
Martes 5 de mayo 2009
Leo en un diario local: “Los asaltantes eran dos individuos bajos, con acento serrano…”. Leo en otro: “El guardián, que prefirió el anonimato para evitar problemas, era de tez morena”.
Veo en el noticiario de televisión la noticia de una niña violada: la imagen de su rostro aparece pixelada para que no se la identifique, pero la nota muestra claramente al padre, a la madre y a una vecina junto a la casa de la familia de la niña: es decir, cualquiera que viva en el barrio o que conozca de alguna manera a esas personas podrá identificar fácilmente a la pequeña. Eso se llama revictimizar.
El domingo mueren cinco jóvenes en la habitación de un motel en Quito. Una de las víctimas es menor de edad. Por respeto a su dignidad, no es ético (ni legal) identificar a la adolescente. La mayoría de medios da el nombre de la señorita, identifica a sus hermanas, pone tomas donde se detallan el nombre y el apellido.
Nos falta prolijidad. Muchas veces nos traicionan la prisa, la falta de rigor, los prejuicios, los datos irrelevantes. Nos traicionan los fantasmas del regionalismo, el machismo, la discriminación. Estigmatizamos demasiado fácil. Ponemos etiquetas. Afectamos el derecho a la intimidad de las personas.
Cuando decimos que hay que hacer mejor periodismo no estamos hablando de escritura depurada o futuros premios Pulitzer: estamos hablando de cumplir con las normas básicas del oficio, estamos hablando de entender que no tenemos ningún poder sobre los demás, estamos hablando de ser absolutamente respetuosos con quienes son los protagonistas de la noticia. Es ética básica. Básica pero profunda.