
La escena hubiera parecido previamente estudiada: cuando Ingrid Betancourt descendió del avión militar que la devolvió a la vida del otro lado, que la recuperó para Colombia y para el mundo, un toque misterioso y tierno reforzaba el impacto y la conmoción que causó su regreso después de seis años en el infierno.
La rodeaba un halo casi divino, virginal, santificado.
Un primer plano a sus manos de dedos largos y delgados mostraba un gesto simultáneamente valiente y frágil: sostenía un rosario con un crucifijo, de toques rústicos y artesanales, quizá confeccionados durante el inhumano cautiverio por parte de las FARC.
Millones de espectadores la escuchaban atónitos, maravillados, reverentes.
Era como oír la palabra sensata, dulce y dolorosa, pero franca y contundente, de la Madre Teresa de Calcuta o de la princesa Diana de Gales.
Esas dos míticas mujeres, curiosamente desaparecidas el mismo año, estremecieron al planeta con su clamor por los más pobres y las víctimas de las minas antipersonales.
Ingrid también sacudió la opinión pública con su rostro, sus ojos, su sonrisa, su manera sencilla y profunda de invocar a los ciudadanos del mundo a sumarse a la lucha contra el secuestro y apoyar la gestión de paz en su país, que es apoyar la paz en América Latina.
Aquel día inolvidable, miércoles 2 de julio de 2008, Ingrid Betancourt entró a la memoria y el corazón de miles de millones de personas.
Pero no se quedó en el imaginario como una estrella mediática más, sino como un ícono del fin de una época y el comienzo de otra: el camino a la paz parece acortarse, los violentos pierden terreno y aquellos que no apuesten claramente por la reconciliación internacional, como el presidente colombiano, corren riesgo de quedar aislados.
Ese día, la periodista María Teresa Ronderos, editora de la revista Semana de Bogotá, en versión digital, no podía más: la demanda de información de millones de cibernautas era de tal dimensión que le tocó subir noticias cada cinco minutos.
Los medios colapsaron por las millones de visitas simultáneas. El País, un diario caleño, tuvo que abrir un blog para colgar la noticia en desarrollo.
“Estamos informando desde un blog temporal, elpais.com.co, porque todos los medios colombianos están caídos”, decía el sitio web.
Entre el asombro y la intuición, María Teresa explicaba el milagro: “Cuando Uribe está en problemas siempre se le aparece la virgencita”.
Esta vez resultó cierto. No solo para el presidente de Colombia, que logró eclipsar sus problemas, sino para un mundo cansado de violencia y que a veces le parece creer en los milagros.