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Territorio de crítica y autocrítica sobre el periodismo ecuatoriano

Month: febrero, 2012

El poder y la prensa

No se puede negar que la prensa tiene poder, es un poder.

Somos poder porque la sociedad nos delega la mediación entre mandantes y mandatarios, entre el deber de los elegidos de rendir cuentas y los derechos de los electores.

Somos poder en tanto tenemos la obligación cívica de abrir espacios para la reflexión colectiva, para el pensamiento y la deliberación, para el debate, para que cada ciudadano saque sus propias conclusiones y tome la mejor decisión cuando vota, opina, exige, aplaude, critica.

No somos poder para disputar espacio a los políticos.

No lo somos, peor, para participar en elecciones (?), ganarlas y solamente así tener derecho a decir lo que tenemos que decir, a contar lo que tenemos que contar.

Pero lo que no podemos admitir es que se satanice nuestro poder en función de consolidar otro poder: el único, intolerante, estigmatizador; el que desprecia, subestima y llena de adjetivos a quienes no somos parte de la militancia y el fanatismo.

Ahí está la trampa del discurso oficial.

Descalificar –y de una manera sistemática y programada- al supuesto adversario, al presunto enemigo, para restarle peso, relevancia, credibilidad, confianza.

Y al debilitarlo se intenta que la voz que desacredita, golpea y minimiza se convierta en la única creíble, confiable, relevante, en la única que tiene (o es) la verdad.

Los periodistas no somos el enemigo. La ceguera de creerlo así lleva al poder político a cometer grandes errores que luego le restan justamente lo que quiso minar del otro.

No neguemos -por vergüenza, miedo o modestia- que tenemos poder.

 Un poder para la construcción de una sociedad democrática y plural.

Un poder ético que debemos ejercer cada día aunque el otro poder no lo haga. O sea incapaz de hacerlo.

Con disfraz de copiloto y salvavidas

Mientras mayor énfasis ponemos en nuestro discurso de hacer “periodismo de la gente” y de “ponernos en los zapatos de los otros”, mayor parece ser la distancia que ponemos -consciente o inconscientemente- a la gente, a los otros, a la realidad.

La cobertura periodística de las graves inundaciones en doce provincias ecuatorianas por las fuertes lluvias (hablamos de medio país bajo el agua) me ha dejado aquel sinsabor, aquella sensación de que hablamos demasiado y hacemos poco por renovar el periodismo, por alcanzar la excelencia, por contar la vida desde adentro de la vida.

Hoy los reporteros de televisión y de portales web sobrevuelan las áreas inundadas y se disfrazan de copilotos de helicóptero para el pantallazo. Los de prensa escrita y radio no arman tanta parafernalia, pero tampoco se acercan a los damnificados, a los afectados.

¿Se puede vivir la realidad desde un helicóptero? ¿Cómo es posible hacer una narrativa profunda de lo que está ocurriendo con las víctimas si el reportero pide al piloto que “baje un ratito” para recoger dos o tres testimonios rápidamente (muchas veces sin siquiera tomarse la molestia de preguntar los nombres de las personas entrevistadas) y hacer un “stand up” para que lo vean sus familiares y sus admiradores en la tele.

Para contar lo que está sucediendo con las lluvias y las inundaciones en medio Ecuador hay que caminar medio Ecuador. Hay que mojarse los zapatos, calzar botas de agua, hundirse en el lodo, vivir la experiencia de trasladarse a la escuela o a comprar víveres en canoas improvisadas, cajas de cartón con plásticos alrededor o grandes pedazos de espumaflex.

Disfrazados de copilotos (con audífonos y gorro) o de salvavidas (fingiendo que hundimos los pies en el agua) jamás haremos buen periodismo.

Haremos simulaciones, simulacros, sainetes, shows. Cualquier cosa, menos periodismo.

 

Los jefes

En un país donde discrepar, criticar o pensar distinto es casi un suicidio, ¿solo hay que hacer el periodismo que agrada a los jefes?

Veamos un caso. En junio de 2011, José Antonio Torres escribió un reportaje sobre la reparación de un acueducto en la ciudad de Santiago de Cuba.

