Archivos para Noviembre 2008

28
Nov
08

el día que murieron a Febres Cordero

Fotografia de Joan Vicent Cantó

Fotografía de Joan Vicent Cantó

 

No lo mataron. Lo murieron. Y el personaje ni siquiera se enteró que lo habían muerto.

Fue el canal del Estado. Era martes 25 de noviembre, al mediodía.

Pletóricos de orgullo y emocionados por el éxito de la transmisión en vivo de los discursos con los cuales los brillantes intelectuales convertidos en ministros inauguraron la bicentralista feria del libro, la televisora lanzó al aire la primicia: “De última hora debemos informarles que en la ciudad de Guayaquil ha fallecido el ingeniero León Febres Cordero Rivadeneira, ex presidente de la República y ex alcalde del Puerto Principal”.

Notable. El canal bebé asumía la mayoría de edad periodística y entraba al exclusivo mundo de la gran televisión nacional con un extraordinario dato que estremecería al país y que pondría a temblar a esa competencia a la cual el jefe máximo de los medios denominados “públicos” suele llamar, cada sábado, “prensa a la que nadie ve ni lee porque se inventa cualquier cosa, distorsiona la realidad y escandaliza solamente para ganar rating o vender más periódicos”.

El flash noticioso se alargaba. Y con razón: el presentador, con rostro adusto y severo, continuaba narrando el hecho porque, según él, el canal tenía certeza de la información “gracias a datos fidedignos acerca del fallecimiento del polémico personaje que marcó la vida política de la nación en las tres últimas décadas”.

Mientras eso ocurría desde la pantalla gobiernista, las salas de redacción de los medios, de todos los medios, empezaban a alborotarse. Repicaban los teléfonos. Hervían los celulares. Se enviaban equipos de reporteros y fotógrafos y camarógrafos a la clínica, a la casa, al cementerio.

Los departamentos de documentación y archivo se apresuraban a buscar la biografía de LFC, sus imágenes, sus momentos, sus frases, los episodios más duros de su gobierno, las denuncias en su contra, su secuestro por los comandos de Taura, su terrible persecución a la guerrilla de Alfaro Vive Carajo, sus polémico paso por el Congreso, su papel en la transformación del Puerto Principal, su Malecón 2000…

El presentador continuaba, plenamente convencido. Y convincente. “En estos momentos se están trasladando a su hogar en Urdesa los restos del que en vida fue…”.

Parecía un hecho consumado. Real. Concreto. Certero. Ningún indicio en el rostro del conductor dejaba fisura alguna para la incredulidad o la duda. Qué primicia, qué golpe a la competencia.

Ya eran las 13h30 y los noticieros tradicionales, aquellos mentirosos y corruptos, no tenían la información. Ecuador TV se anotaba el gran poroto de su historia y podía sentirse orgulloso de que su noticia había sido tan contundente que los demás no acertaban a reaccionar.

Avanzada la tarde, los medios conocieron que solo fue un irresponsable rumor de una radio también irresponsable. El informativo nocturno del canal correísta miró para otro lado como cuando no duele la viga en el ojo propio, en especial en el ojo del jefe máximo.

26
Nov
08

fabricantes de miedos

Fotografia de Claudia Rogge

Fotografía de Claudia Rogge

 

 

Si alguna contribución ha hecho el Gobierno del presidente Correa al periodismo ecuatoriano es convertirlo en blanco móvil.

Tras dos años de descalificaciones, estigmas, amenazas y burlas al trabajo de los medios, el régimen y su ágrafo ministro de las Percepciones han logrado que, a diferencia de sus fuerzas policiales intocables dedicada a “limpiar la basura social”, los periodistas nos volvamos fácilmente calumniados, fácilmente denostados, fácilmente tocables, es decir, frágiles, vulnerables y potenciales objetivos de la violencia armada escondida detrás de mil máscaras y cien rostros.

Un caso reciente es Daysi Pico, corresponsal de Diario Expreso en Manta, Manabí. Reportera todoterreno, valiente, decidida, digna y persistente, no es nueva en el oficio ni se deja sorprender por cualquier suceso que a otro llenaría de temor: a lo largo de su ejercicio profesional, ella ha vivido decenas de episodios en los que los protagonistas de sus investigaciones periodísticas han intentado enmudecer su pluma mediante sórdidas técnicas de amedrentamiento, censura o sutiles llamados a callar los gritos silenciosos de las víctimas de ese poder atrabiliario e impune.

