ZHANG LINHAI IV

He leído y escuchado muchas opiniones de colegas acerca de las consecuencias que tendrá la Ley de Comunicación en el ejercicio del periodismo en el Ecuador.

En el caso de los periodistas de los medios privados, la mayoría de esas opiniones son apocalípticas: parecería que se viene abajo el mundo, que a partir del 14 de junio pasado, cuando la Asamblea aprobó la Ley, “será casi imposible hacer periodismo porque existen unas normas que impedirán el libre quehacer profesional”.

En el caso de los periodistas de los medios públicos, la mayoría expresa satisfacción por la puesta en marcha de una Ley que los reivindica, les da la razón y pone fin “a una larga época en la que la sociedad dependía de una agenda informativa dominada por intereses particulares”.

¿El quid del asunto está en el apocalipsis o en la génesis?

Me ha gustado leer y escuchar reflexiones que, aunque escasas, son dignas de acercarnos a ellas porque forman parte de un debate valioso.

Un periodista se preguntaba en un tuit: “¿Qué hicimos para que hayamos llegado a este punto?”.

Otro decía que terminó el fin de una historia excluyente.

Otro afirmaba que ahora la información será más incluyente y plural.

Otro pugnaba porque la nueva Ley sea equilibrada, que no favorezca a unos y privilegie a otros.

Otro clamaba porque la Ley contribuya a una ampliación total del abanico de voces, sentimientos, necesidades y exigencias de grupos, movimientos, organizaciones, pueblos y regiones hasta ahora invisibilizados o poco tomados en cuenta por la prensa.

Otro demandaba más pluralismo y más democracia en la construcción de las agendas informativas.

Otro, una equidad real en el reparto de las frecuencias radiales y televisivas.

La Ley de Comunicación no es perfecta y debe ser perfectible.

La Ley de Comunicación no vendrá a solucionar inmediatamente todos los problemas y a solventar todas las demandas noticiosas de la sociedad en su conjunto.

Pero, si somos demócratas y respetamos a la mayoría ciudadana, es imperativo recordar que su expedición y puesta en vigencia fue un mandato de la asamblea constituyente en Montecristi, refrendado años después en la consulta popular.

Así que, fuera de apocalipsis y génesis, con los pies bien puestos en la tierra, es la hora de que más allá de la queja y los movimientos tácticos equivocados de los gremios, asumamos lo más urgente.

En las salas de Redacción de todos los medios, sin distinción de ninguna naturaleza, se tendría que estudiar la ley artículo por artículo, capítulo por capítulo.

Mientras se la conoce y analiza, lo más práctico sería ir entendiendo cómo enfrentar y cómo asumir y cómo adaptarse a cada norma, cada disposición y cada requisito.

Y, finalmente, lo más esencial: organizar talleres y foros internos donde el eje sea la autocrítica rotunda y severa de lo que hicimos bien, de lo que no hicimos bien, de lo que pudimos hacer bien y de lo que ahora deberemos hacer bien.

Hay responsabilidades fundamentales para todos los involucrados en el quehacer periodístico ecuatoriano.

La más importante de ellas es elevar a su máximo nivel la calidad de la información en los marcos de la honestidad profesional.

Eso significa la valoración adecuada de una noticia, la mirada desde el otro, la contextualización y profundización de cada hecho que se cuenta, el respeto a la dignidad de las personas, la entrega (no la imposición) a la sociedad de herramientas para la reflexión, el entendimiento y la toma de decisiones sobre los grandes problemas y grandes objetivos del país.

Así, con un conocimiento real y puntual de lo que se viene y con la adopción de las tareas y los deberes que corresponden a cada espacio, a cada periodista y a cada medio, no se trata de pensar que ha muerto el periodismo o que ha nacido el periodismo.

Si con la Ley de Comunicación vienen nuevos tiempos para el oficio, está claro que esos nuevos tiempos dependen absolutamente de todos y cada uno de los actores de una profesión con obligaciones complejas.

Es hora de leer y poner en escena, con inteligencia y suspicacia, las tendencias, los rumbos, los caminos, las demandas, las exigencias, los clamores, los entrelíneas y los silencios de una sociedad en formación.
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Ilustración de Zhang Lin Hai