Rubén Darío Buitrón

Territorio de periodismo y ejercicio autocrítico del oficio

Silvio Rodríguez responde a Rubén Blades

Silvio y Blades

Las verdaderas revoluciones son siempre difíciles. Che Guevara sabía algo de eso y decía que, en las verdaderas, se vence o se muere, porque una revolución no es una tranquila, pacífica obra de beneficencia, como cuando las encopetadas damas de la alta sociedad salen a hacerle caridad a los que no tienen justicia.

Una revolución es un vuelco, una ruptura, un abrupto cambio de perspectiva.

Es cuando los oprimidos dejan de creer en que los que mandan –los que los oprimen– tienen la verdad de su lado, y piensan que el mundo puede ser diferente de como ha sido hasta entonces.

Pero claro que los opresores no se resignan a abandonar sus posiciones de dominio y luchan a vida o muerte por ellas, aunque aparentemente, los “otros” sean sus connacionales: enseguida se enajenan de la mayoría del pueblo, porque las revoluciones –no los golpes de estado– siempre son obra de la mayoría.

En un respetuoso diálogo con el presidente venezolano aunque no tanto con sí mismo, el cantautor Rubén Blades, hace años uno de los abanderados de la canción social en América Latina, expone su concepto de revolución:

Para mí -dice Blades- la verdadera revolución social es la que entrega mejor calidad de vida a todos, la que satisface las necesidades de la especie humana, incluida la necesidad de ser reconocidos y de llegar al estadio de autorrealización, la que entrega oportunidad sin esperar servidumbre en cambio. Eso, desafortunadamente, no ha ocurrido todavía con ninguna revolución.

Ni va a ocurrir en ninguna revolución verdadera, Rubén. No era sino la voluntad de mejorar la calidad de vida de la gente lo que inspiró la Reforma Agraria cubana, que entregó parcelas a miles de campesinos sin tierra y, esencial para procurar mejor calidad de vida, fue la alfabetización cubana de 1961, –porque no hay autorrealización sin saber leer– pero enseguida llegaron la invasión de Bahía de Cochinos y el bloqueo económico que es repudiado cada año en la ONU, aunque acaba de cumplir 52.

Me fascina esa idea de que una revolución social “satisface las necesidades de la especie humana”, y claro que eso solo lo hace una revolución cuando se la ve históricamente: no habría democracia ni derechos humanos sin la prédica de los iluministas: sin Voltaire, Montesquieu, Rousseau.

Pero los que llevaron adelante esas ideas en la práctica social, los que las impusieron como “necesidades de la especie humana” –Danton, Marat, Robespierre, porque las monarquías gobernaban por derecho divino– guillotinaron a la aristocracia francesa que se rebeló contra ellas, la aristocracia que ahogaba en sufrimientos, en miseria los derechos de lossans culottes, acaso los que Evita Perón llamó en su momento “los descamisados” y Martí “los pobres de la tierra”.

El tiempo ha pasado, nos recuerda Blades, pero los derechistas venezolanos llaman “los tierrúos” a esos pobres sin zapatos que ellos explotan en el siglo XXI.

Es imposible que una revolución haga felices a los dos grupos, porque la revolución va a dar justicia, y hacer justicia no es una fiesta de cumpleaños.

Es decir que nunca ha habido una revolución social como entiende Blades que debe ser. ¿Será que él no sabe lo que es una revolución social?

Según se deduce de lo que escribe, no lo ha sido ni la inglesa, ni la francesa, ni la rusa, ni la mexicana, ni mucho menos la cubana que lideró Fidel Castro. Presumo que tampoco la venezolana de hace doscientos años, pese a que Blades escribe de esa Venezuela que ama como “el pueblo de Bolívar”.

Y ¿qué hizo el Libertador? ¿Una tranquila y plácida obra de bienestar social? No gritó Patria o Muerte, sino que firmó un decreto de guerra a muerte para los enemigos de la patria.

Blades no sólo lo proclama ahora sino que lo cantaba en sus canciones latinoamericanistas: “de una raza unida, la que Bolívar soñó”.

Entonces, ¿el intento de realizar el sueño de Bolívar no es el proceso integrador que emprendió Chávez, y que enfrenta a un imperio que nos quiere divididos, sino que únicamente servirá para mover el culo bailando salsa?

Y cantar a voz en cuello: “A to’a la gente allá en los Cerritos que hay en Caracas protégela”. A “to’a esa gente” la protegen, además de María Lionza, los médicos de Barrio Adentro, porque esos que gritan y agreden en las calles no se ocuparon jamás de la salud de los venezolanos humildes.

Tal vez fue María Lionza la que los mandó a bajar de los Cerritos, cuando el golpe de estado de abril de 2002, para sitiar el ocupado palacio de Miraflores y exigir el regreso del presidente que habían elegido. No te dejes confundir, Blades, “busca el fondo y su razón”, y trata de entender las revoluciones de la historia, no las que soñamos para tranquilizarnos.

Para Blades, el programa político del chavismo “obviamente no es aceptado por la mayoría de la población”. Lo que quiere decir que la mayoría que eligió a Maduro, no lo es. Blades ignora las 18 elecciones ganadas por el chavismo y el casi 60% de votantes que el PSUV obtuvo en las elecciones de diciembre –que la derecha dijo que sería un plebiscito– y declara mayoría a los representantes de la vieja derecha derrocada por Pablo Pueblo, porque ese hombre –nos recordó Neruda– despierta cada doscientos años, con Bolívar.

Me recuerdo a mí mismo, en los años setenta, en el antiguo apartamento de Silvio Rodríguez, con su puerta negra en la que había golpeado el mundo, descubriendo los primeros trabajos de Rubén Blades con la orquesta de Willy Colón.

Nos encantábamos de encontrar una salsa patriótica, “La maleta”, aunque sabíamos que no eran ideas unánimes entre los latinoamericanos.

Ninguna idea hondamente renovadora consigue apoyo unánime, al menos cuando aparece: el poder establecido –eso que los norteamericanos llaman stablishment– tiene muchos resortes, muchas maneras de “convencer”, de imponer sus intereses, y sabe que son pocos los que no ceden ante ellos.

Una cosa es cantar y otra vivir lo que se canta, y cantarlo en todas partes.

