Archivos para Abril 2009

28
Abr
09

Pensar, una misión del periodismo

tomas-eloy-martinezTomás Eloy Martínez, periodista y escritor argentino    

LA NACION

“Pensar y enriquecer la lengua para comunicar mejor.” La esencia del periodismo nunca se pierde, y el desafío sigue intacto: estimular el pensamiento del lector.

Así lo expresó ayer a LA NACION el periodista y escritor Tomás Eloy Martínez, luego de sumar un eslabón más en su vida profesional: el diario madrileño El País le otorgó, por su trayectoria, el Premio Ortega y Gasset de Periodismo, que desde hace 26 años distingue trabajos publicados en español en cualquier país del mundo.

El jurado destacó a Martínez como un “maestro de periodistas, que ha ejercido el oficio en circunstancias difíciles para su país y ha marcado con su excelencia una de las más brillantes carreras del periodismo en lengua castellana”.

Más de 50 años reúne su trayectoria periodística, desde sus comienzos en La Gaceta , de su Tucumán natal, sus primeras críticas de cine en LA NACION y su participación en Primera Plana y La Opinión , hasta los tiempos más recientes, como columnista de El País , The New York Times y LA NACION , además de su consagrada dedicación a la novela y al ensayo. E

l filósofo y académico español Emilio Lledó presidió el jurado que premió a Tomás Eloy Martínez. Lo integraron, entre otros, los directores que tuvo El País desde su fundación: Juan Luis Cebrián, Joaquín Estefanía, Jesús Ceberio y Javier Moreno, con Juan Cruz como secretario.

“El nombre de Ortega tiene una especial resonancia”, reflexionó ayer Martínez, en referencia al premio. “Ortega nos enseñó a pensar. Fue un maestro del pensamiento. Nos enseñó a vernos sin complacencia. A eso tiende el periodismo”, resumió.

Valoró especialmente las enseñanzas del filósofo español: “Venía del otro lado del mundo y nos dio una lección de la necesidad del diálogo, desde su curiosidad, desapasionamiento y capacidad de asombro, con armonía y una calidad de escritor notable”.

En contraste con la capacidad de asombro y la curiosidad que animaban a Ortega, Tomás Eloy Martínez percibe hoy en los medios “cierta ligereza en el tratamiento de algunos temas, déficits en la investigación, a pesar de que el periodismo contemporáneo corre con ventajas, porque todas las herramientas están dadas en Internet”. Y añade que se necesita conocer muy a fondo los temas que se investigan.

Frente al futuro, dijo: “El rumbo es el periodismo de calidad, consciente de su responsabilidad cívica y moral y del lector al cual se dirige. No existe una sola verdad. Hay múltiples verdades; tantas como seres humanos”.

Puso el ejemplo de Lugo y su múltiple paternidad, que da para muchas preguntas. “Marca un problema ético, con respuestas múltiples. Se emparienta con las multas que tuvo que pagar la Iglesia por escándalos sexuales en EE. UU. y con el caso Clinton, aunque su índole no es religiosa.”

La ética y el respeto a la privacidad son un límite para el tratamiento periodístico de estos casos. “Pero depende de qué transgresión se trate. En cuanto a ciudadano, lo de Lugo se puede cuestionar o no, pero en su función de obispo o presidente, es distinto”, advirtió.

No creo que el periodismo sea hoy mejor o peor. Hacen falta recursos e imaginación para enfrentar los desafíos de los nuevos lenguajes y de Internet”, precisó.

Martínez afirmó que hay países donde la prensa va por ese camino. “Sucede en Inglaterra, donde nació el periodismo moderno, con The Guardian, The Independent y Times de Londres. En Estados Unidos, la batalla es más compleja. Hay revistas como The New Yorker, con un enorme peso de pensamiento. Ahí está la reserva mejor del periodismo: estimular al lector a pensar, hacer un diálogo virtual, explicarle lo que pasa”, dijo.

“Lo más valioso de Primera Plana fue el proyecto cultural. Modificó la manera de ver la realidad. La hacíamos con absoluta independencia”, dijo Martínez, al recordar especialmente el aporte de Ernesto Schoo, Norberto Firpo y Hugo Gambini, entre otros jóvenes de entonces.

Y afirmó: “Así como los buenos gobiernos persisten en la memoria por su relación con la cultura (casos Lula, Bachelet, Betancour, Felipe Calderón) hace falta un periodismo culto, no panfletario. Para eso se necesitan personas cultas. El amor por la cultura sólo nace en la gente culta y se irradia al país”.

“¿Y en la Argentina ?”, fue la pregunta obligada. “Lo tuvimos con los gobiernos de Mitre y Sarmiento.” La última consulta fue si el público demanda un periodismo de calidad. “Hay una gran diversificación de lectores. Un público espera frivolidad, escándalo, entretenimiento. Pero se entretiene mal, con lo ligero, lo fácil. Otro público es más inteligente y busca la información exhaustiva, lo que mejor lo enriquece”, concluyó.

