Archivos para Enero 2008

30
Ene
08

¿dos visiones del país?

Por Rubén Darío Buitrón

Desde la euforia y la pasión de sus tarimas, los líderes políticos decidieron que el país se divide en dos mitades.

En esa lógica, a todos los ecuatorianos nos toca ubicarnos detrás de una u otra visión.

¿Se trata solamente de una hábil estrategia de asesores, investigadores de mercado y expertos en “media training”? No.
Es evidente cierta voluntad de control ideológico, cierto plan de unanimismo que apunta a convertirnos en impersonales papeletas de votación, en seres sin rostro que portan carteles, banderas y pancartas, en cifras para proyecciones matemáticas, en porcentajes para encuestas, en peones de un ajedrez que niega el derecho ciudadano a decidir el destino de la nación por fuera de intereses personales, partidistas o de grupo.

En ese supuesto se esconde la tesis de que los ciudadanos comunes somos una masa de plastilina lista para asumir la forma que requiera el caudillo o el cacique.

En ese esquema no cuenta el sujeto social. No se considera el rol protagónico del ciudadano que intenta ser coherente, que no se somete a directrices partidistas, que no medra en la burocracia nacional o local, que no se beneficia directa o indirectamente del ejercicio del poder, que no aplaude desde el fanatismo o el desconocimiento, que no cree en medias verdades.

El mercadeo pre-electoral asume que el ciudadano no delibera, no debate, no tiene ideas, no reflexiona, no decide, no discierne, no construye su imaginario de país, no es capaz -desde la familia, la calle, la plaza, el barrio- de proponer su modelo de la sociedad.

Todo parece reducirse, entonces, a declaraciones y manifiestos emotivos sin sustento en la realidad.

Los abanderados de las dos visiones no nos dicen qué proyecto concreto de país tienen, qué asumen como democracia, qué proponen para un diálogo tolerante y conciliador, cómo piensan afrontar el disenso, qué cuentas rinden sobre el manejo de sus administraciones, por qué olvidan la importancia de comunicar y lo reducen todo a invertir cientos de miles de dólares en desafiantes avisos publicitarios.

En el Ecuador existen innumerables visiones de país, pero son visiones que no se toman en cuenta en los exclusivos círculos de poder y que la prensa, en su mayoría, tampoco recoge: los periodistas no las percibimos o las ignoramos porque estamos atrapados en la magnitud del discurso de quienes hemos convertido en héroes o antihéroes mediáticos.

El desafío es tomar distancia del poder. En este caso, y con mayor razón, de la supuesta dicotomía.
Mientras eso no suceda los periodistas no entenderemos la necesidad de desmontar y reinterpretar conceptos y entrelíneas del poder.
La alternativa es armar una agenda propia desde los intereses, demandas y necesidades de la gente común.
Lo otro es oficiar de voceros (conscientes o inconscientes) de la exclusión y el maniqueísmo.
23
Ene
08

la cultura del epíteto

La cultura del epíteto
Por Rubén Darío Buitrón

Ya no quedan dudas de la estrategia del presidente Rafael Correa frente a los periodistas.

Para que no hagamos contrapeso al poder político, en especial a su poder, para que no investiguemos y no profundicemos, hay que intimidarnos, amenazarnos, bajarnos la moral.
En esa línea táctica se entiende su silencio en la Plaza de la Independencia cuando un grupo de simpatizantes suyos agredió a reporteros que cubrían los actos por los veinte años de la desaparición de los hermanos Restrepo.
Pero la violencia verbal (“mediocres, ridículos, mafiosos, corruptos”), a la que recurre el Presidente para descalificarnos es apenas la epidermis.
En lo profundo se mueven el deseo de imponer la agenda a los medios y la ceguera por desconocer la necesidad de que una democracia tenga espacios de crítica y deliberación.
Alguien dirá que eso no es posible en el Ecuador porque existe cierta prensa vinculada, cómplice de corruptelas y parlante de intereses ajenos a la ética periodística.
Nunca será justo generalizar y meter a todos en el mismo saco. Aunque unos duden o minimicen sobre la capacidad de discernimiento del público, este sí valora a la prensa cuyo norte ético es servir a los ciudadanos y velar por una información honesta desde la difícil tarea cotidiana que es contar los hechos con calidad y equilibrio.
En una sociedad sin libertad crítica ningún régimen tendrá claridad para conducir el país y mirar hacia el futuro porque la omisión o la genuflexión obnubilan la visión en perspectiva que debe tener un líder.
Pero las reformas que el Presidente hizo al reglamento a la Ley de Radiodifusión y Televisión para evitar la difusión de grabaciones “que afecten la intimidad y el honor de las personas”, expedidas tras la difusión de los videos donde aparecía su amigo, el entonces ministro de Economía Ricardo Patiño, evidencian que no está dispuesto a tolerar nada que toque su círculo político íntimo, cuestione su imagen o afecte -como suele decir- la “majestad” de su poder.

