
Dejaríamos de preocuparnos de que todos los días nos lleguen correos electrónicos, faxes y llamadas telefónicas donde nos amenazan en un lenguaje sospechosamente similar al que se usa en las agresiones sabatinas por cadena nacional: seudoactores políticos, testaferros de los empresarios de papel (?), voceros de la oligarquía, burgueses, contrarrevolucionarios.
Si nos dieran empleo en El Telégrafo, tendríamos la certeza de que el salario mensual nos llegaría con plena seguridad y sin esforzarnos demasiado: como el Estado lo paga todo, nuestros ingresos ya no dependerían de nuestra calidad periodística, de nuestra credibilidad, de nuestra lucha por la autocrítica interna o del esfuerzo para contar a los lectores lo que necesitan saber.
Si nos dieran empleo en El Telégrafo, estaríamos seguros de que por fin ejerceremos nuestro derecho a una verdadera libertad de expresión, pues podríamos escribir en las páginas de opinión lo que quisiéramos bajo cuatro únicas condiciones: tener cargos burocráticos en entidades del Estado, revestirnos con ropaje de intelectuales de izquierda, darles duro a todos los que se atreven a criticar ‘el proyecto’ y combatir a los que intentan mantener una posición equilibrada y serena frente al avance del fanatismo, la ceguera y las tesis ancladas en el siglo XIX.
Si nos dieran empleo en El Telégrafo, no trabajaríamos bajo la intensa presión de cumplir nuestro deber de investigar e informar lo que los ecuatorianos necesitan conocer, pues bastaría simplemente reproducir la agenda temática que conviene al Jefe y acatar las líneas maestras trazadas por las estrategias propagandísticas del poder total, es decir, optar por el silencio o el bajo perfil noticioso cuando cierta prensa corrupta estremece al país con graves revelaciones sobre la conducta del hermano del Jefe.
Si nos dieran empleo en El Telégrafo, no tendríamos mucho que escribir, porque como es un diario ‘público’ y ‘la libertad de expresión ya es de todos’, tendríamos la seguridad de trabajar en un medio socialista y plural, colmado de opiniones, testimonios, perfiles, crónicas, reportajes y cartas de ciudadanos que debatan, que deliberen, que expresen la más amplia diversidad de ideas y sensibilidades de 13 millones de ecuatorianos.
Si nos dieran empleo en El Telégrafo, el Jefe no se vengaría de nosotros ni nos quitaría la publicidad, primero porque jamás nos atreveríamos a investigar los grandes contratos antiéticos del poder y, segundo, porque los dueños de la verdad seríamos nosotros y ningún contrarrevolucionario escribiría en nuestras inmaculadas páginas.
Ilustración de Mr. Toledano