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Jul
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Adoum, Quito y los amores colectivos

jorge enrique viejitoPor Rubén Darío Buitrón *

Su voz se quiebra pero se vuelve luz. Luz de humo, luz de montañas, luz de vientos poderosos que han vuelto a sembrar la tierra que un día los parió. Detrás del humo, en el humo, en la luz del humo está Jorge Enrique Adoum. Detrás y en Jorge Enrique Adoum están el poeta, el filósofo, el político, el militante, el exiliado, el guerrero de la metáfora, el amante del cigarro y del vodka y de las mujeres y de los libros y de la ciudad, esa ciudad que él no la cambia ni siquiera por París, esa ciudad donde quiere morir cuando los años le digan que ha llegado el momento de apartarse de las huellas porque estas ya han calado hondo en la historia personal y colectiva de Quito y más allá de la persona concreta existe y existirá siempre. Siempre. Ahora. Mañana. Aunque el peso de sus 82 años lo haya convertido en un ser frágil, tierno, de decires lentos y pausados pero resplandecientes e iluminadores. “Soy cáncer, obviamente”, dice sonriendo. Nació un 29 de junio. Está enfermo pero no pierde su chispa, su vitalidad, su memoria para recordar que el poeta español Rafael Alberti le dijo un día que cuando llegue a octogenario empiece a contar los años al revés hasta que la juventud regrese y, entonces sí, morir en plenitud. Porque nada de viejito ni bisabuelo ni anciano. Simplemente Jorge Enrique. Aquel Jorge Enrique que sigue leyendo, que lee por ejemplo las novelas La hermana y La sombra del viento, que lee Las costumbres de los ecuatorianos (de Osvaldo Hurtado), que lee El invitado (de Carlos Arcos), que lee tres o cuatro libros al mismo tiempo porque “el tiempo está para eso mismo”. No deja de ser crítico. Rompe lanzas contra los medios de comunicación que manejan un discurso “anti” y que están llenos de prejuicios. Golpea con sus conceptos a los viejos políticos que han sido “nefastos para el país”. Confía en el actual presidente, de quien no le sorprende que sea “tan atacado porque es lógico que quien promete cambios radicales sea blanco de quienes son conservadores radicales”. La transformación del país llegará por una elite, afirma siguiendo con sus ojos la trayectoria de la voluta de humo del cigarro. “Pero tiene que ser una elite honesta, lúcida, valiente…”. Con Adoum hay muchos temas que hablar. Muchos. Pero esta tarde donde la lluvia golpea los vidrios de los ventanales del departamento donde el poeta vive con Nicole, su esposa francesa, donde la ciudad de pronto se pone gris, triste, melancólica, donde la ciudad se abraza a sí misma para que el frío no la mate, tenemos que hablar de la ciudad que el poeta tanto ama, tanto aunque haya nacido en Ambato, tanto aunque haya vivido en París veinte años. La palabra “Quito” lo llena de intensidades, de guitarras, de madrugadas, de amores clandestinos arrimados contra un portal o debajo de un balcón. Lo llena de irreverencias y conspiraciones y proclamas y esperanzas. Lo llena de certezas porque esta es la ciudad donde siempre ha querido vivir y donde siempre ha querido morir. Le gusta la gente, la geografía, las atmósferas estéticas de los rincones coloniales, las esquinas por donde tantos ocasiones pasó, se quedó, cantó, se tomó un trago, compuso un verso, abrazó a una chiquilla, contempló la luna, respiró el primer sol de los amaneceres fecundos y traviesos. Le gusta que los quiteños se sientan quiteños, así de simple, en medio de la desazón de ser ecuatoriano, de no tener un sentido de nación, de negar inconscientemente a la patria por su extraño e impreciso nombre de Ecuador que, al final, significa nada y significa todo. Por eso el poeta valora profundamente que exista un orgullo de ser quiteño. Ser quiteño en la mitad de un generalizado y patético sentimiento de inferioridad que se expresa en cosas sencillas y al mismo tiempo conmovedoras: Adoum gesticula y explica cómo los ecuatorianos estrechamos la mano del ser superior, casi temblando, casi temerosos, cómo nos agachamos ante el extranjero, cómo damos rodeos para decir sí o no, cómo bajamos la mirada cuando alguien nos conmina o desafía. Y entonces cuando intentamos sacarnos la camisa de ese complejo nos volvemos agresivos, arrogantes, violentos. No, nada de eso es ser quiteño. O, al menos, no debiera ser una condición del ser nacido en esta tierra. No debieran ser quiteños el burócrata prepotente, la secretaria de la oficina poderosa, el alevoso chofer de bus… En todo eso hay una esencia: no aceptarnos como somos, no aceptar que somos mestizos, que venimos de españoles pero también de indios, de cholos, de negros, de mulatos, de asiáticos. Hay una riqueza notable y maravillosa en esa mezcla, en esos rasgos, pero no somos capaces de encontrar motivos para que el orgullo y la identidad nos den la dignidad. Por eso es bueno sentirse quiteño. Quiteño más que por nacimiento, por condición, por actitud, por una manera específica de frentear la vida. Adoum recuerda que los conquistadores españoles ya miraban a Quito con preocupación, con recelo. En aquellos años eran pocos los nacidos en la ciudad y, sin embargo, esos pocos hacían temblar al imperio de entonces. La iglesia y el poder realista