Convencida de que parte de la rutina informativa es la agresividad de quienes se sienten perjudicados por su aguerrido trabajo, segura de que al periodista honesto la incertidumbre siempre le pasa factura, Daysi ha seguido indagando, hurgando, buscando, escribiendo sin permitir que ninguna fuerza nefasta y extraña le impida desplegar sus alas en función de revelar y denunciar situaciones que muchos preferirían mantener en secreto y para siempre.

Pero desde mayo pasado la cotidianidad de Daysi ha sufrido un cambio drástico. Aunque se mantiene firme, lúcida y resuelta a no dejar que el silencio le impida decir lo que es su deber decir, las tenazas del miedo la aprietan con fuerza. 

Tras recibir advertencias contra sus hijas y sufrir una campaña de desprestigio público, tomó la decisión de denunciar a Mauricio Montesdeoca Martinetti. “El Justiciero”, como lo identifica la Policía, es sospechoso de actuar en eliminaciones selectivas de presuntos delincuentes.

Daysi asegura que Montesdeoca la amenazó luego de que ella se negó a entregarle información y detalles adicionales a los que se publicaron en Expreso sobre distintos crímenes en la provincia.

Tras la denuncia, las autoridades policiales parecieron eficaces: le dieron seguridad por mes y medio, pero ahora la han dejado sola porque solo ellas son intocables, porque los derechos humanos son relativos y, claro, porque lo de Daysi solo era una percepción.

Ahora depende de nosotros, los periodistas, los ciudadanos, de todos los que aún tenemos la capacidad de indignarnos y levantar la voz, que Daysi siga ejerciendo su derecho a la libertad de decir.

Si triunfaran la estrategia del ministro y de los fabricantes de miedos, Daysi será tocable y el país estallará de oscuridad.

17
Nov
08

dolores

 

 

Lo tenía muy claro el maestro Kapuscinki: la única manera de hacer periodismo coherente es “sufriendo la calle”.

El mejor reportero del mundo, como lo llamaban, supo definir los pasos esenciales para que el periodista haga bien su trabajo: ir, ver, comprender, contar.

Fue eso lo que hicieron el 19 de noviembre de 2003 dos reporteros de diario El Universo: Martín Herrera y Rafael Hernández.

Aquella mañana guayaquileña cumplían su guardia muy temprano. Su misión diaria era no dejar pasar ninguna noticia que fuera relevante para los lectores.

Gracias a estos testigos excepcionales de los sucesos ocurridos dentro y fuera de la farmacia de La Alborada, la historia del periodismo ecuatoriano marcó un hito de transparencia, ética, valentía, decisión y compromiso con la realidad.

Martín y Rafael tuvieron la sensibilidad, el coraje y la rapidez intelectual para entender, en cuestión de segundos, que presenciaban un hecho que iba más allá de un rutinario operativo policial.

Martín hizo las fotos y Rafael recogió datos y testimonios decisivos de ese incidente vertiginoso.

Cuando volvieron a la sala de redacción, les quedaba mucho por preguntar y a nosotros nos quedaba mucho por aprender.

En agotadoras pero fecundas jornadas de trabajo, debatimos, discutimos, reflexionamos, revisamos cada detalle, cada fotografía.

Algo faltaba, algo no conectaba, algo no encajaba en esa extraña historia de pistolas, emboscadas y muerte.

Sin duda era la noticia del día, pero no sabíamos que teníamos en nuestras manos un caso que, con el tiempo, se volvería emblemático: con patético eufemismo, los políticos suelen llamar “inseguridad jurídica” a la violación de derechos humanos, el uso irracional de las armas policiales, el ocultamiento de evidencias, las detenciones arbitrarias, la desaparición de personas y la indiferencia del Estado.

Cinco años después, el caso Fybeca es un grave síntoma de impunidad contra los ciudadanos, más allá de los discursos y las promesas: tres viudas llamadas Dolores (Briones, Vélez y Guerra) son el símbolo de una estructura que, en el fondo, no cambia.

El mismo Kapuscinski, en referencia al espíritu solidario que debemos tener los periodistas, decía que “los cínicos no sirven para este oficio”.

Pero la intocada descomposición de la justicia en el país, que contrasta con el lirismo de la omnipresente propaganda oficial, nos obliga a extender la sentencia de Kapuscinski a funcionarios del Estado, de los organismos de control, de la Policía y de las cortes.

Al periodismo ecuatoriano se lo subestima y sataniza sin valorar, por ejemplo, que en el tratamiento del histórico caso Fybeca fue decisivo. La prensa ha cumplido su rol sufriendo la calle y mostrando que esa profunda herida en el rostro de la sociedad ecuatoriana aún provoca terribles dolores.  

