Rubén Darío Buitrón

Territorio de periodismo y ejercicio autocrítico del oficio

¿En serio es cómica “La pareja feliz”?

La pareja feliz. Benjamin Kanarek.

¿Es educativo, entretenido o informativo el programa “La pareja feliz”, protagonizado por David Reinoso y Flor María Palomeque y calificado como “cómico” por Teleamazonas, el canal donde se pasa esta serie local?
A nuestro parecer, la respuesta es no, y para ello nos basamos en un factor muy sencillo: el incumplimiento de los tres requisitos tradicionales para hacer comunicación social.
De ninguna manera puede ser ni educativo ni entretenido mostrar los momentos más agresivos, ridículos y monótonos de un matrimonio devenido en un espacio que degrada el amor y el compañerismo, que distorsiona la relación de pareja y no la muestra como el espacio donde priman el respeto y la consideración a quien aporta, como nadie, al crecimiento del otro como ser humano.
“Nuestra sociedad debe ubicar a la televisión como un lugar estratégico para la memoria y el encuentro, para la paz y la movilización, para la identidad y el futuro (… para) reconocer el valor del otro y dejar de lado el autoritarismo de mi propia y única verdad como criterio”, dice el colombiano Omar Rincón (1).
Si se habla de autoritarismo cuando el Defensor del Pueblo en el Ecuador dice que todos los programas de televisión de carácter degradante deberían desaparecer, incluso dos productos discriminatorios y burdos de los canales incautados por el Gobierno, como “El Nalgómetro” o “Mi recinto”, igual de “autoritario” es creer que la libertad de expresión y de prensa es poner al aire cualquier producto con contenidos de relativo éxito.
Flor María Palomeque, la protagonista de “La pareja feliz”, ha salido al paso del Defensor del Pueblo y ha propuesto una “consulta popular” para medir el rating, el interés de la gente, la cantidad de espectadores e incluso la legitimidad del espacio.
¿Una consulta popular? El país tiene asuntos muchísimo más trascendentes que debatir y resolver como para llevar a la urnas a la gente para que decida si le gusta o no le gusta ver degradados sus sentimientos, sus afectos, sus compromisos de pareja, su crecimiento como familia, su formación cotidiana como esposo y esposa, como padre y madre.
El cineasta colombiano Felipe Aljure, citado en el mismo libro, afirma que “necesitamos televisión con criterio si queremos hacer de este medio un espejo que nos diga por qué debemos dejar de matarnos y por qué debemos soñar con un mejor país”. (2)
Otros sectores, quizás los mismos que hace cuatro años venían sosteniendo que la mejor ley de comunicación “es la que no existe” porque los medios sí son capaces de autorregularse (¿Teleamazonas se autorregula al difundir ese programa?), optan por sugerir la opción más simple: cada televidente ve lo que quiere ver.
Pero no se trata de eso. Los medios, al ser un bien público y la calidad de los contenidos un derecho ciudadano, tienen la obligación de elevar su nivel y presentar programas, incluso cómicos, capaces de hacer reír sin hacer de la relación de pareja una deplorable caricatura.
“La relevancia de la información como derecho fundamental (…) la une con el desarrollo de otros derechos y la abre a la participación cada vez más protagónica de la ciudadanía (…), un derecho que respeta las libertades de los medios pero también los derechos de las audiencias al confrontarlo y articularlo con derecho como la intimidad, la honra, el desarrollo de la personalidad. (Así…,) el manejo de la información cobra otros matices y responsabilidades que no aparecían en el funcionamiento anterior de los medios (…), en donde esos medios tenían una especie de libertad absoluta que permitió, entre otras razones, la consolidación de su poder. De su poder y de su extralimitación”. (3)
David Reinoso -que incluso ha hecho publicidad para el Gobierno- y Flor María Palomeque, cuya calidad humorística en otros espacios ha sido indiscutible, tienen la oportunidad de mostrar su más alto nivel artístico y su talento, pero no apelando a la fácil salida de que “si no te gusta, cambia de canal”.
Yo los creo capaces de cambiar el eje argumental y filosófico de un programa que hoy solo alcanza a mostrar contenidos grotescos. ¿Por qué, más bien, no empiezan por ahí?
________________________
Las citas 1, 2 y 3 pertenecen al libro “Televisión pública: del consumidor al ciudadano”, compilado por Omar Rincón (ediciones La Crujía).
Ilustración de Benjamin Kanarek

¿Quién tendrá la última palabra sobre los contenidos de los medios?

CONTROL DE CALIDAD DE LOS MEDIOS

A partir de las sanciones de la Supercom a medios y periodistas se viene instalando en el Ecuador un debate que, bien conducido, traería notables y tangibles beneficios para la sociedad. Pero no estoy seguro de que exista la conciencia y/o la voluntad de conducirlo hasta donde debe llegar: a la construcción del ciudadano crítico.

La existencia de la Ley Orgánica de Comunicación (LOC), del Consejo de Regulación y de la Supercom son, por sí mismas, el primer aspecto esencial en una reflexión que empieza a ocupar importantes espacios en los medios de comunicación.

¿La Ley, el Consejo y la Supercom son represivas, controladoras y censuradoras? ¿Su existencia está generando miedo en la prensa y en los periodistas? ¿Está produciendo autocensura? ¿Está golpeando las libertades de expresión y de prensa?

Aparentemente sí, según un sector mediático y periodístico que ha venido planteando, desde hace cuatro años, cuando se empezó a hablar de la necesidad de la Ley, que con la autorregulación es suficiente. Llegaron, incluso, a acuñar un frase: “La mejor ley es la que no existe”.

Otro sector, sin embargo, defiende la necesidad de regulación y de vigilancia de cierto tipo de contenidos y saluda la vigencia de la LOC y de los organismos de control. Según esta posición, la libertad de prensa se convirtió en libertinaje y los medios acumularon demasiado poder como para que los ciudadanos puedan ejercer su derecho a exigir calidad.