Las recientes investigaciones de Conartel -brazo ejecutor del reglamento- a dos radios y al canal de televisión Ecuavisa se enmarcan en esa estrategia.
He oído a gente que aplaude a Correa por combatir a la prensa. Dicen que “ya era hora”. Y el Presidente, tan apegado a las encuestas, lo sabe y cree que así refuerza su popularidad.
Pero si todos somos iguales ante la ley resulta incoherente que el Mandatario –que encarna una esperanza de cambio y equidad- tenga libertad para poner epítetos a quienes discrepan con él mientras quienes lo cuestionan se arriesgan a burlas, sanciones o censuras.
Si como ciudadano se siente afectado por los medios, el Presidente tiene derecho a reclamar rectificaciones, pero como líder no debe imponer la cultura del epíteto.

Cuando de un lado se ejerce la libertad para descalificar y de otro hay que vencer la intimidación o la ridiculización, el poder político no solo pone en riesgo el derecho social a la crítica sino la esencia misma de la democracia
23
Ene
08

la cultura del epíteto

La cultura del epíteto
Por Rubén Darío Buitrón

Ya no quedan dudas de la estrategia del presidente Rafael Correa frente a los periodistas.

Para que no hagamos contrapeso al poder político, en especial a su poder, para que no investiguemos y no profundicemos, hay que intimidarnos, amenazarnos, bajarnos la moral.
En esa línea táctica se entiende su silencio en la Plaza de la Independencia cuando un grupo de simpatizantes suyos agredió a reporteros que cubrían los actos por los veinte años de la desaparición de los hermanos Restrepo.
Pero la violencia verbal (“mediocres, ridículos, mafiosos, corruptos”), a la que recurre el Presidente para descalificarnos es apenas la epidermis.
En lo profundo se mueven el deseo de imponer la agenda a los medios y la ceguera por desconocer la necesidad de que una democracia tenga espacios de crítica y deliberación.
Alguien dirá que eso no es posible en el Ecuador porque existe cierta prensa vinculada, cómplice de corruptelas y parlante de intereses ajenos a la ética periodística.
Nunca será justo generalizar y meter a todos en el mismo saco. Aunque unos duden o minimicen sobre la capacidad de discernimiento del público, este sí valora a la prensa cuyo norte ético es servir a los ciudadanos y velar por una información honesta desde la difícil tarea cotidiana que es contar los hechos con calidad y equilibrio.
En una sociedad sin libertad crítica ningún régimen tendrá claridad para conducir el país y mirar hacia el futuro porque la omisión o la genuflexión obnubilan la visión en perspectiva que debe tener un líder.
Pero las reformas que el Presidente hizo al reglamento a la Ley de Radiodifusión y Televisión para evitar la difusión de grabaciones “que afecten la intimidad y el honor de las personas”, expedidas tras la difusión de los videos donde aparecía su amigo, el entonces ministro de Economía Ricardo Patiño, evidencian que no está dispuesto a tolerar nada que toque su círculo político íntimo, cuestione su imagen o afecte -como suele decir- la “majestad” de su poder.

Las recientes investigaciones de Conartel -brazo ejecutor del reglamento- a dos radios y al canal de televisión Ecuavisa se enmarcan en esa estrategia.
He oído a gente que aplaude a Correa por combatir a la prensa. Dicen que “ya era hora”. Y el Presidente, tan apegado a las encuestas, lo sabe y cree que así refuerza su popularidad.
Pero si todos somos iguales ante la ley resulta incoherente que el Mandatario –que encarna una esperanza de cambio y equidad- tenga libertad para poner epítetos a quienes discrepan con él mientras quienes lo cuestionan se arriesgan a burlas, sanciones o censuras.
Si como ciudadano se siente afectado por los medios, el Presidente tiene derecho a reclamar rectificaciones, pero como líder no debe imponer la cultura del epíteto.

Cuando de un lado se ejerce la libertad para descalificar y de otro hay que vencer la intimidación o la ridiculización, el poder político no solo pone en riesgo el derecho social a la crítica sino la esencia misma de la democracia

15
Ene
08

la prensa y el poder

Por Rubén Darío Buitrón

 
El Presidente dice que los medios no representan la opinión pública.

