Por Rubén Darío Buitrón
La Asamblea Nacional Constituyente tuvo un origen y tiene un destino: el ciudadano plural.
A él se debe. Con él asumió un compromiso. Por él le toca manejarse con responsabilidad y coherencia. A él le rendirá cuentas.
El ciudadano plural es raíz y fruto de la sociedad. Una sociedad nueva que se construye a sí misma, que no quiere tutores ni caciques, que busca canales para expresar su voz, que intenta expresarse en la diversidad, el respeto al otro, el servicio al bien común, la lucha contra los privilegios, la inequidad, la injusticia, la impunidad, los centralismos, las exclusiones.
El ciudadano plural se siente dueño de su vida, parte esencial de la cotidianidad, vecino responsable y propositivo, protagonista exigente de los medios de comunicación, actor fundamental de las deliberaciones más importantes para el país, votante consciente y decidido a exigir que los mandatarios que él eligió (presidente, gobierno, asambleístas, representantes locales, dirigentes sociales) cumplan su deber.
El ciudadano plural edifica una democracia participativa donde los debates, la confrontación ideológica y las resoluciones que tomen los mandantes tienen, inobjetablemente, que tomar en cuenta su opiniòn, su punto de vista, su interés, su necesidad, su urgencia, sus demandas, sus cansancios, su determinación para que los cambios estructurales tengan directa relación con lo que él anhela.
Y en esa responsabilidad corresponde que todo lo que se decida haya sido previamente deliberado.
La deliberación es la expresión más alta de la democracia. Una manera de contar con el concurso de todos los ecuatorianos en los momentos donde se toman las decisiones más relevantes y trascendentes para el futuro de la nación.
Es el ciudadano plural, la sociedad diversa, quien debe construir las leyes y la nueva constitución. El ciudadano plural no cree que la vida es blanco y negro, tiene conciencia de que un país no es libre si lo ata el pasado, camina dos pasos más adelante de los políticos y los medios, es auténtico, sincero, transparente, con altas dosis de patriotismo y ligeras porciones de ingenuidad y utopías.
El ciudadano plural quiere paz, trabajo, perspectivas, sueños. No desea concentraciones de poder, abismos entre pocos ricos y muchos pobres, sistemas intrincados de corrupción, cambios de dueños del país, persecuciones a quienes desde adentro de la tendencia discrepan con la masa.
El ciudadano plural quiere que sus derechos no se queden en el papel. Que sus responsabilidades contribuyan de manera sustancial al florecimiento del país. Que nadie se sienta rechazado, expulsado, desvinculado, marginado. Que no lo manipulen. Que lo dejen crecer, madurar, ser cada día más crítico y reflexivo. Que la felicidad sea el gran proyecto de todos, que la alegría deje atrás a los pesimistas, a los escépticos, a los mercaderes políticos de la pobreza y la angustia.
El ciudadano plural no permitirá que la Asamblea olvide quiénes y para qué la concibieron, fecundaron y parieron.