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“Amigo humano: El hecho de que no me escuches no significa que yo no hable. Has dejado de mirar, pero no por eso he desaparecido. Me dirijo a ti para pedirte un sacrificio (…). Al pertenecer a distintas especies, ¿en qué idioma podríamos entendernos tú y yo?”.

Paolo Caicedo es un árbol. Sí. Un árbol. Y la carta que escribió a la humanidad, con un esferográfico y unas hojas de papel, la dirigió a todos nosotros, a usted, a mí.

Paolo escribió aquella carta para decirnos que las personas no asumimos nuestras culpas, que creemos que nuestra perfección nos exime de pensar, siempre, en los demás.

Y con aquella misiva ganó el concurso juvenil de Composiciones Epistolares 2011.

¿Composiciones Epistolares 2011? Quizás es un lenguaje alambicado, pero válido.

Es un concurso que cada año convoca la Empresa Pública Correos del Ecuador (CDE). Su objetivo: promover la cultura epistolar en el país.

Paolo, de 18 años y estudiante de la Unidad Educativa Colegio de Liga, ganó el certamen asumiendo que los árboles, la naturaleza, tienen mucho que decirnos a los humanos. En especial, llamarnos la atención por ser ecológicamente irresponsables.

Como la que escribió Paolo, las cartas tienen, siempre, un propósito personal.

Por ejemplo, un propósito de intenso y fiel amor familiar, como las misivas que cada quince días reciben y envían Carlos Bedón Torres y Marta Vásconez (en la fotografía superior), una pareja quiteña casada hace 57 años.

Carlos y Marta, que viven en el sur, en la ciudadela Mena Dos, son felices.

No solamente porque encontraron la fórmula para mantener viva la relación de pareja (el respeto, la comunicación, la lealtad, dicen convencidos) sino porque hallaron la manera de sostener con firmeza el amor familiar: contar a sus hijas y recibir de ellas noticias sobre las cotidianidades, las cosas del día a día, los éxitos de cada uno, los sentimientos, las metas, el avance de sus proyectos personales.

Y las cartas que cruzan su existencia tienen mucho que ver con ese amor.

Un ejemplo: hace veinte años, Mónica de Polanco (hija de Carlos y Marta) viajó con su esposo a instalarse en Munich, Alemania.

Desde entonces, jamás ha dejado de escribirles cartas a sus padres. Cartas como se debe, expresa Carlos: con bolígrafo azul y sobre papel blanco, a rayas.

Carlos, que estudió en la legendaria escuela El Cebollar, en el antiguo barrio de El Placer, recuerda que los Hermanos Cristianos –una orden católica semisacerdotal- enseñaban a los niños a escribir con pluma y tintero.

Su rostro moreno y envejecido se ilumina: “Usted no me va a dejar mentir. Los hermanitos nos hacían dibujar las letras y todos los que pasamos por ahí tuvimos una bella caligrafía”.

Marta escucha y vuelve al tema familiar. “A mis otras hijas, lamentablemente, Mónica les escribe en esa cosa que se llama computadora o algo así. Es una pena, pero son los tiempos modernos”.

Aunque es imposible precisar cuántas cartas escritas a mano se envían cada mes, en el primer trimestre de este año, Correos del Ecuador ha distribuido más de 170 mil envíos (paquetes, cartas, mercadería, documentos empresariales, entre otros).

Carlos y Marta han tomado un turno para que la atiendan en las oficinas de Correos del Ecuador, en la calle Japón, entre el centro comercial Iñaquito y el parque La Carolina.

Una de las empleadas, Anita Cervantes, trabaja allí siete años. “Aunque usted no lo crea, la gente todavía escribe cartas y postales”.

Anita detalla que la mayor cantidad de gente que llega con sus cartas son familiares de emigrantes que viven en España, Estados Unidos, Italia, Alemania, Canadá…

Alguna vez le conmovió recibir a una anciana. Ella no se limitó a entregar la carta, pagar por las estampillas e irse.

Como que no hubiera tenido con quién compartir sus dolores, la anciana le contó a Anita que su esposo la había abandonado y que ella no tenía dinero para mantener a su hija adolescente.

Cuando la joven cumplió 18 años, la madre tomó la decisión más dura de su existencia: se endeudó con decenas de prestamistas y chulqueros, compró un pasaje y se arriesgó a enviar a la joven a España.

