
¿Adónde va el periodismo?
¿Es la hora del periodismo militante en un país donde la izquierda sesentera empieza a degustar el banquete del poder?
Cuando teníamos 20 años queríamos comernos el mundo y derrumbar lo que estuviera al paso para que se instaurara la justicia social y desapareciera la pobreza. Era una actitud honesta, pero no concebíamos otra manera de hacer periodismo que hacerlo “desde la militancia”.
No importaba que escribiéramos mal, que tuviéramos faltas ortográficas, que nuestra sintaxis fuera deplorable, que atropelláramos el lenguaje. No. Lo que interesaba era que respondiéramos a esquemas ideológicos cerrados y que estuviésemos convencidos de que debíamos contrarrestar “los nefastos mensajes de los medios burgueses”.
¿El resultado? Una hoja de papel mal impresa en mimeógrafo de madera, llena de errores y horrores gramaticales pero insuflada de heroicidad.
Era lo que los buenos salvajes que pretendían controlar nuestro pensamiento solían llamar prensa alternativa. Es decir, lo contrario de prensa burguesa, concepto que aglutinaba a periódicos de circulación masiva, radiodifusoras de amplia cobertura y canales de televisión con alcance nacional (y los aglutinan de nuevo, ya que los sesenteros en el poder han vuelto “a llenar de contenido” esos viejos clichés).
Periodismo militante, según su inventor, Gabriel García Márquez, significaba estar con el pueblo, lo que implicaba convertir la pluma en la temeridad bélica del Che Guevara, el silencioso ayuno de Gandhi, el sacrificio de Jesucristo o la bondad del papa Juan XXIII. A cambio de omisiones deliberadas.
Ser garciamarquiano era, en aquel tiempo, lo “políticamente correcto” para un estudiante de periodismo, pero a cambio había que ponerse en fila para ser útil al proyecto destacando todo el patriotismo de los dirigentes revolucionarios y callando cualquioer crítica interna al proceso con un criterio de autocensura que recordaba los tiempos estalinistas.
¿Cabe hablar ahora de periodismo militante? El único periodismo que debiéramos admitir en este siglo XXI sería uno militante de la calidad, porque la coherencia del buen periodista es ser honesto, ético y democrático, no de una posición política u otra.
Así como el deber de un futbolista es depurar su técnica y saber jugar en equipo para ganar un partido y el de una bailarina es ejecutar cada paso de baile lo más perfectamente posible, la obligación del periodista es ser un excelente periodista.
¿Qué es eso?: ser riguroso, analítico, bien informado, devorador de libros, contextualizador, pluralista, sensible, responsable, preciso y de escritura clara. En la coherencia de su rigor será un convencido de su rol social y no dejará que lo mareen las tentaciones partidistas o ideológicas, sean de derecha o de izquierda.
Un país en construcción requiere espacios deliberantes, pluralistas, democráticos y equilibrados, pero lo que ahora empezamos a ver desde la prensa gobiernista es silenciamiento a la disidencia crítica, discriminación, difusión solo del pensamiento de las fuentes oficiales, estigmatización a quienes no suben al carro de la victoria, intentos de unificación del pensamiento social y un excesivo culto a la personalidad del presidente Correa.
¿No era eso, precisamente, lo que en otros tiempos tanto se criticaba de “la prensa burguesa” respecto a su vinculación con el poder? Periodismo militante, en lenguaje sesentero reencauchado, suena a revancha y a ceguera.