Pero, ¿está exigiendo ese derecho el el ciudadano? ¿Hay formas de saber que en el Ecuador se está formando un lector crítico, un radioescucha exigente, un televidente riguroso?

Me parece que este es el quid del debate.

Empecemos por señalar el peligro concreto de que sin una ciudadanía activa y participativa, que asuma como suyo el derecho a demandarnos a los periodistas y a los medios más calidad, nos quedaremos en un tutelaje político-institucional que no necesariamente represente a la sociedad.

He visto que las entidades de control se han acercado a los medios y a los gremios, en especial en las provincias pequeñas, pero me parece que ese no es el camino.

He escuchado al Superintendente decir que no quiere que desaparezcan los medios, sino que mejoren, en especial en cuanto se refiere al respeto a la dignidad de las potenciales audiencias, lectores, público.

Lo mismo, o algo parecido, he podido captar de las declaraciones públicas de los miembros del Consejo.

Del lado de los medios, en especial los privados, la percepción es totalmente adversa a todos esos criterios. Para ellos, según los organismos que los representan, en el Ecuador se están cerrando los espacios de libertad y cada vez es más difícil hacer periodismo.

Y vuelvo a la pregunta de los primeros párrafos, más directa: ¿qué estamos haciendo todos, quiero decir cada uno de los actores del proceso informativo y periodístico, para formar al ciudadano?

No es posible un debate si del un lado y del otro estamos cerrados a las bandas. No es posible un debate si no se admite que, quizás, el otro tenga la razón o cierta parte de razón.

Pero, sobre todo, no es posible el debate mientras lo que estamos presenciando es una lucha (ideológica, política, de poder) entre los organismos de control y los medios.

Ninguna de las dos partes debe olvidar su razón de ser, su deber ser. Y aunque lo que plantee parezca un sacrilegio, tanto unos como otros tienen la obligación de abrir espacios pedagógicos, intensivos, para contar con cientos, miles, millones de ciudadanos proactivos capaces de lecturas críticas de los contenidos.

Se necesitan millones de voces diagnosticando la realidad de los medios y millones de voces evaluando el trabajo de los organismos de control.

¿Cómo formarlas? Ese es el punto. Ahí está la clave del debate más allá de la coyuntura.

Porque esas voces, solo ellas, tendrán derecho a decir la última palabra.

Porque esas voces, solo ellas, tendrán derecho a exigir de los órganos de control y de los medios que en el país se produzcan los contenidos que quiere y necesita la sociedad para crecer.

 

 

 

Alfredo Pinoargote, la discriminación al diferente y el comienzo de un debate nacional

Fabio Listrani

El 7 de enero de 2014 se recordará en el Ecuador como el día en que algunos ciudadanos fueron conscientes de que el hecho de ser diferentes no implica discriminarlos.

Ese día, Alfredo Pinoargote, presentador y entrevistador de Ecuavisa y uno de los columnistas que cada quince días escribe en la revista Vistazo acerca del “deber ser”, dijo en su programa Contacto Directo, que en el Ecuador de ahora “hay un ambiente o un sistema de restricción a esa libertad (de expresión), por ejemplo ya no se le puede decir a los gays maricas, a los afros no se les puede decir negros, a los ladrones no se les puede decir ladrones…”.

http://video.twicsy.com/i/7YG2k

Durante los pocos segundos que duraron esas palabras, Pinoargote ejerció la libertad de expresión como hasta entonces lo habían entendido siempre quienes han tenido el control y el poder de los medios de comunicación: dijo “maricas”, dijo “negros”, lamentando ya no poder decirlo.

Ese día, el conductor del programa matutino de noticias en Ecuavisa no solo condenó a los gays o a los afroecuatorianos, sino que reveló cierta molestia contenida porque ahora, en los espacios informativos, no puede decir cualquier adjetivo quien tiene un micrófono o un espacio en la prensa.

Según Kapuscinski, el periodista toma como principio a los otros, es decir, la gente que esta involucrada en el acontecimiento que estamos describiendo y analizando. La gente con la que tenemos contacto resulta fundamental en la expresión final de nuestra tarea, ya que son ellos los que van a formar la sustancia del relato. Y lo harán dejándonos conocer sus historias y sus distintos puntos de vista.

Pero, ¿cómo hacer que estas personas nos ayuden si en algunos casos solo contamos con pocos minutos para hablar con ellos? Mediante la empatía, que es ponerse en el lugar del otro para intentar comprender lo que está viviendo. Ciertamente, es una cualidad que no todos poseen. Y es parte solo de aquellos con buenas intenciones, “si se es buena persona se puede intentar comprender a los demás, (…). Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino”.

Como decenas de personajes en la misma situación, ese privilegio ya no se lo puede usar a discreción para decir lo que se quiera decir, para atacar o para denostar, para hacer daño a quienes no son del gusto político, económico o social del comunicador o para alabar a quienes sí lo son.

Es una línea fácil de interpretar si se analiza el pasado político de Pinoargote, exembajador en Europa durante una década como representante de los últimos presidentes de la partidocracia, que empezó a morir en el 2006 con la Asamblea Constituyente de Montecristi.

Aquella asamblea, en la que participaron representantes de grupos sociales invisibilizados, ofendidos, segregados o productos de burla o ironía por los medios de comunicación, estableció garantías y derechos no consagrados antes en las constituciones ni leyes que se habían promulgado en el país.

Y entre esas garantías, quizás como eje filosófico que atraviesa la nueva Constitución vigente, están los derechos del otro, en especial de quienes histórica y popularmente han sido discriminados, violentados y marginados: las mujeres, los niños, los pueblos indígenas, montubios y afros, las empleadas domésticas, los policías civiles y municipales, los vendedores ambulantes, los homosexuales, las prostitutas…

Todos esos sectores han empezado a reivindicarse, a pesar de la oposición del “cuarto poder”.

