En la vorágine del debate sobre el proyecto de Ley de Comunicación, los panelistas aseguramos que la lucha no es por interés propio, sino por la defensa del derecho ciudadano a la información.
Pero, ¿en verdad es así? ¿A nombre de quiénes hablamos? ¿Tenemos autoridad moral para invocar el nombre de los ciudadanos? ¿“La gente” participa activamente en la agenda noticiosa?
Me parece que el quid del asunto es ese: la representatividad.
Por eso supongo que a millones de los que pretendemos reflejar les resultará poco creíble que, en ciertos momentos de la confrontación teórica e ideológica, unos y otros nos atribuyamos la legitimidad de la vocería ciudadana.
¿Realmente hablamos a nombre de la sociedad? ¿Cómo estamos seguros que la sociedad siente que nuestros planteamientos los representan?
Empecemos por esta reflexión: culpar a los demás por nuestros errores y vacíos parece el atajo más fácil para eludir responsabilidades. Es lo que hace el Gobierno con nosotros y es lo que nosotros hacemos del gobierno.
Pero culpar a los demás por las deficiencias del periodismo ecuatoriano es también una actitud poco ética y poco autocrítica. Catedráticos universitarios que llegan a los debates suelen plantear que ellos hacen bien su trabajo en las aulas con los futuros periodistas, pero que estos se deforman ideológica y profesionalmente al entrar en el juego del poder mediático.
Del otro lado, directivos y editores de las empresas informativas lamentan los enormes vacíos teóricos y prácticos de los nuevos periodistas cuando estos se enfrentan al rigor del proceso informativo. ¿
Y el argumento del poder político? No hace falta insistir en desnudar el discurso que pretende persuadirnos de que “el único interés del Gobierno es velar porque los ciudadanos no sean víctimas de la prensa corrupta”, cuando lo que, como todos los gobiernos, lo que defiende son los intereses del Régimen.
Las intenciones oficialistas de silenciar al periodismo crítico son tan evidentes que ya no vale la pena abundar en ello.
Por eso, además de denunciar el nefasto objetivo gubernamental de controlar el pensamiento e impedir el libre flujo de las ideas, lo que debe preocuparnos a quienes no pertenecemos al populismo de izquierda es la poca presencia ciudadana en el debate sobre la ley y en la construcción de la agenda informativa cotidiana.
En el apasionamiento de la confrontación y en el cruce de estigmatizaciones y prejuicios, el peor riesgo es que olvidemos que el objetivo final de nuestro trabajo no son el ombliguismo ni el autismo.
Si de cualquier manera la ley inquisidora se nos viene encima, ¿qué tal si la academia y los periodistas empezamos, ahora mismo, a trabajar juntos por una pedagogía mediática que ponga fin a la ausencia de representación ciudadana en la prensa nacional y al discurso demagógico del poder polìtico?
Archivo de Autores para rubendariobuitron
los ausentes

Triste destino de los canales Gama TV y TC Televisión: de manos de los ex banqueros Isaías pasaron a manos del correísmo.
Si los Isaías utilizaron con eficacia sus poderosas herramientas mediáticas en función de defender sus posiciones, lavar su imagen, atacar a sus críticos y entregar espacios a sus aliados politicos, el correísmo hace exactamente lo mismo: defiende sus posiciones, limpia su imagen, ataca a sus críticos y entrega espacios a sus aliados políticos.
En estos días he escuchado a ciertos académicos de izquierda expresar que no entienden por qué el Gobierno mantiene en esos canales la misma matriz de contenidos ligeros, frívolos, faranduleros, sórdidos y burdos que tanto éxito les dio a los hermanos Isaías.
Cuestionan que no haya cambiado la programación y que aún se mantengan, intactas, las estructuras de telebasura, pornomiseria, sensacionalismo, crónica roja, telenovelas y deportes.
Pero los actuales manejadores (así quiero decirlo) responden que los académicos no entienden nada de televisión comercial. Según ellos, se mantiene la misma estrategia de contenidos para que el rating siga en niveles altos y, de esta manera, conseguir un muy buen precio cuando se decida venderlos.
Se trata de una falacia, claro. Nadie dude ahora de que no fue cierta la promesa hecha por el Régimen en julio del 2008, cuando en un maquiavélico golpe publicitario incautó las dos estaciones televisoras con el presunto objetivo de venderlas y cancelar las deudas de la banca quebrada con sus ex clientes.
Al Gobierno le han sido los canales tan útiles como en su momento lo fueron para los Isaías. Si uno pudiera volver al pasado, apenas hace tres o cuatro años, no encontraría ninguna diferencia entre lo que se hacía entonces y lo que se hace ahora.