Tengo vivo el recuerdo de ese extraordinario salsero que es Oscar D’Leòn, cantándole, en los años ochenta, a un público cubano que lo adoraba, que llenaba un coliseo de 15 mil localidades para escucharlo y cantar con él.

Lo recuerdo feliz, arrojándose al suelo del aeropuerto de La Habana para besar la tierra de la isla al partir y, a las semanas, lo vi abjurando de su viaje a Cuba, cuando los magnates del disco en el Miami contrarrevolucionario, lo acusaron de comunista por cantar en La Habana, y amenazaron con cerrarle todas sus puertas, que eran también las más lucrativas de su realización como artista.

Oscar sabía que esa derecha, esa burguesía –y mucho menos el poder imperial que tenían detrás– no bromeaban: a Benny Moré, que era el mejor cantante de América Latina, la RCA Víctor no le grabó un disco más cuando decidió quedarse a vivir y a cantar en la Cuba revolucionaria.

Todo me lo explico, pero tengo la tristeza de que ya no podré escuchar a Rubén Blades como ese cantor de nuestra América que quiso ser.

Silvio Rodríguez
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Tomado del Diario De Mérida
Martes, 25 Febrero de 2014

El grave problema del alcalde Mauricio Rodas en el caso Muñoz no es el telepromter

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No critico al alcalde de Quito, Mauricio Rodas, porque haya leído un mismo texto en Radio Democracia y en Teleamazonas (con telepromter).
Si los directivos del canal y su conductora María Josefa Coronel y el director de Radio Democracia, Gonzalo Rosero, quisieron darle el espacio en las condiciones que él impusiera, ellos sabrán por qué. ¿Talvez a cambio de contratos publicitarios millonarios, como el que tiene para imprimir el periódico municipal en la rotativa del más grande diario quiteño?
Ese no es el problema. Y tampoco lo es intercambiar publicidad con apoyos o silencios. Eso es éticamente condenable si lo hace un periodista o un medio, como lo están haciendo, sin embargo, no lo es leer frente a un micrófono o usar el promter (como lo hacen muchos políticos): son recursos técnicos que usan para decir exactamente lo que quieren decir, ni más ni menos, y mucho peor cuando se trata de situaciones delicadas.
Así que el problema del alcalde Rodas no es el telepromter, sino su presunta relación con el hoy prófugo de la justicia internacional, el mexicano Luis Ignacio Muñoz Orozco, acusado por la DEA de los Estados Unidos de lavar dinero del tráfico de droga del tenebroso Cártel de Sinaloa.
¿Por qué no es clara ni transparente la explicación de Rodas sobre su relación con Muñoz, quien según las primeras investigaciones ha venido siete veces a Quito en los últimos meses y según el mismo Rodas estuvo aquí para ofrecer sus servicios de asesoría en proyectos sociales en beneficio de los niños, pero no se lo contrató porque, dice el Alcalde, “era muy oneroso lo que pedía”?
Error estratégico de comunicación: lo que está diciendo Rodas es que el presunto lavador de dinero de la mafia mexicana no fue contratado en el Municipio de Quito por “costoso”, no porque tuviera antecedentes sospechosos.
Ahora, claro, los defensores del Alcalde argumentan que él no tenía por qué saber que Muñoz podía tener vínculos con el Cártel de Sinaloa.
Y Rodas subraya que lo conoció “solamente” porque era un alto funcionario del gobierno de Felipe Calderón (PAN) y era, además, asesor de la candidata presidencial de este partido, que perdió los últimos comicios frente a Enrique Peña Nieto, del PRI (un resultado que hizo retroceder a México a los peores tiempos de la llamada “dictadura perfecta”, una forma de gobernar y controlarlo todo, disfrazada de democracia electoral).
El alcalde Rodas, de brillante CV, deja vacíos y dudas en sus explicaciones porque es imposible que alguien como él no hubiera sabido de qué gobierno ni de qué país está hablando cuando se refiere a Calderón y a México.
Rodas vivió años allí. Fue consultor de políticas públicas en ministerios e instituciones y creó la Fundación Ethos, donde elaboraba estudios sociales e ideológicos y colaboraba con medios impresos ecuatorianos con trabajos especiales, como uno que hizo para El Comercio contra la Ley de Comunicación.
Rodas tiene una trayectoria académica impecable: se graduó de Doctor en Jurisprudencia por la Universidad Católica del Ecuador en Quito con las más altas calificaciones y estudió dos maestrías en Estados Unidos (una en Administración de Gobierno y otra en Ciencias Políticas).
¿Puede ser tan ingenuo alguien con ese nivel intelectual y profesional -y que vivió en México esos años- como para no conocer que el gobierno de Calderón fue uno de los más corruptos e ineptos de la historia contemporánea y que, por tanto, muchos exfuncionarios se hallaban bajo un manto de sospecha?
En su libro Terrorismo mediático (editorial Debate, 2013), el profesor Carlos Fasio explica que para ganar las elecciones, Calderón y su gente recibieron dinero y entrenamiento de la USAID norteamericana, de la NED (una pantalla de la CIA), del International Republican Institute y de fundaciones ultraderechistas de Estados Unidos.
Y, sin embargo, no lograron un triunfo claro e hicieron un fraude cibernético para sacarse de encima al contendor, Manuel López Obrador, candidato de la izquierda, quien obtuvo similar porcentaje de votación (35% por ciento y unas décimas más o menos fue la diferencia).
Finalmente subió Calderón al poder y en el libro de Fasio queda claro –como después quedó claro para millones de mexicanos- que durante el mandato de seis años hubo tráfico de influencias, lavado de dinero, ejecuciones extrajudiciales, atentados de militares y policías contra los derechos humanos, torturas, abusos sexuales contra opositores y estrechos vínculos con los barones de la droga, en especial con el narco recientemente deportado a EE.UU., el archipoderoso Joaquín “El Chapo” Guzmán.
El actual alcalde de Quito, Mauricio Rodas, como estudioso de los problemas de México y América Latina en su fundación Ethos, debió haber analizado y al menos leído mucho sobre aquel oscuro y tenebroso poder que manejó Felipe Calderón y que iba en paralelo con el otro (o el mismo) poder de las mafias de narcotraficantes.
¿No pudo, al menos, sospechar que Ignacio Muñoz, ligado al Cártel de Sinaloa según la DEA, podía estar cerca de aquellos círculos de doble poder? ¿No supo lo que estaba haciendo cuando se dejó tomar una fotografía con su esposa (la nueva “Manuela Sáenz” o Primera Dama, según la llama cierto blog) junto a Muñoz en Quito?
Desde el 10 de septiembre pasado, Muñoz es buscado por la justicia estadounidense, implicado con el lavado de dinero del Cártel de Sinaloa.
Según el diario digital La República, “el operativo “Fashion Police” realizado en Los Ángeles (EE.UU.) desarticuló a esa red, que utilizaba a las tiendas de ropa María Ferré, propiedad de Muñoz, para presuntamente cometer el ilícito”.
Queda claro que Rodas tiene un grave problema entre manos, pero, ¿es el telepromter de Teleamazonas o el papel que leyó en radio Democracia o el canje publicitario-electoral que se viene?
No. El problema de Rodas –un alcalde con alta preparación académica en Ecuador y EE.UU. y experiencia en asesorías y estudios políticos en México- es su equivocada estrategia para enfrentar (o no enfrentar) el caso Muñoz.
¿No se piden referencias y hojas de vida cuando se busca alguien, en especial para un cargo estratégico en una institución pública?
¿No se investiga a quien, de forma insistente, viene tantas veces a Quito ofrecer sus servicios en el Municipio, sobre todo conociendo muy bien a qué gobierno mexicano perteneció?
¿O decir que no imaginaba sus vínculos con los de Sinaloa es una “ingenuidad” de Rodas, muy oportuna para tratar de salirse por la tangente?