“El cuarto poder es una expresión con la que intenta plasmarse la gran importancia que tiene la prensa hoy en la sociedad de todo el mundo. Y es que se considera que a través de los distintos medios que la integran se puede conseguir influir en la ciudadanía así como ofrecer una fuerte presión sobre los distintos dirigentes políticos”.

Y aunque todavía parece que hay quienes estiman que la impunidad es sinónimo de hacer periodismo, eso ya no puede suceder desde que se expidiera, estemos de acuerdo o no, la Ley de Comunicación en mayo de 2013.

A base de a esa normativa, la Superintendencia de la Información y Comunicación (Supercom) determinó la responsabilidad de Ecuavisa y del presentador del programa Contacto Directo, y lo sancionó.

La decisión legal establece que “el director del medio de comunicación difunda una disculpa pública al pueblo afroecuatoriano y a la colectividad de diversa orientación sexual, por los comentarios discriminatorios por razones de etnia y orientación sexual, emitidos el 7 de enero de 2014 en el canal televisivo”.

Según el artículo 56 de la Ley Orgánica de Comunicación (LOC), se determina la responsabilidad de la Corporación Ecuatoriana de Televisión S.A., canal Ecuavisa, y del presentador del programa Contacto Directo, Alfredo Pinoargote Cevallos, por haber incurrido en la prohibición establecida en el artículo 62 de la misma ley.

Este artículo dice que “está prohibida la difusión a través de todo medio de comunicación social de contenidos discriminatorios que tenga por objeto o resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce o ejercicio de los derechos humanos reconocidos en la Constitución y en los instrumentos internacionales. Se prohíbe también la difusión de mensajes a través de los medios de comunicación que constituyan apología de la discriminación e incitación a la realización de prácticas o actos violentos basados en algún tipo de mensaje discriminatorio”.

Inmediatamente se produjo la reacción del presentador: “La resolución que obliga a pedir disculpas es infundada porque no se ha producido ninguna discriminación contra algún ser humano, como se dispone en la Ley de Comunicación”, increpó Pinoargote, en un comunicado divulgado en la red social Twitter.

Pero al pronunciar aquellas expresiones, Pinoargote no solamente ofendió al pueblo afroecuatoriano y a los gays, sino que desconoció (consciente o inconscientemente) la difícil y legendaria lucha de los grupos marginados que durante más de un siglo han luchado por ser tratados con respeto, igualdad y dignidad.

Finalmente, tres días después, Pinoargote ofreció disculpas al pueblo afroecuatoriano por los comentarios discriminatorios que hizo aquel 7 de enero:

“Según resolución de la Superintendencia de Información y Comunicación de acuerdo con lo solicitado por la asambleísta de Alianza País, Alexandra Ocles, pido disculpas al pueblo afroecuatoriano y a la colectividad de diversa orientación sexual por haber dicho en este espacio, del 7 de enero de 2014, (…) lo que la asambleísta Ocles de AP en su denuncia dice que no se puede decir, de esta manera cumplo con la resolución que me obliga a pedir disculpas. Adicionalmente quiero ofrecer un homenaje del excelso escritor y humanista esmeraldeño Nelson Estupiñán Bass, a la negritud, al orgullo de ser negro con el poema del niño negro y del incendio de su libro Canto Negro por la Luz (…) Ese es el orgullo que exalta Nelson Estupiñán Bass en los esmeraldeños de raza negra, tierra esmeraldeña donde nací y crecí sin ningún prejuicio racial”, agregó.

En respuesta a la disculpa de Ponoargote, José Chalá, secretario de la Corporación de Desarrollo Afroecuatoriano (CODAE), mencionó que las disculpas del periodista sobre su comentario discriminatorio al pueblo afroecuatoriano, que realizó meses atrás, es una señal de la construcción del respeto a la Ley de Comunicación. Expresó que se ha naturalizado la violencia verbal en un sector de la sociedad y en los medios de comunicación: “La mentalidad colonial hay que comenzar a desaprender”, sostuvo. Para él, usar términos ofensivos contra alguien muestra una cultura colonialista de personas que aún se creen superiores en el país.

La asambleísta Ocles apunta también a la televisión, incluso la de los canales incautados. Manifestó que hay programas de televisión que venden estereotipos ofensivos. Mencionó que en la educación tenemos preconceptos que alimentan la perversidad y se maneja un lenguaje discriminatorio hacia un determinado grupo social. “Queremos dejar de ser una sociedad que excluya y categoriza a las mujeres casi al nivel de prostitutas. porque así nos muestras los programas de tv (…). Hace falta revolucionar la mentalidad de la gente”. Aseguró que presentará una denuncia por programas como El Nalgómetro y Mi Recinto, que se emiten en TC. Mencionó que pese al alto rating de dichos segmentos, tienen que ser sancionados por su contenido.

Aunque aún no es un gran debate nacional el de los contenidos que producen y publican los medios de comunicación, la reflexión debe empezar a instalarse entre la gente. Y será positiva para todos, sin banderías partidistas ni ideológicas, si la hacemos con honestidad y sin defender intereses de ningún tipo.

Ese debate, que deberá ir multiplicándose en beneficio de los ciudadanos, los medios y el país, empieza a generar ciudadanos críticos de lo que dice la prensa. Empezará a generar lectores suspicaces, televidentes reflexivos, radioescuchas inconformes, cibernautas exigentes.

Por eso, la única alternativa es repensar el periodismo.

Democratizarlo. Pluralizarlo. Horizontarizarlo.

Ampliar al máximo el abanico de temas, voces y fuentes. Informar más y opinar menos.

He ahí la alternativa para los medios: abrir las ventanas y dejar que, por fin, entre aire fresco.

_______________________________

Ilustración de Fabio Listrani

La paranoia del populismo digital

Populismo digital

Hay personas que escriben blogs o que tienen cuentas en Twitter y en Facebook y que sufren mucho cuando miran las cifras y se dan cuenta de que a veces no tienen un alto número de respuestas o visitas.