La obra fue supervisada directamente por Ramiro Valdez, vicepresidente del Consejo de Estado y comandante histórico de la revolución.

Torres no era un periodista crítico ni opositor. Por el contrario, trabajaba como reportero del periódico oficialista Granma, controlado totalmente por el Gobierno.

En esa investigación, Torres denunciaba ineptitud y negligencia de las autoridades. La información impactó tanto que el general Raúl Castro, presidente de Cuba, felicitó al periodista por su constancia en el seguimiento de la obra.

Castro fue más allá: aplaudió públicamente a Torres y dijo que este es el espíritu que debe caracterizar a la prensa del Partido.

En la Conferencia Nacional del Partido Comunista, hace pocas semanas, se pidió a la Unión de Periodistas desterrar la autocensura, el lenguaje burocrático y edulcorado, el facilismo, la retórica, el triunfalismo y la banalidad.

Parecía que empezaban nuevos tiempos para el periodismo, pero casi simultáneamente el Régimen detuvo a Torres y lo envió a prisión. Hoy está a punto de recibir una sentencia de 10 años de cárcel.

¿Por qué se lo capturó? Casi nadie lo sabe, pese a que Castro, en recientes discursos, ha dicho que la revolución debe desterrar el secretismo gubernamental y tiene que velar por la transparencia informativa.

El único dato que se conoce es que, presuntamente, Torres cometió “un acto de corrupción”. Pero, ¿cuál? ¿En qué momento? ¿Por qué no se lo dice transparentemente?

La consecuencia de que el periodista esté preso es que ya ningún periodista se atreve a hablar del acueducto y los habitantes de Santiago sufren las consecuencias del silencio sobre una obra esencial para su cotidianidad.

Ese es el riesgo colectivo cuando a la gente se le impone callar para no convertirse en blanco de una justicia censora y una burocracia ineficiente.

¿De qué periodismo y de qué libertad se habla en una sociedad en la que solamente se puede escribir lo que no disguste a los jefes?

La banda sonora

Uno de los íconos de la banda sonora usada en los enlaces presidenciales sabatinos ha caído en desgracia: Piero, el cantautor argentino.

El compositor e intérprete del famoso versito: “Y todos los días/y todos los días/los diarios publicaban porquerías”, repetido como una irónica y mordaz oración ideológica contra la prensa no oficialista ecuatoriana, es prófugo de la justicia de su país.

El creador de canciones revolucionarias, como “Para el pueblo lo que es del pueblo”, enfrenta a los tribunales de su país por presunto fraude al Estado, bajo el cargo de administración irregular de 40 subsidios concedidos a la fundación Buenas Ondas.

Se suponía que aquellos fondos debían servir para becas de estudio en una granja ecológica, pero, según las investigaciones, eso nunca ocurrió.

La Fiscalía estima, en consecuencia, que Piero, de 66 años, “defraudó a la provincia de Buenos Aires y percibió en su provecho las sumas recibidas”.

Y mientras el cantautor elude su responsabilidad y evita presentarse ante las autoridades judiciales, acá los enlaces sabatinos continúan usando el versito para remachar cada semana en su acusación de que la prensa no alineada con el Gobierno es mentirosa, interesada, tramposa y corrupta.

¿Cómo entender, desde la comunicación política, esa extraña paradoja conceptual?

¿Por qué uno de los más emblemáticos productos comunicacionales del Gobierno persiste en utilizar una canción escrita por alguien acusado de deshonestidad y fraude con un proyecto social?

 ¿Por qué la obsesión antimediática oficial de los enlaces basa su discurso contra la “doble moral” en el argumento de que es una práctica supuestamente exclusiva de la partidocracia y la larga noche neoliberal?

Si se lo sigue haciendo, los ciudadanos tendríamos el derecho a pensar -en un legítimo acto de sospecha, duda y exigencia de rendición de cuentas- que la “doble moral” no ha quedado atrás y que, disfrazada de himnos fervorosos, intenta imponer una visión única de la realidad (la idílica, la revolucionaria) y ocultar otra (la oscura, la vergonzante).

La sentencia contra dos periodistas ecuatorianos

¿De qué lado está la justicia en el Ecuador?

