Corcho

Fernando “Corcho” Cordero no pudo cumplir uno de sus sueños secretos cuando visitó China: conocer la tumba de Mao, líder de la revolución comunista en el gigantesco país asiático.

Resultó una paradoja, pues quienes indirectamente se lo impidieron fueron las treinta personas que integraban el equipo de seguridad del gobierno de ese país.

Los custodios no dejaron de cuidarlo en ningún instante, desde que bajó del avión hasta que, finalizada la visita, abordó la nave que lo traería de regreso al Ecuador.

Alguien del equipo le explicó a Cordero que un cambio en su agenda generaría múltiples problemas, incluso para la normal circulación de vehículos en Beijín.

De aquella nación trajo algunos recuerdos y souvenirs, entre ellos uno de los más importantes: el pequeño búho de cristal que llegó para juntarse con las 2.000 figuras de todo tamaño y material que integran la colección que reúne desde hace 31 años y que la exhibe en sus tres escenarios cotidianos: su departamento en Quito, su casa en Cuenca y su oficina en la capital.

¿Por qué los búhos? Porque desde sus primeros viajes por el país y por el exterior le fascinó conocer que en todas las culturas la enigmática ave estuviera cargada de símbolos.

Con sus grandes ojos insomnes y su sentido de alerta, los búhos representan, universalmente, la inteligencia y la sagacidad, pero también significan malos augurios y oscuros presagios.

Esa dualidad, precisamente, es lo que más lo seduce de aquellas aves, con su permanente estado de vigilia y su extraño y conmovedor canto casi fúnebre.

Dualidad que, a su manera, también es el eje de la vida del “Corcho”, un arquitecto que paralelamente a su formación universitaria se autoeducó en otras ciencias gracias a su pasión por leer economía, historia, filosofía, marxismo y economía política.

Aún ahora, muchos años después, suele volver al texto que tanto lo marcó: Las cinco tesis filosóficas de Mao Tse Tung, en especial “Sobre la práctica”.

Para él es un documento esencial que le permite reflexionar acerca de su responsabilidad ideológica y de su papel en PAIS, el grupo político que maneja el Ecuador desde 2007 bajo la presidencia de Rafael Correa (“el Rafael”, como le dice Cordero con su inconfundible dialecto cuencano).

Entre búhos de ojos muy abiertos y legendarios textos marxistas, entre libros sobre planificación y teorías acerca del pensamiento político y social contemporáneo, el acelerado ritmo de trabajo de Cordero es inversamente proporcional a la serenidad que proyectan su rostro morlaco de rasgos contundentes y macizos, sus lentes rectangulares para combatir el astigmatismo y la presbicia y el abundante cabello blanco peinado hacia atrás.

“La gente cree que soy bravísimo, pero es porque tengo una arruga en la frente que se frunce cuando hablo. Y, para colmo, como dice mi imitador Alfredo Campo, sin querer se me sube la ceja izquierda”, dice burlándose de sí mismo.

Su vorágine y tensiones diarias suelen durar, en promedio, unas 15 horas. El miércoles 25 de junio, por ejemplo, empezó la jornada a las 7:40 y no paró hasta las 22:00, cuando llegó a casa para estar junto a su esposa Nelly, con quien está casado desde hace 37 años.

Con Nelly, quien recuerda a un romántico esposo cantando y tocando en la guitarra canciones de Leonardo Favio, tiene tres hijos (Juan Fernando, de 37, Esteban, de 34, y Joaquín, de 33). Esteban siguió la profesión de su padre.

¿Cuál es la clave para mantener un matrimonio tanto tiempo? La esposa, con sonrisa dulce y casi susurrando, afirma que es el respeto mutuo.

El “Corcho”, más temerario, afirma entre risas que el secreto es “tener el carácter que tengo yo”.

En una sala amplia, contigua a su despacho, esa mañana convocó a un desayuno de trabajo a un grupo de ministros y a los representantes del proyecto Eurosocial, de la Unión Europea, para conversar sobre la Seguridad Social Universal y los “asegurados no contributivos”.

A las 10:00, cuando terminó la reunión, miró su IPhone 5, pasó a su oficina y en su IPad revisó la agenda del día con su asistente de mayor confianza: Beatriz Rodríguez.

Ella es una mujer de porte distinguido, lentes de gruesos marcos blancos y cabello largo de color castaño claro, teñido con mechones rubios. Periodista y comunicadora institucional, la eficiente Beatriz acompaña a su jefe desde hace cuatro años, cuando él era presidente de la Asamblea Nacional.

El “Corcho” mantiene los mismos hábitos de siempre, pero hay uno nuevo que le preocupa mucho: bajar de peso.

