Hossein Zare

“Antes nos decían buenos días, licenciados. Ahora nos dicen buenos días, silenciados”.

Celebro la ocurrencia tuitera como una broma ingeniosa, pero, ciudado: algunos periodistas y medios ecuatorianos están cayendo en eso, en la peligrosa retórica de que en el país, presuntamente, “ya no hay cómo hacer periodismo”.

El concepto de “licenciado” es simple. El de “silenciado” es peligroso y autocompasivo.

Supongo que cuando te dicen “licenciado” te sientes tan orgulloso como otros cuando les llaman doctor, ingeniero, economista, arquitecto o “mi” general.

Yo no veo ninguna otra razón por la cual sentirse importante cuando al apellido se le antepone el cartoncito.

Me parece, entonces, que son cuestiones de ego. Porque si hablamos de que el título tiene relación con lo que aprendimos en las universidades, talvez el diploma adecuado sea el de “pre-periodistas”.

¿Pre-periodistas? Sí, porque no sabes nada o casi nada del oficio cuando egresas de la universidad.

Y empiezas, de a poco, a convertirte en periodista de verdad cuando lo ejerces en las calles, entre la gente, explorando cotidianidades, asumiendo roles, ganando capacidad de asombro, elevando sin cesar tu capacidad de reportear, escribir, contar, informar, verificar, contextualizar, hacer seguimientos, contrastar.

Lo otro parecería una simple cuestión de estatus, un asunto de vanidad: soy licenciado. Mmmmm.

Pero si dejan de llamarme licenciado no será por culpa de quien ahora bromea con lo de “silenciado”, sino porque no me doy cuenta de que algo está cambiando afuera, en mi entorno y en mí.

¿Qué está cambiando? Probablemente, ya no puedo hacer lo que hacía de la manera como lo hacía y para qué lo hacía, porque ahora me toca cuidar el qué, el cómo y el porqué.

Por eso, ojo: satanizar la ley de Comunicación, cuyos efectos reales ni siquiera podemos medirlos todavía, puede sonar bien en ciertos ambientes e incluso es posible que con ello ganes adeptos, followers e hinchas.

Los poderosos te aplaudirán desde el palco porque, de pronto, cierras los ojos, te niegas a mirar la realidad y optas por lo fácil: ahora unos son los buenos y otros, los malos. Sin matices ni equilibrios, tú, por supuesto, estás del lado de los buenos.

Tus compañeros te vitorearán desde sus escritorios porque, ¡uff!, por fin apareció alguien que los defienda y los proteja y los resguarde y los consuele.

Pero la Ley existe. Asumámosla.

Porque más allá o más acá de que supuestamente nos perjudique o supuestamente nos beneficie, están los compromisos éticos y sociales a los que adherimos para siempre a partir del momento en que, de manera consciente y voluntaria, elegimos ser periodistas.

De lo contrario, es legítimo pensar que detrás de las cortinas de un lenguaje victimiológico escondamos un temor más grande.

¿Cuál temor? El de que nos están moviendo el piso. El de dejar atrás el facilismo y enfrentarse a lo desconocido. El de no ser capaces de aprender de los grandes y pequeños errores. El de que cambie nuestro estatus social (el ego, de nuevo) de licenciados, másters o pHd en periodismo.

¿Cuál otro temor? El de tener que autoimponernos el desafío de trabajar con muchísimo más rigor, con muchísima más creatividad, con muchísimo mayor compromiso, con muchísima mayor vocación, con muchísima mayor ética, con muchísima mayor capacidad de autocrítica.

Sentirnos licenciados o “silenciados” no depende de una ley, sino de nosotros y de nuestra actitud frente a la realidad y dentro de la realidad.

Ser licenciado en periodismo quiere decir tener la licencia, no solo legal sino, por sobre todo, humana, de ejercer el perfectible oficio de contar.
Porque de lo que hagamos bien o hagamos mal pueden depender el presente y el futuro de una persona, un grupo, una colectividad, un país, un continente y hasta un mundo, el mundo.

Ser licenciado no significa, de ningún modo, tener licencia para mirar la vida desde el trono del cuarto poder ni desde el altar que solemos autoconstruirnos para mirar a los demás (incluso a los colegas) desde allá arriba, donde todo se hace perfecto.

Pero ser “silenciado” en periodismo quiere decir que ni el cartoncito ni la vocación sirven de nada cuando sentimos que no hay que cambiar nada.

¿Qué sentido tiene y a quién le sirve flagelarnos, declararnos víctimas, tomar la decisión de callar y no arriesgar nada?

¿Qué sentido tiene asumirnos como “silenciados” para culpar a los otros de lo que no somos capaces de construir con nuestra propia visión del oficio y de la vida?

El periodismo en el Ecuador no se ha acabado ni se acabará. Si queremos ser “profundos”, se encuentra, como dirían los sociólogos e historiadores, en otro “estadio”.

Y eso hay que celebrar, aunque a muchos les cueste admitirlo, porque nos urge transformar todo lo malo, lo regular o lo mediocre que hemos hecho o que estamos haciendo.

Por eso es inaceptable, como ocurrió hace tres semanas con los propietarios de la exrevista Vanguardia (ver http://wp.me/p6j12-1Cb), proclamar el absurdo pretexto de que una normativa legal nos impedirá ser lo que debemos ser, lo que elegimos ser, lo que tenemos que ser.

Eso nomás, licenciados.
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Ilustración de Hossein Zare

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