Gama TV y TC Televisión, juntas, copan al menos el 50 por ciento de la sintonía y las preferencias de los televidentes de señal abierta en Ecuador. Esta sintonía y preferencias se ubican en la población media pobre y pobre, justo el sector social al que el Gobierno dirige todos sus esfuerzos para consolidar su proyecto de izquierda populista.
Así que los académicos ingenuos y puristas están equivocados. Si la televisión es el medio de mayor impacto y cobertura y constituye una eficaz herramienta para llegar a la gente con menor nivel educativo, desde los intereses del Régimen sería absurdo perder esta potente arma de persuasión y adoctrinamiento.
No me pregunten qué pasó con los reporteros y jefes de estos canales, quienes hasta hace tres años y medio detestaban al entonces candidato Correa y apostaban todo al otro postulante, el mediocre millonario de derecha Álvaro Noboa.
A la mayoría se la ve tan cómoda en sus reencauchados roles de voceadores de los intereses del correísmo que a uno le queda la sensación de que en esos medios no ha pasado nada.
Y, en realidad, no ha pasado nada. ¿La revolución ciudadana llegó a esos medios? No. Lo único que llegó fue un nuevo tropel de idólatras funcionales.
sí, a las calles

¿Los periodistas debemos salir a las calles para defender nuestro trabajo? Sí, definitivamente sí.
Pero, ¿salir a las calles para qué? ¿Para gritar contra el Gobierno? ¿Para rechazar el nefasto proyecto dedicado contra los medios privados y mal llamado “proyecto de Ley de Comunicación”?
Salir a protestar es un derecho de todos los ciudadanos que sienten amenazadas sus libertades. Y las calles son el espacio más idóneo para expresarse cuando el poder político cierra los espacios de debate y deliberación.
Pero, ¿a los periodistas nos compete desfilar levantando carteles antipoder o gritando consignas? No lo creo.
A los periodistas nos compete hacer periodismo, no militancia partidista. Es la mejor manera de preservar nuestra autoridad crítica.
Porque el periodismo sería mejor si saliéramos a las calles a rehacer nuestras rutinas, a penetrar en lo más hondo del tejido social y a contar la vida desde ahí.
Estaría en mejor nivel si muchos reporteros no pasaran buena parte de su tiempo encerrados en el teléfono en busca de analistas, expertos y todólogos para que llenen de opiniones las noticias.
Estaría en un mejor nivel si muchos reporteros de la prensa gobiernista no pasaran buena parte de su tiempo recorriendo los pasillos de la burocracia en busca de frases prefijadas sin contrastar fuentes ni ejercer la duda.
Otro sería el nivel si muchos reporteros de la prensa “privada” dejaran de buscar intérpretes de la verdad y contaran los hechos directamente con el pulso que solo puede expresar la cotidianidad social.
Si hiciéramos un trabajo más riguroso, profundo, contextual, preciso y apegado a los hechos quizás pudiéramos recuperar los espacios de credibilidad que han sido demolidos por la campaña semanal del presidente Correa contra los medios y los periodistas que no se subordinan a él.
Sí, hay que salir a las calles.
Pero salir para mezclarse entre la gente, vivir lo que vive la gente de la calle, oler, gustar, tocar, mirar, escuchar la vida de la calle y de la gente.
Salir para desubicarnos, asombrarnos y perder las certidumbres, para no sujetarnos a un libreto monótono y circular, para encontrar nuevas fuentes, para saber en qué anda la gente, de qué está hablando, qué le interesa conocer, aprender, decir, compartir.
Hay que salir a las calles porque nuestro deber es acompañar a la sociedad en sus procesos, sin que deba importarnos si esos procesos van contra nuestra manera de entender la realidad.
Desde el periodismo podríamos empezar nuestra propia revolución mediática, una revolución que implica cuestionarnos más, autocriticarnos más, ser más tolerantes y humildes, dejar arrogancias y soberbias, leer mejor el país.
En las calles está la vida. Caminarlas y sentirlas es, para un periodista, la mejor manera de estar cerca de la gente y lejos, muy lejos del poder. De cualquier poder.
CRÓNICA

Una madrugada fue decisiva para Miguel Jiménez. En mitad del insomnio presintió que algún círculo se cerraba: eran once años de trabajo incesante y había que decir basta. Basta de sinfónicas, conservatorios, conciertos, giras, partituras, aplausos…
Y entonces resolvió abandonar y abandonarse. Abandonar la dirección de la Orquesta Sinfónica de Cuenca, abandonar la ciudad que lo acogió enteramente, abandonar los afectos y los amores que lo mantenían anclado, abandonarse y existir sin horarios, sin formalidades, sin compromisos, sin empleo fijo, sin oficina, sin salario mensual….
