foto vale

El periodismo no se hizo solo para sufrir ni para ver sombras o amenazas en todo lo que pasa a nuestro alrededor o sobre nuestras cabezas.

El periodismo se hizo para ejercerlo. Pero para ejercerlo en todas sus dimensiones.

¿Por qué, entonces, nos hemos vuelto tan patéticos, tan dramáticos, tan agresivos, tan revanchistas, tan resentidos, tan miedosos, tan apesadumbrados, tan complejos (ojo, no he dicho “acomplejados”), tan convencidos de que estamos rodeados de enemigos?

¿Por qué nos pasamos lagrimeando por las supuestas nubes de malos presagios que nos traerá la tan mentada Ley de Comunicación, al punto de llegar a decir que por culpa de ella no se puede hacer periodismo cuando, en realidad, muchos ni siquiera la han leído?

¿No estamos en la vida para superar los miedos, los prejuicios, los malos entendidos, los fantasmas que nosotros mismos nos creamos?

¿No nos parece suficiente con el hecho de que desde algún lugar de la Casa Blanca o el Pentágono escuchen nuestras llamadas telefónicas, lean nuestros correos electrónicos y seamos “sospechosos de sospecha” y vistos (y oídos) como potenciales terroristas?

¿No deberíamos pensar (¿por qué no?) en juntarnos o sumarnos a un proyecto humano de sociedad progresista, democrática y plural, pero también alegre, festiva, optimista, fraterna, solidaria, justa, donde nos demos la mano en lugar de mostrarnos los puños?

Podrán decirme que soy idealista, ingenuo, simplón y hasta utópico, pero sí creo que es hora de dejar a un lado tanta discordia, tanto ataque, tanta ofensa, tanta indirecta, tanta amargura.

Porque el periodismo, el buen periodismo, no se construye así.

Y lo podemos decir en voz alta aquellos que hemos cometido errores, que somos autocríticos, que hemos asimilado esos errores con madurez y humildad, que los hemos admitido públicamente y hemos seguido trabajando con más entusiasmo, con más ganas, con más sencillez, con más apertura, ejerciendo la democracia periodística (pueden comprobarlo, en mi caso, revisando mi blog y leyendo cualquiera de los post, desde el primero hasta este).

Debería entristecernos, eso sí, ver que algunos no son capaces de aceptar sus errores, que creen hacerlo todo perfecto, que se encierran en su prepotencia, su ceguera, sus obsesiones y fijaciones, que consideran el poder, el famoso “cuarto poder”, propiedad exclusiva de quienes usan los espacios periodísticos para resolver conflictos personales y no para servir a los demás, a quienes más necesitan que se expresen y visibilicen sus demandas, exigencias, problemas, necesidades, urgencias, iniciativas, dinámicas, proyectos, maneras de encontrarse con la vida en la esquina más intensa, visionaria y futura.

Seamos alegres sin dejar de ser críticos, mantengámonos serenos sin dejar de estar vigilantes, miremos la realidad con mentalidad y ojos escrutadores sin olvidar que también es nuestra obligación profesional y, sobre todo, espiritual o humana, descubrir y describir y vivir los espacios de alegría, de amor, de colores, de sueños.

Dejemos de ser tan solemnes, tan hieráticos, tan serios, tan hirientes, tan trascendentes, tan impostados, tan importantes, tan supuestamente poderosos (entendiendo, por favor, lo que ya se sabe: que el poder es efímero).

Trabajemos con cariño, con ganas, con sonrisas, con entusiasmo, con dedicación, con energía, con decisión, con todo lo que podemos hacer en beneficio de nuestros públicos.

El periodismo es para divertirse, para crear, para sentirse satisfecho con un párrafo bien escrito, para hablar de la gente en todas sus dimensiones: si hay tragedia, si hay injusticia, si hay inequidad, por supuesto, pero también si hay sorpresa, si hay luz, si hay asombro, si hay esperanza.

Dejemos a un lado esa vocación por el drama y por la tragedia como únicos escenarios del periodismo.

Hay que contar las cosas extraordinarias de las personas ordinarias (en el sentido de comunes o anónimas).

Hay que buscar historias en las que aparezcan los ciudadanos emprendedores, trabajadores, alegres pero modestos y silenciosos, que nunca o casi nunca aparecen en las primeras páginas de los diarios.

Hay que descubrir, también, que en el alto funcionario público, en el líder político, en el personaje encargado de conducir un país, una provincia, una ciudad, una parroquia, un recinto, puede y, de hecho, existe, un lado B, un lado humano que pocas veces nos atrevemos a mostrar porque no nos arriesgamos a acercarnos más allá de la rutina profesional.

Sonriamos. Construyamos en los medios y en nuestros espacios una agenda propia que nos situé entre los medios más vistos o más leídos porque somos útiles, porque servimos a los demás, porque reflejamos su realidad, porque denunciamos los abusos del poder, ya sean el primero, el segundo, el tercero, el cuarto o el quinto poder.

Pero también (sobre todo) porque somos entretenidos, porque somos festivos, porque nos trae felicidad escribir que al vecino le va bien, que al pariente le gusta lo que hace, que a la señora de la tienda de la esquina le compran más cada día, que al colega le aplauden por su trabajo, que a los demás, a todos los demás, les es más desafiante y dichosa la mismísima cotidianidad.
_____________________________
Pintura de Zhang Linhai