Así llegan a la conclusión de que “no son populares”. Y se deprimen. Pero, ¿quién dijo que los espacios digitales deben convertirnos en famosos?

Conozco muchos colegas que por esa razón abandonaron sus blogs. ¿Se imaginan cuántos blogs sin dueño estarán deambulando extraviados en la atmósfera cibernética?

También he visto gente que dejó su cuenta de Twitter porque no alcanzó miles de seguidores o se despecharon porque no les dieron cientos de “likes” en su Facebook.

Nunca, sin embargo, se preguntaron si sus “posts” tenían relevancia para los demás y no solo para ellos mismos.

O si sus twitts eran intrascendentes, sin seducción ni audacia, sin genialidad ni pasión.

O si en su Facebook se contaban a sí mismos las trivialidades y las situaciones frívolas que les sucedían pero que a nadie más importaba, ni siquiera a los estolqueadores o voyeristas?

Obsesionarse con tristeza por asuntos como esos me parece que cabría en un  concepto que podemos formular ahora: la inmadurez digital.

Encapricharse porque los demás escuchemos lo que no nos interesa.

Se entiende que un medio de comunicación grande como un canal de televisión o un diario impreso, con su avidez por el dinero, se preocupe por las cifras de rating o de ventas en la calle o de visitas en la red a la página web. Porque todo esto “vende”.

Esos grandes medios viven de aquellas cifras, pues son las que les permiten ofrecer a los anunciantes un espacio donde su producto se exhibirá.

En la prioridad de esos medios está, primero, ofrecer audiencia a los anunciantes. La calidad de los contenidos, al final, no les importa demasiado. Lo que les importa es ganar muchísimo dinero con lo que consideran su mercancía más preciada: la noticia.

Pero un bloguero, un twittero o un “feisbuquero” se equivoca cuando se desmoraliza si desde el otro lado de “la nube digital” no tiene decenas, cientos o miles de respuestas.

En lo digital, cuando el producto que hacemos no tiene afanes comerciales, lo que importa primero es la calidad del contenido y, en consecuencia, la calidad de la audiencia, no la cantidad.

Si ha escrito un “post” que el autor considera tan certero que a su blog debieran entrar miles de personas a leerlo, pero eso no sucede, hay factores que pueden explicarlo. Lo mismo sucede con el Twitter o con el Facebook.

Algunos ya lo hemos dicho, otros podemos reflexionarlos ahora. En primer lugar, uno puede estar equivocado.

¿En verdad es tan interesante, tan conmovedor, tan trascendente el “post”? Habría que analizarlo. Habría que volverlo a leer. Habría que ser drástico con la autocrítica. Lo que no sirve, no sirve. Y punto.

Y si resultara que sí es bueno, algo pasó: no se lo difundió en la coyuntura apropiada, el día que se lo publicó no era oportuno, el titular del texto no es atractivo, las imágenes no empatan con el texto, el tema quizás hiera la sensibilidad de ciertos sectores, el tono en el que está escrito no es respetuoso o su estilo es poco enganchador, no seduce ni atrapa.

Ya lo sabemos: escribir -para cualquier medio, tradicional o digital- es un arte. Y una obra de arte requiere y demanda mucho esfuerzo, rigor, precisión, originalidad, elaboración minuciosa, presentación impecable, capacidad de autocrítica y corrección implacables.

¿No nos estará haciendo falta algo o mucho de eso?

Lo esencial es ser absolutamente claro, preciso, valiente, sincero, profundo e inteligente con lo que escribes y con lo que dices.

Ser coherente con lo que sientes y con lo que piensas. No escribir para los anunciantes ni para los accionistas, como se hace en la llamada “prensa libre e independiente”.

Lo esencial, además de la calidad y la  búsqueda de la excelencia, es la paz de tu conciencia. Es tu manera de ver los hechos y vivir la vida. Y, muchas veces, de tener el valor de compartir los momentos memorables.

Porque el lector percibe, asume, siente cuando lo que publicas está hecho con absoluta honestidad. ¿Hay algo que sea más importante que eso? No. El resto es populismo digital.