En el ambiente artístico e intelectual azuayo hubo estupor cuando se supo la noticia. Todavía se recordaban conciertos maravillosos conducidos por Jiménez, como aquel cuando estrenó El Mesías, de Handel, en la Catedral Vieja de Cuenca.
El público había copado el templo, que también estrenaba restauración, y pocos melómanos olvidan el perfecto silencio que mantuvieron los asistentes durante dos horas y media.
Pero Miguel Jiménez había tomado la decisión y no había ninguna posibilidad de retroceder.
Para él los aplausos llegaron a convertirse en una droga peligrosa, una droga que lo estaba matando, porque los aplausos no son suficientes y porque si ya no tienes adónde llegar ya no tiene sentido seguir…
Y entonces murió y nació. Murió porque dejar todo, dejar tanto, siempre será un dolor, aunque se deba hacerlo.
Para muchos artistas sería inconcebible escuchar a Miguel Jiménez reflexionando sobre el poder y el ego y el orgullo y el estatus y la arrogancia y la ausencia de soledad. Porque eso era: ausencia de soledad.
Miguel Jiménez quería estar solo. Solo de soledad absoluta. Quería ser nadie. Quería volcarse en su amor más leal: el clarinete.
Y volvió a Quito a vivir en un departamento de soltero en el mismo edificio donde viven, solas también, aunque acompañadas de tres gatas, sus dos hermanas Gloria y Martha.
Tres años sin dirigir lo han humanizado. O rehumanizado. En ese lapso ha armado y desarmado no únicamente su propia vida sino los electrodomésticos de su departamento, las instalaciones eléctricas y sanitarias, los muebles, la cocina…
Disfruta tanto de vivir consigo mismo que se felicita de no haber tenido hijos ni haber consolido una relación de pareja tipo amor eterno. Los hijos nunca llegaron y las mujeres pasaron y pasan. Y pasarán.
Lejos de reflectores y autógrafos y admiradores volvió a Beethoven, a Mozart, al jazz clásico, lo que tanto amó en sus años de juventud en Canadá y Estados Unidos donde sobrevivió tocando, dirigiendo, dando clases, vagabundeando, viajando, respirando libertad.
Y ahora que es él mismo de nuevo, un tipo cualquiera, un tipo que cruza la ciudad en bus, un tipo de 60 años sin ninguna opulencia, un tipo que retoma la batuta por poco tiempo para conducir la Banda Sinfónica del Municipio, sabe exactamente lo que quiere: tocar el clarinete, dejar de pelearle a la vida, mirar desde su ventana esta ciudad desordenada y gris, esta ciudad donde ha vuelto para cerrar el último círculo de su vida.
bajemos del pedestal

Bajémonos del pedestal del cuarto poder.
Es un punto de partida para repensar el periodismo.
Muchos años hicimos información y opinión bajo la sombra de la larga noche febrescorderista y adaptamos formas para contar ese momento histórico, pero eso ya terminó: ahora el país está en manos de nuevos dueños y, por tanto, necesita otro periodismo.
¿Desde dónde repensar ese periodismo distinto?
No vamos a decir que lo hemos hecho todo mal, porque no es cierto. Hemos cometido graves errores, pero también hemos tenido grandes aciertos.
No vamos a dar la razón al poder con sus patéticas pretensiones de convertirse en megainquisidor, en tremendo juez de lo que se debe y no se debe decir.
No vamos a cambiar porque el poder coloca sobre nuestras cabezas una ley que nos castigará si cometemos el peor pecado que puede cometerse bajo el autoritarismo: ser irreverentes y críticos con los nuevos dueños del país.
Hay que repensar el periodismo porque es hora de hacerlo, no porque un Gobierno haya decidido asumirse como un omnipotente censor de los demás mientras es incapaz de procesar sus propias urgencias de autocrítica, mientras pretende darnos cátedra de ética mientras maneja sus canales de televisión con el mismo sesgo con el que lo hacían sus anteriores propietarios.
Repensar el periodismo empieza por enfrentar el futuro con dignidad, sin lamentos ni conmiseraciones, entendiendo lo más complejo de las coyunturas que viven el Ecuador y el continente.
Empecemos por ser capaces de leer lo que está cambiando en el país.
Miremos en qué medida nuestra agenda diaria empata con lo que sucede en la calle, entendamos qué tipo de sociedad intenta construir el poder, contemos cómo vive la gente común la propuesta del nuevo poder.
