Archivos para 8/06/08

08
Jun
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la libertad, ¿castigo divino?

“El infinito en la palma de la mano”

La libertad, ¿un castigo divino?
Rubén Darío Buitrón

“El único paraíso donde es real la existencia es el del conocimiento”. Ese es el desafío que un dios llamado Elokim hace a sus criaturas: podrían quedarse para siempre en el Paraíso Terrenal y su vida sería eterna, pero nunca alcanzarán la conciencia, el saber y el entendimiento.

Pero Elokim, pese a su divinidad, a su poder absoluto, a su posibilidad de edificar y destruir, tiene sentimientos, necesidades, angustias. Sobre todo, la angustia de querer ser libre y no tener esa posibilidad porque su destino es “ir creando universos para luego dejarlos olvidados”.

Por eso inventa al hombre y a la mujer: en ellos volcará su incapacidad de elegir y construir la Historia.

Es la novela El infinito en la palma de la mano, escrita por la poeta nicaragüense Gioconda Belli y ganadora del prestigioso premio Biblioteca Breve Seix Barral 2008.
Belli propone una inédita y poética historia acerca de la creación, el Paraíso y el destino trágico de Adán y Eva.

La novela construye una sorprendente trama donde el protagonista oculto es un dios solitario que no disfruta de su autoridad, que se conflictúa con el resultado de sus diseños humanos y que en secreto anhela que los seres creados por él un día “le concedan el don del olvido y lo liberen de la soledad del poder”.

En el prólogo, Belli expresa su intención de “evocar los entretelones insospechados de ese antiguo drama, el paisaje surrealista del Paraíso y la vida de esta inocente, valiente y conmovedora pareja (…) que es la historia de cada uno de nosotros”.

Sin embargo, El infinito en la palma de la mano no es una novela religiosa, mítica o metafórica. Es una aguda reflexión sobre el poder y la libertad.

Elokim prefiere que Adán y Eva “sean tranquilos y pasivos, como el gato y el perro”. “¿Por qué? Porque, “el saber causa inquietud e inconformidad. Cuando uno conoce, deja de aceptar las cosas como son y trata de cambiarlas”.

En su deseo no hay egoísmo sino incertidumbre. Cuando crea las especies animales solo a una, la humana, entrega la libertad para decidir sobre su destino: “Elokim sabe que la Historia solo comenzará cuando usen esa libertad, tiene miedo de que la usen (…). Por eso les prohíbe que coman del árbol y decidan ser libres. Quizás la libertad no sea para ustedes”.

Elokim es libre y desde su libertad ejerce el poder. Pero si su creación está hecha a su imagen y semejanza, ¿qué lo lleva a dudar sobre la manera en que sus criaturas ejercerán la libertad?

Porque él no tiene la opción de elegir y sus creados sí. Y en la facultad de elegir va implícito el destino que escogerá la especie humana. “La Historia sería lo que Eva empezaría si comía la fruta prohibida. Elokim quería que ella decidiese si existiría o no el Paraíso. Él no quería hacerse responsable. Quería que fuese ella quien asumiera la responsabilidad”.

Elokim entrega la libertad al ser humano para que este haga lo que quiera con ella.

¿Sutilezas o castigos divinos para dejar en los hombros de los otros el peso de las consecuencias de las decisiones?

Elokim quiere saber “el destino de seres que, movidos por la libertad, se las ingeniarán para traspasar su voluntad creadora y vivir más allá de esta (…). Por eso incitó a Eva a que haga existir este mundo, un mundo de seres creándose a sí mismos y destruyéndose entre sí”.

Cuando terminemos de destruirnos quizás Elokim llore. O se maldiga. O aparezca entre los escombros con un rictus de asombro y decida nunca más entregar libertad a sus criaturas. Gracias a nuestra negligencia, será el fin del libre albedrío.