periodismo que viene. Según el autor, en los últimos años hemos asistido a una “obsesión por el sensacionalismo” y, en el mejor de los casos, los profesionales se limitan a responder telegráficamente las cinco W inglesas (qué, quién, dónde, cuándo, cómo y por qué).
Sea para la red o para el papel, sea en un texto breve o en una extensa crónica, si obviamos los antecedentes, el contexto y el nervio, estaremos produciendo un depósito de información.
Los periódicos serán un cementerio de documentos sin interpretar que, por lo tanto, renuncian al conocimiento.
Para escribir, apunta Serrano, hace falta valor, y “para tener valor hace falta tener valores”.
Las máquinas, las que copian y pegan inventarios estériles, aún no lo tienen”.
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Tomado de http://www.lavanguardia.com/libros

Pepe Mujica: En la vida no puedes ser neutral

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“Queridos compatriotas, todos. Yo les tengo que agradecer infinitamente. Soy un paisano medio aterrorizado. Y el único mérito que tengo es ser un poco vasco, terco, duro, seguidor, constante.
Y por eso aguanté la cana. Pero no soy un fenómeno: en realidad, los años de cárcel que me comí fue porque me agarraron, me faltó velocidad.
No tengo vocación de héroe. Tengo, eso sí, una especie de fuego adentro contra la injusticia social, contra las diferencias de clase.
Creo que el hombre es un animal gregario que ha vivido el 90 por ciento de su historia en familia, en grupos familiares. Es un mono raro que no puede vivir solo: necesita de los demás y ese es su disco duro, su disco duro social.
Por eso tiene razón Aristóteles cuando dice que el hombre es un animal político. Necesita de la sociedad, se dé cuenta o no se dé cuenta.
Pero la historia, el devenir, ese 10 por ciento arriba de la Tierra, no el 90 por ciento, es responsable de nuestra civilización.
Nuestra civilización, que nos dio cosas hermosas, como por ejemplo el hecho de que en este siglo vivimos cuarenta años más de lo que vivían en promedio hace cien años.
Al fin y al cabo, yo sé que hay hambre en el mundo. Que hay el doble de población, pero el doble de cantidad de alimento. Lástima que tiramos por lo menos el 30 por ciento de la comida que producimos y ni siquiera se la damos a los perros, menos a la gente pobre. Esas son las contradicciones de nuestra civilización, que nos dan las razones para seguir luchando.
Nunca el hombre tuvo tanto como hoy. Nunca. Nunca tuvo tanto conocimiento. No me canso de repetir que en el mundo se gastan dos millones de dólares por minuto en presupuesto militar.
Decir que no hay plata en este mundo para un gigantesco plan Marshall que recorra toda la Tierra a favor de los pobres para integrarlos a la vida humana y agrandar la demanda… Decir que no hay recursos para eso es no tener vergüenza.
Cuando me dicen que la segunda fortuna del mundo, gastando un millón de dólares por día tendría que vivir 220 años para poder gastar lo que tiene, pero aun así tampoco podría porque con una tasa de interés del dos o el tres por ciento anual tiene cuatro millones de dólares por día.
Y si decimos que en este mundo no hay plata es porque tenemos la cobardía política de no cobrarles y meterles la mano en el bolsillo a los que pueden tener y deben dar. ¡Por eso estamos en la política!
Y por eso luchamos en la política porque al fin y al cabo, simplificando, es cortar el tocino en trozos más pequeños en favor de los más débiles. Porque la política es elegir, tomar decisiones, y elegir y tomar decisiones que favorecen a unos y perjudican a otros.
Y estás con la mayoría o estás con la minoría. Ahí no hay término medio. ¡No se puede ser neutral! ¡Hay que tomar partido!
Pero, aparte de esto, compañeros, hay otra cosa. Hay una cosa más importante que la justicia. A algunos de nosotros nos quisieron formar en un mundo convertido en un valle de lágrimas, para ir a un paraíso.
No te la creo. El paraíso es este. O la condena es esta. Y es esta vida, y no otra, la que hay que pelearla para que la gente viva mejor. Y no hay término medio.
Yo no me chupo el dedo con este homenaje. De aquí voy a salir el mismo viejo.