¿Estamos leyendo los hechos desde una perspectiva de contrapoder?
¿Es antipoder lo que nos corresponde hacer desde la prensa en este momento de la historia?
¿Estamos conscientes de que hay un distinto equilibrio entre poder y prensa?
¿Conocemos en qué se sustenta este giro de percepciones ciudadanas en relación con quienes hacen gobierno y con quienes hacemos periodismo?
El legendario periodista Bob Woodward, investigador del famoso caso Watergate, aconseja que en momentos de crisis desnudemos nuestras arrogancias y nuestras certezas -conscientes o inconscientes- de que somos imprescindibles para la sociedad.
Solo despojados de ese mito, descendiendo de ese altar, podemos volver a la esencia del periodismo: fuentes contrastadas hasta la saciedad, documentos que avalen todo lo que publicamos y presencia constante en los escenarios donde se produce el hecho.
¿Guardianes de la democracia? ¿Defensores de la libertad? Nada de eso, dice Woodward. Simplemente hagamos bien nuestro trabajo.
(Fotografía de Parke Harrison)
¿autoritarismo radial?

Miércoles, 18 de noviembre de 2009
Cuando escucho al maestro Javier Darío Restrepo decir que quien está detrás del micrófono debe tener plena conciencia de que está hablando a su amo, la conclusión evidente es que la radio nos pertenece a los ciudadanos, a los oyentes, al público, no a los propietarios ni a los gerentes ni a los entrevistadores ni a los presentadores estrella.
La radio es nuestra porque el comunicador que está al otro lado del receptor tiene un compromiso único, exclusivo, vinculante: informarnos con la mayor responsabilidad posible y abrir los micrófonos para que quienes tenemos una idea, sugerencia, crítica u observación tengamos la posibilidad (deberíamos decir el derecho y hasta la obligación ciudadana) de participar, intervenir, cuestionar, objetar, puntualizar y hasta felicitar (¿por qué no?) a quienes argumentan, razonan y hacen pedagogía social sin caer en el epíteto, en el insulto, en la obsesión “anti” o en la obsesión “pro”, ambas peligrosamente fundamentalistas.
Pero la realidad de la radio en el Ecuador es ciertamente patética. Nos aterriza y nos golpea contra el piso. Nos despierta. Nos decepciona. Nos empuja a que como ciudadanos exijamos el derecho a expresarnos. Nos recuerda el nivel de inmadurez de nuestra democracia y el nivel de autismo de quienes se asumen como comunicadores de alto rating lo cual, a su vez, parece otorgales una medalla a la fama y a la reputación, misteriosas virtudes que, a su vez, parece convertirlos en poderosos y autoritarios.
Me explico: si realizamos un zapping entre las 7 y las 9 de la mañana en los noticiarios radiales de Quito escucharemos a Diego Oquendo, Miguel Rivadeneira, Gonzalo Rosero, Paco Velasco yMarcelo Dotti, entre otros., luchando por ganar el favor de los oyentes. ¿En qué consiste esa lucha? ¿Realmente se juegan por el derecho ciudadano a recibir información de calidad? Si fuera así, ¿qué espacios concretos tienen los oyentes para ser parte activa de esos programas? ¿En cuál de ellos se interactúa con las audiencias de manera respetuosa, tolerante y plural?
Esto es lo que sucede cuando el oyente activo e inquieto marca los teléfonos de las estaciones radiales:
Diego Oquendo recibe preguntas “en off” y luego su asistente las lee para que respondan los entrevistados. No leen todas y no queda claro por qué: por falta de tiempo, por procesos de selección específicos o porque algunos cuestionamientos son ”subidos de tono”. ¿Es un derecho de Diego Oquendo tomar esas decisiones por nosotros?
Gonzalo Rosero tiene una serie de anillos de seguridad, como en la guerra de guerrillas, que nos impiden acceder a él o a los entrevistados. ¿Gonzalo Rosero se asume como la voz representativa de sus oyentes? ¿Considera que es sufciente con su palabra y sus ideas?
Miguel Rivadeneira nunca o casi nunca abre los micrófonos a los oyentes. Su estilo de preguntar, concreto, frío y preciso, gracias a su extraordinaria capacidad para investigar y documentarse, lo mantiene distante de la audiencia y no construye un puente de confianza que conecte al periodista con el público de manera directa.
