
Los ganadores de las elecciones del 28 de septiembre dicen que los grandes medios ya no representan a la opinión pública.
Según ellos, ese día no solo perdieron la partidocracia y “el viejo país” sino también la prensa tradicional.
Son medias verdades que se acomodan a la estrategia de un sector gobiernista de crear enemigos, ponerlos en el campo de batalla y abrirse frentes con tal de acumular poder.
Entre esos enemigos está la prensa, pero no solo la que ha incurrido en graves omisiones o vinculaciones a poderes nefastos, sino incluso aquella democrática que sí existe en los medios y cuyo pecado es no aplaudir todo lo que hacen el régimen y sus voceros.
Para ellos no hay matices, puntos medios ni autocrítica a la hora de educar políticamente en la lectura de los contenidos mediáticos.
Ensimismados en sus dogmas, los descalificadores dividen a los medios en “oligarcas” y “populares”.
”Oligarca” es toda prensa que, presuntamente, pertenece a los sectores de poder económico y político.
”Popular” es toda prensa que, presuntamente, “da voz a los que no tienen voz”, es decir, a los marginados y excluidos.
Así, se asumen como los elegidos, los destinados a cambiar la sociedad desde un discurso unilateral. Pero, ¿quiénes son ellos para “conceder espacios” o “dar voz” a la gente? ¿Por qué cuando la prensa “oligarca” da espacio a ciertos personajes está mal y por qué cuando la prensa “popular” no da espacio a ciertos personajes está bien? ¿Por qué en su sectarismo afirman a gritos que todos los periodistas que trabajamos en medios “tradicionales” somos cómplices de “un poder mediático excluyente”, en una burda simplificación de roles y procesos?
Los periodistas responsables no nos debemos a ningún partido ni cacique. Tenemos, cada uno, nuestra manera de entender la sociedad. Pero el deber ético es acercarnos a los hechos y contarlos desde la honestidad, incluso a pesar de nuestras tendencias, porque nos debemos a la ciudadanía, no al gobierno; a los lectores, no a las cúpulas; a la realidad, no a los puestos burocráticos o a los intereses particulares.
Una prensa digna y pluralista abre espacios a todos, no solo a los coidearios. La prensa “tradicional”, con todos los errores y omisiones que ha cometido, no debe ser demonizada, como no debe ser divinizada la comunicación proselitista de ningún partido hegemónico.
El periodismo independiente lucha, siempre, por mantener un nivel equilibrado y crítico frente a cualquier poder.
¿Que la prensa perdió las elecciones el 28 de septiembre? ¿Que se ha equivocado? ¿Que no representa a la opinión pública?
El ejercicio ético de la prensa solo puede ser evaluado por los ciudadanos reflexivos, serenos y vigilantes que no van detrás de los fanatismos y las arrogancias.
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