25
Abr
09

la esencia del oficio

la-esencia-del-oficio

“En cinco años todavía existirán periódicos impresos. Dentro de una década, si se hacen bien las cosas, probablemente sí. En 15 años, no estoy seguro de que sigan existiendo como ahora los conocemos. Lo único seguro es que los diarios sobrevivirán en la medida en que los periodistas luchemos para que existan”.

La reflexión la hace el periodista español José Luis Cebrián, ex director de El País de Madrid, un monstruo mediático que no ha podido escapar de la doble crisis que viven los más importantes diarios en el mundo: por un lado los amenazan los graves problemas económicos y, por otro, la paulatina pero consistente pérdida de lectores.

El maremoto financiero arrasa con centenares de empresas periodísticas. En América Latina, Estados Unidos y Europa, decenas de medios intentan sobrevivir optando por reducir el número de páginas, bajar el número de empleados, cambiar su frecuencia diaria a semanal, quincenal o mensual, repensar sus estrategias de mercadeo y aspirar a que la crisis no dure demasiado.

“El enorme crecimiento de los diarios en el siglo pasado se debió a la capacidad de comunicar –dice el investigador mediático Víctor Contreras-. Hasta hace poco tiempo no había mejor manera para enterarse de la vida. Los periódicos eran la biblia de la democracia, pero sus lectores y sus agendas han venido envejeciendo: ahora los jóvenes disfrutan su tiempo entre pantallas y teclados y los diarios van dejando de ser los espacios exclusivos para el debate social y los únicos proveedores informativos”.

Los graves conflictos financieros, por tanto, son solo una parte del problema: la otra –más grave- parece ser su incapacidad de reinvención.

Internet está transformando la manera en que las personas se informan, se comunican, se enteran de los hechos, conocen lo que está de moda, acceden a ofertas de productos, hacen amigos, deliberan sobre los temas más diversos, hacen sus propias agendas noticiosas.

¿Cuáles son las consecuencias de esta revolución digital para los diarios tradicionales? El mundo asiste al despertar de un ciudadano crítico y muy enterado, que no pide más información (porque ya la tiene) sino mejor información: rigurosa, precisa y apegada a los hechos y, sobre todo, analítica e investigativa, una prensa cuyo rol social sea dar luces para que los ciudadanos tomen decisiones.

En un reciente taller de periodismo, una preocupada reportera preguntaba cuáles son los derroteros del oficio. Otra consultó qué deberíamos hacer para salvarnos.

Muchos viven esa angustia y no encuentran respuesta, pero no queda otro camino que ser consecuentes con la esencia del oficio: hay que ponerse en los zapatos de la gente y contar sus historias. Como decía el dramaturgo  Arthur Miller, “un diario es una sociedad hablándose a sí misma”.

25
Abr
09

lo que se viene

 

lo-que-se-viene

Cuando escucho que algunos maestros todavía enseñan que el buen periodista debe ser ‘objetivo, veraz e imparcial’, pienso en cuánto daño nos hacen los mitos, los lemas, las fórmulas, los esquemas mentales, la incapacidad de reflexionar acerca de nuestras presuntas certezas.

¿Cómo un periodista puede ser ‘objetivo, veraz e imparcial’ si su cotidianidad está marcada por su ideología, su historia personal, sus sentimientos, su manera de entender el mundo, sus creencias religiosas, sus hábitos, sus prejuicios, sus miedos, sus defectos?

Los seres humanos vivimos atravesados y obstaculizados por enormes limitaciones, percepciones, taras, bloqueos mentales, subjetividades, estigmas. Y los periodistas somos seres humanos, tan simples y tan complejos como cualquier persona.

¿No será que la sociedad espera demasiado de nosotros? ¿No será que la sociedad no alcanza a entender que los periodistas no somos más que eso, periodistas, y no sacerdotes, ni jueces, ni investigadores privados, ni fiscales, ni consejeros matrimoniales, ni tramitadores de obras públicas, ni héroes contrarrevolucionarios ni soldados de la revolución?

No creo en los periodistas que se alinean, se ponen el uniforme y agachan la cabeza para convertirse en ‘intelectuales orgánicos’. Que lo hagan es su decisión y su derecho en una sociedad democrática, y, quizás, es una actitud coherente con su ética y su ideología, pero que no digan que son periodistas porque dejan de serlo cuando su palabra y oficio se ponen al servicio del poder político, cuando pierden la criticidad, cuando callan frente a los atropellos a sus colegas, cuando miran a otro lado para no admitir que los medios donde trabajan (ahora del Gobierno) son tan vinculados y mediocres como esos mismos medios lo fueron en tiempos de los banqueros corruptos.