dejaron muchos documentos donde consta que esta “es una ciudad peligrosa por intelectual, beligerante, irreverente, por rebelde, por altiva, por imposible de someter”. Al poeta le parece que somos un pueblo mágico, misterioso, insondable: “cualesquiera diría que los quiteños somos tolerantes, tímidos, agachados, pero de pronto estallamos, de pronto somos la luz del devenir”. En ese devenir recuerda el 2 de agosto, el 10 de agosto, el 24 de mayo, la revolución de las alcabalas, la revolución juliana, la revolución liberal, el derrocamiento de Arroyo del Río, las caídas de Velasco Ibarra… “En la universidad teníamos ideales, teníamos coraje, teníamos caminos trazados para ir por la transformación”. ¿Y ahora? No lo sabe, no está seguro. Percibe e intuye que la juventud actual tiene otra manera de asumir su rol en la vida. Estudiar, graduarse, salir de la universidad, encontrar un empleo, no pensar en los demás, no aportar a los cambios urgentes que demanda un país… Pero percibe e intuye que puede estar equivocado cuando repasa la última década, las caídas de Abdalá Bucaram, de Jamil Mahuad, de Lucio Gutiérrez. El surgimiento del movimiento de los forajidos, el triunfo de Rafael Correa. Es como si la revolución que él tanto soñó, que él cantó, que él configuró en sus largos insomnios y en sus escondidos miedos, todavía fuera posible, todavía fuera un argumento para seguir viviendo hasta mirar que algo distinto empieza a navegar entre la gente. Orgullosos de eso. De un Quito valiente, digno, un Quito de mujeres inteligentes y sutilmente sensuales, de un Quito de pasillos y serenatas, de cuerdas y rondadores, de versos y sinfonías, de bohemias y clarinadas. ¿Romántico y cursi? No creo, refuta Adoum. “Los quiteños tenemos muchas razones para mirar al mundo con la cabeza en alto. Tenemos grandes poetas, maravillosos novelistas, poderosos muralistas, conmovedores artistas plásticos, exquisitos artesanos, notables pensadores, heroicos líderes populares”. El poeta lleva el cigarro a la boca. Despacio, con la mano temblorosa. Deja un espacio para exorcizar sus males. Nos mira y permanece en silencio. “No recuerdo de qué estábamos hablando”, susurra como avergonzado, como abochornado, pero susurra y también sonríe como si eso no importara, como si Quito no fuera un tema para una entrevista formal donde la pregunta y la respuesta, el viejo formato, lo resuelven todo. No, no importa. A Jorge Enrique hay que dejarlo poemizar la vida, pintar la ciudad con sus palabras estremecedoras y contundentes, describir los detalles de los conventos y las iglesias, caminar los parques y las plazas, tocar con sus manos los monumentos, subir al Panecillo o al Itchimbía o a La Tola o a San Juan, recordar con exactitud las dimensiones físicas y legendarias del tranvía o del Teatro Sucre, escuchar su aguda crítica a quienes no transitan por la propia historia de La Mariscal o El Placer o La Carolina, reunirse en la Lonchería Italiana o en el Capri o en el Murcielagario de La Ronda, sino que miran afuera de las fronteras en busca de una identidad que no son capaces de sentir. Tampoco importa que en la mitad de la conversación llegue el médico, un poeta maravilloso también llamado Eduardo Villacís Meythaler, y Nicole nos pida con suavidad y delicadeza hacer una pausa para que Eduardo pueda chequear a Jorge Enrique, para que este hombre aparentemente invencible, aparentemente invulnerable, se pruebe a sí mismo que sigue vivo y que desde esta vida que nos contagia cuando regresa del chequeo y se sienta despacio y vuelve a encender el cigarro y disfruta el placer de producir con su boca un humo denso que sube y que se expande y que se difumina y disuelve en el ambiente donde el poeta hila frases, oraciones, conceptos, ideas, planteamientos y propuestas alrededor de este amor confeso por una ciudad que emana luz y oscuridad y leyendas y paisajes y momentos humanos irrepetibles en otra geografía, en cualquier otra geografía que Jorge Enrique ha recorrido con sus pasos y sus versos y, sin embargo, quiere que a él lo entierren como a sus antepasados, en una vasija de barro donde el paraíso solo sea una ciudad llamada Quito donde el amor pueda sembrarse, donde el futuro sea el fulgor de un pasado capaz de juntar, para siempre, las cenizas de Osvaldo Guayasamín, de Jorge Carrera Andrade, de César Dávila Andrade, de Eduardo Kingman, de Alfredo Pareja Diezcanseco, de Luis Alberto Valencia, de Benjamín Carrión, de Ernesto Albán Mosquera. Su voz se quiebra pero se vuelve luz. Luz de humo, luz de montañas, luz de vientos poderosos que han vuelto a sembrar la tierra que un día los parió. Detrás del humo, en el humo, en la luz del humo se queda Jorge Enrique Adoum. Detrás y en Jorge Enrique Adoum se quedan el poeta, el filósofo, el político, el militante, el exiliado, el guerrero de la metáfora, el amante del cigarro y del vodka y de las mujeres y de los libros y de la ciudad, esa ciudad llamada Quito y que él no la cambia ni siquiera por París, esa ciudad llamada Quito donde el poeta quiere morir cuando los años le digan que ha llegado el momento de apartarse de las huellas, de las huellas que ya han calado hondo en la historia personal y colectiva de Quito que es la historia de Jorge Enrique Adoum, su historia personal y colectiva.

