José Luis Serzo. Tips para cerrar bajo presión

Voy a hablar de Ricardo Tello, uno de los mejores periodistas ecuatorianos, fotógrafo por herencia y afición, exeditor general de Diario El Tiempo de Cuenca, exeditor de sección en Diario El Universo, exasesor de medios escritos en el país, hoy columnista de Diario El Universo, catedrático universitario en Cuenca, incansable estudioso de las distintas teorías de la comunicación y entusiasta promotor del debate sobre el periodismo en el Ecuador.

Quiero referirme a él a propósito del 17 de marzo pasado. Ese día ocurrió, para mí, aquel terrible episodio de la publicación del tema “El Papa, Kirchner y el ego argentino” y la confusa interpretación que generé por una supuesta entrevista a un personaje grande y polémico de la crónica latinoamericana.

La supuesta entrevista fue, en realidad, un ensayo-perfil acerca de la novedosa e irreverente reflexión del destacado intelectual argentino sobre acontecimientos de gran coyuntura internacional.

Para estructurar la nota elaboré un texto sobre el pensamiento del personaje con el entorno y el contexto político, sociológico, religioso e identitario de ese país.

No obstante, usé un formato y un diseño tambien confuso, sin advertir al lector ni al protagonista que se trataba de un ensayo-perfil donde también irían otros textos y, además, mis opiniones y análisis en letra cursiva o itálica.

En fin, el error apareció y se lo hizo gigante por parte de ciertos sectores mediáticos y tuiteros.

Pero dije en mi post anterior que jamás me hice ni me hago ni me haré víctima.

Nada peor para un periodista que ponerse en esa condición indigna. Y aquí queda la explicación sin esperar compasión ni perdón de quien está leyendo este post.

Al escribir un texto de estructura confusa y de formato para muchos extraño, y medir sus consecuencias, he asumido el porcentaje casi total del error que me corresponde, aunque lo que terminó de hacer que estallara el problema fue cuando alguien, entusiasmado pero poco suspicaz y distraído, se equivocó al anunciar, vía twitter oficial, una “entrevista” que no fue tal.

Por eso ahora quiero hacer -y ya verán más adelante por qué- un simple y sencillo homenaje al único colega que habló públicamente de mí.

Lo hizo en su espacio semanal en El Universo del jueves 28 de marzo del 2013, donde escribió su columna bajo el título Periodismo humano e imperfecto.

Ricardo decía, entre otros puntos, que…

 “El tema se volvió personal para muchos. Fue la oportunidad para agredir visceralmente de la misma manera en que ellos se sintieron agredidos, pero eso no le hace bien al periodismo. No enseña nada, no se vuelve referente para nada. Así no seremos mejores (…)

“La enseñanza del error -porque si lo dejamos solo en el error y su crítica visceral, no servirá de nada hablar de él- desemboca más allá de las perogrulladas de que ‘el periodismo es ética (…).

Un gran maestro se equivocó. Uno que, además, ha sido implacable con los errores de otros. En conclusión, la lección que esto nos deja debe ir más allá del periodismo mismo para que, de regreso, hagamos un oficio más humano”.

Ricardo me criticó frontalmente, sin mediatintas, sin compasión, sin eufemismos, sin contemplaciones, con rigor y transparencia.

Entre otras cosas, sin tapujos, dejó constancia de mi arrogancia implacable, a lo largo de los años, para criticar a los demás. Y dejó constancia, con claridad puntual, que me equivoqué.

Y por eso agradezco, admiro y relievo su valentía.

Porque sin siquiera conocer yo que él escribiría algo así, y sin anunciármelo -no tenía por qué- aquel jueves leí su columna y quedé impactado.

Ricardo tuvo la valentía de hablar del caso de un periodista a quien, por estos días, muchos otros amigos y discípulos y exalumnos le han dado la espalda, le han mirado en la calle como un enfermo contagioso, han fingido no conocerlo, le han señalado con el dedo o han escrito tuits de contenido más personal que periodístico.

Pero lo que hizo Ricardo es, justamente, lo que yo hubiera hecho con él -y sin avisarle- si le ocurría algo semejante.

Perdónenme los lectores si he personalizado este post, y pido perdón también a Ricardo (que no sabe que estoy escribiendo esto y que sé que es tan modesto que no le gusta que se hable de él).

Pero este es un humilde homenaje a uno de mis más grandes discípulos, a un periodista con quien hemos compartido sueños, ideas, incansables jornadas de trabajo en los diarios donde trabajamos juntos, a un periodista con quien siempre he sostenido, respetuosa pero firmemente, apasionados debates y consensos sobre espacios, temas y conceptos relacionados con el oficio.

Cuando el discípulo se vuelve el maestro, en este caso mi maestro, no existe satisfacción más profunda ni orgullo más alto y limpio.

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Ilustración de José Luis Serzo

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