Lo que tiene sentido es pensar. Porque hay mucha gente joven aquí en el mundo. Y si sos joven tenés que saber esto: la vida se te escapa, se te va minuto a minuto y no puedes ir al supermercado y comprar vida.
Lucha por vivirla. Por darle contenido a la vida. La diferencia entre la vida humana con las otras formas de vida es que tú puedes darle una orientación. Tú puedes ser el autor del camino de tu propia vida.
No eres como un vegetal que vives porque naciste. Después de haber nacido puedes darle un contenido a tu vida. O no. Depende de ti.
Porque también puedes enajenar tu vida para que te la compre el mercado. Y te pasás toda la vida pagando tarjetas de crédito y comprando cacharro. Y les das para adelante y luego estás como un viejo como yo, todo lleno de reumatismo, ¿y qué hiciste en este mundo?
Pero si tuviste un sueño y peleaste por una esperanza. Si intentaste transmitir eso a los que quedan, talvez quede un pequeño aliento soplando en las colinas, en los mares. Y serás un recuerdo que valdrá más que un monumento, que un libro, que una poesía. Serás la esperanza humana que se irá realizando en las nuevas generaciones.
Compañeros, ¡nada vale más que la vida, luchen por la felicidad! ¡La felicidad es darle contenido a la vida! ¡Dale rumbo a la vida y no dejes que te la roben!
Y para todo eso no hay receta. Está acá, en la cabeza, en tu cerebro, en tu conciencia. Si vas a usar la vida, úsala como la maravillosa oportunidad de haber nacido, casi milagrosa.
Por lo demás, un segundo consejo a los jóvenes: lo imposible cuesta un poco más y los derrotados solo son los que bajan los brazos y se entregan.
En la vida puedes darte mil tropezones en todos los órdenes: en el amor, en el trabajo, en la aventura de lo que estás pensando, en los sueños que pensás concretar. Pero una y mil veces estás hecho de ese fuego y de esa fuerza para volverte a levantar y volver a empezar.
Porque lo importante es el camino. No una meta. No hay un arco del triunfo. No hay un paraíso que nos recibe. No hay odaliscas que te recibirán porque volviste de la guerra. No. Lo caminaste y punto.
Lo que hay es otra cosa. Lo hermoso de vivir al tope, al filo. En cualquier circunstancia, queré la vida y luchá por ella e intentá transmitirla. Porque la vida no es solo recibir. Es, antes que nada, dar algo que de lo que tenés, por jodido que estés siempre tenés algo para dar a los demás.
Yo era un pibe en un país que lo llamaban “La Pequeña Suiza de América”. En la década del cuarenta, iban a estudiar a Uruguay de toda América Latina. Habíamos sido hijos privilegiados, bastardos del imperio inglés. Y nos fue bastante bien como la República de Argentina, que estaba orgullosa de estar entre los más poderosos del mundo.
El Río de la Plata era una cosa distinta al resto de América Latina. Parecíamos medio europeos y, hasta por momentos, nos pareció que éramos.
Pero eso fue un espejismo. Pasó. El mundo se reacomodó después de la Segunda Guerra Mundial. Vinieron los términos de intercambio y empezamos a deber al Fondo Monetario Internacional.
Esa fue mi juventud. Algo que era muy alto y hermoso empezaba a desmoronarse. Y no hay cosa más retobada de aquel que estando bien se viene abajo. El que está acostumbrado a estar mal se resigna. Pero el que estuvo bien, no.
Por eso pertenezco a un movimiento que se golpeó la boca y salió a intentar cambiar el mundo y nos molieron a palos.
Acariciamos nuestro sueño. Eran tiempos en que pensábamos que la dictadura del proletariado era una explicación importante de la lucha de clases. Y, naturalmente, cada generación, comete sus vicisitudes.
Pero aquel viejo fuego que llevábamos adentro era tan grande que nos permitió llegar hasta hoy, siendo conscientes de los errores que cometimos pero siendo conscientes, también, de la gigantesca generosidad con la que abrazamos la vida.
Y cuando vemos un mundo lleno de plata y de recursos… Parece que se les parte el alma por tener un auto viejo o por darle la mano a un pordiosero o acercarse a un perro y darle de comer…
Añoro aquella juventud de corazón abierto que lo entregaba y lo daba todo y no se guardaba nada para sí misma.
No reniego del pasado. No reniego de los errores. La vida es un aprendizaje continuo. Y está llena de caminos muertos y de pisotones.
Pero las viejas causas que nos empujaron, siguen presentes en el mundo en el que nos toca vivir.