Entrevista realizada en 18 de marzo de 2008.

PASADOLOGÍA (Un poema de Adoum)

A contrapelo a contramano

contra la corriente

a contralluvia

a contracorazón y contraolvido

a contragolpe de lo sido

sobreviviendo a contracónyuge

a contradestino y contra los gobiernos

que son todo lo absurdo del destino

a contralucidez y contralógica

a contrageografía (porque era

contrapasaportes dictadores continentes

y contra la constumbre

que es más peor que nuestros dictadores).

Contra tú y tus tengo miedo

contra yo y mi certeza al revés

contra nosotros mismos

o sea contratodo

y todo para qué…

Tomado de www.scribd.com


8 Respuestas a “Adoum, Quito y los amores colectivos”


  1. Julio 8, 2009 a las 10:34 am

    Fredy Lobato.

    para hablar de la muerte me levanto temprano,/ como un sordomudo al que estorba el silencio./ para hablar, digamos, del hombre que almacena sus muertos en la tierra,/ conductor de exiliados que regresan tenaces al país vertical… el amor desenterrado y otros poemas, 1993.

  2. Julio 8, 2009 a las 10:35 am

    Jose luis guerra urrea

    excelente entrevista de R.D.Buitròn y obviamente el personaje permite la realizacion de esta pieza periodistica.

    Saludos

  3. Julio 8, 2009 a las 10:36 am

    Raquel del Pilar Rodas Morales

    Adoum me impresionó hondamente en mis tempranas lecturas de poesía. mantuve viva esa admiración por largos años, cuando tuve oportunidad le di un sentido tributo en mi película devuélvanme mis flores . es un testimonio para la historia.

    raquel rodas m

  4. Julio 8, 2009 a las 10:36 am

    DIEGO ANDRADE

    el oro es como el odio, nunca sobra, y lo peor nunca acompaña: solo el que lo tiene, ora porque esta solo y por que quisiera estar solo solamente no son todos los que estan 1949-1979 paz en su tumba amigo de mis abuelos.

  5. Julio 18, 2009 a las 5:22 am

    y1uWB2 zabhoulyyaac, [url=http://gzhjwmkwuqyu.com/]gzhjwmkwuqyu[/url], [link=http://mweouzeuhmag.com/]mweouzeuhmag[/link], http://qfiegwxkkioi.com/

  6. 6 Patricia
    Noviembre 13, 2009 a las 6:08 pm

    Nunca es tarde para empezar. Gracias por esta entrevista.


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