Archivos para Septiembre 2007

30
Sep
07

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Sep
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La hora del ciudadano

Por Rubén Darío Buitrón

El triunfo arrollador de Alianza País es histórico para la tendencia de centroizquierda en el Ecuador. No solo porque el movimiento liderado por el presidente Rafael Correa probablemente llegue a la próxima asamblea constituyente con mayoría absoluta (80 de un total de 130 representantes), sino porque la escasa votación que obtuvieron los partidos tradicionalistas que malgobernaron al Ecuador durante los últimos 30 años marca el principio del fin de la llamada partidocracia vinculada a sectores económicos hegemónicos y concentradores.

Del otro lado, quizás el principal perdedor de las elecciones de este domingo sea el partido del ex militar Lucio Gutiérrez, que aunque posiblemente logre una decena de asambleístas, anunció con apresuramiento y desproporcionado triunfalismo una “victoria contundente”: según él, su partido aspiraba a lograr una votación caudalosa para convertirse, desde posiciones conservadoras, en la principal fuerza contradictora de Alianza País.

Gutiérrez, líder de Sociedad Patriótica, es un militar que inició su carrera política liderando el derrocamiento militar-indígena al presidente Jamil Mahuad, abandonó rápidamente su acercamiento a la izquierda y ahora es el representante de una derecha a la que no parece quedarle demasiado espacio en el país.

El Partido Social Cristiano (PSC) y la Izquierda Democrática (ID), las dos agrupaciones que dominaron el escenario del poder durante las últimas tres décadas, cuentan con tan pocos escaños que su fortaleza electoral va quedando en escombros. El PSC, que controlaba Guayas, la provincia más grande del Ecuador cuya capital es Guayaquil, alcanzó menos del 20 por ciento de escaños provinciales.

La ID, tradicionalmente dominante en las provincias de Pichincha (Quito) y Azuay (Cuenca), también quedó fuera de las preferencias electorales.

En otra de las grandes provincias, Manabí, cuya votación solían repartirse entre el PSC, el Prian (del empresario Álvaro Noboa) y el PRE (del ex presidente exiliado en Panamá Abdalá Bucaram), el triunfo fue del partido gobernante.

Alianza País arrasó en estas cuatro provincias, las más estratégicas y pobladas del país. La votación, entonces, marca, por un lado, un cambio radical en las preferencias electorales que eran de derecha en Guayas y Manabí y una consolidación de la tendencia correísta en Pichincha y Azuay,  dos provincias que tradicionalmente se han pronunciado por la tendencias progresistas y de izquierda.

¿Qué viene ahora? Si se cumplen los anuncios previos del presidente Correa y si la asamblea, con amplia mayoría de Alianza País, ejerce todo su poder, disolverá el actual Congreso Nacional y apuntará hacia un cambio profundo de la estructura estatal.

La futura constitución dependerá del voto de una mayoría simple, lo cual le abre grandes espacios de movimiento a Alianza País, y de una consulta popular que una vez redactado el proyecto de la nueva Carta Magna deberá ratificar o rechazar el nuevo cuerpo legal.

El presidente Correa tiene ahora muchas razones para sonreír y mantenerse tranquilo. Obtiene su tercera victoria electoral en seguidilla (lo cual es un récord en el país), consolida la aceptación a sus propuestas de cambio en una amplia mayoría de ciudadanos y tiene el camino libre para armar una nueva Constitución acorde con sus propuestas.

Así como ocurrió el pasado 15 de abril, cuando en consulta popular el 82 % de ecuatorianos se pronunció a favor de la realización de la asamblea constituyente, seis meses después el proyecto que representa Correa en relación a los cambios estructurales del país mantiene intactas su popularidad y su credibilidad.

Ahora, con la constitución número 20, tendrá que cumplir sus más importantes promesas: democratizar el ejercicio del poder, modificar sustancialmente la estructura económica del país hacia la redistribución y un manejo de los recursos naturales al servicio de todos, terminar con el secuestro de las entidades de control por la vieja partidocracia, acelerar el proceso de investigación y sanciones a los responsables de la crisis bancaria y el congelamiento de fondos de 1999 y profundizar el acceso de todos los ciudadanos a los servicios de salud y educación.

Pero el proceso que se viene, si quiere ser exitoso e históricamente positivo para la mayoría de ecuatorianos, requerirá dos elementos clave: una, la rectificación por parte del presidente Correa y algunos de sus colaboradores de ciertos errores, gestos y procedimientos que se contradicen con su discurso de la ética política, el acuerdo social y la meritocracia que maneja el poder. Y dos, la más importante: que todos los ciudadanos, en especial los que apuestan por el cambio, se conviertan en incansables vigilantes de las acciones y las decisiones de cada uno de los asambleístas.

