Sus ojos asumen una mirada infantil. Detrás de sus gruesos lentes nos escucha con asombro y escepticismo hablar de la constitución y el referendo.
Es popular. Muchachas, señoras, hombres maduros se acercan a la mesa donde comemos y le piden que acceda a fotografiarse con ellas. Él sonríe y se ruboriza. En la calle lo saludan, le sugieren temas para sus programas de TV.
Cada día recibe decenas de correos electrónicos. Mayoría femenina: enamoradas, decepcionadas, amantes, suicidas, rebeldes, divorciadas, solitarias, poetas.
Nacido en el centro de Europa, culto, inteligente, agudo, parece conocerlo todo: la relación de pareja, de padre, de abuelo. La amistad, el arte, el periodismo, la música, la escritura, la paz de saber con exactitud la dimensión espiritual de quien fue, con toda certeza, la mujer de su vida.
Ha entrevistado a cientos de personajes. Ha visitado decenas de países. Tiene amigos inmensos, gigantes, profundos. Habla cuatro idiomas. Además domina el latín, conoce el griego. Ama el país, este país, que hace cinco décadas le abrió los brazos y le dijo quédate. Y él se quedó.
Se quedó en el país que lo ha marcado, que le ha dado mucho, pero que aún, a pesar de tanto tiempo de vivirlo, disfrutarlo, gozarlo y sufrirlo, no alcanza a entenderlo en un tema donde toda su sabiduría tambalea: la política ecuatoriana.
No comprende ciertas actitudes de los gobernantes, los líderes de opinión, los partidos, los medios, los periodistas (el populismo y la demagogia, su incapacidad de proponer un consenso para la construcción de una democracia madura, las opiniones y los puntos de vista carentes de elasticidad, de luz, de respeto al otro, la falta de disposición para deliberar con argumentos).
Por eso su mirada infantil y curiosa, su ansiedad por comprender las razones profundas de la beligerancia verbal de los líderes, su escepticismo cuando exige que le aclaremos qué pasará después del 28 de septiembre.
Ha leído las dos constituciones: Las compara. En la nueva ve avances en lo social, incertidumbres en lo económico, confusiones en lo político.
Percibe que en el nuevo proyecto hay buenas intenciones pero duda de la capacidad del equipo de Gobierno para ejecutarlas y teme que la oposición, aunque mínima, asuma actitudes agresivas y violentas.
Pero, del otro lado, tiene miedo que un voto masivo por el Sí fortalezca un poder inconmensurable, poco autocrítico, con tintes de excesos en el uso de la fuerza.
Mientras él plantea su teoría, del otro lado armamos escenarios e hipótesis, tratamos de equilibrar la balanza, hacemos análisis supuestamente serenos y profundos.
Pero él, que tiene 74 años y un corazón sencillo, solidario y generoso, con su acento afrancesado dice que el asunto es más simple: “Necesitamos que los mandatarios y los ciudadanos vivan y testimonien y exijan una nueva ética, una democracia con ternura social. ¿Es tan difícil entender que esa ternura importa más que la constitución vieja o nueva?”.