Según él, el pasado 30 de septiembre, cuando el Gobierno ganó las elecciones para asambleístas, no solo perdió la partidocracia sino también la prensa.

Está convencido de que el periodismo perdió legitimidad porque es la expresión de las mafias políticas, el viejo poder, los líderes nefastos, los que se llevaron los recursos petroleros, los banqueros corruptos, las oligarquías mezquinas.

Y afirma, por eso, que los medios estamos del lado de las nostalgias del modelo explotador, egoísta, empobrecedor de millones de ciudadanos.

Rafael Correa es inteligente y polemista. Le gusta provocar, desafiar, retar. Pero dice medias verdades y acomoda el pasado a su estrategia de crear enemigos, ponerlos en el campo de batalla e intentar pulverizarlos.

Entre esos adversarios está la prensa. Toda la prensa. Porque para él no hay matices: el país se divide entre los que están con él y los que no están con él. Cuando escucho al Presidente recuerdo a ciertos profesores de las escuelas de periodismo ecuatorianas en los años 80.

Ensimismados en sus dogmas, encerrados en su academicismo y desconocedores de la cotidianidad, dividían a los medios (algunos aún lo hacen) en “burgueses” y “alternativos”.

Burguesa o capitalista era toda prensa que, presunta o realmente, pertenecía a los sectores de poder económico y político.

Popular o alternativa era toda prensa que, presunta o realmente, “daba voz a los que no tenían voz”, es decir, a los marginados y excluidos de aquella otra manera de hacer periodismo, la burguesa.

Los vacíos en ese análisis son patéticos: ¿quiénes somos nosotros para “conceder” o “dar voz” a la gente? ¿Por qué cuando la prensa “burguesa” da la voz a ciertos personajes está mal y por qué cuando la prensa “popular” da voz a ciertos personajes está bien? ¿Todos los periodistas que trabajamos en medios somos actores pasivos de una estrategia de poder mediático excluyente?

Y es patética, también, la falla de fondo: el periodista tiene ideología y tiene su manera de entender la existencia y la sociedad, pero su deber es acercarse a la verdad honestamente, incluso a pesar de su ideología. Esa es la dignidad, la ética, la manera de actuar de un periodista (que hay muchos) en cada medio.

¿Que la prensa perdió las elecciones el pasado 30 de septiembre? ¿Que ha cometido errores? ¿Que perdió legimitidad y no representa a la opinión pública?

El poder político sí tiene derecho a opinar de la prensa, pero no desde su creencia de que él sí representa a toda la opinión pública o a los ciudadanos y porque en su gestión hay intereses y objetivos particulares.

La prensa, con errores y fallas de perspectiva que puede tener, también tiene derecho a opinar sobre el poder político porque intenta, al menos, representar a una parte de la sociedad.

Pero sobre el poder y la prensa están los ciudadanos. Y son los ciudadanos, es decir, los afectados o beneficiados por la acción del poder o de la prensa, los más llamados a calificar o descalificar nuestro trabajo.

 

