Sí. Soy humano.

¿Quién dijo que yo jamás me equivocaría?

¿Quién dijo que a mí no me tocaría, como ahora, aprender a morir para renacer?

¿Renacer sin el signo, sin la obsesión, sin el estigma, sin la capacidad de que me duela tanto un dolor y de que el perfeccionismo me tienda trampas?

Vine humano, me iré humano, soy humano.

Y sentiré el esfuerzo de tener que subir la cumbre. El asombro de remover pedazos.

Vine humano e imperfecto. Me iré humano y perfectible.

Lo imperfecto y lo perfectible como un proceso incesante e inevitable: ser siempre y para siempre imperfecto. Ser siempre y para siempre perfectible.

Y como una infinita espiral hacia arriba- rectificar.

Cambiar.

Aprender. Reaprender.

Elevar el nivel.

“Poner la vara lo más alto posible”, como dicen los psicólogos industriales.

Y saltarla.

Pero, de nuevo, el mito griego de Sísifo: bajar, descender, iniciar otra rutina, volver a trepar la roca sobre la espalda, la roca de la autocrítica.

Si fallé debo admitir que me equivoqué, decirlo en voz alta, mirar a los ojos de los afectados, ofrecer disculpas, corregir.

Y después de corregir, de nuevo reaprender.

Y volver a subir la roca hasta la cumbre.

E intentar, aunque resulte inútil, que la roca no caiga hasta la base para no tener que bajar y volverla a subir.

Equivocarse y rectificar y no volver a equivocarse.

Suena fácil.

Tan fácil como mirarse al espejo cada mañana.

Pero tan vergonzante como que, de pronto, por algún movimiento imprevisto, quizás torpe o fruto de la vorágine, el espejo se golpea, se triza y toca ver, casi sin reacción posible, cómo caen al suelo sus pedazos.

Y agacharse, juntar los fragmentos, reunirlos con sumo cuidado y volver a ponerlos en el marco.

O sea, reinventar el espejo y reinventar a Sísifo.

Con la esperanza de que nunca más vuelva a suceder porque el espejo no puede volver a romperse.

Con la esperanza de que algún día termine para Sísifo la condena de los dioses.

Pero también con la probabilidad de que nunca termine la condena de la roca.

De que nunca se tenga la certeza de que termine la condena del espejo.

Y otra, y otra vez, reinventar el espejo.

Hasta que, como una imposible e inútil magia, nunca más lo quiebre.

Hasta que, como otra imposible e inútil magia, nunca más suba la roca hasta la cima.