En su primera reacción oficial, el Jefe de Estado ha puntualizado que él y sus probables 80 asambleístas, “en aras de la paz y la patria nueva” invitarán a representantes de todos los sectores (incluidos banqueros y empresarios) para armar consensos. Un buen indicio. El otro es que el Presidente marcó distancias con lo que llamó “los miedos creados por la oposición y la oligarquía en torno al socialismo del siglo XXI”: “Estamos construyendo una revolución ciudadana en democracia, original, ecuatoriana y soberana”, subrayó.

“Hoy se cristaliza un sueño de ciudadanos y ciudadanas comunes y corrientes por un cambio profundo en el Ecuador”, ha dicho Correa.

Por tanto, lo que no puede pasar en esta ocasión, como ya ha ocurrido con gobiernos anteriores, es que se traicione la esperanza de millones de ecuatorianos. Pero esto no solo dependerá de lo que hagan los representantes a la asamblea sino, fundamentalmente, de que la nueva constitución política represente el deseo de la gran mayoría de ciudadanos y no la voluntad subjetiva de los mandantes.

27
Sep
07

mi voto crítico

Por Rubén Darío Buitrón

No votaré por quienes ya gobernaron el país y no tuvieron el talento, la capacidad o la voluntad para cambiar al Ecuador.

No votaré por quienes ejercieron el poder (cualquier poder) durante los últimos treinta años y no pudieron o no quisieron construir una sociedad equitativa.

Sus negligencias como líderes, su indiferencia para entender la realidad, su complicidad con quienes quebraron el país o su urgencia por satisfacer ambiciones mezquinas dejaron en escombros a una nación como la nuestra que merece un destino mejor.

Tampoco caeré en la trampa de los oscuros mecanismos diseñados para favorecer a los grandes partidos y movimientos, incluido el de gobierno, y perjudicar a valiosos candidatos progresistas y democráticos que por designios del estatuto electoral tuvieron que dispersarse en una decena de listas.

Por eso no votaré en plancha, porque esta manera de sufragar tiene un tufillo monótono, populista, masificador y excluyente.

No votaré en plancha porque estoy convencido de que ninguna lista a la asamblea constituyente se elaboró con base en una selección responsable y de calidad.

Bastaría mirar algunos rostros y nombres y chequear sus hojas de vida para tener la certeza de que las candidaturas se estructuraron desde cerradas cúpulas con criterios cercanos a las viejas prácticas de la partidocracia (talentos de televisión, amigos de confianza, familiares cercanos, estrellas de la farándula, ex reinas de belleza y gente de arrastre popular por su elevado raiting).

Las tentaciones para que votemos a ciegas llegan desde todas las instancias. La publicidad nos advierte que si no votamos en plancha nuestro sufragio solo valdrá la mitad. El partido oficial enfatiza que si no votamos así daremos paso a una mayoría de derecha, la misma derecha que también nos pide “rayar todo” por sus listas para que no entre la izquierda, como si nuestra memoria social no recordara con claridad quiénes manejaron a su antojo el Estado y gobernaron en beneficio de sus intereses.

Soy ciudadano y quiero ejercer mi derecho a escoger, de entre los candidatos que me parezcan idóneos y sinceros, a los más adecuados para enfrentar un desafío histórico tan gigantesco como es armar una nueva constitución basada en el ideal colectivo de construir una sociedad multicolor y solidaria.

No quiero elegir asambleístas que escuchen el celular y obedezcan. No quiero elegir asambleístas desconectados de las necesidades de la mayoría.

Aunque no será fácil hacerlo en medio de una sábana descomunal, trataré de votar por personas honestas, inteligentes e incorruptibles, todas de centro izquierda y de izquierda.

Si ganan no dejaré que actúen a su manera. Exigiré que tengan la sensibilidad de escuchar la voz de sus mandantes, rendir cuentas, impedir que el poder las obnubile y luchar, a costa de cualquier sacrificio, por cambiar todo lo que hay que cambiar.

Quizás mi decisión suene ingenua. Pero prefiero eso a sumarme a la política del cinismo.

19
Sep
07

Aprender de la tragedia

Por Rubén Darío Buitrón

Los periodistas tendremos que recordar para siempre el nombre de Carlos Manuel Cedeño Véliz y  llevarlo como bandera de paz, no violencia, sensatez, serenidad, respeto.