La revolución ciudadana prometió un cambio drástico en la justicia. Si el Gobierno es coherente con quienes lo elegimos debería hacerlo ya, porque sin justicia no habrá revolución posible.

                                                     Ilustración: Arte digital de Giovanni Auriemma
 
 
 

 

                                                                 

 

15
Nov
08

noblemente ingenuo

Alberto Acosta y Rafael Correa. Eran otros tiempos.

Alberto Acosta y Rafael Correa. Eran otros tiempos.

El ex Presidente de la Asamblea Constituyente empieza a levantar su voz contra las violaciones a la Carta Magna por parte de los mismos que la redactaron y aprobaron.

Es el tímido destape de Alberto Acosta. Ha reaparecido, con un despliegue importante, en espacios periodísticos de alta audiencia.

Con una actitud de respeto a sus conmilitantes y cuidado en sus palabras, el asambleísta más votado de la historia critica a sus ex colegas: en una amplia entrevista con diario EL COMERCIO, el 13 de noviembre de 2008 (www.elcomercio.com), opina que el vacío judicial se debe a que en la Asamblea hubo claros intereses para meter mano a la Corte Suprema. Y da un nombre: César Rodríguez, personaje muy cercano al presidente Rafael Correa.

Durante la reciente campaña por el sí, Acosta mantuvo silencio. Pese a que ya discrepaba con ellos y a que fue la primera víctima del buró correísta, prefirió callar, según él, para “no hacer juego a la derecha” y que no se produjeran fisuras internas que perjudicaran el voto por el sí.

¿Pensó, acaso, que su silencio bastaría para que los maquiavelos del oficialismo tomaran un rumbo ético en su conducta? ¿Realmente creyó que lo echaron de Montecristi “por el bien del proceso”? ¿Fue por eso que no acompañó a Mónica Chuji en las denuncias que ella hiciera antes del referendo contra las arbitrariedades antidemocráticas del buró?

En una reciente entrevista con Radio Democracia, Acosta mostró, de nuevo, su decencia. Pese a todo, llamó “amigo” a Correa, eludió confrontar a “su otro amigo”, Fernando Cordero, y se calificó como “simple economista” cuando dijo que al no entender los atropellos y violaciones constitucionales de País es evidente que no sabe de tácticas políticas.

Cuando escucho a Alberto recuerdo las jornadas periodísticas en Montecristi como un ejercicio de asombro cotidiano para los reporteros.

Entre murmullos, con miedo a que los ojos y oídos del buró los vieran hablar con reporteros o pudieran escuchar sus llamadas telefónicas, un puñado de asesores de asambleístas de País se nos acercaba más en tono de desfogue personal que de decisiones valientes y oportunas para evitar lo que ahora ocurre.

Les parecía inconcebible que en un “bloque revolucionario” se produjeran incoherencias ideológicas, jugadas bajo la mesa, cambios de textos por manos fantasmas y votos a cambio de futuras candidaturas seccionales.

Gritaban entre susurros. Se preguntaban dónde habrá quedado la ética que debería implicar un proceso de cambios profundos.

Pero no lo hicieron en voz alta. Su justificación era, de nuevo, “no hacer juego a la derecha”. El propio Acosta fustigaba a la prensa cuando esta quería indagar más: “Ustedes hacen farándula de la política”.

Hoy, los disidentes empiezan a hablar. Y hablan libremente en los medios que tanto criticaron, porque los otros, los medios gobiernistas, no les dan espacio.

Ironías de la nobleza política. Y de la ingenuidad.

                                                                                                             Fotografía El País.com (EFE)

13
Nov
08

obama, poder y disneylandia

botas
Un estudio del prestigioso Pew Research Center afirma que durante el último tramo de campaña, la prensa escrita dedicó 57% de notas negativas a John McCain y solo 29% al candidato ganador.

Los principales periódicos financieros del mundo, Wall Street Journal y Financial Times, trabajaron por la derrota de George Bush Jr. Grandes medios como New York Times, Washington Post, Los Angeles Times, Boston Globe y Chicago Tribune también lo hicieron.

Fue tan clara su posición que tras el triunfo de Obama el escenario mediático y político estará en permanente vértigo: la ultraderecha republicana, con sus propios medios, intentará debilitar la alianza entre Barack y la prensa democrática.

Desde sus elegantes oficinas en gigantescos conglomerados de Estados Unidos y Europa, los cerebros del conservadorismo mediático se alistan para vaciar de contenido las claves sociales de Obama.