¿Del lado de quienes quieren el silencio?

¿Del lado de quienes pretenden controlarlo todo?

¿Del lado de quienes no admiten ninguna palabra que no sea la suya?

¿Del lado de quienes no están dispuestos a permitir el disenso, la deliberación, la crítica, la investigación?

¿Del lado de quienes creen que el ejercicio del poder les da atribuciones que van más allá de lo que los ciudadanos han decidido?

¿Del lado de quienes están convencidos de que el “buen periodismo” solo es aquel que concilia, que cede, que calla, que hace el juego?

¿Del lado de quienes pretenden intimidarnos, crearnos miedos, ponernos una mordaza, promover la autocensura, tener, siempre, la balanza a su favor?

Juan Carlos Calderón y Christian Zurita no son dos periodistas sentenciados. La sentencia es contra todos nosotros. Juan Carlos Calderón y Christian Zurita somos todos nosotros.

¿El Alba quiere una CNN “alternativa”?

Me parece difícil entender por qué el populismo de izquierda latinoamericano, tan entusiasmado con la idea de ganar la guerra mediática a los “poderes fácticos”, quiere hacer lo mismo que critica, es decir, crear grandes canales de televisión, páginas web, radios satelitales y periódicos impresos de alcance latinoamericano pero con la mirada de ese populismo del siglo XXI y negando las otras realidades, las otras voces y las otras presencias.

Algunos de mis lectores dirán que el Alba tiene derecho a plantearse ese tipo de medios “alternativos” frente a lo que consideran prensa “del imperio”, y podrían tener razón si no fuera porque -al menos de lo que muestra la experiencia del manejo de los medios incautados en el Ecuador y convertidos en gobiernistas, no en públicos- los contenidos, las líneas editoriales y la conducción informativa cumple exactamente las mismas reglas que tanto critican.

Es decir, un periodismo sin equilibrio, sin pluralidad, sin voces distintas, sin crítica, sin democracia. Un periodismo que responde solamente a los intereses de los gobiernos pero no necesariamente de los pueblos o de las sociedades a las que representan o dicen representar esos regímenes.

¿No es eso lo que critica el populismo de izquierda del siglo XXI? ¿No es que a sus líderes les molesta tanto que los medios burgueses o privados o capitalistas representen poderosos intereses económicos?

Si es así, ¿por qué no construir medios realmente distintos, es decir, en los cuales estén representados todos los sectores, pro y contra, derecha, centro e izquierda, de arriba y de abajo, del gobierno y de la oposición, con visiones lo más amplias posibles, con apertura del mayor abanico ideológico posible?

No creo -nunca lo he creído- que la respuesta a un error sea otro error.

Pero eso, lamentablemente, me parece que ocurre cada vez que escucho a los líderes de las llamadas “revoluciones latinoamericanas contemporáneas” hablar de la prensa y del manejo de contenidos en beneficio de “ciertos intereses”.

El combate más inteligente a esos “ciertos intereses” sería no tener ningún interés específico sino, únicamente, el de la sociedad. No es tan difícil. Los ejemplos abundan y son de gran calidad: la BBC británica, TVN de Chile, Radio Nacional Pública de Estados Unidos, entre los medios públicos más emblemáticos, profesionales y, verdaderamente, públicos.

Verdaderamente.

Ignorante

El que un político poderoso llame “ignorante” a un crítico es el síntoma más claro de que una sociedad tiene problemas con sus libertades.

La violencia verbal, la intolerancia y la soberbia con las que un mandatario responde los cuestionamientos a su gestión son rasgos de una nociva ceguera que afecta la vida de todos los habitantes de una nación.

Así sucedió con el primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, quien insultó al escritor norteamericano Paul Auster cuando este expresó que no visitará aquel país mientras existan periodistas y escritores presos.

Auster, quien escribió, entre otras, la famosa novela “Trilogía de Nueva York”, es un pacifista que en su juventud se negó a enrolarse en el ejército norteamericano por su repudio a la invasión a Vietnam.

 Tenaz defensor de las libertades, suele rechazar las invitaciones a países que él considera que “no tienen leyes democráticas”.

