Archivos para Enero 2009

30
Ene
09

el partido

los-absolutos

“Todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”. La irónica frase de la novela “Rebelión en la granja” parece encajar, perfecta, en ciertos espacios de la política nacional.

La escribió el inglés Eric Arthur Blair, quien, bajo el seudónimo de George Orwell, dejó obras literarias fundamentales para reflexionar sobre el poder.

Publicó poco y vivió apenas 47 años, pero con “Rebelión…” y su libro más famoso, “1984”, denunció el absolutismo, la estigmatización a los críticos y la incapacidad del poderoso para escuchar lo que no quiere oír.

Como dice Rosa González en el ensayo introductorio de “Rebelión…” (Ediciones Destino, 2004), hablar de las épocas orwellianas es “evocar los temas más nocivos y siniestros de cualquier régimen absolutista”.

Orwell, abiertamente ligado a las ideas de izquierda y comprometido en su trabajo con los más pobres, soñaba con la construcción de una sociedad profundamente equitativa. Soñaba con que ningún ciudadano fuese inferior a otro. Idealista y utópico, creía que es posible armar un proyecto político desde el debate plural, desde el respeto al que piensa diferente, desde la capacidad de entender al otro, desde el no tener vergüenza de rectificar.

Por eso se fue a España a luchar junto a los militantes antifascistas en la guerra civil, pero pronto descubrió otras realidades: “La historia se escribía no en función de lo que ocurría sino lo que debía haber ocurrido, según la línea del Partido”.

Preocupado por el creciente desprecio a la verdad, Orwell fue testigo de la configuración de un mundo de pesadilla: “El Dirigente controla no solo el futuro sino el pasado. Si el Dirigente dice que aquello no ocurrió, pues no ocurrió. Y si dice que dos más dos son cinco, pues, bueno, serán cinco”.

Golpeado por la fuerza de los hechos –cuenta González-, “a partir de aquella experiencia el objetivo de Orwell será denunciar los absolutismos como sistemas político-sociales repudiables, indistintamente de que sean de derecha o de izquierda”.

George Orwell sostenía que los intelectuales “solo permanecen íntegros si se mantienen al margen de los grupos políticos”. Desconfiaba de la tesis del partido único y detestaba a ciertos ideólogos, a quienes llamaba “bolcheviques de salón”.

Llegó a aborrecer las estructuras caudillistas, dogmáticas, inflexibles. Advertía que todo poder concentrador tuerce la verdad histórica para imponer conductas y denunciaba que las formas de control social más nefastas son la persuasión psicológica y la manipulación de mensajes para sembrar miedo.

Contra el absolutismo y la censura, “Rebelión en la granja” reafirma un valor irrenunciable: “Libertad es el derecho de decirle a la gente lo que no quiere oír”.

22
Ene
09

tan transparentes…

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Eficientes, austeros, transparentes. Así se promocionan en las cuñas que difunden en los medios a los cuales estigmatizan y, sin embargo, usan como puentes para inundar de medias verdades a sus clientes electorales.
Tan eficientes que no fueron capaces de diseñar un cuestionario apropiado para calificar los conocimientos de los aspirantes y optaron por un paquete de preguntas “ridículo y ofensivo”, como aseguró Juan Cueva Jaramillo, quien quedó fuera del concurso.
Tan austeros que eligieron el largo feriado de diciembre para que los postulantes presentasen sus documentos, quizás con la esperanza de que solo acudieran los militantes, los obedientes, los que no cuestionan.
Tan transparentes que “el proceso para la selección de vocales del Consejo de Participación Ciudadana es ilegítimo, ilegal e inconstitucional”, como denunciaron dos de los 24 mejor puntuados, Pablo Sarzosa y Catalina Carpio, quienes renunciaron a sus candidaturas para no avalar el oscuro proceso.
Tan eficientes que no tuvieron la sensibilidad y la ética para impedir “la cadena sistemática de ilegalidades, vicios y omisiones” del método poco democrático.
Tan austeros que para no perder su tiempo decidieron ignorar las quejas de quienes advirtieron inconsistencias y violaciones al principio de seguridad jurídica y al derecho a la igualdad.
Tan transparentes que con arrogancia y prepotencia despreciaron los reclamos de los perjudicados y usaron aritmética básica para decir que “24 menos 2 son 22 y como tenemos que presentar 14 nombres, no hay ningún problema y no pasa absolutamente nada”.
Tan eficientes que un mes después de vencido el plazo establecido en el Régimen de Transición, aún no lograban conformar el organismo cuya creación no fue resultado de un debate profundo sino del apuro por aprobar la nueva constitución.
Tan austeros que aún no han podido dejar claro cómo se contrató a la empresa encargada del procesamiento de datos de los aspirantes.
Tan transparentes que a ciertos veedores y ciudadanos no les permitieron el acceso a las audiencias donde se desarrollaron las impugnaciones.
Tan eficientes que el propio vicepresidente de la comisión, Carlos Pilamunga (Pachakutik), se negó a firmar la aprobación del proceso porque, según él, no quiso “cargar ese muerto”.
Tan austeros que negaron toda posibilidad de armar una nueva convocatoria que hubiera permitido corregir errores.
Tan transparentes que despreciaron las denuncias ciudadanas bajo el argumento de que “cualquier crítica al proceso es una crítica a la revolución”, porque en tiempos de intolerancias está vigente la muletilla de moda: no hacerle el juego a la derecha.