Paco Velasco, periodista, asambleísta y militante partidista al mismo tiempo (tipo combo), debiera ser el ejemplo y la diferencia: él sí abre los micrófonos durante las dos o dos horas y media de su programa y la gente que sale al aire puede decir lo que quiera a menos que… A menos que quienes llama critique al Gobierno, a la Asamblea o al propio Velasco. Si alguien tiene una opinión contraria corre el grave riesgo de que el periodista le cuelgue el teléfono, lo subestime o minimice, lo degrade o permita que quienes llaman despuésd hagan polvo de quien discrepa.
Marcelo Dotti, ex diputado socialcristiano (tan cuestionable como Velasco) es más inalcanzable que Gonzalo Rosero. Si uno llama para decir lo que piensa lo más probable es que alguien le responda que el licenciado Dotti está en otra cabina y que “no hay cómo” acercarle al teléfono o que la entrevista que usted está escuchando “es pregrabada”.
¿Qué posibilidades le quedan al oyente? ¿Limitarse a ser un ente pasivo’ ¿Frustrar su derecho a decir? ¿Decir gracias y resignarse a escuchar desde la pasividad, cambiar de estación, intentar desestresarse escuchando la música de algún cd pirata o apagar el receptor y escuchar el ruido del caos urbano?
¿En qué radiodifusora tenemos la posibilidad de ser libres (ahora que tanto hablamos de libertad de expresión) y expresar lo que queremos expresar sin ningún tipo de obstáculo, censura, discriminación, muro, anillos de seguridad, líneas telefónicas con cerrojos y periodistas que no son capaces de ceder su protagonismo al amo, es decir, al público al cual se deben?
¿Por qué tanto miedo a la libertad de los otros, es decir, al libre ejercicio de la opinión pública?
¿No es una forma de autoritarismo el control de la opinión o, peor, omitir, canastear o silenciar las otras opiniones?
¿No es, de alguna forma, lo mismo que criticamos cuando hablamos del “poder controlador”?
¿La intolerancia ya es de todos?

ENTREVISTA
Javier Darío Restrepo es un indiscutible referente del periodismo. Respetado por todos, incluso por quienes discrepan con él, es una autoridad moral cuando se habla de ética, conciencia, honestidad, cumplimiento del deber, valorar el oficio en su dimensión más alta y profunda: la del servicio al lector y, a través de este, al conjunto de la sociedad.
- “Hacer periodismo en sociedades políticamente polarizadas”… Es un tema complejo pero oportuno en la coyuntura regional…
- Propongo este tema como eje de seminarios y talleres porque cuando las sociedades se polarizan es imposible la discusión inteligente, es imposible la deliberación y el debate, es imposible el respeto al otro.
- Pero quienes tienen el poder político deslegitiman a sus críticos bajo el argumento de que ”los que pierden las elecciones no tienen derecho a discrepar”…
- Pues, entonces, no estamos hablando de democracia sino de dictadura. Desde los griegos, el concepto más profundo de la democracia es gobernar debatiendo. Y si la verdadera democracia es la palabra, el uso de ella, el ejercicio de ella, la obligación del poder político es escuchar no solamente a quienes lo aplauden sino, sobre todo, a quienes lo critican y lo objetan.
- Suena utópico creer que un gobierno intolerante escuche a sus críticos. Y mucho más utópico que escuche a quienes desde la prensa proponen una democracia deliberante.
- Seamos claros: el deber del periodismo es impedir que el poder (sea político, económico o de cualquier matiz) engañe a la población. Y, para cumplir esa misión ética, hay que hacer el mejor periodismo posible.
- Pero el poder político ahora se blinda incluso manejando medios de comunicación propios…
- Si un Gobierno pretende controlar y manejar “medios propios” (ponlo entre comillas), está usurpando los medios que debieran ser del público, de los ciudadanos, de la sociedad.
- Y no solo hablamos de medios propios, sino de periodistas funcionales y orgánicos al proyecto político.
- ¿Periodismo gobiernista? Me parece una aberración. Y mucho más aberrante me parece la existencia de periodistas gobiernistas. Quien pretenda hacer periodismo del poder pone en estado de coma a su ejercicio profesional y ético.
- Sin embargo, gobiernos como el que ahora está en el poder en Ecuador nunca admitirán que para mantener la salud de la democracia es imprescindible la crítica y la rendición de cuentas, mediatizadas por la prensa y los periodistas.
- Eso quisiera decir que el poder político no acepta que la sociedad le haga exámenes críticos a los que estaría obligado a responder, oír y acatar.
- Pero en este punto, desde la visión oficial, el debate gira en torno a la legitimidad de representación social de los medios tradicionales…
- Es muy probable que esa legitimidad se cuestione cuando hacemos mal nuestro trabajo. La representación social es algo que los medios y los periodistas ganan (o pierden) cada día. Por eso es irresponsable ser mediocre. Por eso es tan urgente la autocrítica rigurosa y sistemática.
