Por Rubén Darío Buitrón
El medio nocivo se fortalece a sí mismo en la medida en que debilita la capacidad de discernimiento de sus audiencias.
Tanto es así que cuando se quiere debatir el efecto negativo que producen sus contenidos sobredimensionados, poco basados en la realidad y que apelan a las emociones humanas básicas para lograr elevadas audiencias, con frecuencia se escucha que “dan al público lo que quiere”.
Pero no es así. Los medios tienen, como deber ético, aportar a que los ciudadanos sean capaces, por sí mismos y no por inducción o manipulación, de tomar decisiones que van desde lo cotidiano hasta lo estructural.
Parte de la misión de la prensa consiste en desmitificar las falsas creencias populares y en ponerlas en tela de juicio. Pero es imposible hacerlo cuando se está pensando en cómo va a reaccionar el público para tratar de agradarle.
He aquí el problema esencial alrededor de la ética en el manejo de la información pública: los ciudadanos llegamos a conocer la realidad –una mínima porción de la realidad- no por lo que vemos o sentimos sino por lo que nos dicen los medios.
La distancia se profundiza cuando el ciudadano consciente de sus derechos exige a los periodistas honestidad, rigor, equilibrio, pluralismo, contextualización y profundidad. Y entonces se produce una ruptura de mundos, una fisura entre perspectivas reales (lo que sucede afuera) y perspectivas creadas (lo que en las salas de redacción creen que sucede).
El comunicador norteamericano Maxwell McCombs afirma que “nuestro sentido cultural de lo que es nuevo e importante –nuestra agenda cultural- procede en gran parte de lo que vemos en la televisión”.
Entonces, si los medios considerados responsables y serios dependen de lo que diga la televisión (en especial, la mala televisión), estamos hablando de una multiplicación de formatos, contenidos y maneras manipuladoras, superficiales y segmentadas de informar al público.
En el mundo se afianza la tendencia -a mi entender equivocada porque asistimos a la frivolización de los contenidos-, de lo breve, lo corto, lo sintético, lo puntual, lo rápido.
En otras palabras, la prensa escrita y la radio dan batalla a la televisión en el terreno que esta les propone. Y como este enemigo (conocido en Europa como “telebasura”) domina el escenario y es el medio de mayor impacto, se vuelve referente de sus competidores de audio y de papel, reina en los contenidos noticiosos contemporáneos la falta de contexto, seguimiento e investigación y dejan huérfano al ciudadano interesado en entender su propia historia.
¿Qué actitud tomar en las salas de redacción? Cambiar desde adentro. Sostener y sistematizar una autocrítica profunda y honesta. Construir agendas más aterrizadas en la realidad cotidiana y en los intereses de la comunidad, de la gente común. Y hay que hacerlo antes de que la sociedad nos rebase y nos deje atrás.