Nunca se ha visto tanta concentración de la riqueza. Nunca se ha visto tanta desigualdad en un mundo con tantas posibilidades.
Sin embargo, estoy convencido de que el hombre es capaz de construir sociedades infinitamente mejores que las de hoy si tiene el coraje de mirar el rumbo de las sociedades más viejas de la humanidad, que están en el fondo de la historia.
No para volver al hombre de las cavernas sino para entender la generosidad que implica la defensa de la vida, para entender lo elemental y lo más simple: para ser felices necesitamos de los otros. Los individuos solos no somos nada.
Por lo tanto, las causas colectivas hay que levantarlas y en este momento eso tiene un nombre: la lucha por integrarnos, la lucha por unirnos, la lucha por una cultura que respete la diversidad pero que exprese ese “nosotros” profundo y oculto que viene de la formación de nuestra propia historia.
Podemos y debemos, pero solo si hay voluntad política, si hay compromiso. Jóvenes, si quieren vivir felices, levanten una idea en la que crean, vivan para servir a esa idea, no se dejen esclavizar por el mercado.
El mundo que tendremos será el que seamos capaces de lograr. Y los latinoamericanos tenemos que ser, por haber llegado tarde y de atrás, un reservorio de la civilización humana, un continente de paz, un continente de justicia, un continente de solidaridad, un continente donde sea hermoso nacer y hermoso morir, un continente que dignifique la existencia del hombre arriba de la Tierra, que cuide lo portentoso de la creación que es nuestro planeta.
Porque si no lo hacen, jóvenes, el continente que tendrán será la cuota que paguen a fin de mes por el nuevo cacharro que tienen que comprar. Y así sucesivamente hasta que un día los huesos no se levanten y adiós, no queda de ti ni el recuerdo ni el aliento.
Comprométanse con la realidad. No dividan el mundo entre negros, blancos y amarillos. No. La única división es entre los que se comprometen y los que no se comprometen.
No creo en Dios, no creo en las religiones, pero las respeto y no me burlo de ellas porque a lo largo de la historia han sabido hacer algo muy bien: ayudar a bien morir.
Por eso mismo, porque es capaz de crear un Más Allá, sé que no hay bicho más utópico que el hombre.
Pero sé que uno de estos días seré menos que polvo. Talvez quede una paloma dando vueltas en la cabeza de uno.

Gracias, Ecuador. Un abrazo a todos”.

José Mujica, presidente de Uruguay.
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Discurso en Guayaquil, 5 de diciembre de 2014, luego del homenaje del gobierno ecuatoriano y la Unasur por su trascendencia histórica.
Transcrito por Rubén Darío Buitrón

¿Por qué duele pronunciar “viva Quito”?