El nombre de Carlos Manuel Cedeño Véliz, muerto trágicamente en el estadio Monumental de Guayaquil por una bengala que le atravesó el cuerpo minutos antes del partido entre Barcelona y Emelec, hemos de llevar en nuestros corazones como un símbolo de lo que nunca más debe ocurrir en ningún escenario deportivo del país.

No nos engañemos: hace rato que se instaló la violencia en el fútbol profesional ecuatoriano como una sombra nefasta hasta llegar a tragedias como la del domingo pasado. Hace rato que las familias, los amigos, los amantes de una camiseta tienen que pensarlo dos veces antes de tomar la decisión de ir a mirar partidos a los cuales las autoridades y los directivos califican “de alto riesgo”.  Negligencia, inoperancia, fanatismo, agresividad y escasez de medidas preventivas atentan contra la seguridad de los protagonistas y el público que, indefenso y entusiasta, acude al graderío con la ingenuidad de un hincha de barrio que solo quiere un poco de alegría y distensión.

Para muchos está claro que las autoridades deportivas y policiales son las responsables indirectas del episodio sucedido con Carlos Manuel. Sin embargo, el doloroso momento que vive el fútbol ecuatoriano hace imprescindible una reflexión desde el ejercicio del periodismo.

El fútbol como espectáculo es hermoso. Seductor, sorprendente, hechicero, emotivo, impredecible. El buen jugador profesional deja en la cancha todo su esfuerzo y su creatividad mientras sus seguidores vibran con cada jugada.

Por eso, a una sociedad en formación le conviene que el periodismo cuente el futbol desde la visión estética, el elogio al esfuerzo, al entusiasmo, a la disciplina física y táctica, a la belleza de un gol, a la energía que va y viene en las acciones decisivas.

Desde una narrativa de luz y magia, de ilusión y ejemplo, de corazón y color, de fiesta y multitud, la sociedad puede aprender a disfrutar este espectáculo masivo sin excesos sentimentales.

Entonces convendría dejar a un lado ciertos lenguajes belicistas y desproporcionados que atizan el fuego, estimulan la rivalidad malsana, el regionalismo enfermizo y las pasiones desbordadas.

Con el periodismo podemos educar si repensamos y reinventamos las maneras de informar sobre el fútbol, si desarrollamos nuevos conceptos, si asumimos el reto de ser más profesionales y menos subjetivos, si limpiamos nuestros lugares comunes donde subyacen el combate visceral, la victoria a toda costa, el irrespeto al adversario y a sus hinchas, la celebración exagerada y eufórica que ya ha cobrado otras vidas en los estadios del país.

El fútbol nos enseña cómo alcanzar metas y alegrías colectivas. Desde la metáfora de la competencia en equipo el periodismo puede ayudar a la sociedad a construir una pedagogía de la solidaridad y el juego limpio, porque de excesos verbales y violencia ya tenemos demasiado en nuestro mundo real.

11
Sep
07

Pedagogía al revés

Por Rubén Darío Buitrón

El sábado 8 de septiembre debía ser un día especial para los periodistas ecuatorianos. Acostumbrados a creer que todo lo que llega de afuera es digno al menos de una venia y una alfombra roja (las tendencias en boga, las nuevas técnicas de redacción, la manera de dirigir un medio de comunicación, los estilos maduros para entrevistar), nos alistamos a mirar la entrevista que el argentino Jorge Lanata haría al presidente Rafael Correa y aprender de ella.

Teleamazonas y la organización Fundamedios anunciaban con tal énfasis su difusión que era nuestra obligación sentarnos frente al televisor para captar la pedagogía sobre cómo se hace una entrevista “sin agresividad ni falta de respeto”.

Y ahí aparecieron, en un escenario barroco y poco acogedor, los dos protagonistas. El entrevistador, Jorge Lanata, controvertido periodista que entre sus méritos tiene haber sido uno de los ingeniosos y valientes editores del irreverente periódico Página 12, diario que, en su momento, hizo tambalear al poderoso mandatario Carlos Menem. El entrevistado, Rafael Correa, crítico furibundo de la prensa ecuatoriana, político que no elude el debate, polémico líder con enorme capacidad verbal para defender sus ideas.

El tema central sería los medios y el gobierno, un asunto polémico digno de una apasionado debate entre dos tesis: la que defiende la tarea periodística (Lanata) y la que fustiga a la prensa por “mediocre, mafiosa y mala fe” (Correa).

