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Mi abuela Michita solía decirnos que no tenía sentido vivir aferrados a lamentar lo ocurrido: lo importante era responsabilizarse del error y aprender de él para no volver a cometerlo.

De lo contrario, afirmaba ella, lo que uno suele hacer es “llorar sobre la leche derramada”, con lo cual no se soluciona nada.

Un importante radiodifusor que me entrevistó por mi nuevo libro Batallas Personales esta mañana me dijo que ha leído la Ley de Comunicación dos o tres veces y que se ha preguntado si debe cambiar algo o debe dejar de hacer algo que ha venido haciendo.

Al final, según confesó, se ha convencido de que no, que no debe cambiar nada porque su conciencia le dice que está haciendo lo correcto.

Me expresó, eso sí, su preocupación por algunos temas como el del “linchamiento mediático”, que a él le parecen “peligrosos porque no están claros los parámetros de la supuesta contravención o el presunto delito”.

Al contrario de lo que podría inferirse, la serenidad con la que el radiodifusor hizo su análisis me dejó preocupado. Muy preocupado.

Yo creo que hay muchas cosas que debemos cambiar –pensé mientras el taxista conducía el auto con dirección a otro medio donde también conversaría sobre el libro-.

Y así como estoy en desacuerdo con quienes han satanizado la Ley de Comunicación, también estoy en total desacuerdo con quienes pretendan ignorar que el momento que vivimos en el Ecuador los medios y los periodistas es único, porque si ahora no cambiamos no lo haremos nunca.

Más allá de ciertos temas imprecisos o que pueden prestarse a interpretaciones antojadizas –al menos mientras no se conozca el reglamento del Consejo de Regulación o se sepan los alcances de la Superintendencia de Comunicación y de las otras instancias de control o supervisión-, lo esencial es tener la capacidad de alcanzar un nivel de autocrítica que sin llegar a la autoflagelación o a la victimización, nos permita identificar, con precisión y claridad, cuáles son nuestras debilidades, nuestros vicios, nuestros defectos, nuestras malas prácticas, nuestras equívocas rutinas.

Si en las salas de redacción y en los gremios periodísticos (¡uf, los gremios periodísticos!) se entrara en ese proceso de hablar en voz alta de las fallas, vacíos y debilidades de nuestro oficio y de las maneras en que hemos asumido todo lo que significa ejercerlo, daríamos un paso clave para entender lo que está sucediendo y lo que debemos hacer.

Una hora después de aquella conversación entré a la oficina del director del medio donde me hicieron la segunda entrevista sobre mi libro.

La conversación también giró sobre el mismo tema: la Ley de Comunicación, pero los puntos de vista fueron distintos.

Me preguntó cuál sería ahora la actitud apropiada en esta coyuntura y vi un brillo de luz en su rostro porque pronuncié la palabra clave y desarrollé el concepto: capacitación sistemática e incesante.

Me pidió más explicaciones y se las di.

No se trata de dictar charlas, talleres o seminarios para que los directivos y periodistas y personal de los medios aprendan de memoria cada artículo de la Ley, sino de practicar, escribir, reportear, opinar, analizar, investigar e interpretar los hechos con el rigor, la ética y el profesionalismo con el que siempre debimos hacerlo.

Es lo que llamamos “capacitación en caliente”, en el trajín del día, con el producto informativo real que se va a publicar.

Se trata de capacitar al personal de los medios acerca de cómo mejorar los procesos de trabajo, cómo realizar mejor la tarea, cómo cumplir con el objetivo de servir a los demás, cómo entender que para la defensa del bien común no bastan las buenas intenciones ni entender que el periodismo es solidaridad y vigilia.

No basta haber escuchado por ahí que el periodismo es asumir la vida desde los zapatos de los otros, que el periodismo es la diaria lucha por entender y revelar las distintas verdades.

Capacitar y capacitarnos. He ahí lo único que debemos hacer, sin falsos patetismos ni miedos inútiles.

Capacitarnos frente a la ley, pero no desde una perspectiva legalista o teórica sino desde el propio texto, desde la propia pieza periodística que se está produciendo ese momento.

Practicar las normas básicas del oficio, construir escenarios y mirar cómo salir de ellos con solvencia y calidad, simular eventos donde pese a la delicadeza de los temas abordados podamos salir limpios y logremos ponerlos en escena sin correr riesgos legales ni caer en ligerezas ni afectar a nadie.

Esa es la capacitación que se necesita ahora.

Nada de planes macro o enormes inversiones en onerosas asesorías pasajeras para presuntos “grandes cambios estructurales” que se expresan en una sala de redacción más bonita, en el deslumbramiento por los muebles nuevos o en la tecnología de punta, pero que olvidan la calidad de los contenidos y dejan que en el día a día se diluyan los procesos hasta volver a la mediocridad de siempre.

La capacitación es sobre la marcha, sobre el mismísimo trabajo cotidiano: hay que corregir los desaciertos, repensar las prácticas obsoletas, admitir que el periodismo, siempre, será perfectible porque es tan humano como nosotros y que, por ese hecho de ser tan humano como nosotros, es un proceso que requiere voluntad de cambio y acciones concretas.

Acciones tan fáciles y sencillas como dejar de llorar sobre la leche derramada y empezar a reeducarnos, a reaprender y a reaprendernos.

Se requiere, con urgencia, ser modestos, humildes y realistas.

Se requiere, con urgencia, que abramos nuestras conciencias y afilemos nuestros lápices.
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Ilustración de El Ideario (Caos en la cabeza de un periodista)

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