Zhang Linhai III

El caso de la revista Vanguardia (ver http://wp.me/p6j12-1Cb) es un claro síntoma de la fragilidad y el desconcierto con que algunos medios ecuatorianos están enfrentando los nuevos tiempos.

Una parte de la prensa, reducida talvez, lo está asumiendo con inteligencia, reflexión y autocrítica, pero otra no admite la realidad y mantiene la misma arrogancia que ha tenido a lo largo de la historia del país y que, por su propio bien, ya debió dejarla atrás.

El primer mal síntoma fue la autoclausura empresarial de Vanguardia. Su exdirector, Juan Carlos Calderón, mantiene la tesis de que “la mejor forma de enfrentar una ley no era suicidándose y cerrando una revista”. Es una reflexión que debe ser tomada en cuenta por todos los periodistas ecuatorianos. ¿Qué pasaría si otros dueños hiciesen algo parecido?

En los pasillos del Ministerio de Relaciones Laborales (MRL), el expersonal de la revista acudió en busca de que se escucharan sus demandas. Como decía Gianna Benalcázar en su cuenta de TW, “estamos en el MRL esperando la audiencia por nuestros derechos laborales”.

Las cosas se complicaron por acusaciones patronales, como informaba María Elena Vaca, reportera del diario El Telégrafo, quien durante la audiencia en el MRL tuiteó que “según abg de Vanguardia no se puede mediar con personas de mala fe que dijeron que no se les pagó remuneraciones”.

Este viernes 5, en Radio Visión, el expropietario de la revista habría ofendido a los experiodistas con supuestas acusaciones sobre objetos perdidos en las oficinas. Jean Cano tuiteaba reclamando, indignado, que Diego Oquendo dejara decir cualquier cosa al exdueño y no diera a los experiodistas el espacio para defenderse.

Son los primeros coletazos de una actitud que perjudica a los periodistas y a la sociedad. Pero, que, sobre todo, destruye el mito de un supuesto “cuarto poder” invulnerable.

Por errores estratégicos de quienes hoy dirigen el gremio que representa a dueños de periódicos y revistas, la “lucha” (si cabe llamarla así) contra la aprobación de la Ley fue dispersa, desordenada y errática.

Primero, fue un desatino pretender que el “cuarto poder” fuese capaz de frenar un proyecto legislativo aprobado por una mayoría de ciudadanos en la asamblea constituyente y refrendado en la consulta popular del 2010.

Segundo, el “cuarto poder” no logró dimensionar lo que se venía y se puso a la defensiva, en lugar de asumir el futuro.

Aunque el “cuarto poder” tuvo al menos cuatro años para diseñar un plan no en contra de la Ley sino a favor de mejorar sustancialmente las estructuras internas de las redacciones, la relación con el público y los conceptos deontológicos y los valores morales, solo hubo esfuerzos aislados, de poquísimos medios, para capacitar con mayor intensidad al personal, diseñar estrategias y escenarios, elevar el nivel y la calidad de la producción informativa, entender mejor el país del nuevo siglo y estar listos a cumplir los desafíos.

Una lucha a favor del periodismo-periodismo habría fortalecido, incluso, sus proyectos mediático-empresariales.

Como dice la filósofa y comunicadora española Adela Cortina, “los medios tienen derecho a ganar dinero, pero gracias a eso tienen la obligación de servir como vehículo para el bien común”.

Si su objetivo es otro, afirma Cortina, es decir “solo acumular capital, prestigio, influencia y poder”, aquellos medios no tienen ningún futuro dentro de una sociedad que va creciendo, madurando, siendo más reflexiva y autónoma frente a cualquier mesianismo económico, político o mediático que pretenda manipularla desde cualquier estructura jerárquica privada o pública.

“A veces las mejores opiniones y las informaciones clave son las cartas de los lectores a los periódicos”, dice Cortina. Así explica que el rol de los periodistas y los medios responsables es “potenciar la expresión libre de las opiniones, pero no tanto de los periodistas sino de los ciudadanos comunes”.

Algunos medios ecuatorianos no han cumplido con esa filosofía.

Unos porque no han tenido la capacidad de asumir que los tiempos de hoy son distintos a los de las décadas anteriores.

Otros porque no han entendido el nuevo rol que debieran cumplir.

Otros porque no alcanzan a elevar la calidad de su oferta temática.

Otros porque no se ponen en los zapatos de la gente.

Y otros porque no han entendido que si promueven, motivan y dan espacios de reflexión a los ciudadanos generarán una opinión pública madura que construirá un país más democrático y pensante.

Cortina habla de “ciudadanos, no vasallos”, y apunta que si solo existe masa, esta se dejará conducir por el poder manipulador: “La masa es vulnerable y peligrosa porque en ella no hay ciudadanos, solo esclavos de lo que no entienden”.

La prensa ecuatoriana, en general, no ha sido capaz de potenciar el debate plural y democrático, la deliberación, el pensamiento sobre los grandes temas nacionales. Los medios –dice Cortina- deben generar una ciudadanía mediática activa y decisiva, no instrumentalizada, no manipulada”.

Tampoco la prensa ha podido empoderar a la gente para que sea capar de resolver su propia vida. Más bien, lo que ha hecho es sesgar, editar, impedir que se conozcan otras visiones del país, solo una parte de la realidad.

Con todos los grandes y pequeños errores que cada uno de nosotros hayamos cometido y que podamos cometer, planteándonos que si somos autocríticos y rigurosos no volveremos a caer en esos equívocos, queda claro que el quid del problema no está en los periodistas (en los periodistas-periodistas, me refiero).

El lío reposa en la ceguera de quienes aún creen ser el “cuarto poder” y no salen de su asombro por estar perdiendo, precisamente, ese poder.

Lo sucedido con Vanguardia, donde según denuncian sus experiodistas se mantiene la actitud soberbia e indiferente del patrono que debía proteger sus derechos, es, por eso, sintomático.

Los periodistas de ese medio –sin juzgar sus posiciones ideológicas y su línea editorial- estaban preparados para seguir con su trabajo, pero no lo estaba o no lo quiso quien optó por el argumento más débil: con la Ley de Comunicación –dijo- ya no se podrá hacer periodismo de investigación.

Sin embargo, tres semanas después de aprobada la ley, otros periódicos y revistas siguen trabajando. Haciendo buenas historias. Publicando impactantes investigaciones. Construyendo una agenda temática interesante. Ellos se esfuerzan por hacer mejor su tarea, sin dramas ni actitudes patéticas.

Las primeras fisuras graves del debilitado “cuarto poder” ya se evidencian cuando, a diferencia de esos medios que sí están reflexionando y renovando sus conceptos, otros se mantienen encaprichados en no aceptar la realidad, no se renuevan ni renacen y no alcanzan a entender que el verdadero periodismo ético no implica acumular poder político y económico sino servir a los ciudadanos.

La reflexión más importante ahora es esta: muchas veces la gente rebasa a los medios cuando estos no la entienden.Y entonces van un paso o dos atrás de ella.

Así que, lejos, muy lejos de quedarnos en la presunta nostalgia del ahora disminuido y volátil “cuarto poder”, que en ningún caso nos ha pertenecido ni nos pertenece a los periodistas, toca responder a las demandas noticiosas e interpretativas de los ciudadanos, a sus necesidades, a sus urgencias, a sus vacíos informativos en lo excepcional y en lo cotidiano.

La derrota anticipada dejémosla para quienes ahora muestran que no les gusta entrar a la cancha ni arriesgarse a perder cuando no tienen el control de la pelota.
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Ilustración de Zhan Linhai