Veamos tres ejemplos: Paul McCartney felicita al ganador y lo conmina a un liderazgo humanitario mundial, pero el hecho se reduce a “la eufórica obamanía en la entrega de premios MTV”. La tenista negra Venus Williams reflexiona sobre la transcendencia histórica del triunfo gracias al camino sembrado por los mártires Martin Luther King y Malcolm X, pero la noticia se disuelve entre anécdotas deportivas. Obama confiesa que la mascota para sus hijas será “mezclada y sin pedigrí, como yo”, pero esta metáfora sociológica va a la sección Chismes.

¿Son solo formas periodísticas donde “lo interesante supera a lo importante”? No. Tras ellas se mueve la frustración de enormes estructuras industriales, militares y mediáticas que durante ocho años, a la sombra de Bush, promovieron guerras, bloquearon iniciativas ecológicas y derrocharon multimillonarios presupuestos.

Por eso es ingenuo pensar que ese omnipoder ceda fácilmente el control remoto de la historia contemporánea. Más bien hay que prepararse para mirar cómo se lo jugarán todo en el objetivo de someter a Obama.

Un arma será la Disneylandia informativa: se divierte a la audiencia, se resta peso al debate público de los temas esenciales y se genera parálisis social. El rol pedagógico de los medios se bloquea y el público pierde el sentido de su derecho a una información analítica y contextual.

El periodismo honesto puede conjurar ese peligro. Su papel ético es aportar contenidos de calidad, equilibrados y pluralistas, en beneficio de un ejercicio ciudadano reflexivo y crítico que no caiga en maniobras perversas.

Solo una prensa democrática y una sociedad civil fortalecida son capaces de levantar muros de dignidad contra la manipulación y el fanatismo.
Botas. Fotografía de Jan Neville.

11
Nov
08

la ignorancia

Fotografia de Emilio Hernández

Fotografía de Emilio Hernández

Dicen que hace muchos años que no leen periódicos, que no escuchan radio, que no ven televisión.
Dicen que todos los que escriben en los diarios, los que hablan en las radios y los que entrevistan en los programas informativos de la TV, son derechosos, mediocres, mafiosos y corruptos.
Dicen que conocen la realidad gracias a su cercanía con los movimientos sociales, a su trabajo cotidiano con la gente pobre y necesitada, a su formación política, a sus largos años en las filas de los tirapiedras, los irreverentes, los rebeldes, los antipoder, los organizadores, los provocadores, los activistas, los teóricos del marxismo.
Dicen que ahora están al mando del país los predestinados por la historia para hacer la revolución ciudadana.
Dicen que, por tanto, no caben las críticas, las dudas, los cuestionamientos, los escepticismos, las incertidumbres, la rendición de cuentas, la deliberación, el debate, el derecho a la libertad de pensamiento, a la libertad de actuar según la conciencia de cada uno y no según cómo muevan las fichas los ajedrecistas del poder.
Dicen que los periodistas traidores a la revolución y cómplices de la vieja partidocracia intentan desprestigiar al gobierno popular para recuperar el terreno perdido.
Dicen que, por eso, las noticias que pasa la prensa tradicional están llenas de mentiras.
Dicen que gracias a la revolución ya tienen medios de comunicación para hacer sus propias noticias, entrevistas y opiniones sin tomar en cuenta a los que no piensan como ellos.
Dicen que así se mantienen ideológicamente puros, ignorantes de todo lo que digan los otros.

Fotografía tomada del blog Uno de los nuestros.

05
Nov
08

corbatitas verdes

Ilustración de Vincent Hui

Ilustración de Vincent Hui

Esa mañana, Gloria ya no era la persona amable y cálida que me atendió al llegar a la hostería.

Apasionada e incansable militante de movimientos sociales en Otavalo, Gloria parecía ilusionada acerca de lo que se diría la noche anterior en el panel sobre Libertad de Prensa y Expresión, organizado por el canal de televisión local.

Pero aquella mañana, mientras yo desayunaba, percibí que Gloria evitaba acercarse y entendí que mi intervención había herido su sensibilidad política.

No me sorprendí. Los ajedrecistas encaramados en el poder manipulan los sentimientos cívicos de la gente de buena fe.

Gloria es víctima de esas fuerzas que trabajan desde lo emocional para que no tengamos más alternativa que engrosar las filas del correísmo o ganarnos el estigma de traidores.

No creo que una revolución sea eso. Peor si se autoproclama “revolución ciudadana” mientras intenta pulverizar toda expresión que desde el legítimo ejercicio de la democracia exija al Gobierno un manejo ético del poder.

