Alberto Cortez, el ser humano
Por Rubén Darío Buitrón
Un ser humano. Ningún otro concepto, ningún otro adjetivo, ningún otro calificativo puede caber a la hora de definir a este espíritu gigantesco y tierno que lleva un nombre tallado para siempre en nuestros corazones: Alberto Cortez.
Un ser humano. Así de simple y así de complejo. Así de directo y así de profundo.
Un ser humano con enorme capacidad de sentir la existencia y su perfume, capaz de aprehender de la experiencia, el dolor y el regocijo de los demás con generosidad fraterna y espíritu amplio, capaz de amar hasta el olvido de sí mismo y capaz de revelarse hasta el límite más insospechado de su resistencia ideológica.
Un ser humano. Y, por tanto, un poeta. Un poeta humano como Vallejo, como Lorca, como Yupanqui, como Octavio Paz.
Un poeta humano pletórico, inundado, invadido de sensibilidades, de asombros, de solidaridades.
Un poeta que puede ver más allá de lo que todos vemos o de lo que somos incapaces de percibir, que puede construir versos e historias de los hechos aparentemente más simples, de las personas aparentemente más intrascendentes, de los sentimientos aparentemente más repetidos.
Un ser humano y un poeta. Un espíritu, un alma, un corazón, un hombre que a su paso deja sonar tambores de luz y arcoíris cuando canta las más enternecedoras cotidianidades nuestras, cuando canta esperanzas, nostalgias, melancolías, pasiones, amores, ideales, sueños, proyectos.
Un hombre, también, que a su paso deja sonar trompetas de sobra y desiertos cuando en ellas marca hondas huellas de indignación, de rabia, de ira, de hermandad consecuente y concreta, de lucha por la paz, por la tierra, por la armonía, por el consenso, por la libertad, por el ejercicio digno de la palabra, por la tolerancia, por el debate, por la deliberación, por la ternura y la lucidez y la conciencia y la valentía que tanta falta le hacen a un planeta habitado por miles de millones de seres confundidos en su patética tragedia de no encontrar los equilibrios entre el desarrollo económico, la democracia y el respeto a la naturaleza.
Es Alberto Cortez. Un poeta. Un ser humano. Un cantor continental de enormes dimensiones éticas, filosóficas y espirituales como Mercedes Sosa, Víctor Heredia, Silvio Rodríguez, Alfredo Zitarrosa, Tom Jobim, Víctor Jara…
Un cantor continental tan grande como un árbol fecundo que da sombra, que da respiro, que da oxígeno, que da cobijo, que protege, que abraza, que acurruca, que agita.
Un cantor continental dueño de una voz y un verso capaces de trepidar, de ennoblecer, estremecer, sacudirnos, golpearnos en el centro más oscuro de nuestros corazones, allí donde anidamos los egoísmos, las arrogancias, las vanidades, la mezquindad, el individualismo, las ambiciones más abyectas y sórdidas que nos impiden abrir el alma y dejar entrar urgencias, deseos, fugas, necesidades de que nuestras manos aprieten otras manos para darles consuelo, semillas, impulso, vuelo.
Es Alberto Cortez este hombre que en su más reciente libro, una joya editorial llamada Por los cuatro costados, hecha por editorial Edino y su director, Ramiro Cepeda, con la misma intensidad, la misma generosidad, el mismo cariño y la misma admiración que el poeta y cantor ha dejado sembrados por los cuatro costados del mundo y sobre todo por los cuatro costados de nuestras historias personales, de nuestros amores y desamores, de nuestras diarias batallas para impedir que la soledad y el dolor nos vuelvan extranjeros y nómadas de nosotros mismos.
Se trata de un libro imponente, tanto como su autor. Poderoso y sensible, tanto como su autor. Inspirador y sencillo, constructor y libertario, honesto y altivo, inteligente y mágico, dulce y combativo. Como su autor.
A Cortez lo llevamos en un rincón del alma. Un rincón del alma por donde pasan -iluminados y entrañables- amores desolados, perros callejeros, abuelos fundadores, miguitas de ternura, mañanas que empiezan a partir de mañana, aprendices de quijotes, amigos que se van, rosas que llegan cada día, vinos que pueden sacar cosas que el hombre se calla.
Por eso este libro que es él mismo, el mismo Alberto, el mismo Cortez, ya es mito y presencia, épica y desafío, cuerpo y pensamiento que por suma de individualidades es parte de nuestro ser colectivo, es parte de nuestra luz.
Como la vida, como cada uno de nosotros, Por los cuatro costados es inconmensurable y diverso, estética y mensaje, resonancias populares y poesía culta, banderas y referentes para tres generaciones que han amado y amarán a su poeta.
Por los cuatro costados es el norte, el sur, el este y el oeste que van marcando nuestros caminos y nuestras dudas, nuestras rutas y nuestras frustraciones, nuestras alegrías y nuestras obsesiones, nuestra implacable, tenaz e incansable lucha por hallar paisajes y escenarios donde nos encontremos de pie, vivos, encendidos, frutales, como parte de la semilla más fecunda cuya obligación, ahora más que nunca, es sembrar una nueva humanidad, un nuevo continente, un nuevo país, pero, sobre todo, un nuevo nosotros mismos.
Por los cuatro costados es sudor, redención, naufragio, luminosidad, sobrevivencia, vendimia, flor, humedales, abrazos.
Son poemas y canciones y anécdotas de Alberto Cortez y que por ser de Alberto Cortez son de todos nosotros.
Textos como soplos de aire fresco, como orates colgados de los campanarios en espera del amanecer.
Textos que marcan la piel sentimental, el pasado que no llega, el futuro que se va.
Textos que respiran y se excitan y se estremecen desde los amores decisivos y desde los amores que nunca fueron.
Textos como quietud de pájaros enamorados con las alas suspendidas en el aire.
Guayaquil, 19 de mayo del 2008