Tampoco creo en los periodistas que se alinean, se ponen el uniforme y agachan la cabeza para convertirse en voceros del ‘otro lado’. Igual que los ‘intelectuales orgánicos’, tienen derecho de hacerlo en una sociedad democrática, pero dejan de ser periodistas si su mirada de los hechos está velada por dogmas, fundamentalismos, intereses personales o apasionadas vocerías del poder tradicional amenazado por el nuevo poder.

A las puertas de un nuevo período del Gobierno que entiende el periodismo como venia y sumisión al poder superior, como una máquina reproductora de gestos y palabras del poder superior, como una herramienta para silenciar a los objetores, como un espacio para imponer ideas, no cabe lo ‘objetivo, veraz e imparcial’.

Cabe, simplemente, ser periodistas, es decir, equilibrados, precisos, justos, serenos y ajustados a los hechos. Es decir, pedagógicos, profundos, críticos y valientes. Periodistas que en los próximos cuatro años serán un factor decisivo en la medida que su trabajo no le convenga al poder, sino al país.

14
Abr
09

fujiperiodismo

 fujiperiodismo

Si no controlamos los medios no controlamos nada”, decía Vladimiro Montesinos a sus interlocutores en uno de los videos que marcaron el principio del fin de la larga dictadura democrática de Alberto Fujimori en Perú.

La frase del poderoso Montesinos resume lo que fue una de las épocas trágicas y heroicas para el periodismo de América Latina. El control a los medios fue una de las obsesiones de quien necesitaba una prensa dócil para su proyecto de gobernar 20 años y convertirse en una suerte de emperador de su país.

Fujimori impuso la agenda social manipulando la opinión pública. No tuvo políticas institucionales para comunicarse con la prensa, sino que diseñó una estructura de ‘redes populares’ del Gobierno para silenciar progresivamente al periodismo crítico.

Nunca hizo rendición de cuentas frente a una audiencia deliberante: presentaba informes de gestión en cadenas de televisión donde aparecía solo y arrogante, sin periodistas que se atrevieran a cuestionarlo.

Llegó a controlar centenares de periódicos, radios y canales de televisión mediante la intimidación tributaria, pactó con empresarios de la comunicación a cambio de millonarias sumas de dinero y apoyó financieramente el aparecimiento de tabloides sensacionalistas como El Bocón y El Chino a cambio de un periodismo cómplice.

Con todo el poder en sus manos, calló a sus detractores, confiscó canales de televisión, debilitó la opinión pública, desprestigió a la oposición, dio golpes mediáticos al terrorismo y ejerció un gobierno prepotente y abusivo.

En un entorno de impunidad y derroche, el fujiperiodismo vivió años de esplendor. El dictador demócrata viajaba por el mundo acompañado de un grupo de reporteras conocidas como ‘las geishas’ por su fanatismo, encantamiento y sumisión.

Tras una década en el poder, Fujimori parecía invencible. Las políticas antipobreza y el conflicto con Ecuador lo mantenían con un voto duro de 50% en los sectores más pobres. Para el año 2000, mientras el periódico El Chato titulaba “Fujimori a la reelección para que Perú no vuelva al pasado”, poquísimos periodistas se jugaban la vida con sus investigaciones.

Pero el tesón pudo más. La resistencia de una prensa honesta y valiente, en especial del diario La República, logró revelar graves hechos de corrupción y violaciones a los derechos humanos. La sociedad volvió a creer en el buen periodismo, rechazó a los medios gobiernistas, se lanzó a las calles y derrumbó el proyecto imperial.

La sentencia de 25 años de prisión contra Fujimori también es una condena moral a la prensa fanatizada, reverencial y complaciente con el gobierno de turno.

El ejemplo de Perú es esperanzador para América Latina.

07
Abr
09

la real amenaza a los periodistas

 

 

POR SAUL PIMENTEL*

 

 

 

 

*EL AUTOR es periodista, director de ALMOMENTO.NET
 
 
Permanentemente se está hablando de los “retos” y “agresiones” que tienen ante sí los comunicadores, pero nadie ha puesto el dedo sobre la llaga ante una realidad incuestionable:  la del creciente y acelerado deterioro de la calidad profesional de los periodistas dominicanos, que  se comprueba al leer la mayoría de nuestros periódicos y escuchar en los noticieros de radio y televisión noticias pésimamente redactadas, con errores de sintaxis y erróneos enfoques, contrario a lo que ocurría hasta hace dos décadas, cuando nuestros órganos periodísticos eran modelos de perfección.