Los maquiavelos de la publicidad oficial nos bombardean con el imaginario de una nación camino a una felicidad donde no cabe la autocrítica y donde se ataca a quienes se niegan a ser parte del festín. Así prefiguran una masa irreflexiva, sometida e ingenua vestida con corbatitas verdes.

Es esa masa, cegada por el discurso del oficialismo, la que condena a “la prensa oligarca” y aplaude a “la prensa pública”.

Es esa masa la que no admite que en los medios privados sí existen periodistas honestos que desde la ética y la calidad luchan por aportar a la construcción de una sociedad de ciudadanos deliberantes y cuestionadores.

En foros donde el uniformismo expresa su prejuiciado repudio a la prensa, suelo recordar las palabras de la escritora española Maruja Torres: “La grandeza del periodismo consiste en informar aunque le pese a la autoridad y aunque le acarree impopularidad entre sus lectores”.

Aquella noche cité a la autora ibérica en defensa del periodismo responsable. Y lo dije a riesgo de convertirme en una decepción para quienes en el foro defendieron con pasión el proyecto Correa y alabaron a los “medios del Estado” (?).

Respeto la opinión de Gloria y sus compañeros pero insisto que bajo el enorme peso de una atmósfera de fanatismos y descalificaciones, la prensa responsable debe mantener altivas las banderas de la dignidad, la irreverencia y el escepticismo como herramientas de pedagogía social.

La austriaca Elfriede Jelinek, Nobel de Literatura 2004, lo explica mejor: “El periodista nunca puede comprometerse con poderosos y gobernantes. Tiene que criticarlos. Es su deber y ese es el lugar del intelectual que acompaña a la sociedad con voz crítica”. Y sin corbatita verde…

03
Nov
08

periodistas partidistas

Se sienten cómodos en las verdades a medias que se dicen a sí mismos y que dicen a los demás. Aprovechan su popularidad, ‘rating’ y audiencias para justificar su hambre de pedestal y evidente narcisismo.

Argumentan que no es incoherente tener un pie en el periodismo y otro en el partido porque “cuando la patria convoca hay que ir al llamado”, pero olvidan que antes de pasar al otro lado izaban las banderas de la estricta vigilancia cívica y el debate como mecanismos para construir democracia.

Dejaron atrás el pudor, el pluralismo, el compromiso social, la fiscalización pública, honesta y equilibrada al poder. Y ahora sus zonas de confort son la curul, la burocracia internacional, la diplomacia, las asesorías ministeriales, los círculos de influencia, las argollas.

Como periodistas actúan igual a lo que critican de los comunicadores de la vieja partidocracia: son jueces y parte, voceros del cacique de turno, intolerantes con quienes no piensan como ellos.

Unos, por lo menos, se ruborizan y mantienen el perfil bajo. Otros, más avezados, justifican sus prácticas politiqueras y clientelares bajo el pretexto de que hay que sumar para ganar.

Son agudos y rotundos impugnadores del pasado, pero reverentes e inflamados conductores de espacios mediáticos donde no cabe la rendición de cuentas.
Son entrevistadores del oficialismo e intérpretes de la opinión popular, siempre y cuando esta no cuestione al poder imperante.

Son fanáticos del pensamiento uniforme, adoradores de sus tótems y ejecutores puntuales de consignas, dogmas y disposiciones que vienen desde lo alto.
Descalifican a los periodistas que ejercen la crítica, incluso a quienes encienden las alertas desde la idea de un cambio verdaderamente democrático.

Entienden la moral periodística como una plastilina que se adapta a sus percepciones según “el momento histórico concreto” y “las condiciones objetivas”.

Fingen ensordecer frente a legítimos puntos de vista y argumentos deliberantes de otros ciudadanos. Desprecian a quienes toman distancia y se alejan del banquete. Subestiman a quienes no aceptan cargos a cambio de perder el derecho a la crítica. Ríen de quienes exigen democracia desde adentro. Se burlan de quienes demandan una nueva conducta política y de quienes conminan a un ejercicio público desde la participación, no desde el pragmatismo o el cinismo.

Ironizan a quienes no se dejan seducir por el discurso unilateral. Acusan de hacer el juego derechista a quienes, según ellos, se quedaron en el periodismo no partidista, un periodismo al que estigmatizan tachándolo de sacerdotal o purista, un periodismo de la gente que aspira a un cambio real a la luz de la transparencia, el pluralismo y la coherencia ética.

Publicado en Diario El Comercio, sábado 1 de noviembre 2008

(Ilustración: “Alicia en el país de las maravillas”, por José Roosevelt. Blog Uno de los nuestros).