___________________________

Ilustración de Malus Starlin

Ahora sí, la prensa ecuatoriana debe rendir cuentas a la sociedad

Alexander Jansson

Siglos debieron pasar para que los medios de comunicación en el Ecuador rindieran cuentas a su público y a la sociedad sobre lo que han publicado, sobre lo que no han publicado y sobre lo que deberían publicar.
Tanto tiempo de impunidad, de manejos sesgados, de silencios caprichosos o convenientes, de manipulaciones en favor de los sectores vinculados a la prensa, de presiones, de distorsiones de la realidad, por ejemplo en la crónica roja, para vender más ejemplares.
Tanto tiempo de nunca haber explicado sus actitudes y decisiones a sus audiencias, de omitir versiones de quienes no estaban de acuerdo con ellos, de informar de manera parcializada, de censurar a sus críticos, de bloquear políticamente a quienes no seguían sus “líneas editoriales”, de despedir a los periodistas que no seguían sus órdenes, de silenciarlos, de estigmatizarlos, de impedirlos participar en concursos porque el tema “no le conviene al diario”, de ponerse de acuerdo para no volver a contratar en ningún otro medio a los periodistas despedidos.
Ya no podrán ponerse bajo el paraguas de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) para que los defienda ni tampoco podrán esconderse en el espíritu de cuerpo de los gremios de dueños de medios, agrupados en eso que pomposamente se llama la Asociación Ecuatoriana de Editores (¿editores o dueños?) de Periódicos, AEDEP.
Ahora, en este mes de abril, deberán cumplir el mandato constitucional y su informe tendrá que enviarse al Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCSS), pero lo mejor para el crecimiento de la sociedad y la transparencia del ex cuarto poder es que cada uno de los informes los revisará un grupo de ciudadanos en presencia de los propietarios y de los jerarcas de cada medio.
La rendición de cuentas de la prensa se basa en el numeral 15 de la Ley de Comunicación y en el artículo 10 de la Ley del CPCSS e incluye a más de 1.100 medios de comunicación, privados y públicos.
Periódicos, radiodifusoras, canales de televisión y revistas deberán cumplir con ese deber, que incluye las obligaciones tributarias (¿declaran y cancelan todos sus impuestos?), la equidad laboral (¿pagan sueldos justos a los periodistas y trabajadores?, ¿por qué los abismos salariales entre un editor general y un reportero o un fotógrafo o un diseñador o un camarógrafo?, ¿por qué los despidos masivos al personal?), ¿cómo canalizan el derecho ciudadano a la rectificación y a la réplica?, ¿cumplen el requisito de producir y publicar temas interculturales?, ¿han dado acceso laboral a las personas con discapacidad?
La rendición de cuentas de los medios es fundamental para la transparencia del trabajo de la prensa frente a sus públicos.
Si el proceso se cumple como manda la ley, es decir, que los medios presenten sus rendiciones de cuentas frente a su público y admitan la urgente necesidad de entender mejor a la sociedad, empezará a consolidarse la construcción de ciudadanos mediáticos y la formación de audiencias críticas. Y el cuarto poder empezará a extinguirse mientras el poder real, el de la gente, surgirá con más fuerza.
La tarea del CPCCS es histórica porque a partir de ahora cambian profundamente las relaciones entre prensa y sociedad: durante siglos la prensa dijo lo que quiso y calló lo que quiso. Fue cómplice de sus amigos y se sesgó contra sus adversarios. Inculpó a personas inocentes. Escandalizó cuanto quiso. Usó el morbo para vender más periódicos o elevar el rating. Actuó como un poder político y económico capaz de derrocar gobiernos, poner ministros y embajadores, censurar contenidos, invisibilizar a ciudadanos, organizaciones y movimientos.
El resto del trabajo de rendición de cuentas corresponderá a la gente y a los propios trabajadores de esos medios.
La gente y los mismos periodistas deben fiscalizar y exigir autocrítica, pluralismo, equilibrio, inclusión social, espacios para todos los sectores sociales y jerarquización de temas de acuerdo con el bien común, no según el capricho y la subjetividad de los súper dueños o de los híper-jefes.
Si durante tantos años no ha querido o no ha entendido lo que significa ser democrática, ahora la prensa tendrá que empezar a serlo o perderá audiencias.
Los ciudadanos, más enterados de lo que hacen los medios, discernirán mejor entre quienes se esfuerzan por hacer periodismo de la gente común y quienes hacen periodismo al servicio de quienes se han llevado en peso el país y pretenden volver al poder para hacer lo mismo.

__________________

Ilustración de  Alexander Janssen

El reportero 24/7 y la multiexplotación laboral

Kyle Thompon

Son las tres de la tarde. Se los ve cansados, irritables, apurados, atrapados en la rutina de ir a un lado y otro durante todo el día, muchas veces sin comer bien, sin descansar un momento, teniendo que asumir aquello que los inventores de la sobreexplotación llaman “reportero multimedia (que usa todas las herramientas digitales)  y 24/7 (trabajar o estar alerta y dejarlo todo las 24 horas días y los siete días de la semana)”.

El reportero multimedia hace el trabajo de tres personas, pero solo le pagan como si fuera una. Reportea, escribe, graba en video, pone el audio, twittea, tiene que conocer, algo al menos, de cada uno de los temas (a veces cinco, a veces seis diarios).

Sus jefes, que no son ni multimedia ni 24/7, tratan de convencerlos todos los días de que hacer todas aquellas tareas los convierte en multireporteros.

Pero no. Solo lo convierte en multiexplotados.

Veamos una escena cotidiana.

Listo para el metafórico fusilamiento, con cámaras que lo apuntan directamente y con potentes luces que le dificultan mirar a sus interlocutores, el personaje se sienta, saluda, explica la razón de la convocatoria y queda a la disposición de los reporteros.

La reportera que está junto a la puerta, que trabaja en un supuestamente poderoso periódico local, le pregunta justo lo que el personaje había dicho al empezar la rueda de prensa.

Conclusión: llegó atrasada. Tuvo que cubrir dos notas más antes de venir a esta. Una en el norte y otra en el centro. Llovía. Había congestión vehicular. No tiene fotógrafo pero tiene cámara. Y tiene grabadora digital y smartphone. Le toca ser multimedia. ¿Cuál es el problema?

Del otro lado, una reportera que tiene que enviar seis notas diarias a su radio interrumpe la segunda respuesta del personaje y le obliga a que la mire, pero al mirarla él queda en posición perpendicular a las cámaras de televisión.

El jefe de relaciones públicas le pide que, por favor, se ponga de frente porque está estorbando el trabajo de sus compañeros, pero ella dice que no puede, porque solo graba sus preguntas y sus respuestas. Tiene que ganar tiempo para alcanzar a hacerlo todo en el horario normal, porque no le pagan horas extras. Es semimultimedia: debe enviar por teléfono la nota para salir en vivo y luego ir a la radio, redactar, editar, poner los audios, entregar la nota.

Frente al personaje, otra reportera de otro periódico hace una pregunta precisa, clara y difícil. Sabe de lo que está hablando. No estaba previsto que ella conociera ese tema y el personaje tampoco estaba listo para responder algo así. Conclusión: es una buena periodista que, como se debe ser, se informa antes de asistir a una conferencia de prensa, a pesar de que también debe entregar mínimo cuatro notas a su diario. ¿Cómo lo hace? Trabajando diez u once horas diarias. Sin horas extras. Porque, recuérdenlo: es 24/7.

La reportera, como debe ser, se dispone a repreguntar, pero le interrumpe una colega de un canal de TV, que pasa a inquirir sobre un asunto irrelevante, que deja al personaje que respire y que le diga “cuando usted quiera, señorita, entre a su computadora y verá que nuestros servicios son absolutamente eficientes”. Ella dice “gracias” y mira el reloj. Debe salir, urgente, a otra cobertura. Y luego tiene que ir a otra. Un tema es económico, otro es municipal, otro es de farándula. Ella es multimedia, así que debe conocerlo todo.