Jorge Monlongo

Si al menos este momento pudiera asirme de tus manos y entender la ciudad acosada de jolgorio y ruidos y berrinche y desmemoria.
Pero ¿quién soy yo sin tus manos en la ciudad paranoica y abotagada?
¿Puedes recordármelo cuando regreses de aquella vida de lejos?
¿Qué soy yo, quién, qué hago aquí recorriendo las calles donde cada diciembre, por decreto tácito o por tradición inexplicable, se supone que es un deber cívico estar felices (!) por la invasión de hace cinco siglos, por el saqueo, por el abuso, por el atropello, por la devastación, por la muerte y el infierno que trajeron los depredadores?
Camino por estas calles y la gente no me mira.
Alienada por tanta pirotecnia, absorta por tanta música que nada tiene que ver con lo que sucedió en 1534, tanto ruido de pasos de flamenco, tanto sabor a “tapas” o a “gambas”, como si la conquista hubiera sido una pacífica misa fraterna y reverencial, como si todo dependiera de cuánto torero aplaudes (el conquistador) y cuánto toro lamentas (la resistencia sometida).
Como si algunos de tus antepasados no hubieran ardido en los leños de la inquisición, la mitología y los dioses obligados a sangre y fuego, como si en medio de las frituras y las ofertas y los saltos y las gangas y el humo quemado pudiera caber un exorcismo.
¿Y el Diez de Agosto, que fue nuestro punto de partida para la liberación?
¿Y el 24 de Mayo, que fue el momento decisivo de nuestra lucha?
¿Por qué esas fechas no se celebran con tanto bombo y tanta parafernalia?
¿Por qué esas fechas no las celebramos con el orgullo combativo de los quiteños?
¡Viva la muerte que nos parió!, parecerían gritar los celebrantes, algunos fuera de sí, otros inundados de lujuria seudohistórica en su boba euforia.
Ritual infame de pasados criminales con anual boleto de regreso.
Dicen que todo esto empezó con una “serenata” organizada por un periódico que decía amar a la ciudad y que, seguro, tenía algún proyecto de comercializar sus páginas aprovechando el civismo.
Dicen que un alcalde estimuló las fiestas con la promoción y la venta de alcohol, con mucho alcohol elaborado en su propia fábrica. Un negocio perfecto es el dinero cuando está aliado al poder.
Los demás alcaldes que vinieron se conformaron con usar la fórmula populista del pan y circo frente a la incompetencia que demostró la mayoría de ellos para mirar la ciudad en futuro, para planificarla, para que creciera en orden, para que en los últimos veinte años no tuviéramos que colocar en las entradas sur y norte de la ciudad el rótulo de “Bienvenido al caos”.
O hubo otros que creyeron que con teoría y ciencia la transformarían. Y antes hubo otros que la utilizaron como plataforma para llegar a otras funciones. Y hasta hubo uno que muchos años anduvo por los techos porque hizo malabares financieros en su favor.
Quito es más que borracheras hasta perder el sentido y sesiones solemnes con discursos almibarados. Quito es más que un chuchaqui que mantiene atontada a media ciudad justo el día en que se recuerda su humillación violenta por parte de los voraces y ambiciosos españoles.
Quito es rebeldía popular, reflexión colectiva, lucha incesante por la dignidad humana y política.
Pero nada de eso implica pronunciar “Viva Quito”. Es, tan solo, un pretexto para el jolgorio y el festejo (¿festejo de qué?) interminable y burdo.
Escapo, por fin. Llego al refugio.
La luz hace silencio y quisiera sonreír, empieza a devorarme en pedazos de múltiples farras que se escuchan unas cercanas, unas lejanas, bobas, desnudas, tambaleantes, inútiles, que se reparten incoherentes, como ecos trepidantes, por toda la ciudad incomprensible.
Acá esperaré que vengas y me ayudes a desentender todo esto.
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Dibujo de Jorge Monlongo

Doce preguntas inocentes para don Mauricio, el “alcalde solidario”