Años después, aunque todavía persiste el vacío y la soledad en su corazón, entiende que fue lo mejor que pudo hacer por su hija. No recuerda en qué trabaja allá, pero igual que a Carlos y Marta, le hace feliz recibir cada mes una carta desde España.

Otra buena cantidad de usuarios del servicio postal es la de los turistas extranjeros, que dentro de los buzones repartidos en distintos lugares de la ciudad dejan postales con imágenes de los paisajes más bellos del país con pequeños comentarios, escritos a mano.

Paulina Hidalgo, una morena de 35 años, de cabello enrulado e intensamente negro, es licenciada en Publicidad y Marketing y trabaja en el departamento de Filatelia.

Su cumpleaños fue hace una semana y aún están frescos los rastros de la celebración: cada una de sus uñas está pintada con un globo de distintos colores, en fondo blanco.

Paulina no está casada. Según ella se califica, es de “estado civil inteligente”.

Pero escribe poesía. A mano, por supuesto. Y escribe letras de canciones.

En mayo de 2011, cuando estaba en casa con permiso médico luego de una intervención quirúrgica, redactó cuatro cartas y las envió a su novio. Cartas largas, detalladas, amorosas, con letra clara en tinta negra. Cartas tan intensas, recuerda Paulina entre nostálgica y satisfecha, que sorprendieron al novio, quien no atinó qué ni cómo responder.
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ESTAMPILLAS CON PERLAS Y SABORES

Correos del Ecuador tiene, en sus oficinas de la calle Japón y avenida Naciones Unidas, un rudimentario pero digno museo.

Aunque por disposición oficial pronto esa galería pasará al Ministerio de Cultura como parte del proyecto museológico patrimonial, los empleados de Correos expresan orgullo de su historia.

En las paredes y sobre el piso de un largo pasillo, a la derecha de la entrada principal del edificio, se ven los antiguos instrumentos del servicio postal: una balanza Toledo de 1937, una caja fuerte marca Milners Safe Coy, un teléfono de color negro fabricado en Suiza e importado al Ecuador en 1950, un mueble alto y ancho de metal, construido en 1940 para los casilleros postales, una balanza Howe de 1930, una bicicleta y un uniforme azul para carteros de 1960, una motocicleta Vespa, recién donada.

Las colecciones de estampillas son asombrosas. En un espacio más seguro y reservado se guardan sellos insólitos, de una belleza conmovedora. Una estampilla con piedras preciosas, emitida en los Emiratos Árabes. Otra estampilla con sabor y olor a coco, emitida en la Polinesia. Un sello bañado en plata, emitido en 2003.

En otro espacio se observan huellas de cómo antiguamente se cobraban los envíos. Si, por ejemplo, en el sobre se imprimía “Alausí debe”, quería decir que lo tenía que pagar el destinatario. Si se leía “Alausí franco”, quería decir que ya lo había pagado el remitente.

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LA OTRA CORRESPONDENCIA, LA PELIGROSA

Todos los días, en la oficina nacional de Correos se detienen cartas, sobres, paquetes, encomiendas que llevan droga pura, según explica Galo Pazmiño, director de Seguridad Postal.

Trabaja cuatro años y medio allí y ha visto de todo en el enorme canchón adonde llega toda la correspondencia que viene y que va.

Luego, según los destinatarios, se la reparte a distintas áreas de la planta.

Pero antes de que salgan los sobres o las fundas o los paquetes, sobre una mesa contigua a la máquina de escaneo, similar a las que se utilizan en los aeropuertos para controlar el contenido de lo que lleva cada pasajero en sus maletines, en sus bolsillos y en sus manos, aquella correspondencia pasa por la atenta mirada de policías expertos en detectar material peligroso y que pertenecen a la Jefatura Antinarcóticos.

Ellos no pueden dar sus nombres, pero sí contar que el trabajo que desempeñan es clave. La imaginación de los delincuentes es sorprendente, según los policías: envían armas en piezas, municiones, droga, grandes cantidades de dinero en efectivo y bienes culturales (cuadros, piezas de museo, restos arqueológicos…).

¿Algunos casos? Una vez detectaron 98 envíos postales, simultáneos y al mismo destinatario, con piezas de armas de asalto y de alto calibre. Otra, alcanzaron a detener el envío de 98 mil dólares en billetes de 100.
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Fotografía de Henry Lapo

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