Conclusión: ¿a los grandes medios de verdad les importa la situación de sus reporteros? No, les importa que consigan la noticia escandalosa, sensacionalista o “vendedora”.

¿En qué casos les importaría? Si afectara a la empresa, a sus accionistas o a los empresarios o a los políticos “de oposición”. No si afectara a los salarios de los reporteros, al incumplimiento de la cancelación de salarios, al pago de horas extras o a los frecuentes despidos masivos.

Pero, como no es el caso, se van, llaman al jefe y le dicen “ninguna novedad”.

No se dan cuenta que son ellos son, hace rato, sobreexplotados. O, si lo saben, no tienen salida: la falta de alternativas de empleo les obliga a resignarse a un trato inhumano y a unas condiciones precarias de trabajo.

Muchos reporteros no reciben utilidades anuales con el pretexto empresarial de que hay crisis de lectores o que “ha comprado equipos precisamente para que hagan mejor su trabajo” o que se viene un despido masivo (tan en boga en los últimos meses en los grandes periódicos ecuatorianos).

No obstante, los dueños y los super jefes les consuelan con el hecho de que son reporteros que conocen de todo. Y, lo más importante, que son multimedia. Y que, heroicos y vocacionales, son 24/7. Orgullosamente explotados.

________________________

Ilustración de Kyle Thompson

El destino de los perros guardianes de la prensa

Enzzo Barrena

La siguiente historia me la contó un colega, catedrático universitario. Por respeto a las personas y a la institución no pondré nombres.

Hace un año, cuando empezó el curso básico, el colega se sorprendió de que un conocido personaje de los medios, super jefe, hiper editor y directivo, estuviera sentado en uno de los pupitres del aula de los estudiantes del primer semestre.

Mezclado con chicos de 17 y 18 años, de los cuales muchos se habían matriculado con escepticismo y pocos con vocación, la presencia de quien vamos a llamar señor Y era inusual: él rebasa los 62 años de edad.

¿Qué hacía allí alguien como el señor Y, que en su momento fue un influyente hiper director de noticias, jefe de la mesa de editores, que manejaba la información según el gusto y las órdenes de los dueños del medio donde trabajaba?

Mi colega, a ratos, tenían ganas de pedir al señor Y que las clases las diera él, con tanta experiencia acumulada, aunque con graves distorsiones en sus tesis.

Le asombraba verlo llegar puntual y mantener durante la clase una actitud humilde.

Pasó los dos primeros semestres. Obtuvo las mejores notas, cumplió las exigencias académicas, entregó trabajos bien presentados e investigados…

La curiosidad se satisfizo el último día del segundo semestre. El señor Y terminó el examen, lo firmó, se puso de pie y entregó el cuestionario lleno.

Mi colega se quedó absorto cuando el señor Y, con un tono de voz bajo, le agradeció y le explicó por qué había decidido estudiar periodismo ahora y no antes.

El señor Y pasó décadas “poniéndose la camiseta” y “sintiéndose de la familia” del medio. Incluso daba discursos a los periodistas y subalternos sobre la necesidad de sentirse “un grupo compacto” para ser los mejores del país.

Pero, de repente, cambió de manos la propiedad del medio donde laboró una década y media. Y él fue uno de los primeros en salir.

Después le sucedió algo parecido: años de trabajo, dedicación y defensa irrestricta, incluso debiendo tragarse sus conflictos éticos, hasta que también el segundo medio cambió de dueño y lo botaron.

Ahora el señor Y estudia periodismo en el umbral de los años, bajo el peso de una soledad insólita y la nostalgia de un “cuarto poder” que, a la final, resultó efímero.

En el centro de una soledad mediática y en medio de su actual incapacidad para influir en lo más mínimo en la sociedad como lo hacía cuando era el mandamás del medio, dice que está consciente de que pudo haber hecho las cosas al revés.

Primero, entender que el periodista es periodista por sobre cualquier coyuntura empresarial, política o económica. Que no debe obedecer, sino reflexionar y decidir. Que debe pensar. Que su deber no es defender al dueño del medio, sino a la mayoría de la sociedad.

Segundo, comprender que la pasión por el periodismo tiene relación con la manera en que se ejerce el oficio, no la forma cómo se resguardan y protegen las empresas del dueño, de los accionistas y de los principales anunciantes, a quienes en un medio privado siempre te instruyen que “no debes toparles ni con el pétalo de una rosa”.

Un periodista –había expuesto el otro día en una clase- es alguien que por diversas circunstancias puede estar en uno u otro medio, de una tendencia u otra, pero, siempre, está obligado a ejercer su propia ética a la luz de sus valores, moral y compromiso social, haciendo cada día el mejor trabajo posible.

Y aunque nunca más vuelva a ocupar cargos en un medio, el señor Y quiere graduarse y quedar en paz con su conciencia.

Sobre todo porque ahora, finalmente, logró entender que el periodista no debe ser perro guardián de intereses particulares.

Porque los intereses particulares, siempre, terminan dando una patada en el traste a su perro guardián una vez que a este se le desgastan los colmillos.

____________________________

Ilustración de Enzo Barrena

El verdadero horror en Venezuela

vene

El verdadero horror en Venezuela es no tener certeza de lo que realmente está ocurriendo en sus calles, en sus barrios, en sus ciudades, en sus estados, en su país. ¿Una “brutal represión gubernamental”? ¿Un “levantamiento popular” auténtico? ¿Una “sublevación” ciudadana cansada de los errores de sus gobernantes? ¿”Un plan desestabilizador”?

