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“Soy Kichwa donde quiera que esté”, expresa una distinta Nina Pacari, distinta porque ha evolucionado de la política a la política, pero la misma porque esa evolución es parte de una lógica que los mestizos no alcanzamos a entender.

En la casa donde habita, en el mítico sector rural de Santa Cruz (Chimborazo), la doctora en jurisprudencia Nina Pacari trabaja por quienes siempre lo ha hecho, pero ya no desde una curul legislativa, un despacho ministerial, una silla en la corte constitucional o una tarima proselitista, sino desde la propia gente a la que quiere servir.

De aquel ejercicio formal de la política está retirada. Ahora, en su hogar ubicado a 500 metros del lugar donde surgió la figura ideológica y mística del “obispo de los indios” (monseñor Leonidas Proaño, fallecido en 1988), Nina Pacari planifica, piensa y desarrolla dos de sus actuales sueños: la estructura del Instituto para las Ciencias Indígenas y la escritura del libro “Teoría del Derecho Indígena”.

Radical y firme, pero simultáneamente dulce y reflexiva, anhela construir proyectos con visión (no proyectitos sin futuro, precisa) y propagar desde el propio indígena la necesidad de recuperar su identidad a partir del conocimiento y la difusión de los derechos, las funciones, las obligaciones…

La casa de seis habitaciones tiene unos 450 metros cuadrados de construcción y unos seiscientos metros cuadrados de terreno.

En ella habitan la hermana Julia Serrano, española, misionera Seglar de la Diòcesis Madrid Alcalá (España), Nina Pacari y los jóvenes Daniel y Rosita Quera López, gemelos de 27 años, graduados de médicos en Cuba.

Daniel y Rosita, desde los dos días de nacidos al fallecer su madre, crecieron bajo el cuidado de la hermana Julia, de la religiosa hermana Rosita (fallecida en marzo de 2005) y de Nina Pacari (“a los negritos les conozco desde el año 88”, expresa con un gesto de ternura).

Ellos volvieron de la isla caribeña con el título bajo el brazo y con la misma intención de sus mentoras: trabajar por los indígenas y los más pobres.

La residencia, construida con materiales que le dan frescura en los días soleados y calor en las noches gélidas, está colmada de retratos familiares (porque ellos son una familia por opción, como precisa Pacari) y de tapices con motivos ancestrales.

La habitación de Nina está en la parte más alta, rodeada de ventanales desde donde se miran los amplios campos verdes de la zona conocida como Santa Cruz-El Pedregal.

El huerto, en cuyo centro se levanta una cocina de leña donde se asan cuyes y chanchos y se hornea pan, es generoso: en él crecen árboles, plantas y sembríos de limón, manzana, pera, claudia, durazno, tomate de árbol, maíz, arveja, fréjol, papa, lechuga, cebolla, remolacha, acelga, zanahoria, manzanilla, eucalipto aromático, capulí, manzanilla…

Casi como para no salir a comprar nada. Y todo orgánico, cero químicos, resalta Julia, quien se apresta a tomar una de las guitarras que también adornan la casa.

Julia tararea una de las canciones escritas y compuestas por ella, recopiladas en un CD y en un libro de poemas. Es doctora en teología y llegó al Ecuador hace treinta años para ejercer como misionera.

Es una persona muy importante para Nina. Es su amiga, su hermana, su colega de luchas y de trabajo. Su cómplice de viajes y de proyectos.

Y aunque Julia se muestra dura para evitar que la traten con demasiada amabilidad, admite que desde que sufrió un infarto hace pocos meses deja que quienes la rodean le presten atención porque debe cuidarse un poco. Pero solo un poco: sin tomar precauciones come hornado y bebe cerveza (porque necesita tomar muchos líquidos desde aquel infarto, bromea).

A sus 52 años, con unas libras demás y un cabello donde empiezan a sobresalir algunas canas, Nina Pacari está más firme en sus convicciones.

En un lugar de la planta baja, donde reposan instrumentos musicales, artesanías, sombreros, velas y hamacas, teoriza con discurso decidido: la identidad no se pierde, se recrea.

Lo afirma con enérgicos movimientos de sus manos y lo reitera, por ejemplo, cuando recuerda uno de sus libros favoritos de la época juvenil: la novela “A la costa”, del escritor ambateño Luis A. Martínez.

O cuando, a pretexto de ese libro, reflexiona acerca de la situación de los 380 mil indígenas de la Sierra que migran a Guayaquil.

Refiere que no es cierto aquel prejuicio o estereotipo relacionado con la pérdida de valores y de raíces de los indígenas que viven o llegan por temporadas a vivir en el Puerto Principal.

Aparentemente, afirma, al vivir allá asumen otros significados (si bien abandonan su vestimenta original –como el poncho- y lo cambian obligados por el medio ambiente), en el fondo, nunca pierden la esencia.

Nina Pacari representa la rebeldía histórica contra toda forma de opresión. Creció con la idea de que había que cambiar la carga ideológica negativa que tenía la palabra “indio” (considerada un insulto durante algunos siglos) y es lo que hizo cuando empezó a luchar por convertir el concepto en un término liberador.

Esa fue, quizás, la razón por la cual a los 14 años de edad, en su natal Cotacachi, provincia de Imbabura, dejó de llamarse María Estela Vega Conejo y tras un proceso judicial se renombró como Nina Pacari, que en kichwa quiere decir “luz del amanecer”.

Delante de un enorme tapiz traído del Cuzco (Perú), la bandera huipala (del movimiento Pachakutik) y el tradicional bastón de Santiago de Compostela (España), Pacari se deja mirar para entender la simbología de su vestimenta.

El anaco (falda de paño), constituido de dos colores: blanco y negro, blanco o azul, que no expresa únicamente una identidad o una costumbre, sino el ejercicio del principio de los “distintos complementarios”, o del “dualismo complementario” que está presente en la convivencia societal y política.

Una blusa de seda, con bordados que recrea la naturaleza, que expresa la biodiversidad.

Dos fajas: (mama chumbi si es grande, guagua chumbi si es pequeña), para mantener viva la relación madre-hijo y el relevo generacional.

Una walka (collares dorados) que antiguamente era de pepitas de oro o de plata como homenaje al sol y a la luna.

Todo ello como representación de los “opuestos complementarios”, es decir, de una manera integral de mirar la vida, el mundo y la sociedad.

Nina Pacari cree en el amor, pero no exactamente en el amor convencional que necesariamente tiene que obligar, como alguna vez pretendieron hacerlo con ella, a que las personas contraigan matrimonio.

“No se trata de tener pareja por tener”, argumenta y relata cómo alguna vez su padre quiso que se casara con un hombre al que él –y no ella- había escogido.

¿Qué es el amor, entonces? Para ella es la propia vida, la vida misma, la fidelidad y lealtad a los más profundos sueños, la conquista de los más altos ideales, la consecución de los más grandes objetivos.

Talvez el motor decisivo de la trayectoria política y humana de esta mujer se expresa en el texto de la contraportada de su libro “Todo puede ocurrir”, publicado en 2009 por el Programa Universitario México Nación Multicultural, la UNAM y el Instituto para las Ciencias Indígenas Pacari.

En él se afirma que Nina es sobria y pragmática y que entiende los procesos políticos y ciudadanos “desde la paciencia histórica”.

Esa paciencia que la hace visionaria, que no la deja descansar a la hora de pensar y repensar proyectos y que le dota de virtudes para ser parte fundamental de una lógica indígena que muchos mestizos no alcanzamos a entender, sobre todo porque llevamos en nosotros un obstáculo casi insalvable: el sentido occidental de la linealidad…

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