Las trampas empresariales y los abismos periodísticos

Sarah Lee
Arrogantes y obnubilados, cuando atraviesan graves conflictos internos los altísimos de la empresa llegan a concluir que el problema no son ellos, es decir su estructura, su visión de la compañía, su tacañería, sus trampas contables, su irresponsabilidad social, el trato de que les dan a los empleados, la poca perspectiva en función de sus objetivos y la nula visión de futuro.
Por el contrario, y gracias a la habilidad de la gerencia general y los cientos de manuales que circulan por ahí (“Diez lecciones para convertir a la empresa en un templo del trabajo”, “Cinco formas seguras de hacerles poner la camiseta”, “Cómo hacer que el periodista teclee horas de horas sin quejarse”) , los defraudados empresarios –no con cierta pena en su bolsillo- dicen sí y aplauden a la gerencia general cuando concluye, con sabiduría sorprendente, que el único problema es que “el personal está un poco desmotivado”.
Antes de que digan sí y aplaudan, la gerencia general ha tenido que realizar una exhibición de diapositivas, en power point, acerca de cuáles son los principales indicativos de los chismes de pasillo entre los empleados.
¿Malestar por los salarios? No, imposible, ríen los altísimos. Esta es una de las instituciones que paga buenos sueldos a sus colaboradores, proclaman (aunque no dicen que los grandes ingresos que reciben y que no declaran al fisco les permitirían remunerar muchísimo mejor).
¿Impuntualidad en el pago? Ja, ja, ja, ríen los altísimos. Si un día nos atrasamos 24 horas fue porque la ayudante de la gerencia general, experta en hacer trampa con los roles, no armó a tiempo los listados (con las respectivas multas y sanciones económicas y supuestos pagos de impuestos que se esfuman y nunca llegarán al fisco).
¿Olvido en cancelar las horas extras? Ja, ja, ja, ríen los altísimos. De ninguna manera. El tradicional reglamento de la entidad precisa que se cancelen todas las horas extras siempre y cuando los altísimos o la gerencia general obliguen explícitamente a los empleados a quedarse con otro tipo de tareas que no les atañen y que los sumisos hacen sin quejarse jamás.
¿Recarga de trabajo? Se mofan los altísimos. Si la institución le pide al empleado que haga la labor del colega que está de vacaciones o de quien dejó una vacante que no se llenará nunca más, lo que está haciendo en realidad es darle al empleado la posibilidad de que se capacite en segmentos laborales que él no domina y que, algún día, sea fuera o dentro de la empresa, le servirán de mucho.
¿Malos tratos o mala vibra de la gerencia general? Ja, ja, ja, repiten los altísimos. En esta empresa se hace honor a la meritocracia y, por tanto, quien llega a ocupar una gerencia, incluida la general, o dirección pasa por rigurosos exámenes patológicos, peripatéticos, bipolares, paranoiquicos y psicóticos, además de someterse a un polígrafo sobre su lealtad con el Patriarca, con los altísimos y con la entidad.
Entonces llegan los aplausos del Patriarca y los altísimos a la gerencia general.
Descartada la penosa coyuntura de que las empresas, el Patriarca o los altísimos tengan la mínima culpa en torno al pésimo clima laboral, no falta el ejecutivo protector, quien, para evitar la desesperación de que a la gerencia general le pregunten “si nosotros no tenemos la culpa, ¿qué podemos hacer con esta pobre gente?”, propone la idea más genial que se haya escuchado durante el medio siglo que ha cumplido la empresa:
-¡¡¡¡¡Un curso de motivación!!!!!
La intensidad de los aplausos que recibe a la gerencia general se duplica, como se duplican los bonos mensuales extras que la gerencia general se paga sin que nadie lo sepa.
Pero, claro, dice el Patriarca, ¿cómo no se nos ocurrió antes?
Los altísimos integran una comisión bipartita, integrada por el Patriarca y la gerencia general, para que presenten, en la reunión del próximo lunes, tres nombres de posibles motivadores.
Cuando llega la sesión anunciada, la comisión bipartita pone sobre la mesa los tres candidatos:
Juan. Mountain climber. Experto en llegar a las más altas cumbres sin oxígeno ni hidrógeno (?).
Gervasio. Chess Player. Experto en ganar partidas que en apariencia las tiene perdidas, porque su estrategia es parecer débil y dejarse atacar.
Antonio. Puenting man. Experto en amarrarse a los parantes de hierro de un puente, sea urbano o rural, colocarse sobre los ojos una cinta negra y gruesa que no le permite ver nada, lanzarse al vacío, aterrizar ileso en un lugar cualquiera y trepar el precipicio contiguo.
El Patriarca, los altísimos y la gerencia general resuelven sin dudarlo: Antonio será el motivador de todos los trabajadores y empleados (excluidos los altísimos y la gerencia general que, por supuesto, no lo necesitan porque están siempre motivados con las ganancias que ocultan a los empleados).
Antonio representará, para los empleados, la esencia de la misión y la visión de la empresa, una institución que –según lo admiten en voz baja- desde hace muchos años se ha puesto una cinta negra, muy negra sobre los ojos, que le ha impedido mirar el futuro y que un día hizo que se lanzara al vacío sin medir las consecuencias de su fallida intuición metafísica-laboral.
Sííííííí, corean todos. De hoy en adelante, todo aquel que entre a la empresa deberá compartir la nueva filosofía.
Así, la próxima vez que se detecte un mal clima laboral o rumores de pasillo, o si las ganancias anuales o las utilidades o los aportes al seguro social desaparecen, ningún empleado o trabajador podrá culpar por las malas cifras al Patriarca, a los altísimos o la gerencia general.
Será, a partir de los cursos de motivación de Antonio, una responsabilidad solo de los empleados y se les ofrecerá lo que les corresponda, o sea, bastantísimo para los altísimos y poquísimo para los trabajadores.
Será, además, una innovación digna de pasar a la historia, pues, por primera vez, el empleado compartirá la ceguera empresarial y, al igual que ellos, se lanzará al vacío con la promesa de volver a su puesto lleno de valor y sabiduría, dispuesto a cualquier sacrificio que le soliciten.
El Patriarca, los altísimos y la gerencia general, que no seguirán el curso, conocen, por supuesto, el secreto de Antonio: en su exclusivo traje aerodinámico lleva un paracaídas oculto bajo su pechera, una brújula táctil y un minúsculo GPS de altísima precisión.
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Ilustración de Sarah Lee

