22
Jul
08

la lista negra, hitler frente al espejo

Difícil olvidar aquella magistral interpretación del dictador Adolfo Hitler en La Caída, estrenada mundialmente hace cuatro años.
En abril de 1945, Adolfo Hitler, a punto de ser derrotado, estaba escondido en Berlín, en un sótano de concreto a 15 metros de profundidad.
Las batallas del frente oriental ya no ocurrían en los bosques de Rusia o en las fronteras de Polonia, sino en las calles de Berlín. El ejército soviético estaba a poquísimas cuadras de distancia de los búnkers del Führer.
Antes del estreno de esta película, la huella perversa y trágica de Hitler había sido recreada en cientos de películas hollywoodenses con el infaltable triunfalismo norteamericano.
Pero con La Caída fue la primera vez, en mucho tiempo, que el propio cine alemán se atrevió a darle rostro y voz al siniestro personaje.
Bruno Ganz, el protagonista, es un Hitler que en el filme habla alemán y pasa sus 12 últimos días acosado por la paranoia y el Parkinson.
La fuerza del lenguaje y el patetismo de las horas finales de un caudillo enredado en sus mentiras de invulnerabilidad le dan un realismo brutal a la película, sobre todo con una fuerza expresiva que conmueve al espectador.
La Caída es un hito de la cinematografía alemana contemporánea por eso, por atreverse a contar la historia desde sus propios referentes y enfrentar, con firmeza y dignidad, los fantasmas de su pasado.
Un año después apareció otra película con similar capacidad psicológica y social: La vida de los otros, filme alemán que obtuvo en el 2006 el Oscar a la Mejor cinta extranjera y que ha recibido 50 premios internacionales.
En La vida de los otros, dirigida por Florian Henckel, de nuevo es posible asistir, desde la interioridad histórica de sus víctimas, sus dolores, sus silencios, sus cómplices y sus héroes silenciosos y anónimos, a una soberbia y aleccionadora trama que muestra la crueldad, el cinismo, la irracionalidad y la omnipresencia de una represión selectiva y sofisticada que pretendía incidir sobre los detalles más trascendentes y rutinarios de la existencia de cada ciudadano.
El crítico español Javier Ocaña, del diario El País, dice que “La vida de los otros es tan entretenida como profunda. Después de la excelente película La Caída (2004), el cine alemán demuestra que sabe mirar a su historia reciente con honestidad, espíritu contradictorio, verosimilitud y capacidad de conmoción”.
Como un tríptico no planificado, pero enormemente significativo en el contexto de un mundo intelectual europeo que intenta incursionar en las raíces de una persistente y salvaje violencia belicista, aparece ahora La lista negra (Black book).
Esta vez no se trata de un director alemán sino de un cineasta holandés muy conocido en la filmografía comercial: Paul Verhoeven.
Con una carrera marcada por películas de alta taquilla y tan diversas como la sensual Bajos instintos, protagonizada por Sharon Stone, o la futurista e irónica Robocob, en La lista negra Verhoeven explora el tema de la Segunda Guerra Mundial desde la perspectiva de la resistencia, en una Holanda ocupada por los nazis a pocas semanas de que los soviéticos lleguen a Berlín.
El filme cuenta la historia de una cantante judío-holandesa (Carice van Houten), quien tras presenciar la masacre a su familia se une a la resistencia y usa su inteligencia y belleza para infiltrar a los invasores nazis.
Gracias a una minuciosa reconstrucción histórica, un guión impecable y un excepcional grupo de actores, Verhoeven logra con La lista negra un bocado de contundente excelencia.
Y algo más: en momentos políticos donde el megapoder arrasa con todo, La lista negra invita a reflexionar sobre la imposición de un pensamiento único e intolerante que desata lógicas de guerra mientras contempla su egolatría en los espejos.


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