- De acuerdo, pero aunque existan estas instancias de autocrítica, rigor y lucha por la democracia interna, un poder político autoritario nunca admitirá que lo cuestione una prensa no adicta a él…
- Un gobernante no perdona que la prensa le dispute el poder. Pero en este punto es necesario precisar que el periodismo no es poder, sino servicio.
- Y que aquello del “cuarto poder” es un mito…
- Ni cuarto poder ni nada de eso. El periodismo y el periodista no deben ser poder de ninguna forma. Justamente este es uno de los problemas de fondo: el creer que somos “poder”.
- ¿Y creer que tenemos la verdad?
- De ninguna manera tenemos la verdad. Ni el poder político ni nosotros tenemos la verdad. Nadie tiene la verdad. A lo mucho, alcanzamos a captar fragmentos de verdad.
- Sin embargo, en una sociedad polarizada, la gran disputa parece ser apropiarse de la verdad como legitimación del poder. Es decir, quien tiene la verdad tiene el poder…
- La verdadera lucha del periodista es juntar esos fragmentos de verdad para ir construyendo una realidad lo más fiel posible a los hechos. Es la única manera de que el poder político no asuma que él tiene la verdad.
¿- La verdad no le pertenece al poder político ni a la prensa?
- La verdad solamente le pertenece a la sociedad porque es su alimento, porque se nutre de ella. Una sociedad sin verdad es una sociedad anémica. Ahí es donde entra la ética de los medios y los periodistas.
- ¿Es posible alcanzar esos fragmentos de verdad con un trabajo antiético?
- Es imposible hacer periodismo si no eres ético.
- Para muchos, sin embargo, hablar de ética es lírico, retórico, utópico…
- Por supuesto que la ética es una utopía, pero la utopía es una invitación a la excelencia, una invitación a no quedarnos dormidos, una invitación a llenarnos de preguntas y dudas sobre la realidad.
- A propósito de ética, uno de los argumentos del oficialismo para la Ley de Comunicación es que la prensa no tiene parámetros éticos y solamente responde a una lógica de mercado…
- Si una Ley de Comunicación pretende normar la conducta ética de los periodistas y los medios, se está pretendiendo reemplazar el cumplimiento de los valores éticos con reglamentos policíacos. El periodista no necesita una Ley porque él debe ser su propio legislador, el único llamado a ser implacable consigo mismo. La ética jamás podrá imponerse con una ley.
- Entonces, ¿no debe existir una ley de medios?
- Debe existir, por supuesto, pero con el único fin de defender derechos ciudadanos, en especial el derecho a la información.
- Pero de los ciudadanos, no del Gobierno…
- De los ciudadanos, porque en una verdadera democracia son ellos quienes deben tomar las grandes decisiones. Para que los ciudadanos tomen esas decisiones se requiere un periodismo de calidad, independiente, un periodismo distante de cualquier interés que no sea el de la sociedad.
- Dicen que lo de la ‘independencia’ es otro mito…
- Ser independiente es criticar y poner a circular ideas para poner en marcha el motor de la democracia. Ser independiente es tener el corazón caliente para servir a los demás.
- ¿Y qué es ser libre? ¿Qué es la libertad de prensa?
- La libertad de prensa tiene directa relación con el ejercicio de un periodismo independiente. De lo contrario, así como el poder abusivo se apropia de los conceptos, la prensa también se apropia de algo a lo que solamente tiene derecho si desempeña con ética su papel de servicio a la sociedad.
__________________________________________________________________
HOJA DE VIDA.
Javier Darío Restrepo, colombiano, nació en Medellín y tiene 77 años.
Ha escrito libros de ética periodística, crónicas y novelas.
Fue Defensor del Lector y columnista en El Tiempo de Bogotá y El Colombiano de Medellín.
Es catedrático en la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano y ha dictado clases, seminarios, talleres y charlas en innumerables centros de estudios superiores en América, Europa y Asia.
Periodistas y teóricos de decenas de países del mundo consideran a Javier Darío Restrepo una de los pensamientos más lúcidos e iluminadores respecto de la ética y el trabajo de los medios de comunicación.
¿víctimas de la ley?

¿Qué tal si en lugar de declararnos víctimas o héroes decidimos hacer un mejor periodismo?
Empecé como reportero semanas después del ascenso al poder de León Febres Cordero. Fueron años duros. Febres Cordero veía en cada periodista crítico un conspirador, un terrorista, un subversivo, un individuo peligroso para su proyecto de ‘reconstrucción nacional’.