Pinochet y Don Francisco
1. ¿Tiene un proyecto de ciudad o cree que con teletones y “Quitos solidarios” puede construir el Quito que necesitamos?
2. ¿Con cuántos medios de comunicación privados y a cambio de qué (o de cuánto) tiene usted un convenio político para que de manera constante le den espacios en las entrevistas políticas y hasta le presten el telepromter? ¿A cambio de que, por ejemplo, la “gran imprenta” le imprima su periódico El Quiteño?
3. ¿Qué sentido tiene recaudar más de 900 mil dólares en la teletón y jactarse de ello, mientras que el gasto en “Quitonía” será de al menos cuatro millones de dólares?
4. ¿Conoce usted el documento de las Naciones Unidas que deplora las teletones porque convierten a sus supuestos beneficiarios en individuos discriminados y revictimizados? ¿Conoce las graves denuncias de irregularidades contra las teletones en México y Chile (ver arriba foto de Pinochet agradeciendo a Don Francisco por la teletón).
5. ¿Está informado de que la atención a los enfermos graves y la recuperación del patrimonio cultural son un derecho que debe satisfacer obligatoriamente el Estado y no “manos caritativas”?
6. ¿Por qué solamente Ecuavisa transmitió su teletón y no Teleamazonas? ¿En qué falló el acuerdo con este canal? ¿Por qué discriminó a los animadores de otros canales y solo se quedó con los de Ecuavisa-Guayaquil (excepto el premio Guinnes, claro)?
7. ¿Conoce usted si el Banco del Pichincha, su principal socio en la teletón, tiene relación con la empresa Publipromueve, que trae al cantante británico Sting?
8. ¿Qué son para usted los conceptos “solidaridad”, “caridad”, bondad” y limosna”? ¿Son conceptos que debe manejar un estadista?
9. ¿Pedirá una auditoría a la Contraloría sobre el manejo de los fondos recaudados en la teletón?
10. ¿Qué le hizo arrepentir de la negativa para que se realice la tradicional carrera de coches de madera? ¿Su baja en la popularidad? ¿Los consejos de su asesor de ultraderecha, Jaime Durán Barba?
11. ¿Cuándo responderá a los quiteños cuál es o fue su verdadera relación con el prófugo mexicano Ignacio Muñoz, que vino a Quito siete veces desde que usted es alcalde?
12. Si usted cree sinceramente en la libertad de expresión, ¿por qué no deja que trabajen en paz el periodista Marco Pérez y el programa Ecuador Inmediato? ¿A cuántos programas y periodistas más tiene en la mira por ser críticos con su gestión?
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ENVÍE COMENTARIOS Y PREGUNTAS A @rd_bui

Leonardo Arias pregunta: Sr. Rodas: ¿tiene usted idea de lo que es Quito?
Felipe pregunta: Sr Rodas, Ud. que vivió tanto tiempo en México, ¿tuvo influencia del PRI (derecha), los narcos (asesor) o Televisa (Teletón)?
Jorge Coco Verdugo: ¿Es el Metro una prioridad para usted?
Elena Rodríguez y otros: Empieza a ser muy claro el modelo excluyente en Quito. El clasismo y la desigualdad creceran, acompanadas de mas inseguridad.