El verdadero horror en Venezuela es que nos encontramos ante el poder de una prensa con alcance mundial que nos dice cualquier cosa, que nos informa o nos “informa” cualquier cosa, que nos pone fotos trucadas o de otros incidentes en otros países, que habla de muertos, heridos y detenidos pero no quiere, no desea, no le importa, no le conviene explicar por qué, cómo, cuándo, cuántos, quiénes, de dónde salen los disparos, a qué sector le conviene la crisis. Una prensa reflexiva, analítica y equilibrada nos daría la pauta. ¿Es tan temerario pedir algo tan sencillo o es que en Venezuela se juega el futuro de la izquierda y de la derecha en América Latina?

El verdadero horror en Venezuela es la guerra mediática que se basa en la manipulación, en el lavado de conciencias, en el sensacionalismo, en la polarización, en la imposibilidad de saber qué porcentaje de lo que nos dicen es verdad y qué porcentaje es mentira.

“En la práctica, más allá de su color (blanca, gris o negra), el 95% del contenido del contenido de la propaganda eficaz en verídica. El propagandista espera que el resto, ese 5% vital, oculto por una espesa capa de verdades evidentes, se lo trague el destinatario”, explica el periodista mexicano Carlos Fazio (2013).

La guerra psicológica –añade- utiliza una caracterización simplista y maniquea (bueno/malo, negro/blanco) para describir al enemigo. El propagandista debe utilizar las palabras claves capaces de estigmatizar al contrario y activar reacciones populares (…). Uno de los objetivos de la propaganda de guerra es sustituir el razonamiento por las pasiones y convencer a la población de la necesidad de participar en una misión purificadora, reinvindicadora o justiciera”.

En su libro “Cómo funciona el mundo”, Noam Chomsky también advierte sobre el perverso juego de los grandes medios de comunicación del planeta cuando quieren masificar un mensaje o crear situaciones de horror colectivo: “Siempre hace falta algo para asustar a las personas, para evitar que presten atención a los que les está pasando en lo concreto. Hay que encontrar la manera de sembrar el miedo y el odio para canalizar toda la furia…”.

¿Son los poderosas cadenas de televisión estadounidense y las grandes agencias internacionales de noticias las que nos están marcando pautas de lo que debemos pensar acerca de la situación venezolana?

Todo hace pensar que sí, con el agravante de que en nuestros países es, justamente, esa información y no otra (la de las cadenas de TV alternativas, por ejemplo) la que nos llega con más impacto y frecuencia y costumbre, con el propósito de amoldar nuestra conciencia, nuestros pensamientos, nuestras creencias y nuestros puntos de vista a lo que interesa geopolíticamente a Washington.

¿Cuánto debemos, entonces, creer a CNN o a Televisa o a Univisión o a la ultraderechista Fox News? Quizás poco, quizás nada.

O, mejor, creerles al revés, es decir, concluir precisamente todo lo contrario de lo que esas cadenas pretenden que concluyamos.

La Casa Blanca, opina Chomsky, es experta es crear enemigos: “El propósito social de los medios es defender los intereses económicos y políticos de los grupos privilegiados que dominan la sociedad y el estado en Estados Unidos”.

¿Les importa, por tanto, a esos medios, bucear en las raíces del conflicto, ser equilibrados y justos, decir toda la realidad y no retazos de ella, contar los hechos o alterarlos a su conveniencia?

No, responde Chomsky. “Lo que en realidad les importa son los deseos de las personas que poseen y controlan los medios de comunicación”.

¿Qué guerra o qué conflicto estamos viendo? ¿De qué rebelión popular, de qué represión oficial, de qué disparos, de qué muertos y de qué torturas estamos hablando si, como dice Chomsky, “para las élites, la democracia siempre representa una gran amenaza de la que hay que defenderse”.

¿Cómo defienden las élites sus espacios y cómo hacen para no permitir una auténtica democratización de la sociedad?

Según Facio, el periodista estadounidense Michael Massing atribuye “la sumisión de la prensa (norteamericana”)  a la habilidad de Washington para controlar el flujo de información”.

“El gran problema de la prensa estadounidense es su mentalidad de manada: una tendencia orgánica a no discrepar demasiado del consenso prevaleciente” (Facio, 2013).

¿Qué pasa en Venezuela, entonces? ¿Cuál es el verdadero horror? Que algunas fuerzas oscuras intentan que creamos sus artificios, sus ficciones, sus deseos de que la realidad sea como ellas quisieran que fuera y no como realmente es.

El grave problema es que los latinoamericanos queremos saber qué es lo que realmente está ocurriendo en Venezuela y no tenemos toda la información, no tenemos ni la mitad de la información. No tenemos información suficiente.

Y sin embargo nos atrevemos a juzgar. Tomamos partido. Creemos que son ciertas muchas de las fotografías y escenas que aparecen como tomadas en las calles venezolanas, aunque al menos una veintena de ellas ya se ha comprobado que fueron captadas en otros conflictos, incluso de países lejanos.

La ignorancia hace que asumamos solidaridades y posiciones políticas superficiales y equívocas en la medida en que no están basadas en el conocimiento profundo e imaginamos que es cierto o que no es cierto.

El verdadero horror en Venezuela es nuestra impotencia para conocer la dimensión de ese horror y para tener la certeza de que es verdadero.

El verdadero horror en Venezuela es el gran telón mediático que cubre lo que está ocurriendo, un telón donde la gran prensa oculta, tergiversa, cambia, altera, entrega verdades a medias y hace la narrativa de unos hechos que quizás estén ocurriendo o no detrás de ese telón.

Que quizás sean terribles y dolorosas para la mayoría de la población. O que quizás no alcanzan esa dimensión sino que son manifestaciones esporádicas donde predominan los enfrentamientos entre estudiantes y policías.

Yo no lo sé. No tengo certezas de cómo empezó todo, quiénes son los muertos. Cuánta verdad hay en las denuncias de tortura y masacre.

Y eso me horroriza.

