Zhang Linhai 10

Un hombre camina por la calle, se detiene, regresa, sonríe, decide caminar de nuevo. Alguien lo mira y no lo entiende.
Un político obsoleto y amargo da las vueltas por las calles de la Plaza Grande tratando de entender por qué no es él la persona a la que el pueblo eligió para gobernar.
Un niño se interna por el parque, imagina que es un gran descubridor y se solaza con cada percepción que llena sus sentidos.
Un régimen con largas manos y enormes poderes intenta espiar la cotidianidad de miles de millones de ciudadanos del mundo.
Un enfermo terminal, tendido sobre una camilla, ingresa a la sala de cirugía y asume que no habrá regreso.
Un adolescente enamorado no encuentra la clave para expresar sus sentimientos y se hunde en la sensación insólita de su primer fracaso.
Un taxista intenta romper parámetros y pone en práctica, a contrapelo, todo un sistema de valores humanos que sus prójimos han olvidado.
Un heladero no puede controlar su corazón y deja abandonado su trabajo para llorar por su equipo de fútbol.
Un padre atraviesa un conflicto existencial cuando se pregunta acerca de los límites entre los objetivos personales y las metas familiares.
Las historias humanas están allí, en las calles, en los parques, en las esquinas, en las puertas de las casas, en los corredores de las oficinas, en los despachos de los más altos funcionarios, en los vericuetos de los barrios pobres.
Están allí los personajes. Están allí el poder, la lealtad, la traición, las ilusiones, los sueños, el amor, la tristeza, la nostalgia, los ideales, el dolor, el deseo, el sexo, la esperanza de ser distinto, el coraje de una vida no trazada, los muros que la vida levanta para que los saltemos con dificultad o para que no nos dejemos vencer cuando creemos que no somos capaces, al menos, de intentar treparlos.
A veces nos asalta el temor de que a los periodistas ecuatorianos se nos han ido olvidando las esencias del oficio.
Enfrascados en la desesperación por llenar páginas y cumplir horarios, enredados en el imaginario intencional de que, supuestamente, con la nueva Ley de Comunicación “será casi imposible hacer periodismo” (?), muchos de nosotros, desde reporteros y pasantes hasta editores y jefes, permitimos que una densa nube nos atrape y confunda, permitimos que una venda negra, oscura, implacable, nos impida ver más allá de lo usual y convencional, miramos la realidad solo desde lejos, no arriesgamos nada o casi nada y nos volvemos tímidos y demasiado cautos notarios de lo evidente.
Pero es imprescindible entender que vivimos un momento histórico que no podemos ni debemos desperdiciar.
Al periodismo ecuatoriano hay que tentarlo con la manzana de lo distinto, con el embrujo de la realidad aparentemente invisible o huidiza, con la investigación equilibrada y serena pero contundente, con el pesar de lo sensible, de lo esencial, del gesto animal más sencillo, de la reflexión espiritual más frágil, del bucear en lo más hondo de las dimensiones humanas para que allí descubramos y contemos las otras vidas, para que tengamos la valentía y el aplomo de revelar las telarañas de estructuras descompuestas y obsoletas, las existencias paralelas, los hondos cristales de colores insospechados.
Al periodismo ecuatoriano hay que hacerlo aterrizar sin la muletilla y el lugar común de lo que presuntamente “ya no es posible”.
Hay que ponernos las alas de la vida simple, encendernos con los destellos que emana la gente común, prender las luces que iluminan los corazones oscuros, acercarnos y mimetizarnos en las personas que se esfuerzan cada día por construir un país distinto y nuevo, adentrarnos en los misterios que no alcanzamos a develar porque nos ponemos frenos, nos acobardamos y preferimos caminar las rutas manidas, sin asombro, sin sorpresa, sin desnudar las verdades.
Hay que desacomodarnos. Hay que sacudirnos. Hay que situarnos al otro lado de la realidad. Hay que despejar las oscuras nubes de la rutina. Hay que despojarnos de conceptos y puntos de vista presuntamente inapelables que, en realidad, son prejuicios y subjetividades sin base concreta.
El periodismo es mucho más de lo que parece. Es un enriquecimiento personal y profesional que rebasa cualquier mezquindad, cualquier error, cualquier nuevo aprendizaje, cualquier pretexto, cualquier idea equivocada de lo que implica nuestro deber.
El periodismo es la vida, son los hechos que muchas veces rebasan lo que, desde la miopía y la superficialidad, no alcanzamos a expresar.
Saltemos ese abismo, reinventemos el asombro, dejemos en libertad el corazón y la pluma para llenar de existencias y revelaciones cada nueva línea que seamos capaces de escribir.
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Ilustración de Zhang Linhai