León Febres Cordero, mi “Black Friday” favorito

LFC
Mi “Black Friday” favorito no ocurrió en un centro comercial de Miami ni en algún lujoso almacén de Quito o Guayaquil.
Ocurrió el viernes 16 de enero de 1987, cuando un grupo de comandos secuestró en la base aérea de Taura al presidente León Febres Cordero.
Para entonces, el autoritario y déspota Febres Cordero se jactaba de haber “exterminado” a los nacientes grupos guerrilleros, en especial Alfaro Vive Carajo (AVC).
Los había “exterminado” usando los más viles recursos inhumanos de las dictaduras nefastas de América Latina, como la de Pinochet en Chile o la de Videla en Argentina.
Su guerra sucia contra los jóvenes rebeldes que se le oponían incluyó el espionaje, el terror mediático, la tortura, el abuso sexual a las personas detenidas, el asesinato a sus líderes como Arturo Jarrín, Fausto Bazantes, Hameth Vásconez, Consuelo Benavídez y el acoso permanente a sus familiares.
Mientras Febres Cordero mantenía en tremenda tensión y miedo al país con sus criminales acciones de guerra no convencional contra la subversión, el general Frank Vargas Pazzos, comandante de la Fuerza Aérea y carismático líder de sus tropas, denunciaba actos de corrupción gubernamental, como la irregular compra de un avión Fokker, un caso que nunca se aclaró.
Vargas Pazzos, quien era muy amigo de Febres Cordero y de su esposa María Eugenia Cordovez, se convirtió, de pronto, en el hombre que reveló la podredumbre del sistema y el grave deterioro de los valores éticos en los más altos funcionarios civiles y militares del régimen.
Meses atrás, el comandante se sublevó contra el mandatario en la misma base de Taura y amenazó bombardear el palacio de Carondelet con sus aviones de guerra si Febres Cordero no renunciaba.
Pero Vargas Pazzos no cumplió su palabra en ningún sentido. Sus ultimátums fueron de humo y terminó en la cárcel cuando vino a Quito y se tomó la estratégica base aérea Mariscal Sucre.
Vargas pudo derrocar al presidente tirano, pero fue una enorme frustración para cientos de miles de ciudadanos que vivían cada día la pesadilla de uno de los gobiernos más tenebrosos y corruptos de la historia contemporánea en el Ecuador.
Esa frustración, sin embargo, maduró en un grupo de temerarios soldados de la FAE, conocidos después como “los comandos de Taura”.
El país nunca olvidará el rostro de un nervioso y acobardado mandatario. “Dónde tengo que firmar” y “qué más quieren que firme” fueron dos frases que durante mucho tiempo los ecuatorianos recordaron.
Y aunque al quedar libre retomó el poder, recuperó su talante dictatorial y tomó las represalias que había prometido no tomarlas, al país le quedó claro que los socialcristianos sembraron la nación de odio, de revancha, de regionalismo, de represión, de violación a los derechos humanos y de cobardes asesinatos políticos contra los jóvenes que, fuera de prejuicios y condenas, resolvieron combatirlo por las armas.
Los periodistas que muy jovencitos empezábamos nuestra carrera vivimos aquellos episodios, primero con pasión militante y luego con desencanto político.
Supimos desde entonces que la “gran prensa” siempre fue y siempre sería aliada de los poderes más corruptos y antidemocráticos y, a pesar de todo, mantuvimos la ilusa esperanza de que algo podríamos cambiar desde adentro. Nada más lejos de ser cierto: los medios controlaban al poder político y económico desde la sombra y nunca dejarían que el país se transformara.
Supimos también que el cambio profundo de un país inequitativo, de estructuras sociales injustas, no se lo haría desde la temeridad demagógica o la amenaza inútil, sino desde la convicción más profunda a favor del bien común.
Vargas Pazzos, retirado de las Fuerzas Armadas, intentó dos veces ser presidente en las urnas. No ganó porque frustró al pueblo y porque su aparente lucha por el país solo fue personal.
Febres Cordero terminó su periodo el 10 de agosto de 1988 y volvió a Guayaquil tras un masivo repudio colectivo en Quito, al que se sumaron cientos de personas que empezaban a sospechar que la desaparición y muerte de los hermanos Restrepo también fueron parte de los crímenes de Estado del mandatario saliente.

Pero algo hay que agradecer a Vargas Pazzos: que, al menos por un día, sus soldados le hicieran sentir a Febres Cordero una pizca de lo que él hiciera, sin ninguna compasión y con enorme crueldad, con los jóvenes guerrilleros.
Aquel día fue bautizado como “Viernes Negro” por el pusilánime vicepresidente de entonces, Blasco Peñaherrera, en un libro donde cuenta quienes estaban entre los más preocupados por Febres Cordero.
Junto a Peñaherrera llegaron a Carondelet los dueños de los medios, como José Thome, director de El Comercio, cuñado de Guadalupe Mantilla y ministro de Salud del régimen; Alfonso Espinosa de los Monteros, de Ecuavisa y Vistazo; y el multimillonario Antonio Granda Centeno, dueño de Teleamazonas. He ahí la directa complicidad de la prensa con el poder político más nefasto.
Ese “Black Friday”, que nada tiene que ver con el consumismo que tanto se alienta ahora desde los medios de comunicación y desde los chips culturales globalizadores simplemente fue y es, hasta ahora, el mejor de mi vida.
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Foto de archivo: Diario La Verdad de Esmeraldas

¿Por qué la prensa local es mojigata?