Periodismo: Manual contra el morbo y contra el miedo

Lizette Abraham Los Cómplices II
¿Cómo se arma un ideario ético para evitar el sensacionalismo?

Con reflexiones, dudas, deliberaciones, consensos, disensos y autocríticas. Pero, sobre todo, con preguntas, con muchas preguntas.

1. ¿Cuán importante es para la sociedad el hecho que acaba de suceder?

2. ¿La noticia tiene relación con el bien común o el interés general?

3. ¿Voy a manejar con equilibrio, sensatez y serenidad la información para que no se convierta en un instrumento de escándalo, escarnio o morbo?

4. ¿Cuento con la investigación y la reportería suficientes como para realizar una nota precisa, digna y bien escrita?

5. ¿Seré capaz de contar con el equilibrio profesional y emocional suficiente para que en la información consten, en los mismos espacios y con los mismos derechos de exponer sus versiones, todos los protagonistas del hecho?

6. ¿Todo lo que escriba y publique será demostrable, comprobable, verificable, es decir, se basará en hechos concretos y no en suposiciones, subjetividades, prejuicios o emotividades primarias?

7. ¿Sobre qué escala de valores y principios personales, profesionales y editoriales priorizo los hechos que considero noticiables?

8. ¿Por qué sí o por qué no decido dar más o menos espacio a un hecho informativo que, si lo enfoco de manera imprecisa o exagerada, puede causar escándalo en la sociedad?

9. ¿Cómo mantendré el balance adecuado para que la información que voy a publicar tenga el peso justo entre lo importante y lo interesante?

10. ¿Qué sentido tiene otorgar un amplio espacio a un escándalo si luego este hecho se disuelve y evapora por su propia irrelevancia y poca significación en la sociedad y en los lectores?

11. ¿Qué es lo que más me importa: ser ético o vender más ejemplares y elevar el rating?

12. ¿Tengo derecho a usar el poder que me concede manejar un espacio periodístico para venganzas personales o políticas?

13. ¿Estoy consciente del grave riesgo que implica publicar una información equivocada, tergiversada o sobredimensionada que puede destruir la reputación de las personas, de los grupos o de las instituciones?

14. ¿Mantengo la suficiente distancia con las fuentes y con el hecho como para que la información que elabore no tenga ninguna carga ni sesgo?

15.¿Tendré la honestidad y la valentía de admitir que me equivoqué si comete algún error grave con mi texto publicado?

16. ¿Seré capaz de decir lo que mi conciencia me ordena publicar a pesar de los riesgos que implique hacerlo?

Quedan muchas más preguntas para armar un manual antimorbo. Pero no quiero ser solo yo quien haga propuestas. Es un desafío para todos los periodistas y lectores de este blog.
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Ilustración de Lizette Abraham

¿Periodismo de calidad vs. Internet? ¡Qué grave error!

Lizette Abraham Los Cómplices
No hay que confundirse cuando se habla de periodismo digital: los cibernautas, lectores como cualquier otro, esperan de nosotros lo de siempre: que les contemos historias novedosas, sorprendentes, humanas.
¿Qué quiere decir eso? Que ninguna de las maravillas que ocurren con la tecnología nos librará a los periodistas de buscar la excelencia y el mejor nivel posible.
Lo nuevo es el elemento que solo dejará en pie a los medios y periodistas que cumplamos una obligación fundamental: mantenernos conectados directamente con el público y satisfacer de inmediato y con calidad sus demandas informativas. Pero, en el fondo, como dice el gran escritor y periodista estadounidense Gay Talese, nuestro deber fundamental es mantener vivo el periodismo.
A sus 80 años, el genial Talese, ícono del “Nuevo Periodismo” fundado por Tom Wolfe, Truman Capote y Norman Mailer, entre otros, afirma que no le agrada la frivolidad y ligereza con la que muchos periodistas manejan sus cuentas en Facebook o Twitter, y señala que, por esta causa, sería una tragedia que el periodismo desapareciera.
Esa opinión pudiera parecer, también, frívola y ligera si la vemos como un infundado prejuicio contra Internet y los medios en la Web. Pero no es así. Más allá de los espacios donde se publiquen nuestros trabajos, Talese se refiere a que el mundo siempre exigirá periodistas bien formados, capaces de contar con la mayor calidad posible, porque sin periodismo no se puede vivir. “Cuando afirman que el periodismo está muerto y que las noticias están en Facebook o los blogs, siento que no puede ser, porque sería fatal”, dijo hace algunos años a la agencia EFE.
Talese (cuya crónica ‘Honrarás a tu padre’, sobre la mafia inspiró la saga fílmica de ‘El Padrino’ y la serie de TV ‘Los Soprano’) pide mantener el más alto nivel de un oficio que se debe ejercer con respeto y dignidad.
Para escribir su historia se infiltró siete años en la intimidad de una familia de gánsteres y combinó rigor periodístico con estilo literario basándose en hechos concretos y comprobados.
Talese nos enseña que las historias, por insignificantes que parezcan, pueden elevarse a la categoría de arte si se basan en una minuciosa capacidad de observar y escuchar todos los detalles y en una bella manera de contar.
Por eso no hay que confundirse con el periodismo digital. El buen reportero siempre deberá preocuparse por la gente y escribir con calidad.
“Curiosidad, paciencia y perseverancia -recomienda Talese-. El periodista debe tener imaginación y ver más allá de la mera noticia y el primer ruido. Mira Bin Laden -continúa-: creíamos que estaba en las montañas de Afganistán y resulta que vivía a 30 millas de un campamento militar de la capital. Ahí hay una historia esperando que alguien la cuente”.
O, como decía Tomás Eloy Martínez, “tenemos que escribir crónicas que hagan que al lector se le queme el pan por leer la nota”.
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Ilustración de Lizzette Abraham