Ese Gobierno nos persiguió, amenazó, intimidó. Hubo censura disfrazada. Hubo autocensura. Hubo silencios forzados. Hubo omisiones. Se nos trató de conspiradores.
El ‘Gran Señor’ acusaba de “señoritas” a quienes hacíamos preguntas que no le gustaban. El ‘Gran Señor’, como sus sucesores, pensó que el poder le duraría para siempre.
Uno de sus más obsecuentes funcionarios, Joffre Torbay, solía decir, entre risas, que “el proyecto” era gobernar al menos 12 años seguidos porque “resultaba imposible cambiar un país en solamente cuatro años”.
Pero Febres Cordero se fue. Y llegó Borja. Y se fue. Y llegaron los Durán Ballén. Bucaram. Alarcón. Mahuad. Noboa Bejarano. Gutiérrez. Palacio…
¿Qué ha cambiado 25 años después de aquellos episodios de intolerancia, arbitrariedad y terror que protagonizó el socialcristianismo contra la prensa no sumisa a él?
El otrora omnipotente y tenebroso partido está en escombros, pero también están en escombros algunos conceptos y mitos acerca de lo que creíamos era ‘buen periodismo’.
Todos los que sucedieron a Febres Cordero, unos más que otros, agredieron, atacaron, acosaron, censuraron, enjuiciaron a medios y periodistas, muchas veces porque al poder no le gusta que le desnuden sus costuras, pero muchas veces también porque los periodistas cometimos gruesos errores, nos equivocamos, no hicimos de manera prolija nuestra tarea.
Veinticinco años después viene una ley para controlar a la prensa. En las salas de redacción ya vibra el miedo, un miedo enmascarado en cosas que habrá que tener cuidado de decir, que quizás no se deban decir, que dichas podrían conducir a la cárcel, el desempleo, el exilio o la muerte.
Es una ley fabricada y apoyada por quienes detestan a la prensa no adicta al poder vigente y por quienes en su ejercicio periodístico -supuestamente alternativo- no han puesto en práctica lo que tanto dicen repudiar de nosotros.
¿Qué hacer ahora? Yo creo que la respuesta es sencilla: hacer periodismo más riguroso. Ser más autocríticos, contextuales, precisos, responsables. Ser menos subjetivos, menos prejuiciosos, menos ligeros. Hacer un periodismo más inteligente, útil, creativo, contado desde la gente común.
La revolución ciudadana probablemente dure cuatro, ocho, 12 años, pero un día se irá. La calidad de periodismo que quede no dependerá de lo que hizo el poder político contra nosotros sino de lo que nosotros, siendo mejores periodistas, fuimos capaces de hacer.
el gurú y el ciudadano lector

Mientras el gurú de los comunicólogos fundamentalistas plantea la muerte del cuarto poder y la extinción de los periodistas, un lector nos critica severamente y nos exige mejorar la calidad de la información.
El primero es Ignacio Ramonet, francés, director del diario Le Monde Diplomatique y uno de los teóricos contemporáneos más citados en ensayos y artículos de los expertos mediáticos que diariamente, en el país y la región, intentan reeducarnos en su objetivo de hacer “el periodismo del siglo XXI”.
El exigente lector se llama Fausto Maldonado y es ecuatoriano. No lo conozco personalmente, pero por el contenido de sus cartas supongo que respeta el periodismo bien hecho y, por tanto, es su demanda principal. No me importa que sea de derecha o izquierda. Me importa su actitud para reclamar, desde su derecho ciudadano, por nuestras imprecisiones e inexactitudes.
En uno de sus textos recurrentes y recurridos, Ramonet dicta cátedra sobre lo que debemos hacer los periodistas para cambiar nuestras malas prácticas.
Dice, por ejemplo, que “es necesario que los medios analicen su propio funcionamiento (…). Todo el mundo los ve y todo el mundo sabe que no son perfectos. La gente espera que los medios se hagan una autocrítica, que se analicen a sí mismos. De la misma manera que los medios pueden ser exigentes con tal o cual profesión o sector, ¿por qué no lo son con ellos mismos?
“Estoy convencido -concluye Ramonet- que los medios deberían proceder a análisis más serios sobre su funcionamiento, aunque sólo fuera para que todo el mundo supiera cómo trabajan y que no son reacios a la inspección, la introspección y la crítica. No han de tener una posición privilegiada. No están sólo para juzgar a los demás sin poder ser juzgados. Es importante que, cuando se cometen errores, se reconozcan. Sólo así se hace pedagogía. Esta idea avanzará, aunque sea lentamente, porque es muy cómodo juzgar sin ser juzgado”.