18
Ene
09

esencias del apocalipsis

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Por Marco Antonio Rodriguez
escritor y presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Algunos teóricos posmodernos diferencian imagen de metáfora, términos que la retórica tradicional emparenta. Para estos críticos, la imagen es la construcción de una nueva realidad semántica de significados que en conjunto sugieren un sentido unívoco y a la vez distinto y extraño. La imagen es una evocación de vivencias cuyo carácter es fundamentalmente visual, pero también puede tratarse de sabores u olores, incluso puede transmitir recordaciones de gestos o espacios.

Esta reflexión vino a mi memoria al leer el reciente libro de Rubén Darío Buitrón, periodista y escritor, uno de los más lúcidos de su generación. “En el crematorio un ser inexistente / aplaude los gestos de tristeza. Desde el / fondo del salón la voz invisible toma / asiento, ironiza con las culpas, reparte / cartas a los egos, burla los mapas de cada / intento de fuga.

” ¿Poesía experimental? Hablar de ejercicios literarios, es hacerlo de preposiciones que han naufragado de una manera más o menos espléndida. Las Soledades de Góngora, el Ulises de Joyce o los postreros poemas de nuestros Gangotena o Dávila Andrade.

Chesterton sostenía que el lenguaje no es un acontecimiento científico sino artístico, “lo inventaron guerreros y cazadores y es muy anterior a la ciencia”, concluía. La palabra de Buitrón hurga en la memoria y en la desmemoria y la arranca para exhibirla como un trofeo de invasión. En cambio, Quevedo concibió el lenguaje como un instrumento lógico. Las insustancialidades o eternidades de la palabra escrita –mares iguales a transparencias, manos mimetizadas en ventiscas, ojos devenidos en astros-, le causan escozores por fáciles, pero más por ser productos mendaces.

Ni lo uno ni lo otro se da en Buitrón. Palabra suya, buida de inteligencia y oficio, decantada en inmedibles tiempos de trabajo. El texto es a ratos helado como nieves amenazantes o ardiente, igual que infiernos vividos. “Los creyentes se filtran en los muros. El /reloj corre hacia atrás. Hay un demonio / en el emisario que anuncia la redondez / del rito celestial.” Este poema ilustra mi primera aserción. “Secreta unión atada con jirones de mar. / Ya nada queda: el amor oculto cuelga de / la niebla. La piel es melancolía y la / nostalgia un gato que mira paisajes de / silencio.” Este segundo texto prueba la segunda.

Poesía de buena ley. Economía versal. Los pensamientos alojados en odres medidos. Nada de adiposidades, tampoco de verbalismo, peor de criptosidad que la mayoría de veces emboza naderías, menos el hueso solo y reluciente del epigrama. Poesía de un espíritu que con admirable y rigurosa pertinencia no ha cesado nunca de reiterar su disidencia y cuyo itinerario ha sido construido por un don que pocos poseen, la autenticidad.

En todos los espacios donde ha trabajado Rubén Darío, ha dejado huellas indelebles de talento y coherencia con su singular esencia. Lo conocí en los ochenta, en el Taller que dirigiera Miguel Donoso Pareja. A tres de ellos aposté y fueron con quienes fundé irrevocable amistad que no la ha erosionado el tiempo. Rubén Darío, Byron Rodríguez, periodista de raza y el mejor novelista de su generación, y Gustavo Garzón, quien salió de un bar en el que estábamos reunidos una noche y no volvió nunca jamás.

