Archivos para 18/07/09

18
Jul
09

receta autoritaria

RECETA AUTORITARIA-THOMAS BUCHTA

Domingo, 19 de julio 2009

Once periodistas de medios venezolanos debieron salir precipitadamente de Tegucigalpa cuando la dictadura civil-militar hondureña que derrocó al presidente José Manuel Zelaya los colocó en una lista de enemigos peligrosos y los estigmatizó como “chavecistas”.

Con ese calificativo recorriendo de boca en boca las calles de la tensa capital, los venezolanos se convirtieron en objetivo militar de los adversarios de Zelaya.
Cuando regresaban a su hotel, agentes policiales los detuvieron, insultaron y amenazaron. Esa noche tomaron la decisión de esperar a que amaneciera para salir del convulsionado país.

Los 11 reporteros y camarógrafos trabajan para los canales gobiernistas Venezolana de Televisión y Telesur, cuyas coberturas de los acontecimientos posteriores al golpe las recogió y reprodujo la cadena norteamericana CNN. Telesur fue el primero en informar que hubo dos muertos en la represión militar contra los ciudadanos antigolpistas que querían tomar el aeropuerto.

El régimen de facto, presidido por Roberto Micheletti, no dio explicaciones sobre la persecución y el acoso a los periodistas.

Simplemente advirtió que ellos “pertenecen a dos cadenas totalmente consagradas a la causa y persona del presidente Hugo Chávez” y que, por tanto, son “hostiles al nuevo régimen”. 

La dictadura hondureña repite la receta autoritaria de siempre y actúa como muchísimos gobiernos, incluso algunos que llegaron al poder por la vía democrática: tolerancia cero a las noticias “no oficiales” en medio de un radical proceso de censura, desprestigio, descalificación y silenciamiento contra  quienes critican al poder vigente.

Es obvio que el objetivo de todo régimen totalitario es mantener el control absoluto de la información, incluidos medios propios, para lo cual  usa toda clase de artimañas que deslegitiman el debate y subestiman el derecho al disenso.

Impedir el ejercicio periodístico es inaceptable en cualquier país del mundo, independientemente de la filiación de los comunicadores o del producto de su trabajo, cuya calidad solo puede calificar la ciudadanía plural.

Citando a Stendhal, el escritor español Fernando Savater advierte que “un gobierno libre es el que no hace daño a los ciudadanos sino que, por el contrario, les da seguridad y confianza”.

En el caso de Honduras, como en otras complejas situaciones que hoy vivimos en América Latina -tanto fascistas como progresistas-, queda clara la paradoja: para actuar libremente, sin escrutinio ciudadano ni rendición de cuentas, el poder político necesita restringir las libertades.

Este acto represivo es su gran ventaja sobre los ciudadanos críticos y es su herramienta para gobernar con impunidad. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? ¿Cuál será el límite? Nadie lo sabe, pero, como dice Savater, “finalmente, en política ninguna ventaja es ventajosa”.

(Pintura de Thomas Buchta)

18
Jul
09

jaime sabines o el amor renombrado

Sergei Bizjaev SABINESPor Rubén Darío Buitrón

Alguien decía que leer los poemas de Jaime Sabines es un acto que justifica la existencia.

Y tuvo razón. Porque Sabines nos acerca a lo distante, nos pone frente al espejo para hablarnos de lo que muchas veces evadimos: el amor simple, el amor que se construye y  destruye por fuera de nuestra voluntad y nuestras decisiones.

Porque Sabines, mejor dicho, los poemas de Sabines, están ahí, diciéndonos cosas, estremeciéndonos, conmoviéndonos, sacudiendo nuestros mitos, nuestros tabúes, nuestras creencias, nuestros prejuicios, nuestros miedos, nuestras maneras de no dar la cara a los terribles desafíos que implica el hecho de enamorarse y, más terrible aún, el hecho de desenamorarse.
  
Jaime Sabines parece haberlo dicho todo sobre el amor y, sin embargo, confesaba que siempre sintió que en su búsqueda de las palabras y los conceptos exactos a él también se le escurrieron entre los dedos el  amor tangible, el amor tocable, el amor que muchas veces no pudo nombrar:
 
“Digo que no puede decirse el amor./El amor se come como un pan,/ se muerde como un labio,/ se bebe como un manantial”. 
 
Llamarlo el ‘poeta del amor’, o algo así, sería poco para Jaime Sabines. Sería trillado. Un lugar común. Porque Sabines no solo es amor de pareja sino amor  de la existencia, de Dios,   la soledad, el vacío, el miedo, la vejez, el dolor,  la enfermedad, la muerte como epílogo de algo más grande que la  muerte:  

“Me dueles./Mansamente, insoportablemente, me dueles./ Toma mi cabeza, córtame el cuello./Nada queda de mí después de este amor”.

El recientemente desaparecido Mario Benedetti, poeta uruguayo, decía que a Sabines no le calza ningún adjetivo cuando se intenta definirlo como poeta. Porque, según Benedetti, la esencia de los textos de Sabines está en su capacidad de ser él mismo, de abrir su intimidad, de exhibir sin falso pudor sus contradicciones:

“Si pudieras escarbar en mi pecho, y escarbar en mi alma, y escarbar por debajo de las tumbas, no encontrarías nada. Es solo el tiempo el que pone algo en las manos, una fruta, una piedra, algodones o vidrios”.
 
Hace  una década, un cáncer lo mató. Tenía 72 años. Pero eso de “mató” es un decir. Cómo va a estar muerto alguien cuya sensibilidad permanece en sus nueve libros, en sus cientos de poemas, en su inigualable manera de amar y trabajar desde la palabra:

“Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua./ Tiene los pechos dulces, y de un lugar/ a otro de su cuerpo hay una gran distancia:/ de pezón  a pezón cien labios y una hora…”.  Sabines descifró el amor. Y, al descifrarlo, nos dejó como legado la paradoja de repensar nuevas formas de decir amor.                                                                                                                                                                                                                                           

 

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Los amorosos

Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor.
Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte.
Esperan, no esperan nada, pero esperan. Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro.

Los amorosos son los insaciables, los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos (…).                              

Los amorosos son locos, solo locos, sin Dios y sin diablo. Los amorosos salen de sus cuevas temblorosos, hambrientos, a cazar fantasmas. Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse. Juegan el largo, el triste juego del amor (…). 

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas. Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida, y se van llorando, llorando la hermosa  vida.

(Fotocomposición de Sergei Bizjaev)