Yuko Shimizu I

Hay quienes piensan que escribir una crónica significa atribuirse total libertad para opinar sobre lo que sucede o sobre lo que suponen que sucede.

Es probable que quienes escriben de esa manera se imaginen a sí mismos como unos periodistas ingeniosos. O creativos. O abanderados de la ironía y la sátira. O representantes de un sector político que se opone a muerte a otro sector político. O todo al mismo tiempo.

Lo que parece que ignoran es el peligro que conlleva mezclar géneros como si fueran especias o finas hierbas o ingredientes que adornan o dan sabor o dan color a las notas que publican.

Y ese es un error muy grave.

Primero, porque la crónica periodística es el relato de un hecho o de una serie de hechos comprobables.

Segundo, porque el cronista debe estar presente en el lugar o en el escenario o en el espacio donde suceden los hechos que relata.

Tercero, porque cuando opina sobre el hecho que narra convierte a su texto en un artículo de opinión y, en consecuencia, abandona la crónica y se pierde entre la confusión de lo uno y lo otro.

Cuarto, porque cuando opina muestra sus limitaciones o su poca capacidad para contar: de sobra los maestros nos han repetido aquella máxima del periodismo narrativo que nos ordena no decirlo, sino hacerlo sentir.

Quinto, porque es el lector -a quien el cronista rinde cuentas- quien tiene el derecho de opinar, comentar, sacar sus conclusiones, calificar los hechos relatados, ponerse a favor o ponerse en contra de los personajes, reír si la situación lo amerita, indignarse si el suceso le provoca ese sentimiento.

Sexto, porque los experimentados cronistas de periódicos y revistas y páginas web y blogs y twits pueden caer en la tentación de hacer lo mismo para ganar notoriedad (aunque sea por las críticas oficiales) o para recuperar los 15 minutos de fama de los que en algún momento disfrutaron.

Séptimo, porque los jóvenes cronistas que aspiran a ocupar un lugar de privilegio en el paraíso de las mejores plumas nacionales no tienen dónde o de quién aprender y es probable que el futuro inmediato del periodismo ecuatoriano se quede sin grandes contadores de historias.

Octavo, porque existe una profunda diferencia ética entre los periodistas-jueces y verdugos que sin preguntar dejan caer la guillotina sobre sus víctimas y los periodistas prudentes y serenos que primero preguntan, indagan y comprueban.

Noveno, porque los cronistas tienen la obligación moral y profesional de escribir exclusivamente lo que ocurre, no lo que imaginan que ocurre o lo que, solo para ridiculizar a sus enemigos, les produciría mucho placer que ocurra.

Décimo, porque desde las entrañas es fácil decir “me gusta” o “no me gusta”, pero eso no se llama crónica. El cronista es un reportero, un observador, un testigo, no un comentarista ni miembro de un jurado calificador. Por tanto, que quede bien claro que la crónica no es opinión. Y punto.
___________________
Ilustración de Yuko Shimizu