Empezó su dieta el 27 de mayo pasado y ha perdido 14 libras, pero aún le queda esforzarse bastante: para él no es fácil evitar el pan y el dulce.

A sus 61 años y con una estatura de un metro con 73 centímetros, pesa 95 kilos y debería reducir, al menos, 15 kilos. Para lograrlo trata de caminar todas las mañanas por los alrededores de la ciudadela donde vive. Cerca del barrio hay suficiente espacio verde y existe un bosque.

Su rutina empieza a las 6:15, en su departamento en el norte de Quito, cerca de las estribaciones del Pichincha.

Lee en internet las noticias de los periódicos y, cuando le es posible desayuna con Nelly.

Mientras se afeita y se baña alcanza a oír una que otra entrevista en los noticiarios de la televisión, aunque le gusta mucho más escuchar radio.

Es uno de los primeros madrugadores que llegan al edificio Zarzuela, sede del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS). En su oficina del piso 6, donde funciona la presidencia del consejo directivo, aprovecha el silencio y se toma unos minutos para revisar los periódicos, esta vez en sus versiones impresas.

Aunque se define como una persona tolerante y comprensiva, es tajante en el cumplimiento de sus horarios, objetivos y metas.

Tan tajante como cuando afirma, convencido, que ya se olvidó de la Asamblea Nacional y que ahora está concentrado en profundizar los cambios en el IESS y en el BIESS.

“Este es un desafío inconmensurable”, afirma y pregunta en voz alta, como tratando de descifrar en lo que se metió: “¿Todo cambia entre la responsabilidad de dirigir 124 asambleístas y el peso de administrar el bienestar de más de ocho millones de afiliados directos e indirectos”.

Ese miércoles 25 atendió al embajador de Chile, Juan Pablo Lira, con quien se comprometió, entre otros temas, a conversar con la presidenta de la Asamblea (“La Gaby es muy amable”, le dijo al diplomático).

Luego despachó y firmó documentos con Francisco Vergara, su hombre más cercano desde los años de la Constituyente de Montecristi y hoy director general del IESS.

Después asistió a una reunión con una delegación oficial del gobierno de Honduras y presidió la sesión del BIESS.

Ambas actividades las cumplió en el edificio de la avenida Amazonas, frente al Centro Comercial Iñaquito.

Al caer la tarde volvió al edificio Zarzuela, tomó uno de los dos ascensores, se acomodó en su escritorio, sumilló oficios con “la Bachita”, recibió a Camilo Samán, presidente de la Corporación Financiera Nacional, se reunió durante 30 minutos con su exdirectora de comunicación, Julia Ortega, para convencerla de que volviera a trabajar con él, y siguió en sus tareas hasta cerca de las 22:00.

En medio de sus agitadas actividades le gusta comprobar, por sí mismo, cómo marcha la institución. ¿Un ejemplo? Llamar al polémico “call center” del IESS, sin identificarse. A la persona que respondió la llamada le explicó, fingiendo dolor, que en ese momento se sentía muy enfermo por problemas cardíacos y que como afiliado requería pronta atención.

La respuesta le indignó: no había cupos y solamente podían darle un turno para después de cinco semanas.

“Hay mucho que trabajar acá, hay muchas cosas que cambiar en la atención a la salud de los afiliados, hay mucho que cambiar en el proceso para agilitar la entrega de los préstamos hipotecarios”, asegura, porque la lucha contra la burocracia es eso: crear o ratificar los procesos estrictamente necesarios y eliminar todos los restantes.

Durante todo ese trajín de tantas horas y tanto trabajo, ha bebido lo que para él es usual e inamovible: cinco tazas de café negro sin azúcar blanca ni morena ni dietética. Jamás con azúcar. Así de tajante.

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EL PERSONAJE

– Fernando Cordero Cueva fue alcalde de Cuenca durante ocho años.
– Desde 1977 es profesor titular de la Facultad de Arquitectura en la Universidad de Cuenca.
– Entre sus amigos más queridos están el arquitecto Fernando Pauta, actual decano de Arquitectura de la Universidad de Cuenca y “monse Luna” (monseñor Luis Alberto Luna Tobar, ex arzobispo de Cuenca).
– Es fotógrafo aficionado. Pasó de las tradicionales cámaras y los cuartos oscuros a las digitales. Su marca preferida es la Pentax.
– Es hincha del Club Deportivo Cuenca, que quedó campeón nacional de fútbol cuando él fue alcalde.
– Hizo un postgrado en Brasil durante dos años. Allí vivió con su esposa Nelly.
– Maneja con entusiasmo las redes sociales. Al momento, en Facebook tiene 59 000 seguidores y en Twitter 34 100.

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