Los tres son parte de la cercana buena historia literaria La mosca zumba, colectivo crítico y controversial, en el cual ajustaron cuentas con algunos escritores de la generación anterior a la de ellos, que habían asumido poses de diosecillos ambulatorios y cobraron fama por su escritura folletinesca y efusiva. Literatura chatarra. Fuegos fatuos.

Si algún compromiso tienen los intelectuales (el único contrapoder del Estado) es con la palabra, pero también con la dignidad, y ésta pasa por no bajar la cerviz ante el poder, cualquier poder. Rubén Darío se ha mantenido siempre en este resbaladizo y fatigoso punto de equilibrio.

Empezó con un cuentario que no fue lo que esperábamos de su talento creador, Instrucciones para llegar al orgasmo. Relatos de corte experimentalista que demonizaban el postizaje de la sociedad de los 80. Luego ha publicado En este mundo gris lleno de ratas, poemario, Periodismo por dentro y Absurdos cotidianos, libros de incuestionable valor, en los cuales fusiona su brillante inteligencia con sus dotes de creador.

Ahora nos entrega Esencias apocalípticas. Y en este libro, Rubén Darío, el poeta, ha enriado su pensamiento en el juego, en ese azar intrépido de lo extremo, de la culminación, de la transgresión. Todo en un estilo que constriñe, que puede asombrar y alejar a la vez, por su aparente hostilidad, pero cuyas originales sustancias, fascinan y convocan al lector-lectora.

La experiencia exterior que rezuma este libro es también la de su autor, y cuando se objetiva, deja de ser una vivencia, pues no se refiere a ninguna plenitud, a ninguna presencia, sino a la imposibilidad. “Y ahora, solo falta conocer la exacta / trayectoria del disparo…”, nos dice, como si nada, Rubén Darío, en uno de sus silenciosos poemas. Porque el silencio es, quizás, lo que busca todo escritor.

• Quito-Ecuador (1942). Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

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POEMAS

Por Rubén Darío Buitrón*

Somos nosotros este humano ausente
parado en un espejo indeciso.
Somos nosotros enfrentados a Dios que
se niega a creer que nos fabricó a su
imagen y semejanza.

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Del profeta surgió la probable
contundencia: ningún abrazo volverá
a ser el viejo campanario donde las horas
caminan de puntillas, donde un café
negro deja secar el tiempo que no queda.

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Los patriotas que empujan a los niños
Dirán que el sacrificio no lo inventaron
Abraham, Herodes o la píldora abortiva.
La bala será suficiente para separar los
Mares y limpiar los caminos del vacío.

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Cada silencio se vuelve un grito, cada
grito se vuelve un muro. La solidaridad
pierde sus audífonos. Se ha vuelto
cómplice. O tiene miedo.

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Serena, furtiva, cínica, la memoria es un
río de piedras sorprendentes.

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Alma amenazada por mediocridades y
flaquezas, ¿qué murallas y ayunos hacen
detonar la fantasía heroica? ¿Qué
epopeyas inútiles ocultan los afectos
baldíos?

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Hay una mujer que riega de flores el
agua. Hay una mujer que da sombra a los
árboles soleados. Hay una mujer que
aproxima las distancias. Hay una mujer,
pero ella no lo sabe.

*(Poemas de ‘Esencias del Apocalipsis’)