El oficio periodístico, una fragilidad incesante

isabelmj
El periodista David Jiménez ha cubierto cinco terremotos, dos tsunamis y una decena de guerras.
Pese a tanta experiencia cercana al dolor, la muerte, la incertidumbre y el infierno, el español David Jiménez tiene miedo. Diario El Mundo de Madrid lo envió a cubrir los efectos del terremoto y del tsunami en Japón, ocurridos el viernes 11, hace tres años.
Pero Jiménez se encontró, de frente, con una realidad inédita: la crisis nuclear. “Las balas, al menos, se oyen o ven -cuenta en una de sus crónicas desde Tokio-, sin embargo, la diferencia es que en las guerras uno decide si mantenerse a distancia o acercarse de manera imprudente”.
Pero la radiación ni se ve ni se huele, comenta el periodista: “Porque puede estar o puede no estar aquí, porque es probable que ya seas una de las víctimas y ni siquiera darte cuenta”.
¿Qué manual de periodismo se debe aplicar cuando se siente miedo? ¿Qué manual se debe aplicar cuando uno se siente golpeado por la vida? ¿Dónde quedan la pasión por el oficio, el fuego interno, el riesgo, el cumplimiento del deber, el jugárselo todo por hacer la mejor reportería de tu vida?
En su libro ‘Mujer en guerra’, la periodista Maruja Torres testimonia la intensidad del horror fratricida bajo un cruento e interminable enfrentamiento en Líbano.
Pero han pasado más de 25 años, y aunque el texto de Maruja Torres es un libro de culto, ella confiesa ahora que no estaría dispuesta a volver a vivir esa experiencia: “Un día decidí abandonar la parte salvaje del periodismo, que consiste en ir buscando el peligro cada vez en una dosis más alta”.
Decidió que era una locura ver, por ejemplo, a un desconcertado cronista recoger un casquillo de bala, ponérselo en un bolsillo y llevárselo de recuerdo.
David Randall, el famoso reportero británico que escribió el inolvidable libro ‘El periodista universal’, reflexiona sobre las supuestas temeridad y audacia de quienes ejercemos este oficio.
Randall ironiza: “Como todo el mundo sabe, los buenos reporteros son duros, cínicos, fríos, calculadores e, incluso, un poco crueles. Son esa clase de personas capaces de mirar de hito en hito un cadáver y sonreír…”.
Pero eso no es cierto. Así como decenas de periodistas de todo el mundo han abandonado Japón luego de sufrir ataques de pánico, Randall precisa que los presuntos “nervios de acero” no nos funcionan a la hora de convertirnos en testigos directos de un hecho que produce espanto.
No creo que deba existir un manual para enfrentar semejante situación. Y ojalá jamás se escriba ese manual, para que sigamos sintiéndonos y siendo gente común.
Aunque suene ridículo decirlo, los periodistas somos humanos, como cualquier individuo que ejerce cualquier oficio.
Somos personas que sufrimos, que lloramos, que reímos, que llevamos traumas en nuestro inconsciente, que luchamos contra las injusticias, que amamos y desamamos, que nos sentimos orgullosos de nuestro oficio y nos indignamos frente a la humillación.
Que si las cosas nos salen mal sentimos el sabor amargo del fracaso, que si cometemos errores –grandes o pequeños- o somos víctimas de emboscadas periodísticas, tenemos la dignidad de asumir el error como nuestro, sin culpar a la perversidad ajena, y levantarnos.
Todo eso afina sensibilidades y sentidos para no dejar de luchar ni un solo día, conscientes –a plenitud- de nuestras humanas fragilidades.
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Imagen de isabelmj.wordpress.com

Latigazos contra el alma en el otro Guayaquil

Guay
Mirar la muerte directamente a los ojos es el oficio de Clemente en Guayaquil.

Cada noche camina sudoroso por las empolvadas y desiguales calles de la cooperativa Derecho de los Pobres, en el sur de la ciudad.

Como miembro de la brigada barrial, hace siete años empezó a ahuyentar sombras, a saltar abismos, a coexistir con el miedo.

Tenía que hacerlo porque dio su palabra a la comunidad –para él cada promesa es como dejar la vida– de que ayudaría a limpiar el barrio de pandillas, de alcohol y drogas, de maltratos domésticos. La comunidad necesita sembrar y cultivar la paz interna, hasta ahora efímera e huidiza, y Clemente piensa que él está para eso.

Es poco lo que recuerda de su incompleto paso por la escuela rural, cuando su familia bajó a la ciudad.

Después, en Guayaquil, demasiados vacíos, falta de concentración, cansancio luego de largas jornadas como oficial de albañilería, lustrabotas o ayudante de estibador de muelle.

Pero, de todas maneras, ha luchado por no estancarse. Su falta de educación y cultura ha intentado sustituir con la más esencial de las sabidurías: el sentido común.

Así ha llegado a desarrollar una sencilla y directa capacidad de argumentación para convencer a los vecinos de que el barrio tiene muchas prioridades, pero sin dos, que son básicas (el trabajo y la seguridad de las personas), será imposible progresar.

Él lo considera tan importante como dar una mano a la gente y hacer mingas para levantar una pared, rellenar un patio, construir una cerca, armar un gallinero, sembrar un huerto.

