Zhang Linhai III

He vivido durante dos meses una callada pero implacable guerra contra mí mismo.

Pero hoy, que he decidido recuperar mi blog, quiero que ese conflicto se socialice y se transparente.

Ha sido una auto-guerra despiadada en la que el objetivo, aunque a veces me ha costado admitir, está claro: vencer mi propia limitación de creerme perfecto, pensar que no me equivocaría jamás en un proceso de escritura periodística, ser claro con los lectores cuando me aventure a ir más allá de los formatos tradicionales.

Es terrible cuando el entorno se torna hostil: cometí un error y fue agigantado por el escándalo.

Luego se cometió otro, muy frustrante para mí, cuando la polémica se agravó: pese a mi insistencia para aclarar de inmediato no se me dio el espacio que necesitaba para hacerlo y ofrecer disculpas públicas a quienes se sintieron ofendidos, a quienes confundí y a quienes durante más de 25 años en el oficio nunca defraudé con mis trabajos generalmente impecables.

Pero incluso en estas circunstancias, cuando todo se volvió en mi contra, admito, como parte de la implacable guerra contra mí mismo, que no hay obstáculo para hacer periodismo de calidad si uno pone toda la vida en cada palabra y toda la inteligencia en armar el género periodístico sin confundir a los protagonistas ni a los lectores.

También es cierto que, por aquel error que no se explicó a tiempo debido a circunstancias fuera de mi alcance, he tenido que procesar y reflexionar este lamentable episodio en silencio, sin siquiera responder a las especulaciones y al linchamiento personal, mediático y tiutero que sufrimos mi familia y yo, con algunas consecuencias de salud muy graves que no vienen al caso detallar.

Doy gracias, sin embargo, a quienes reclamaron con respeto y consideración el porqué del error y por qué la falta de aclaración oportuna.

Doy gracias a mis dos maestros, quienes hicieron un trabajo anónimo para analizar lo que sucedió.

Ambos, a quienes admiro y sigo hace muchos años, de quienes he sido su orgulloso discípulo, supieron, con rigor y luz, mostrarme el camino para aprender una lección dura pero inolvidable.

Sus nombres los guardo porque mi homenaje a ellos lo haré, en pocos días más, en otro ámbito. Del otro maestro, que tanto me enseñó esos días, hablaré en el siguiente post.

Pero a todos, sin ninguna omisión (incluso a quienes me agredieron, a quienes ironizaron con mi apellido, a quienes me estigmatizaron, a quienes armaron redes para buscar más pruebas para lincharme y fusilarme), les agradezco el tremendo golpe de humildad que me dieron para aprender de esta experiencia, para volverme más autocrítico que crítico y hacer pedagogía desde mis propias carencias periodísticas.

Se trató de un golpe que ahora hará que ejercer el oficio en el futuro me sea mucho más difícil, pero más retador y maravilloso.

Asumo que si realmente lo que me mueve en la vida es una fuerte pasión y un vasto amor por el periodismo, debo tener la capacidad de aceptar frontalmente mi parte de responsabilidad, aunque los otros (porque hubo otros) no lo hagan y se beneficien de mi presunta derrota.

Y sé, también, que debo ser capaz de aprender aquella lección para nunca repetirla.

¿Podré ahora hacer periodismo mucho más preciso, exacto, inteligente, útil, reflexivo, equilibrado, justo, divertido, sereno, contundente?

¿Podré ahora hacer periodismo (el que siempre he soñado) desde las historias personales de la gente, desde la capacidad (y el deber) de asombrarme, sorprenderme, preguntarme y escribir, haciendo la mejor reportería posible?

Entiendo ahora que como periodista vivo un momento histórico que me desafía a realizar un trabajo cotidianamente extraordinario.

Pobre de mí si cayera en lo que siempre he criticado: la victimización, la autocompasión. No lo haré. Jamás. Pase lo que pase y digan lo que digan.

Ahora, mucho más que antes, lo único que me corresponde, como deber ético, es ser periodista de excelencia.

Hasta el fin de esta implacable e interminable guerra contra mí mismo.

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Ilustración de Zhang-linhai