¿En serio piensa Ramonet que no hacemos autocrítica en las salas de redacci´n? ¿En serio cree en la supuest novedad de sus tesis o es su manera de justificar la guerra mediática contra la prensa capitalista?
Fausto Maldonado no representa a ningún grupo de poder -ni viejo ni nuevo-. Simplemente, a él le preocupa el mal periodismo: si compra un Diario exige que tenga información de excelencia. Por eso nos reta: “Me llama la atención que cuando se trata de números se los copia sin preocuparse de la precisión y exactitud”.
El rigor de Maldonado es honesto y tenemos el deber de escucharlo. Como lector crítico ejerce su derecho a estar bien informado y, sin enredadas teorías, logra conmover la sala de redacción.
Pero los ramonetistas, desde su fundamentalismo, suponen manejar revolucionarias fórmulas contra la prensa burguesa mientras ignoran sus propias reglas en el “periodismo del siglo XXI” que dicen profesar.
(Ilustración de Marco Zamudio)
el milagro no era acá…
CRÓNICA

Los ojos de Raúl Segovia se inundaron de lágrimas cuando se acercaba el final del partido y en otra cancha, en Manabí, Rocafuerte ganaba al Grecia de Chone. Eso era trágico porque el Aucas hubiera podido hacer 20 goles más que ya no le servía para nada.
“Si así habría jugado siempre”, susurraba Raúl de pie cuando terminó el primer tiempo. Todavía estaba feliz. El Aucas ganaba 4 a 0 y el Rocafuerte, que debía perder para dar chance al Aucas, iba en desventaja.
Raúl se sentía tan contento que pidió dos fundas de papas con salchichas y mucha cebolla y muchísimo ají mientras su colega, el taxista escéptico, tomaba un buen sorbo de cerveza en vaso de plástico.
Pero después empezó a llover, bruscamente, como Quito suele sorprender. Acá ya estaban jugando el segundo tiempo y allá el Rocafuerte empató. No era posible. y después fue peor: el Rocafuerte estaba ganando. Chuta…
Típicos hinchas del Aucas. Raúl, el escéptico, la señora gorda de atrás, el papá con los tres niños pintados los rostros con la ‘A’ y el perfil de un indio amazónico, la chica de las cosas finas en fundas de plástico amarillas, todos contagiados del estupor en el corazón, el tremendo frío en la piel y la desazón de esperar un nuevo gol que en realidad no importaba porque ese momento se dieron cuenta de que el milagro no debía producirse acá sino allá, allá donde el Grecia tenía que hacernos el favor de ganarle al Rocafuerte, carajo, había que estar allá en Chone para hacerle barra al Grecia.
Acá los hinchas reían y lloraban. El estadio de Chillogallo dejó de ser la caldera y la pasión y el griterío y la esperanza. Los hinchas reían de manera absurda porque no querían creer que fuera cierto, pero lo era.
El escéptico se encogía en sí mismo para atenuar el efecto del viento húmedo y gritaba a Raúl que había que irse, pero qué va, el que se fue, definitivamente, era el sol, y el cielo se puso gris, ¿cómo era eso de que San Pedro era hincha del Aucas? Ni San Pedro ayudó. La lluvia de goles se secó en el segundo tiempo y el equipo se enfrió y los jugadores, peor.
¿‘Papá’ Aucas? ¿Cuál ‘Papá’ Aucas?, exclamaba un borrachito veterano, de rostro ajado, ojos pequeños y nariz torcida. Tambaleaba mientras pronunciaba esas frases previas al sollozo, a la frustración, a los más de 60 años de esfuerzos inútiles, a los recuerdos dispersos de cuando el Aucas era tan Aucas que hasta a la Liga le ganaba.
Allá abajo, el desconcierto. Ya tenían los cuatro goles, ya cumplieron el objetivo, pero este Aucas que a los años estaba ganando, en realidad iba perdiendo, estaba muy lejos la posibilidad de que alguien (Diosito, la Virgen María, el Berrueta, el Pinillos, el Solá, el Garnica, el Pocito) se apiadara de nosotros y ordenara a los ángeles que hicieran ganar al Grecia.
Raúl escuchó el pitazo final cuando un viento escalofriante reemplazó a la intensidad de la lluvia. “Despierten, carajo”, gritó alguien como diciendo que ya no había ningún sueño, que lo mejor contra las pesadillas siempre será abrir bien los ojos.
Y ahí estaba, junto al destruido Raúl, el escéptico amigo repitiendo, con el insoportable tonito de los pesimistas: “Ya ves, hermano. Yo te dije”.