16
Ene
09

periodismo burgués

Ahora que estuvo en Cuba, señor Presidente, quiero contarle la historia de Yoani Sánchez.
Quizás le informaron sobre los enemigos burgueses . Y en esa lista, probablemente, estará Yoani. ¿La ubica? Es filóloga, de 35 años, y vive en La Habana.
¿Sabe usted a qué se dedica? ¿Imagina su presunto delito? Sí, lo adivinó: es periodista.
No estudió Comunicación Social y no trabaja en ningún medio (porque si quisiera hacerlo tendría que ser militante del Partido y porque los medios en Cuba son gobiernistas, es decir, no hacen periodismo sino propaganda).
Entonces, pensará usted, ¿cómo me dicen que es periodista si no estuvo entre quienes me entrevistaron durante la gira?
Porque sí es posible hacer periodismo desde la crítica. Sí es posible hacerlo desde el pensamiento independiente. Sí es posible hacerlo lejos del poder.
Entre carencias materiales, supervivencia y represión intelectual, Yoani abrió un ‘blog’ mientras buscaba la manera de redondear sus ingresos dictando clases de español a extranjeros.
¿Sabe cómo se llama el ‘blog’? Generación Y. Se trata, señor Presidente, de un espacio de libertad -equivocado o no- en medio del silenciamiento generalizado, en medio de las fisuras del pensamiento uniforme.
Debería leerlo, señor Presidente. Así se enteraría que en Cuba, un país golpeado por el bloqueo estadounidense, existen limitaciones para acceder a la Red. Se enteraría que en Cuba hay periodistas presos. Se enteraría que en Cuba solo tienen autorización para salir y entrar del país los que tienen la “hoja limpia”, es decir, los sumisos al poder.
En mayo de 2008, Yoani ganó el premio de periodismo Ortega y Gasset. El Gobierno cubano no le permitió viajar a España para recibir el galardón.
Eso no la amedrentó. Pese a que en Cuba el acceso a Internet está restringido políticamente, ella sigue escribiendo y su ‘blog’ recibe miles de visitas. Los jóvenes desafían el control del Partido para entrar secretamente al sitio y compartir angustias y rebeldías.
Su frontal manera de denunciar al Gobierno sin dejar de amar a su país (porque gobierno y país son dos cosas distintas) ha convertido a Yoani en referente de su generación.
Debió haber conversado con ella, señor Presidente. Habría visto el rostro de la dignidad, habría conocido a una mujer perseguida y vigilada que camina por las calles de La Habana cargando un rústico ‘memory flash’ en busca de una conexión clandestina.
Así es el periodismo, señor Presidente. El periodismo que usted, desde el discurso retro y unilateral, llama “enemigo burgués de la revolución”. El periodismo que no hace reverencias. El periodismo que hace periodismo, duélale a quien le duela.

10
Ene
09

periodismo en guerra

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La manera en que haces tu trabajo determina la forma en que la gente comprende la realidad”. Lo dice James Natchwey, uno de los más importantes reporteros gráficos del mundo.

La propuesta de Natchwey se expresa en el famoso documental “Fotógrafo de guerra”, estremecedor filme donde el periodista reflexiona sobre la importancia de contar responsablemente la historia presente y mantener viva la memoria social.

Natchwey, nacido en Estados Unidos en 1948, es testigo de su tiempo. Solitario, vagabundo, con altísima sensibilidad social y un elevado manejo de la ética, es el Kapuscinski de la fotografía.

Ha vivido de cerca, incluso a riesgo de su vida, las trágicas experiencias fratricidas en Kosovo y Bosnia. Ha estado en Indonesia registrando el espeluznante abismo entre la arrogante riqueza y la más dramática miseria. Ha documentado el interminable e infernal conflicto en Oriente Medio.

Como Kapuscinski, vivió en África. Registró la irracional matanza de millones de personas en Ruanda y el avance apocalíptico del sida en las regiones más pobres de ese continente.

“El periodista debe ser humano, con sentido social profundo”, dice Natchwey. Y lo muestra en su práctica cotidiana: sus fotografías revelan que la realidad no es como la disfrazan, sino como es. Revelan cómo algunos periodistas no alcanzan a entender o deciden ignorar el dolor, el sufrimiento, las guerras, el hambre, la contaminación. Enseñan que el periodismo debe situarse lejos del poder y ejercer el rol de contradictor, cuestionador, sembrador de dudas.

“Si a Vietnam no hubieran ido fotógrafos y periodistas honestos nunca se habría conocido el horror que se vivió allí”, sentencia Natchwey: esta reflexión lo llevó a decidir que su vida sería contar los hechos más dolorosos del mundo.

Vivir, sentir, oler, escuchar, compartir. Natchwey no comprende cómo el periodista elude la realidad o no sabe contarla: “Si el periodista no lleva en su cabeza la biblioteca del sufrimiento es parte de una profesión enferma, a la que no le importa lo que ocurre más allá de sus narices”.

Natchwey clama porque acabemos con la indiferencia, porque nuestro trabajo sirva para que la gente reaccione, no pueda dormir, actúe.

Cuando los fanatismos enceguecen, cuando la tolerancia pierde el rumbo, cuando asistimos impotentes a la tragedia en Gaza, cuando niños inocentes mueren bajo sofisticados misiles lanzados por la desproporción, es hora de preguntarnos cuál es nuestro deber frente a la urgencia de construir una paz basada en la justicia.

“La manera en que haces tu trabajo determina la forma en que la gente comprende la realidad”. El periodismo hecho con ética es el único que tiene sentido.