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Los que privilegian los intereses de grupo por sobre los intereses nacionales.

Los que no tienen clara su misión de educar, informar y entretener.

Los que especulan, publican y después preguntan.

Los que no respetan el honor, la dignidad y la reputación de las personas.

Los que no entienden que los hechos son los hechos, aunque no guste a las élites que suelen mandar desde las sombras.

Los que creen que rectificar y disculparse es una vergûenza, cuando es el mayor acto de transparencia, decencia y credibilidad de un periodista con su público.

Los que creen tener la última palabra.

Los que no entienden que todos los ciudadanos, independientemente de su inclinación política, tienen derecho a aparecer en los medios con sus opiniones, puntos de vista e interpretaciones de la realidad.

Los que publican titulares sesgados (a favor de una u de otra parte).

Los que entrevistan a quien les conviene, a dedo, y no a todos los protagonistas del hecho que se debate.

Los que trazan sus líneas editoriales desde el fanatismo y no desde el periodismo.

Los que juegan la partida desde los extremos y no desde el justo medio.

Los que confunden periodismo con política de barricada (a favor o en contra).

Los que desde su autismo ideológico y su arrogancia intelectual pretender ser quienes “guían la conciencia nacional”.

A la ley la temen quienes sienten miedo (o saben) que su trabajo no es transparente, no es equilibrado, no es justo, no es honesto, no es ético, no es preciso, no es sereno, no es prudente.

A la ley la temen quienes no se juegan por la gente desde el único lugar desde donde hay que jugarse: desde el pluralismo y desde la democracia. O sea, desde los zapatos de la gente.

Ilustración de Zhang Linhai

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