09
Ene
08

el silencio del Presidente

Por Rubén Darío Buitrón 

¿Cómo se enteró hace 20 años el estudiante universitario Rafael Correa que desaparecieron los hermanos Santiago y Andrés Restrepo?¿En dónde estaba entonces? ¿Qué temas lo obsesionaban? ¿Luchaba en las aulas universitarias contra “la larga noche neoliberal”? ¿Salió a las calles a protestar por lo ocurrido con aquellos dos niños?¿Revisaba periódicos, escuchaba radios, leía Vistazo, veía noticiarios de televisión? ¿Habrá leído el libro de la periodista Mariana Neira sobre el caso?¿Tendrá la información suficiente para entender el papel que cumplió la prensa para destapar uno de los hechos más conmovedores y crueles de los últimos treinta años de democracia?¿Llegó a conocer, si todavía estaba en el país, la profundidad, los entretejidos y los alcances sociales y jurídicos que de a poco iba alcanzando el terrible crimen contra dos inocentes?Dos décadas después, ¿qué pensó este martes 8 de enero el ahora presidente dela República mientras abrazaba a Pedro Restrepo, padre de los niños asesinados?¿Le interesaba que los ecuatorianos viéramos la imagen de un Jefe de Estado solidario y fraterno en las fotos, en las tomas y en las informaciones de prensa a las que él tanto suele despreciar?¿Habrá medido, hace veinte años o ahora, cuánto riesgo implicó para los reporteros investigar el caso y cuál fue el rol decisivo que la prensa cumplió para que se revelaran los detalles de semejante atentado a los derechos humanos?¿Se haría alguna idea, mientras pronunciaba su discurso radical en la Plaza Grande, de cuántas amenazas recibimos en aquellos tiempos los reporteros para que no publicáramos lo que lográbamos saber gracias a nuestra tenacidad y a nuestro compromiso por acercarnos a la verdad?¿Pensaría, mientras imaginaba los aplausos que vendrían después de parte de sus seguidores, cuánto debimos luchar los periodistas para que la institucionalidad policial y el poder político, tras intensos años de un trabajo responsable y dedicado, se quitaran la máscara y confesaran el crimen?¿Habrá tenido tiempo de dimensionar cuánta dedicación pusimos los periodistas para develar los secretos, mentiras y escenarios armados por la Policía para engañar al país haciéndonos creer que “solo fue un accidente”?¿Habrá aceptado, en su interior, que en el Ecuador sí existe un periodismo valiente, confrontador, profundo, decidido a informar todo lo que debe informar sin temor a la censura, las advertencias y hasta el propio miedo que los periodistas sentimos cuando asumimos el riesgo de lo que implica contar lo que tenemos que contar?Me asalta una terrible duda: si hubo esa reflexión del Presidente mientras abrazaba a Pedro, si lo escuchó decir que el caso Restrepo no hubiera conmocionado al país sin la presión y el esfuerzo ético de los periodistas para que actuara la justicia y condenara a los culpables, ¿por qué se mantuvo en silencio cuando en la Plaza Grande algunos correístas, siguiendo el libreto de su jefe, insultaban y agredían a los periodistas? 

02
Ene
08

los medios en un año decisivo

Por Rubén Darío Buitrón
Ha empezado un año difícil, complejo, duro.
En el 2008 el país vivirá intensos sobresaltos y tensiones.
La política se definirá en ciudades, calles, plazas, avenidas, carreteras.
El oficialismo y la oposición intentarán mostrar a los ecuatorianos quién tiene más legitimidad, quién tiene más base social, quién tiene mayor capacidad de movilización.
De ahí se derivará la disputa definitiva cuando el correísmo y la partidocracia, por llamarlas así, medirán su peso en los dos sufragios que se avecinan: la ratificación o el rechazo al texto constitucional y la elección de autoridades nacionales y seccionales.
En esos entornos será definitivo el rol de los medios. Pero, ojo, definitivo para los propios medios.
Hay que ser claros: en lo mediático no está en juego el futuro del país sino el futuro de la misma prensa, pues, aunque seamos una de las obsesiones presidenciales, por muchas variables el destino de los ecuatorianos ya no depende de lo que publiquemos o no.
Está comprobado que al margen de las posiciones de la prensa la gente toma sus caminos, reflexiona y resuelve por donde quiere que transite el país político (basta ver los resultados electorales de los últimos seis años).
¿Por qué? Quizás subestimamos la capacidad del ciudadano para entender los procesos sociales. Quizás minimizamos la fuerza del sentido común, la intuición y hasta las corazonadas. Quizás a la prensa y a los periodistas nos hace falta, cada vez de manera más urgente, aprender a leer los momentos y saber contarlos.
Más allá del síndrome Correa, el peligro es que si no despertamos, si no hacemos conciencia de que cometemos errores y ligerezas, si no cambiamos -no porque el Presidente nos acusa o difama, sino porque la sociedad nos lo demanda-, quedemos fuera de un proceso histórico crucial.
El peligro es que por falta de sensibilidad, apertura, olfato, percepción, análisis equilibrado de la realidad, la gente común (no el poder) empiece a buscar sus maneras de informarse, de entender, de asumir, de aprehender, de decidir. Y deje de confiar en nosotros.
¿Qué es lo que se viene? Veamos dos escenarios.
Uno: reafirmarnos como actores políticos de oposición, seguir llenando el vacío de la partidocracia, usar más adjetivos calificativos que razones, regalar espacios a opiniones interesadas y cerrarnos a los hechos, sacrificar nuestra credibilidad en defensa de nuestros prejuicios ideológicos o particulares.
Dos: acercarnos a la gente común, compartir su cotidianidad, mirar al poder (a todo el poder) desde la rendición de cuentas pero con el menor apasionamiento posible, convertirnos en lugar de encuentro de los ecuatorianos y no en campo de batalla regional o ideológico.
Por eso este año será decisivo para la prensa. No por lo que los periodistas pensamos que es la realidad, sino por la propia realidad.
La alternativa es caminar junto a la gente y contar la vida desde ella. O ir detrás, a ciegas, sin entenderla. Ahí está el detalle.