Miércoles, 17 de junio 2009
El “gran debate nacional sobre la libertad de prensa” no es tal debate. Son pocas las ideas nuevas, las ideas buenas, los aportes. El supuesto gran debate nacional se limita a expresar las pasiones elementales, a veces viscerales, de unos y otros, de los intelectuales que odian a los medios “burgueses” y de los analistas que defienden a rajatabla el estatus quo.
Unos y otros, sin embargo, olvidan lo esencial: el sentimiento, el deseo, la opinión, la decisión de los ciudadanos comunes, los de a pie, la gente. ¿Qué estará pensando la gente? ¿Qué dirán los de a pie? ¿Querrán ellos que se termine con el “monopolio burgués de los medios” y que la información pública pase a convertirse en “monopolio del Estado”? ¿Será cuestión de quitar a unos y entregar a otros el control ideológico y temático de la comunicación pública, es decir, cuestión de pasar de un monopolio a otro?
El domingo pasado vi el programa Hora Siete en Teleamazonas, canal ahora convertido en el centro de una polémica que el Gobierno ha atizado erróneamente, pues ha convertido a ese medio de comunicación es una víctima y no ha sabido situarlo como es: un claro actor ideológico, un medio de oposición al régimen, un canal contradictor donde se hace poco periodismo y mucha política.
En el programa participaron el controvertido entrevistador Jorge Ortiz, quien supuestamente era el moderador entre los dos “invitados” (ya verán por qué pongo invitados entre comillas): el doctor Rubén Montoya, director de diario El Telégrafo, y el abogado Carlos Jijón vicepresidente de noticias de Teleamazonas. (Por eso las comillas: ¿a quién se le ocurre invitarse a sí mismo dejando a un lado, justamente, a los televidentes, a los ciudadanos, a la gente que sé tiene mucho por decir?).
Era, claramente, una pelea de dos contra uno. Ortiz y Jijón vs. Montoya. ¿La derecha vs. la izquierda? No, necesariamente. ¿Representantes de la banca mediática vs. representante del gobierno mediático? Sí, me parece más justo llamar así el supuesto debate.
¿Por qué supuesto? Porque un debate no es debate si no se parte de una actitud autocrítica. ¿Montoya aceptó que no dirige un diario “público” (o sea, del Estado, del pueblo, de la sociedad, de todos nosotros) sino un diario gubernamental? No.
¿Jijón aceptó que al calificar de “narcopolítica” el caso Ostaiza estaba mezclando información con opinión, lo cual es antiperiodístico? No. Es más: el propio Jijón dijo que la libertad de prensa permite opinar libremente, pero no se dio cuenta, o no quiso darse cuenta, de que cuando Teleamazonas emitía noticias sobre el caso Ostaiza estaba informando, no opinando (de paso, hay que decirlo, es lamentable que el periodismo televisivo ecuatoriano, todo el periodismo televisivo ecuatoriano, esté tan contaminado de informalidad y falta de rigor, de una frontera inexistente entre juicios subjetivos y hechos concretos).
¿Ortiz aceptó que si él se considera objetor del Gobierno por la intolerancia del Presidente Correa con sus críticos, Ortiz también es intolerante, cerrado y unilateral cuando inicia el programa diciendo que “nunca lee El Telégrafo”?
¿Qué clase de debate “público” es el que se hace con posiciones preconcebidas, tesis sesgadas o espíritus críticos contra los otros pero no contra sí mismos?
¿Qué clase de debate sobre la libertad de expresión es aquel que no toma en cuenta a los televidentes? ¿Hasta cuándo seguimos creyendo que nosotros, los periodistas, somos voceros de una posición o de otra?
Ilustración de Guennadi Ulibin.