Por esa razón nunca ha ido a China y recientemente se ha involucrado en una polémica con Erdogan porque no aceptó presentar en la capital turca su nueva novela “Diario de invierno”.

 En un comunicado que envió a los medios de Turquía, explicó su posición: “La libertad de expresarse y de publicar sin censura o amenaza de cárcel es un derecho sagrado para todos los hombres y mujeres”.

El escritor, guionista y director de cine no elude el debate sobre lo que ocurre en Estados Unidos, donde también existe “una miríada de problemas”, pero, al menos, dice, se respetan los valores esenciales para los seres humanos.

¿Cuánto daño hace a la reputación de un periodista o un escritor que un político arrogante y sin capacidad autocrítica lo llame “ignorante”? Yo creo que ninguno.

Por el contrario, las ofensas de los poderosos suelen convertirse en condecoraciones para el agredido, porque ponen en evidencia a los mandatarios que no son capaces de entender el pensamiento distinto y la opinión deliberante.

Más bien, diría yo, el adjetivo de “ignorante” se vuelve un espejo que refleja, de cuerpo entero, a quien desde el poder no alcanza la dimensión humana e histórica que implica ser respetuoso de las discrepancias y las críticas.

Las ovejas negras del periodismo

Alguna ocasión, un veterano editor jefe quiso aconsejarme y decirme, con su experiencia, que ya debería quedarme en un lugar para siempre.

El secreto, me dijo, es decir sí a todo.

El hombre duró como 15 años en el cargo. Soportó que le pusieran encima otros jefes, dejó que le impusieran decisiones que debía tomarlas él, aguantó calladamente que le llamaran la atención innumerables veces -a veces de manera injusta-, esperó que cayeran aquellos jefes, tuvo muchas veces un poder fugaz, hizo alianzas estratégicas con determinados grupos en disputa con otros, dividió a la Redacción para que esta no se uniera en su contra, en fin…

Una mañana, el viejo editor jefe abandonó su puesto de un momento a otro. No dijo nada a nadie, no explicó por qué y nunca más apareció por el Diario. No dejó ninguna huella ni trascendió su paso por el periodismo. La historia se lo tragó.

Cuando me lo contaron -porque yo ya no estaba allí- pensé que, quizás, se cansó de decir sí a todo y entendió, por fin, que su consejo era absurdo porque un periodista tiene, como todo ser humano, dignidad, voz propia, criterio, puntos de vista, derecho a discrepar, capacidad de reflexionar y hacerse oír con argumentos y tesis bien sustentadas.

Recordando a ese viejo editor jefe, alguien me dijo el otro día que aquel hombre era “una oveja negra del periodismo”. Según el novedoso concepto, una “oveja negra del periodismo” es “alguien que no dura mucho  tiempo en un trabajo y que se pasa la vida saltando de medio en medio sin identificarse ni ser leal con ninguno”.

El concepto, para mí, es equivocado.

Pero quiero recogerlo para mirarlo de otra manera: desde la posibilidad de que cada uno de nosotros tengamos la libertad de elegir dónde queremos trabajar, por qué queremos trabajar allí, cómo el medio y nosotros hacemos sinergia en sus objetivos editoriales e informativos, cómo los ejes y contenidos empatan con lo que creemos que es hacer periodismo de la gente, periodismo equilibrado, periodismo justo, periodismo de historias.

Así que si en esa búsqueda el periodista salta de medio en medio y se lo señala como inestable, impredecible, rebelde o inconforme crónico, no importará que lo llamen “oveja negra del periodismo”.

En toda comunidad ovina, como sabemos, las ovejas blancas son miles o millones, pero las negras son la excepción.

Por eso me parece que el viejo editor jefe fue una oveja blanca del periodismo. Fue parte de la manada, en palabras de Kapucinski.

Los que buscan su propio camino y  tienen la valentía de enfrentarse a la incertidumbre de empezar de nuevo son “ovejas negras”.

Negras, negras, negras. Con su camino particular, con su mirada en perspectiva, con su paisaje humano, fresco y distinto, con su filosofía personal sobre el periodismo, con su pedagogía y pasión por escribir y enseñar, con su incapacidad -bendita- de agachar la cabeza y decir a todo sí.