Prensa local mojigata
A principios del siglo XIX la prensa se dividía entre el periodismo de ideas y el periodismo partidista.
Para los lectores de la época, en especial en Europa y Estados Unidos, era fácil distinguir entre uno y otro y, por tanto, elegir cuál era su periódico preferido.
¿Por qué era fácil distinguir entre uno y otro?
Porque el periodismo de ideas no buscaba hacer negocios sino difundir los grandes debates sobre el humanismo, sobre la filosofía, sobre la religión, sobre la política, sobre la democracia, sobre qué sistema debían elegir los ciudadanos como el más idóneo para sus sociedades.
El periodismo partidista (mal llamado así porque no se refiere a partidos políticos, sino a tomar partido) era sincero: se habían reunido capitales para financiar el diario, se planteaba con claridad la opción de que la inversión debía rendir sus utilidades y se invitaba a todos quienes tenían negocios a poner anuncios en las páginas.
El uno servía para la reflexión. El otro, para la venta y compra de productos.
No había problema para los lectores por eso, porque aunque suene absurdo decirlo, ambos tipos de periódicos eran transparentes. El uno decía yo soy esto y el otro decía yo soy esto otro.
Incluso, si algún lector que prefería el periódico de ideas algún rato necesitaba adquirir algún bien o montar un negocio, complementaba su lectura con el periódico mercantil.
Casi dos siglos después, sin embargo, el paisaje ideológico y útil o de servicio de la prensa, en especial de los periódicos, ha retrocedido hasta épocas medievales.
La “gran prensa quiteña” (no lo tomen como un piropo, sino como una responsabilidad incumplida) debería decirnos que está a favor de las causas que promueven los opositores al actual gobierno y ningún lector se engañaría.
Sería muy sencillo: si el lector es anticorreísta compraría “la gran prensa” para que esta le refuerce sus conceptos contrarios al régimen.
Y si el ciudadano es correísta y cree en la revolución ciudadana tampoco tendría problema: no compraría “la gran prensa” porque tuviese la seguridad de que esta no le informaría acerca de las acciones del oficialismo.
Hasta en Estados Unidos, país modelo de muchos empresarios locales, se sabe con claridad que los dos periódicos más poderosos responden a líneas políticas muy claras: The Washington Post es conservador o pro-republicano y The New York Times es pro-demócrata.
En España se sabe con certeza que El Mundo defiende al Partido Popular (en el gobierno), que El País protege a los del PSOE y que el ABC es la palabra de la caduca y corrupta monarquía.
Acá, por ejemplo, los periódicos se disfrazan. Y en los casos en los que se involucran sus socios políticos o sus protegidos, no dicen nada.
El famoso pero susurrante caso Rodas-Muñoz es un clarísimo ejemplo del silencio de la “gran prensa” que, al menos, debería explicar a los lectores por qué no dice nada acerca de eso. Y otro es la crítica a todas las rectificaciones y retros que ha dado el alcalde. Ni una palabra.
Más fácil sería que dijeran, con transparencia, que tienen sus candidatos, sus líneas editoriales y sus ideologías. Y punto. Pero no lo hacen.
Más fácil sería que dijeran, en portada, “estamos con Rodas y no publicaremos absolutamente nada que pudiera perjudicarlo”. Pero no lo hacen.
La pregunta es de sentido común: ¿por qué la prensa local es tan mojigata? O, yendo más allá, ¿qué intereses le atan a este tipo de periodismo para ser, en el lenguaje antiguo, tan “partidista”?
No me digan que la prensa privada no es aliada de Rodas. Solo pregunten de qué medios vienen los actuales asesores, directores y jefes de comunicación del Municipio.
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Ilustración del artista Gilbert Garcin

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