Nuestras universidades están graduando periodistas con enormes vacíos.  Casi ninguno sabe redactar y los que medianamente lo hacen escriben con numerosas faltas de ortografía. Algunos ni siguiera dominan las técnicas de la mecanografía.  Por eso, la mayoría de estos noveles profesionales sienten frustración cuando, después de haber permanecido cinco años cursando una carrera, son rechazadas sus solicitudes de empleo.

Convencido de esta situación he tratado de aportar mi granito de arena. Con recursos propios he comenzado a organizar talleres sobre técnicas de redacción periodística, dos de los  cuales los he impartido ya completamente gratis en San Cristóbal y Santo Domingo, con una gran participación de periodistas, lo cual demuestra que éstos tienen el deseo de superarse y actualizarse.  Otros están programados para las ciudades de Neyba, San Juan y Santiago de los Caballeros.

Aprovecho esta tribuna para sugerir que las escuelas de periodismo habiliten salas de redacción y se aboquen a hacer publicaciones periódicas,  bien sea en papel o a través de la internet, de forma tal que los estudiantes salgan a la calle a cubrir noticias y luego se sienten a elaborarlas, como si estuvieran en uno de los medios tradicionales.   En cada caso, debe haber correctores de estilo y otros entendidos en la materia periodística señalando a los alumnos los errores cometidos y el enfoque que deben dar a cada noticia.

Sería también interesante que el Colegio Dominicano de Periodistas organizara por lo menos una vez al año congresos, talleres y otros eventos a fin de que los periodistas podamos actualizarnos y asimilar las nuevas tecnologías, que tanto inciden en nuestra profesión.   

Creo y aseguro, sin temor a equivocarme, que la principal agresión de que somos objeto los periodistas dominicanos proviene de nosotros mismos, debido a que no adquirimos nuevos conocimientos, carecemos de cultura y no dominamos ni remotamente el Castellano. 

Estamos totalmente apáticos a los adelantos de la tecnología, no sabemos usar debidamente el internet y nuestra única preocupación es obtener beneficios económicos a cualquier precio, aunque tengamos que vender nuestra alma al Diablo.

 

04
Abr
09

Más periodismo

mas-periodismo-ii¿Cómo responder a quienes desde el poder -cualquier poder- quisieran menos periodismo?

El colombiano Germán Castro Caycedo, uno de los periodistas más importantes de América Latina, escribió hace una década un extraordinario reportaje: el asesinato del obispo de Coca, Alejandro Labaca, y la hermana Inés Arango.

Fue un hecho que ocurrió en 1987 en la selva ecuatoriana y estremeció al mundo: Labaca y Arango intentaron acercarse a los tagaeri, grupo étnico no contactado, para explicarles que deberían tomar medidas de protección frente a una avanzada petrolera que afectaría sus territorios.

Los religiosos, que trataron de llegar en helicóptero al remoto lugar, no alcanzaron su objetivo: posiblemente confundiéndolos con emisarios petroleros, los tagaeri los atacaron con un centenar de lanzas y los mataron.

En la pluma de Castro Caycedo,  luego de una investigación de 14 meses, el caso se convirtió en un libro maravillosamente conmovedor de amplia difusión en América Latina y España.

Cuando Castro Caycedo llegó a Quito para la presentación editorial habían pasado 10 años del suceso. Pocas horas antes de la ceremonia lo entrevisté en el ‘lobby’ del hotel y me dio una lección de periodismo:

- ¿Por qué un periodista extranjero se interesó en un caso ocurrido en la selva ecuatoriana hace  tiempo?- le pregunté.

- Esperé 10  años para que uno de ustedes lo hiciera-  respondió.

Desde entonces tengo claro que la única manera de hacer buen periodismo es haciendo más periodismo.

Y no es un juego de palabras: solemos confundir periodismo con subjetividad política, actitud contestataria gratuita, herramienta para el ‘apartheid’ ideológico a quienes no piensan como nosotros y ‘pobreterismo’, como dice la gran reportera mexicana Alma Guillermoprieto cuando critica el facilismo de escribir historias lacrimógenas disfrazadas de compromiso social.

Hay una respuesta sencilla para los periodistas desconcertados y temerosos frente al  posible efecto de la creciente intolerancia, el radicalismo y el intento de uniformar el pensamiento social: hacer buen periodismo.

Un periodismo cercano, contado desde la gente común. Un periodismo verificado, riguroso, intensamente reporteado y vivido. Un periodismo que no especule, no escandalice, no presuma ni suponga, no prejuzgue ni salga a comprobar hipótesis sesgadas. Un periodismo que se fundamente en hechos y no en rumores o malas intenciones. Un periodismo que  no se convierta en el arma panfletaria de obsesivos y fanáticos convencidos de que ellos -solo ellos- tienen la razón.

¿Cómo responder a quienes desde el poder -cualquier poder- quisieran menos periodismo? Con más periodismo.