Ahora, gracias a la tenacidad de Clemente para integrar a los vecinos en el proyecto, la zona está bajo control en el 97%. Se han instalado alarmas en las esquinas y se ha logrado que por 50 centavos semanales cada familia pueda sentir que hoy el barrio es distinto, más sereno y menos desapacible.

Ha sido un paso esencial para elevar su autoestima. Esa autoestima evasiva e intangible que Clemente no pudo sentir desde pequeño, cuando su pobreza y su rostro de rasgos aborígenes provocaban que lo tacharan y marginaran.

Era muy niño y ya sentía látigos violentos que amenazaban su alma cuando la gente lo llamaba, despectivamente, cholo, indio o montuvio. Y él no entendía por qué el color de su piel o sus maneras de comer o hablar provocaban tanto encono.

Ahora, treinta años después, resulta difícil explicarle que debiera sentir orgullo por sus profundas herencias de ríos, esteros, montes, lagartos, caballos, cacao, caucho, tagua y plátano. Nunca habla de aquellos dolores de marginado y humillado. Mantiene oculta y silenciosa esa repetida sensación de sentirse ajeno en todas partes.

Ríe con cierto dejo de rubor cuando se le dice que la palabra montuvio implica raíz, etnia, apego, origen, ancestros, protagonismo histórico. Algo de eso ha escuchado en las radios y ha visto en los periódicos. Algo ha oído de gente blanca o mestiza –no sabe cómo precisar la diferencia– que se dedica a estudiar a los montuvios. Él no tiene tiempo de sentarse a pensar en su pasado y no le seduce aquello de bucear en su árbol genealógico. Solo espera que sus hijos crezcan sin complejos, sollozos, intolerancias y racismos.

Quizás este caminar nocturno sea, por ahora, el mejor exorcismo contra la pobreza. Y quizás algo mejor ocurra luego de que se cumplan los sueños de un señor que –según le han contado– se llamaba José de la Cuadra y soñaba con una vida digna para los montuvios.

La perra recién parida con mirada de mendigo. Una historia (in) humana…

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Era domingo por la tarde y decidimos acortar el camino a casa. Tomamos la avenida González Suárez, uno de los sectores de Quito donde viven la clase alta y la élite (empresarios, viejos políticos, ministros, periodistas jubilados a la fuerza, diplomáticos, banqueros, herederos ricachones).
En mitad del trayecto recordamos que no teníamos pan y queso para el desayuno de mañana y decidimos comprar algo en la panadería Ambato.
Bajamos del auto y nos dirigimos al local. El viento empezaba a enfriar el ambiente y pronto caería la tradicional neblina que por las noches envuelve el entorno y recuerda imágenes londinenses.
Una perra callejera, recién parida, de pelaje color caramelo, esperaba algo en las afueras del garaje de un lujo edificio de apartamentos.
Parecía tener miedo o frío, y daba la impresión de que esas sensaciones no le permitían tomar la decisión de huir o quedarse, pero su mirada era tan expresiva y triste que resultaba imposible no conmoverse al verla.
Pero no la veía nadie. O casi nadie. Ni siquiera el guardia, que no aparecía por el lugar.
En la avenida González Suárez la gente llega o se va de sus apartamentos en lujosos vehículos, la mayoría cuatro por cuatro o modelos híbridos o coches Mercedes Benz, BMW, Audi…
Cuando caminan lo hacen para ejercitarse, sudar con sus calentadores y zapatillas Nike o Adidas o Umbro o Puma, mantener el físico, por lo general dejándose llevar por un perro de raza: un labrador retriever, un bulldog, un caniche, un pastor alemán, un Boston terrier…
Curiosa analogía. Autos de lujo, grandes, potentes, arrogantes. Perros de lujo, grandes, poderosos, atemorizadores.
Pero era domingo por la tarde y la avenida estaba semidesierta. Semidesierta como el ánimo de la perra recién parida, con sus tetas flacas que se bamboleaban, frágiles y pequeñas, mientras ella seguía en su dilema de huir o quedarse.
En la panadería no había nadie más que la cajera. En una de las canastas pusimos un molde de pan integral, un queso bajo en grasa, la cuenta por favor. Gracias.
Salimos y nos percatamos que la perra cambió de actitud. Ya no proyectaba miedo hacia nosotros. Nos observaba con esa dolorosa mirada humana de quien no ha comido hacía tiempo. Sus ojos seguían nuestros pasos.
No entramos al auto. Sin decirnos nada, presintiendo que algo debíamos hacer frente a la soledad y a la indiferencia que en ese momento sufría el animal, frente al absurdo de que una perra callejera fea y recién parida haya llegado a esa avenida -como si supiera que al menos de la basura también sofisticada que los guardias uniformados de los edificios circundantes saquen en la noche en sus containers podría caer algún desecho o un pedazo de comida-, Gaby le dio un buen pedazo del molde que habíamos comprado.
Sí. Tenía hambre. Mucha hambre. Comía, masticaba, se metía al hocico el pan como si alguien fuera a quitárselo.
Entramos de nuevo al local, compramos un pan redondo y grande y dudamos si sería conveniente acompañarlo con leche o con agua.
¿Tendría sed después de comer los dos pedazos de pan? ¿Necesitaría tomar un poco de leche para que sus cachorros alcanzaran a lactar algo y alimentarse?
Decidimos comprar un recipiente de plástico y una botella de agua. En el recipiente pusimos el líquido junto al pan redondo. La perra no volvió a mirarnos. Sobre la acera quedaron las migas repartidas en un círculo grande y al lado el recipiente al que ni siquiera se acercó.
Cuando terminó de comer giró en dirección contraria a nosotros y caminó tres cuadras hasta encontrar una escalinata a su izquierda.
Abajo, en la parte de atrás de los elegantes edificios desde donde se divisa, entre la neblina, el valle de Tumbaco, se ve un grupo de casuchas de un piso, cuadradas, con bloques de cemento.
En la parte superior de las viviendas, los hierros que quedan en el aire por el supuesto de que algún día se construirá un segundo nivel sirven para secar la ropa y las cobijas.
La perra desapareció de nuestros ojos entre el caserío desordenado, construido en una pendiente sin permisos municipales y, sobre todo, sin dignidad humana.
Por allí, entre las viviendas, serpenteaban, malolientes, las tuberías de alcantarillado de los altos edificios.
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Imagen de http://www.culturandalucía.com

Pablo Iglesias, líder de Podemos de España, entrevistado por Rubén Darío Buitrón

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El caso del fotógrafo Raúl Lluno: ¿vale la pena dejar la vida por los medios o por el oficio?

