El asambleísta indígena Carlos Pilamunga está desconcertado. Interpreta el pensamiento del movimiento Pachakutik y teme lo peor: con la salida de Alberto Acosta vendrá “un paquetazo económico contra los pobres. Y avalado por la Asamblea …”.
Pilamunga fue uno de los pocos que acompañaron a Acosta en su despedida ante los medios: “Cuando empezó el Gobierno teníamos ilusiones. Ahora está claro lo que tratábamos de evitar: Correa se tomó la Asamblea”.
Ese temor lo comparten decenas de asambleístas y asesores de PAIS, quienes, en silencio, expresan su malestar con miedo, mediante mensajes celulares o correos electrónicos.
Martha Roldós lo dice sin pestañear: “La Asamblea es el órgano más alto del Estado porque fue electa legítimamente. Pero si sobre ella se sitúa el “buró político” de Correa, que tuerce la voluntad de quienes nos eligieron, estamos frente a un proceso autoritario”.
Guillermo Navarro, asesor, comparte la incertidumbre de Pilamunga. Aún cree en la “revolución ciudadana” y espera decisiones acertadas para el cambio.
No obstante, es pesimista: “el Presidente adoptó decisiones para mejorar las perspectivas electorales de PAIS, pero estas medidas, como la salida de Acosta y el mandato agrícola, están llevando a que siga en descenso la credibilidad no solo de la Asamblea, sino del propio Correa”.
La forzada “renuncia” de Acosta (por orden de Carondelet) trata de ocultar los problemas de fondo que llevaron al círculo de Correa, capitaneado por Vinicio Alvarado y Ricardo Patiño, a tomar esas decisiones.
Preocupado por el desgaste, y con la campaña por el Sí en el bolsillo, el “buró” presiona para que la Asamblea termine su trabajo el 26 de julio porque le aterra la idea de que una prolongación de los debates termine con la posibilidad de que triunfe el voto afirmativo.
Desesperaciones como esas hicieron que uno de los altos jerarcas del círculo llegara a decir que Acosta “ya los tenía hartos” con la “lentificación” del ritmo de la Asamblea.
Pero Acosta no es el problema: se reducen las remesas de los migrantes, sube el desempleo, no hay producción industrial, regresan los indocumentados de Europa, se dispara el costo de la vida…
El asambleísta Diego Borja asegura que aún tiene esperanza de que Correa “realmente signifique el cambio”, pero advierte que el mandatario está maniatado por una conspiración.
En esa línea, la salida de Acosta envía tres señales graves: la primera, el “buró político” manda en el Ecuador. La segunda, “hazte a un lado” porque queremos una constitución al galope, “con poca democracia” y mucho afán de favorecer a Interagua, a las grandes concesiones mineras, a los proyectos hidroeléctricos a dedo y a la promoción de transgénicos.
Si algo positivo ha quedado de los recientes sucesos es que el país ya tiene una certeza: Correa y su círculo son los responsables de que la supuesta construcción democrática no sea suficientemente democrática. ¿Es eso la “revolución ciudadana”?