Feliz día del periodista

by rubendariobuitron

El pasado jueves 5 recibimos tantas felicitaciones por el Día del Periodista que algunos nos sentimos sorprendidos.
 ¿Por qué desearnos un “feliz día”? ¿Qué méritos especiales tenemos frente a los otros ciudadanos para que ellos nos celebren como si fuera un cumpleaños?
Incluso -y esto es  bastante contradictorio-  por  correos electrónicos llegaron saludos  de los ministerios e instituciones estatales dependientes de un Gobierno que reniega del periodismo no oficialista.
   Más allá de las felicitaciones y los saludos, sinceros o impostados, caben algunas preguntas y reflexiones que puedan llevarnos a entender  lo que está ocurriendo con el periodismo en el Ecuador.
¿Por qué hasta hace pocos años la celebración  se limitaba a  pequeños grupos de   periodistas, medios  y gremios?
¿A qué se debe que cada vez más personas recuerden  la celebración del aparecimiento de Primicias de la Cultura de Quito, bajo la dirección del visionario científico, médico y periodista  Eugenio Espejo?
La respuesta podría encontrarse en una explicación sencilla: en los últimos años, la sociedad ecuatoriana ha tomado   conciencia de la importancia del oficio como herramienta para pensar el país.
Pero, en consecuencia,  esa misma sociedad demanda de nosotros enfrentar  el desafío histórico de superar  nuestras carencias profesionales,   buscar  la excelencia y acercarnos más a lo que quiere y necesita la gente.
 Eso implica elevar mucho más nuestra calidad informativa, volver cada vez más plurales los espacios de opinión,  abrir la agenda temática a las demandas noticiosas de los ciudadanos,  ser mucho más rigurosos,  equilibrados y comprometidos con la ética y enfrentar el desafío digital.
Bajo las sombras y entre los temores que implicará tener por encima un consejo de regulación de contenidos  dominado por el oficialismo y una ley de comunicación  confusa y sesgada, nos tocará dejar a un lado nuestra tendencia a  la victimización  y deberemos continuar esforzándonos por superar los obstáculos que el poder político, por  esencia,  pretenderá   ponernos en el camino.
La historia y la sociedad no nos perdonarán si callamos, si ponemos el miedo como pretexto, si nos autocensuramos, si no somos capaces de asumir los riesgos que implica ejercer el oficio en tiempos difíciles para la profesión.
Tampoco nos perdonarán si hacemos un periodismo superficial, al apuro, sin contar historias, sin crear espacios de deliberación ciudadana, sin autocrítica ni pedagogía, sin  reaprendizaje.
Gracias a quienes nos saludaron sinceramente el 5 de enero. Pero su tarea  va más lejos: deben exigirnos defender   nuestros  principios cada día,  a pesar de     los crecientes peligros que se ciernen en un país altamente ideologizado, polarizado  y   violento.

El pasado jueves 5 recibimos tantas felicitaciones por el Día del Periodista que algunos nos sentimos sorprendidos.
¿Por qué desearnos un “feliz día”?                                                                                        ¿Qué méritos especiales tenemos frente a los otros ciudadanos para que ellos nos celebren como si fuera un cumpleaños?
Incluso -y esto es  bastante contradictorio-  por  correos electrónicos llegaron saludos  de los ministerios e instituciones estatales dependientes de un Gobierno que reniega del periodismo no oficialista.
Más allá de las felicitaciones y los saludos, espontáneos o impostados, caben algunas preguntas y reflexiones que puedan llevarnos a entender  lo que está ocurriendo con el periodismo en el Ecuador.
¿Por qué hasta hace pocos años la celebración  se limitaba a  pequeños grupos de   periodistas, medios  y gremios?
¿A qué se debe que cada vez más personas recuerden  la celebración del aparecimiento de Primicias de la Cultura de Quito, bajo la dirección del visionario científico, médico y periodista  Eugenio Espejo?
La respuesta podría encontrarse en una explicación sencilla: en los últimos años, la sociedad ecuatoriana ha tomado conciencia de la importancia del oficio como herramienta para pensar el país.
Pero, como consecuencia, esa misma sociedad demanda de nosotros enfrentar  el desafío histórico de superar  nuestras carencias profesionales,   buscar  la excelencia y acercarnos más a lo que quiere y necesita la gente.
 Eso implica elevar mucho más nuestra calidad informativa, volver cada vez más plurales los espacios de opinión,  abrir la agenda temática a las demandas noticiosas de los ciudadanos,  ser mucho más rigurosos, equilibrados y comprometidos con la ética y enfrentar el desafío digital.
Bajo las sombras y entre los temores que implicará tener por encima un consejo de regulación de contenidos  dominado por el oficialismo y una ley de comunicación  confusa y sesgada, nos tocará dejar a un lado nuestra tendencia a  la victimización  y deberemos continuar esforzándonos por superar los obstáculos que, por su propia esencia, el poder político, pretenderá  ponernos en el camino.
La historia y la sociedad no nos perdonarán si callamos, si ponemos el miedo como pretexto, si nos autocensuramos, si no somos capaces de asumir los riesgos que implica ejercer el oficio en tiempos difíciles para la profesión.
Tampoco nos perdonarán si hacemos un periodismo superficial, al apuro, sin contar historias, sin crear espacios de deliberación ciudadana, sin autocrítica ni pedagogía, sin  reaprendizaje.
Gracias a quienes nos saludaron sinceramente el 5 de enero. Pero su tarea va más lejos: deben exigirnos defender   nuestros  principios cada día,  a pesar de  los crecientes peligros que se ciernen en un país altamente ideologizado, polarizado  y violento.

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