EL ESTADOUNIDENSE JOHN STANMAYER GANA EL WORLD PRESS PHOTO
Este martes 23 de septiembre, diario La Hora tituló así un episodio del caso del emblemático fotógrafo Raúl Lluno: “La Hora explica a 7 ‘manifestantes’ salida de un colaborador”.
Las comillas, de forma consciente o inconsciente, ironizaban a los colegas de Raúl, hoy aquejado del mal de Alzheimer y quien entregó al periódico 27 años de su vida.
Esos siete colegas, la mayoría fotógrafos independientes, acudieron a las instalaciones de La Hora para pedir explicaciones sobre una denuncia que hicieran los familiares de Raúl Lluno en la voz de su sobrina Natalia.
Según Natalia, primero le dijeron que a Raúl le harían una despedida “porque aparte de ser un buen compañero es un maestro en el arte de la fotografía”.
Pero, luego, Natalia aseguró que con el pretexto de que su tío se tomara 15 días más de vacaciones por su enfermedad, le dejaron fuera del periódico bajo la figura de “despido intempestivo”.
El ministro de Trabajo, Carlos Marx Carrasco, demandó que se le devolviera a Lluno el puesto de trabajo, ordenó investigar el caso y rechazó la supuesta renuncia firmada por Raúl, pues se la habría hecho en ausencia.
Entre los manifestantes (sin comillas), estuvieron algunos prestigiosos fotógrafos como Dolores Ochoa, Cecilia Puebla y Álvaro Ávila y dos dirigentes de la Sociedad de Cronistas Gráficos.
Días antes, La Hora había emitido un comunicado sobre la situación de Lluno, en el que señalaba que salió de vacaciones a mediados de agosto.
El periódico argumentó que el 28 de ese mes, la empresa recibió un documento del Ministerio de Relaciones Laborales, con el trámite # 178835-2014-GASM, notificando una renuncia presentada por Lluno ante la cartera de Estado.
Señaló, además, que el medio “jamás ha negado ningún beneficio al que como trabajador, el señor Lluno, tiene derecho” y explicó que la liquidación correspondiente se la haría en la fecha que indique el Ministerio de Relaciones Laborales.
Los 27 años que entregó Raúl Lluno al medio invitan a reflexionar acerca de cómo muchos periodistas se aferran y entregan su existencia a un medio.
Una suerte de síndrome de Estocolmo: se sienten secuestrados, pero viven en una presunta zona de confort con salario mensual y estabilidad laboral, sometiéndose -en algunos casos- a maltratos y a situaciones humanas y logísticas precarias a cambio de estar seguros con su sueldo y sus paupérrimos beneficios de ley.
He visto colegas que cuando salen del medio donde trabajan pierden el sentido de la realidad. He conocido, incluso, algunos que meses después se han dejado morir (morir de verdad) porque creen que su vida ya no tiene razón de ser sin su segundo apellido: Juan Pigüave Diario X.
Claro que estos pensamientos nada tienen que ver con la respuesta que diera el director de La Hora a los manifestantes. Según reportes periodísticos, el presidente del diario “arremetió contra los fotógrafos que realizaron una protesta pacífica en las afueras del edificio en Quito. En menos de cinco minutos se ve al directivo Francisco Vivanco tratarlos de “ignorantes”, “analfabetos” y “jetones” en un video difundido en redes sociales.
Más allá de la prepotencia que muestran esos epítetos, la reflexión nos conduce a buscar cuáles son los límites de la estabilidad laboral, de la lealtad a una compañía, de agachar la cabeza y obedecer, algunas veces en contra de la propia conciencia, a cambio de mantener el puesto o no perder el empleo.
Pero la vida y el tiempo se encargan de mostrar que no tiene sentido permanecer 20 o 30 o 40 años en empresas (cualquiera de las miles que hay en el país) cuyos fines de lucro convierten a los empleados y trabajadores en simples piezas de recambio.
En el caso del periodista, cuando empieza a envejecer o ha perdido algo de la chispa, del talento o del empuje que lo caracterizaba, un puntapié y una pobre liquidación económica terminan con una carrera que parecía eterna. Como dice la colega Marcia Barzola (@Mbarcas), “lo más criticable son las decisiones hepáticas, siempre injustas”.
Por el contrario, hay ejemplos como Natchwey (el “Kapucinski de la fotografía”), Winter, Murphi, Testino, Capa, Korda, Stanmayer, entre otros, que pueden parecer lejanos pero no son imposibles. Ellos dejan o dejaron la vida por el oficio, por el periodismo, pero no por ninguna empresa que lucra con la información.
Talvez es mejor arriesgarlo todo por intentar hacer imágenes periodísticas de excelencia recorriendo el mundo, con todo el sacrificio personal y económico que aquello implica pero con verdadera independencia, trabajando en lo que uno ama y sin depender de ningún otro interés ni poder.
Sin duda que eso siempre será mejor a esperar que una enfermedad cruel como el Alzheimer de Raulito Lluno (que no será culpa de la empresa, por supuesto) acabe para siempre con su destreza, su alegría y su vocación, sin que al medio le importe demasiado cuál será su final y hasta ironice, entre comillas, el espontáneo gesto de cariño y solidaridad de sus colegas.
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CHARLA POSTERIOR CON UN EDITOR DE LA HORA
Después de publicado este post, anoche (miércoles 24) recibí un mensaje de un editor del Diario. Según él, estoy plenamente equivocado en mis apreciaciones.
Él prefiere que no lo identifique ya que dice que las cosas están tensas fuera de La Hora y por hoy no es conveniente hacerlo.
Yo, como corresponde éticamente, doy paso a nuestra conversación.
-Estimado Rubén Darío, he leído tu post sobre nuestro querido Raulito. Por la confianza que te tengo, por el respeto que te tengo, debo decir que en cuanto al caso puntual, estás plenamente equivocado. Conoces al (periodista) Roque Rivas? Seguro lo conoces. Cuando sufrió el derrame, el doctor Vivanco pidió que se lo dejara el tiempo que fuera necesario en casa, con sueldo pagado y que cuando quisiera volver, volviera a hacer lo que pudiera. Y cuando volvió se le encargó la página Judicial, a pesar de condición, con el mismo sueldo y las mismas condiciones.
¿Sabes cuándo decidimos que Raulito ya no debía hacer fotografía? cuando le robaron en pleno centro histórico haciendo una cobertura.
-Gracias. Yo también creo y confío en tí. ¿Y entonces, por qué la sobrina de Raulito dice eso?
-¿Sabes hace cuanto tiempo tiene problemas de salud? hace cuatro años… Y sabes por qué el diario nunca intentó mandarlo??? por cariño. Está mintiendo.
Personalmente, tuve una cercana amistad con Raulito y toda su familia estaba acostumbrada a que él los mantuviera. Y cuando digo toda la familia, me refiero a esposa, hermano, cuñada, sobrinos, hija y nietos. Ni siquiera lo están haciendo atender… Veo en televisión al señor Carrasco diciendo que se le devuelva el puesto. El diario, feliz. Todos lo queremos mucho, más el doctor.
-Pero, ¿por qué el Dr. Vivanco trató así a los fotógrafos colegas? ¿Era necesario decirles todo eso en lugar de explicarles serenamente?
¿No ves en el video amarillista que arma El Telégrafo? Ya está fuera de él.
Yo estuve ahí. Estábamos reunidos la licenciada Juana López, el doctor y tres editores. Los estábamos esperando y quedamos en recibirlos de la mejor manera, invitarlos a sentarse a tomarse un café, enseñarles los documentos y explicarles todo.
-¿Y era necesario ironizar a los colegas fotógrafos con ese titular?
-Cuando vimos que llegaron, obviamente nos llamaron la atención el fotógrafo de El Telégrafo y el camarógrafo de ECTV… Pero el doctor nos dijo: vamos a recibirlos aquí y les brindamos un café. Voy a bajar y los voy a hacer subir.
Lo quisimos acompañar y nos dijo: no, nadie viene conmigo, yo bajo solo. Bajo en el mejor de los planes, los saludó y los invito. La mayoría de ellos, tranquilos. Pero Paúl Navarrete llegó desde el inicio a buscar bronca. Apuntaba con el flash a los ojos del doctor.
-Si fue así, podía el doctor mantenerse tranquilo y darles una lección. Pero más bien les hizo el juego.
-Le dijo: “No queremos entrar, tú periódico no sirve ni para madurar aguacates. Solo dinos, le vas a pagar o no?”… Y él comenzó a insultar. Hasta ahí el doctor tranquilo, pero este pana, porque era pana mío, le instigó tanto que el doctor respondió. Claro, el inicio lo borraron. En todo caso, cuando el doctor subió, le dijimos que no debía caer en el juego. Él nos dijo que es humano, y pues sí, somos humanos. Sobre Raulito, la empresa estaba organizando, como empresa, tres cosas: le iban a pagar su jubilación, su jubilación patronal… ¿Pero qué quedó para los lectores y para quiénes vimos las fotos y los videos? Además, estaban armando un fondo (la empresa) para darle a Raulito para su tratamiento. No sé de cuánto, pero se lo iban a dar. Y tercero, abrieron la posibilidad de que los compañeros que queramos aportemos a un fondo adicional con lo que podamos. Y nos iban a descontar en roles durante unos tres meses.
Todo el drama es porque la chica esta dice que aparte de la jubilación y la patronal debían seguirle pagando el sueldo sin trabajar porque él es el sustento del hogar. Luego de eso, no sabemos cómo, viene ese golpe bajísimo de El Telégrafo, que nos ha afectado a todos. A todos.
Sobre el titular. Como debes saber esa es la sección que yo edito, así que debes saber que es mi titular. No del doctor, no de la licenciada López. Mi titular.
-¿Y por qué las comillas? tú sabes bien que en ese caso, son irónicas, burlonas..
-Puse las comillas porque a pesar de que el doctor explicó desde el principio las cosas y ya había un comunicado, la mitad de ellos vino a atacar, a provocar, a agredir, con un criterio preconcebido, y no a dialogar.
-Pero son irónicas en contra de los colegas.
-No son irónicas. Es solo que no todos quienes estuvieron ahí estuvieron en solidaridad con Raulito sino para atacar al doctor buscando el video que a la final consiguieron. Y eso, mi querido Rubén Darío, según yo, es parte de la verdad que había que contarle al lector.
- Pero si es así, como me cuentas, tanto la actitud del doctor como el titular les perjudicaron a ustedes.
-Sabes por qué he rechazado entrevistas en otros medios?
-¿Por qué?
-Por el trato que tengo ahí. Por el trato que tenemos todos ahí. Y el de Raulito fue siempre el mejor ejemplo. Como tú, yo soy un amante de la verdad. Y en honor a la verdad, todo lo que se ha dicho desde la prensa oficial es una vil mentira.
Hace cuatro años, el Seguro debía darle la jubilación por incapacidad al Raulito. Pero el doctor ordenó que se lo dejará ahí, se pudiera jubilar y obtenga también la jubilación patronal. Yo no tengo problema en que pongas esta versión. Te agradezco por escuchar. Me gustaría que fuera mi nombre, pero creo que por el momento difícil que pasa el Diario no es conveniente.
Si me he atrevido a escribirte es porque me duele que se diga tanta cosa que no es. Yo, como tú, amo este oficio. Y como tú hablo desde el oficio, pero al César lo que es del César y al doctor lo han difamado en grados superlativos con este caso. Qué ha habido de bueno en todo esto? Pues en el diario todos estamos más unidos, creo que esto nos ha juntado como periodistas y como empresa.
- Te agradezco por escribirme y expresar libremente tus puntos de vista. Te mando un abrazo a ti y a los otros dos colegas a quienes respeto y considero.
-Si puedes, cuando escribas esta versión, pon que el Diario va a pagar absolutamente todo. Que siempre fue así.
-Ok, así lo haré.
-Gracias, Rubén Darío. Un abrazo también. Suerte en lo que estás haciendo.
-Gracias. Buenas noches.
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Fotografía titulada “Señal”, realizada por el estadounidense John Stanmayer, que ha ganado el World Press Photo 2014

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