Entiendo que una entrevista es una conversación profunda, intensa y esclarecedora entre dos personas muy bien informadas. La una (el entrevistador) con el propósito de obtener mayor información sobre aspectos relevantes o controvertidos del personaje y su gestión. La otra (el entrevistado) con el objetivo de reforzar sus puntos de vista, refutar o aclarar asuntos de interés general y enviar mensajes a la audiencia.

Entiendo también que la entrevista es una lucha que se libra con las armas de la inteligencia. El entrevistador no puede ir desprotegido y para ello requiere documentarse, informarse e investigar a fondo. El entrevistado lo sabe y tiene una estrategia para responder de manera segura y contundente lo que él quiere responder sin dejar espacio a la sorpresa o la pregunta inesperada.

He visto a Lanata con políticos argentinos y me ha parecido agudo, incisivo, seguro de lo que pregunta. He leído de Lanata “el verdadero señor K” (Gatopardo, número 79), una excepcional y aguda crónica sobre el presidente argentino Néstor Kirchner.

¿Dónde estuvo el sábado ese periodista? Yo no lo vi. Correa sonrió, refutó, repreguntó, argumentó, dijo que lo quiso y desarmó a un entrevistador poco documentado y con escaso conocimiento de la coyuntura nacional.

¿Quiero decir que un extranjero no debe venir a entrevistar al Presidente? No. Quiero decir que la próxima vez que nos ofrezcan pedagogía periodística se aseguren de no mostrarnos los diez mandamientos de cómo no se debe entrevistar a un personaje listo para enfrentar cualquier batalla.

05
Sep
07

Dulce incertidumbre

Por Rubén Darío Buitrón

La visita de Jorge Lanata al Ecuador ha sido fecunda porque nos ha dejado el dulce sabor de la incertidumbre.Teorizar es fácil y muchos conferencistas y analistas de medios pueden hacerlo: el buen periodismo es espejo de la realidad, es contrapoder, es crítica, es suspicacia, es trabajo arduo, es inteligencia, es cuestionamiento sistemático y constante.

La esencia del oficio parecería estar allí, en el deber ser, en la deontología, en los manuales de ética, en las normas de conducta, de la preceptiva periodística políticamente correcta.

Pero no solo está allí. La esencia del oficio también está en el riesgo cotidiano. En la inminencia del error. En la necesidad de controlar cada paso por la cuerda floja de las verdades evasivas. En la impopularidad de una línea editorial. En el tropiezo diario frente a una realidad que nos rebasa, nos reta, nos señala con el dedo, nos vuelve frágiles frente a una audiencia que ha dejado de creer en referentes e instituciones que no las considera representativas.

Aplaudido por unos y criticado por otros, Jorge Lanata ha tenido la entereza de decir las cosas cuando había que decirlas, incluso jugándose la posibilidad de que la duda sembrada no llegue nunca a convertirse en un hecho judicial concreto o que el oficialismo eche sombras sobre el trabajo periodístico.

En Argentina sus detractores lo tachan de impreciso, sensacionalista, ególatra, pero la trascendencia de sus 25 años de trayectoria hay que entenderla dentro de un difícil proceso de reconstrucción democrática en un país agobiado por políticos corruptos, banqueros tramposos, militares prontuariados, cadáveres ocultos, quiebras económicas masivas y gobiernos ideológicamente sinuosos.

Navegar sobre esos mares agitados y oscuros es una pedagogía cotidiana para un periodismo que demanda ojos bien abiertos, sentidos agudizados,  sensibilidades intensas, alarmas encendidas.  Un periodismo sin prejuicios, sin opiniones preestablecidas, sin consignas ideológicas, sin heroísmos inútiles.

La dulce incertidumbre es eso: la convicción de que los periodistas no tenemos las respuestas sino las preguntas. La convicción de que esas preguntas requieren de un trabajo responsable de investigación, reflexión, planificación, documentación. La convicción de que al preguntar y cuestionar al poder en sus diversas formas, los periodistas tenemos el deber de representar y expresar las dudas, inquietudes y demandas de información como un derecho ciudadano  individual y del conjunto de la sociedad.

Por eso, cuando escuchamos a Lanata nos fortalece la idea de que la esencia del buen periodismo es el sabor de la incertidumbre.

Porque la ética personal y profesional nos obliga a interrogarnos cada día sobre el papel que desempeñamos en la presente coyuntura histórica.

Se trata de llenarnos de argumentos desapasionados y pluralistas para expresar los intereses de las mayorías, esas mayorías que no pertenecen ni a las filas de los grupos económicos tradicionales ni a las de los nuevos dueños del poder.