El conflicto diplomático entre Colombia y Ecuador, afortunadamente superado este viernes 7 en la Cumbre de Río gracias a la inteligente y solidaria gestión de los presidentes de la región, se veía venir.
No fue, como muchos creyeron, consecuencia de la incursión militar colombiana a la selva ecuatoriana para matar al guerrillero Raúl Reyes, una de las cabezas de las FARC.
El conflicto fue resultado de un manejo equívoco y negligente de los sucesivos gobiernos ecuatorianos frente a un problema que los mandatarios y sus gabinetes no fueron capaces de afrontar y pensar con visión estratégica.
Existe responsabilidad y una serie de graves omisiones de los regímenes que han gobernado nuestro país desde el 2000, cuando se inició la aplicación del Plan Colombia (antiterrorista y antidrogas) con apoyo de Estados Unidos. Y por esas responsabilidades deberá rendir cuentas Jamil Mahuad (el de la paz con el Perú y la entrega de la base de Manta para que empecemos a pensar en la otra frontera). Y deben rendir cuentas Gustavo Noboa, Lucio Gutiérrez, Alfredo Palacio y Rafael Correa.
Las violaciones aéreas a nuestro territorio han venido sucediendo reiteradamente al menos durante cinco años sin que, de parte de los representantes del Estado ecuatoriano existiera el manejo adecuado.
Por esas actitudes erráticas se han producido otros problemas durante los cuales tampoco se tomaron las acciones diplomáticas y militares que correspondían.
¿Cuál ha sido el impacto? Heridos, muertos, detenidos injustamente, lanzamiento de granadas y proyectiles a territorio ecuatoriano, fumigaciones unilaterales, miles de desplazados a nuestro territorio, constantes y costosos movimientos de militares y policías ecuatorianos, miles de millones de dólares en gastos operativos, falta de preparación técnica y desconcierto en las Fuerzas Armadas…
Fue una falta de interés y decisión de parte de los jefes de Estado: “Cuando las Fuerzas Armadas presentábamos evidencias claras de que el conflicto podía contagiar al Ecuador si no tomábamos acciones pacíficas pero firmes, la respuesta era que estábamos exagerando”, dice un alto oficial que estuvo cerca del proceso entre el 2000 y el 2007.
¿En qué devino todo eso? En que el errático manejo diplomático y militar de los regímenes permitió la impunidad del Ejército colombiano para actuar en nuestro territorio. En que terminado el conflicto con el Perú los mandatarios ecuatorianos descuidaron renovar sus estrategias, sus mandos, sus cuadros, su logística, sus maneras de asumir los nuevos escenarios geopolíticos regionales, muy distintos a los de los años de la litis con el vecino del sur.
Los gobiernos, desde Mahuad hasta Correa, han sido incapaces de proponer ideas creativas e intentar construir consensos que unan al país y que construyan, desde una perspectiva pluralista y amplia, una alternativa al Plan Colombia y Plan Patriota, financiados por Estados Unidos, una política de grandes objetivos de desarrollo, soberana pero concreta y no retótica ni idílica como parece pretender un sector oficialista.
Urge crecer como país. La Asamblea Constituyente todavía tiene la oportunidad de cambiar la estructura del Estado y los dirigentes políticos deben liderar el diseño de una sólida y moderna estructura jurídica, social, militar y diplomática para enfrentar los retos que puedan venir.
Ya lo dijo el canciller brasileño Oswaldo Aranha en 1941 cuando la representación de Ecuador protestó al firmar el Protocolo de Río de Janeiro y perdió la mitad de su territorio: “Vayan y digan a su país que primero se una y fortalezca. Una vez que sean fuertes, reclamen al mundo sus derechos”.
Hay que mostrar que Ecuador merece respeto, que es capaz de tomar decisiones independientes, soberanas y dignas basadas en la fortaleza de sus nuevas instituciones pero, sobre todo, en el talento y la visión de sus líderes para armar equipos de gobierno con las personas más adecuadas, honestas y capaces, y para que en el futuro los mandatarios sepan actuar, dentro y fuera, con altivez y dignidad, pero con serenidad y madurez.