Aparte de los fanáticos antichavistas que pululan en América Latina y los cándidos senadores de EE.UU. (sí, los amigos de los Isaías) que desde Washington piden ayuda económica para los manifestantes y sanciones económicas para el gobierno de Maduro, ¿alguien que no esté allá viviendo esos sucesos se atrevería a decir, con seguridad y con pruebas, cuál es la dimensión del conflicto, cuáles son los verdaderos mentalizadores y quién está detrás?

Les ayudo un poco.

El general en jefe del comando sur norteamericano (con base en Panamá) acaba de “predecir” la catástrofe que se viene en Venezuela. ¿Ya tiene listo a su ejército para “entrar y pacificar”, como usualmente hacen luego de provocar ellos mismos las guerras civiles?

El diputado republicano ofrece 15 millones de dólares a la “prensa independiente”, que pese a recibir ese dinero seguirá llamándose “independiente” (¿de qué o de quién?), como El Mercurio de Chile cuando ayudó a crear las condiciones para el golpe contra Allende luego de que recibió de la CIA un millón y medio de dólares en 1970?

¿Ya tienen listo el plan para imprimir portadas con la foto del triunfante ejército gringo y lanzar a la calle las “ediciones libertarias”? ¿Ya está lista la  SIP -fundada  en los años 40 junto con la naciente CIA- para apoyar “incondicionalmente” a sus miembros?

Saquen ustedes sus conclusiones.

__________________

Ilustración de Zorik Istomin

Peña Nieto, el presidente mexicano fabricado por los grandes medios

Peña Nieto

“La imposición de Enrique Peña Nieto en el poder fue el final casi perfecto de un guión que, mezcla de telenovela y de reality show político, se había escrito seis años y medio antes”.

Lo dice el periodista mexicano Carlos Fazio, quien en su libro Terrorismo mediático (editorial Debate, México, 2013), revela todo el entramado que se estructuró para evitar y boicotear, por segunda vez consecutiva, la victoria electoral del candidato izquierdista Manuel López Obrador.

La “victoria” de Peña Nieto fue, según Fazio, “otra elección de Estado que exhibió, una vez más, las miserias de un sistema político mexicano controlado por los poderes fácticos, incluidos los medios electrónicos, en especial el duopolio de la televisión” (Azteca y Televisa).

Peña Nieto es una pieza del ajedrez geopolítico de los Estados Unidos.

“Con el guiño aprobatorio de Barack Obama, Peña Nieto se asumió presidente electo y dijo que prepararía un paquete de iniciativas de ley en materia fiscal, laboral y energética. Se trata de la tercera generación de contrarreformas neoliberales que responden al Consenso de Washington, con la privatización de Petróleos Mexicanos (Pemex) como la joya de la corona”, explica el autor de Terrorismo mediático.

Manuel López Obrador era el gobernador de México D.F., una especie de alcalde con atribuciones presidenciales en su entorno, y su derrota no se debió solo a errores estratégicos que cometió (entre ellos, contar en su gobierno con personas de altísima confianza que cayeron en la trampa del narcotráfico) sino, sobre todo, “a la lógica del gran capital, ajena a todo tipo de democracia”.

Para evitar el triunfo de López Obrador y lograr que vuelva al poder el Partido Revolucionario Institucionalista (PRI), que gobernó México durante 70 años seguidos y que dejó un país con decenas de millones de pobres, un pequeñísimo grupo de multimillonarios y una élite de capos del narcotráfico internacional, “TV Azteca y Televisa actuaron como si sus concesiones fueran un púlpito para desinformar y exitar a la población en función de sus intereses económicos particulares y para arengar al público a un linchamiento fascista al gobierno de la ciudad…”.

“Así mismo, la intención de provocar psicosis buscaba que la población viera, en las posiciones de derecha, que alentaban la represión y la tolerancia cero, la solución a sus problemas de (in) seguridad”.

“En la era de la cultura global y de la tiranía de la comunicación -afirma Fazio-, la estandarización y la repetición de la mentira que se hace verdad busca que el receptor interiorice de manera subconsciente el glosario del poder. El telespectador no se cuenta y acepta de manera pasiva esas categorías. Como dice Noam Chomsky, la propaganda, a través de la manipulación del lenguaje, desarma a la gente y la inhibe en su capacidad crítica. Así, nada parece importante y eso desarrolla el conformismo y la indiferencia, y estimula el escepticismo”.

Fazio añade: “La dictadura de la televisión no deja que nadie se forme una opinión propia; para que todos asuman como opinión propia y reproduzcan con convicción el producto doctrinario de los medios, que se convierte, así, en la opinión pública homosintonizada, única y omniexcluyente. Se trata de evitar que se reflexione sobre la esencial a partir de la información. Por eso, los “comunicadores” abundan en estereotipos y esgrimen un simplismo supino, pero demoledor”.

A propósito de la visita que hace al Ecuador el presidente Enrique Peña Nieto, esposo de la famosa actriz de telenovelas Angélica Rivera, debemos tener claro quién es nuestro huésped: un producto fabricado por Televisa y Televisión Azteca, ambos de propiedad de dos grandes magnates, miembros del empresariado más derechista, pronorteamericano y retrógrado de ese país.

Un convencido, también, de los tratados de libre comercio (TLC), que tanto daño han hecho a los países pobres o pequeños. Y un entusiasta del Acuerdo del Pacífico, creado para neutralizar al Alba y a la unidad de los países latinoamericanos.

Por algo será que la revista Time lo puso, hace cuatro semanas, en la portada de la revista con un titular idílico y esperanzador (para los Estados Unidos). Es una pieza del ajedrez norteamericano en la región. Hay que tener cuidado.

Presidente Rafael Correa. Entrevista en TC el jueves 6-II-2014

ENTREVISTA RAFAEL CORREA I

http://www.livestream.com/elciudadanowebtv/video?clipId=pla_92f82694-5fbb-417c-a45d-4776881a39dd

ENTREVISTA RAFAEL CORREA II

Fotografías: Cortesía de Eduardo Santillán, Presidencia de la República.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.246 seguidores

%d personas les gusta esto: