VANGUARDIA

Cuando empezó a circular el rumor de que se cerraría la revista Vanguardia hice lo que se debe hacer siempre: llamar a un colega de ese medio y preguntarle si era cierto.

Su respuesta me conmovió: “Es la decisión más cobarde de la década”. No hubo necesidad de preguntar de quién fue esa decisión.

Más allá de la posición política de la revista, que respeto pero no comparto porque no creo que un medio deba ser “anti” ni “pro”, en la noche -por si restaba una duda- quedaba claro a quién pertenecía esa responsabilidad.

Puse, entonces, este twitt: Vanguardia oficializó el cese de circulación. Y precisé: “Sin eufemismos (lo que en realidad pasó es que) dejó sin trabajo a diez periodistas y usó como pretexto la Ley de Comunicación”.

Vía twitter, el exeditor Iván Flores me lo precisó aún más: “La redacción no comparte el ‘pretexto’ de la ley. Y peleó por ello”.

Como periodista, me siento orgulloso por esa actitud de los colegas de Vanguardia, que, según sé, lucharon hasta el final para evitar que se concretara la decisión de los dueños de la revista.

Y les rindo homenaje con la foto que encabeza este post, donde los propios periodistas evidencian que se los despidió y que seguirán luchando por sus derechos laborales.

A estas horas, cuando todo se ha consumado, lo que importa es la pelea que dieron y que deberán dar por su dignidad.

Imperdonable, en cambio, es el pretexto -insisto- de que la autoclausura se debe a que “con la nueva Ley de Comunicación no será posible hacer periodismo de investigación”.

¿Dónde quedó la retórica de “resistir y dar batalla” a la Ley, según repetían ciertos directivos luego de la expedición de la norma legal?

¿Por qué no enfrentar ahora el desafío del buen periodismo, o solo hay que hacerlo cuando es fácil redactar y publicar sin rendir cuentas al público?

¿Qué pasaría en el país si todos los medios decidieran cerrar sus puertas bajo el cuestionable justificativo de que “con la nueva ley de Comunicación no será posible hacer el trabajo periodístico”?

¿Qué pasaría en el país si todos los medios decidieran cerrar sus puertas para cuidar sus intereses particulares por sobre el interés colectivo y su deber con la sociedad?

Sería una tragedia para el derecho ciudadano de recibir información.

Sería una tragedia para los periodistas que trabajan en esos medios porque se quedarían sin empleo.

Sería una tragedia para la sociedad porque se iría produciendo un analfabetismo informativo.

Sería una tragedia para los distintos grupos que necesitan que los medios difundan sus actividades, promuevan sus iniciativas y abran espacios para debatir los temas trascendentes.

Sería una tragedia para el poder, que se quedaría sin mecanismos para mantener vivo el contacto entre el gobierno y la sociedad.

Sería una tragedia para quienes soñamos que sí es posible hacer periodismo de calidad aprendiendo de los errores, creando espacios autocríticos y formando profesionales rigurosos con un alto sentido de la excelencia.

Sería una tragedia para la democracia, el pluralismo y el futuro de la nación.

Pero, por suerte, la decisión de los dueños de Vanguardia no la comparten muchos otros directivos de medios privados, públicos ni comunitarios.

Porque el deber de la prensa es hacer el mejor periodismo posible. Es decir, un periodismo de más responsabilidad, de mayor excelencia, de mayor calidad, de mayor compromiso social, ahora y en el futuro.
____________________________

Fotografía tomada del Facebook