
Por Marco Antonio Rodriguez
escritor y presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.
Algunos teóricos posmodernos diferencian imagen de metáfora, términos que la retórica tradicional emparenta. Para estos críticos, la imagen es la construcción de una nueva realidad semántica de significados que en conjunto sugieren un sentido unívoco y a la vez distinto y extraño. La imagen es una evocación de vivencias cuyo carácter es fundamentalmente visual, pero también puede tratarse de sabores u olores, incluso puede transmitir recordaciones de gestos o espacios.
Esta reflexión vino a mi memoria al leer el reciente libro de Rubén Darío Buitrón, periodista y escritor, uno de los más lúcidos de su generación. “En el crematorio un ser inexistente / aplaude los gestos de tristeza. Desde el / fondo del salón la voz invisible toma / asiento, ironiza con las culpas, reparte / cartas a los egos, burla los mapas de cada / intento de fuga.
” ¿Poesía experimental? Hablar de ejercicios literarios, es hacerlo de preposiciones que han naufragado de una manera más o menos espléndida. Las Soledades de Góngora, el Ulises de Joyce o los postreros poemas de nuestros Gangotena o Dávila Andrade.
Chesterton sostenía que el lenguaje no es un acontecimiento científico sino artístico, “lo inventaron guerreros y cazadores y es muy anterior a la ciencia”, concluía. La palabra de Buitrón hurga en la memoria y en la desmemoria y la arranca para exhibirla como un trofeo de invasión. En cambio, Quevedo concibió el lenguaje como un instrumento lógico. Las insustancialidades o eternidades de la palabra escrita –mares iguales a transparencias, manos mimetizadas en ventiscas, ojos devenidos en astros-, le causan escozores por fáciles, pero más por ser productos mendaces.
Ni lo uno ni lo otro se da en Buitrón. Palabra suya, buida de inteligencia y oficio, decantada en inmedibles tiempos de trabajo. El texto es a ratos helado como nieves amenazantes o ardiente, igual que infiernos vividos. “Los creyentes se filtran en los muros. El /reloj corre hacia atrás. Hay un demonio / en el emisario que anuncia la redondez / del rito celestial.” Este poema ilustra mi primera aserción. “Secreta unión atada con jirones de mar. / Ya nada queda: el amor oculto cuelga de / la niebla. La piel es melancolía y la / nostalgia un gato que mira paisajes de / silencio.” Este segundo texto prueba la segunda.
Poesía de buena ley. Economía versal. Los pensamientos alojados en odres medidos. Nada de adiposidades, tampoco de verbalismo, peor de criptosidad que la mayoría de veces emboza naderías, menos el hueso solo y reluciente del epigrama. Poesía de un espíritu que con admirable y rigurosa pertinencia no ha cesado nunca de reiterar su disidencia y cuyo itinerario ha sido construido por un don que pocos poseen, la autenticidad.
En todos los espacios donde ha trabajado Rubén Darío, ha dejado huellas indelebles de talento y coherencia con su singular esencia. Lo conocí en los ochenta, en el Taller que dirigiera Miguel Donoso Pareja. A tres de ellos aposté y fueron con quienes fundé irrevocable amistad que no la ha erosionado el tiempo. Rubén Darío, Byron Rodríguez, periodista de raza y el mejor novelista de su generación, y Gustavo Garzón, quien salió de un bar en el que estábamos reunidos una noche y no volvió nunca jamás.
Los tres son parte de la cercana buena historia literaria La mosca zumba, colectivo crítico y controversial, en el cual ajustaron cuentas con algunos escritores de la generación anterior a la de ellos, que habían asumido poses de diosecillos ambulatorios y cobraron fama por su escritura folletinesca y efusiva. Literatura chatarra. Fuegos fatuos.
Si algún compromiso tienen los intelectuales (el único contrapoder del Estado) es con la palabra, pero también con la dignidad, y ésta pasa por no bajar la cerviz ante el poder, cualquier poder. Rubén Darío se ha mantenido siempre en este resbaladizo y fatigoso punto de equilibrio.
Empezó con un cuentario que no fue lo que esperábamos de su talento creador, Instrucciones para llegar al orgasmo. Relatos de corte experimentalista que demonizaban el postizaje de la sociedad de los 80. Luego ha publicado En este mundo gris lleno de ratas, poemario, Periodismo por dentro y Absurdos cotidianos, libros de incuestionable valor, en los cuales fusiona su brillante inteligencia con sus dotes de creador.
Ahora nos entrega Esencias apocalípticas. Y en este libro, Rubén Darío, el poeta, ha enriado su pensamiento en el juego, en ese azar intrépido de lo extremo, de la culminación, de la transgresión. Todo en un estilo que constriñe, que puede asombrar y alejar a la vez, por su aparente hostilidad, pero cuyas originales sustancias, fascinan y convocan al lector-lectora.
La experiencia exterior que rezuma este libro es también la de su autor, y cuando se objetiva, deja de ser una vivencia, pues no se refiere a ninguna plenitud, a ninguna presencia, sino a la imposibilidad. “Y ahora, solo falta conocer la exacta / trayectoria del disparo…”, nos dice, como si nada, Rubén Darío, en uno de sus silenciosos poemas. Porque el silencio es, quizás, lo que busca todo escritor.
• Quito-Ecuador (1942). Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.
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POEMAS
Por Rubén Darío Buitrón*
Somos nosotros este humano ausente
parado en un espejo indeciso.
Somos nosotros enfrentados a Dios que
se niega a creer que nos fabricó a su
imagen y semejanza.
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Del profeta surgió la probable
contundencia: ningún abrazo volverá
a ser el viejo campanario donde las horas
caminan de puntillas, donde un café
negro deja secar el tiempo que no queda.
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Los patriotas que empujan a los niños
Dirán que el sacrificio no lo inventaron
Abraham, Herodes o la píldora abortiva.
La bala será suficiente para separar los
Mares y limpiar los caminos del vacío.
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Cada silencio se vuelve un grito, cada
grito se vuelve un muro. La solidaridad
pierde sus audífonos. Se ha vuelto
cómplice. O tiene miedo.
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Serena, furtiva, cínica, la memoria es un
río de piedras sorprendentes.
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Alma amenazada por mediocridades y
flaquezas, ¿qué murallas y ayunos hacen
detonar la fantasía heroica? ¿Qué
epopeyas inútiles ocultan los afectos
baldíos?
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Hay una mujer que riega de flores el
agua. Hay una mujer que da sombra a los
árboles soleados. Hay una mujer que
aproxima las distancias. Hay una mujer,
pero ella no lo sabe.
*(Poemas de ‘Esencias del Apocalipsis’)