VISITA EVO 25HL

1.

Poco antes del mediodía, un bus de dos pisos, pintado con los colores simbólicos de Quito (rojo y azul) y con la planta alta descubierta, atraviesa despacio la calle García Moreno.

El autobús está lleno de turistas, la mayoría estadounidenses y europeos.

Observan la belleza de los monumentos coloniales, los claustros, los hoteles remodelados.

El autobús cruza la intersección de las calles García Moreno y Chile.

Una decena de turistas se pone de pie para captar con sus cámaras lo que sucede sobre la acera occidental de la Plaza Grande. Desde allí, el Palacio de Carondelet asume toda su altiva dimensión arquitectónica e histórica.

En la misma esquina, unos diez hombres del personal de seguridad, vestidos con traje y corbata, el cabello recortado al estilo militar y radiotransmisores semiocultos con los cables detrás de las orejas, lo vigilan todo, casi imperceptiblemente.

Un grupo se instala bajo la estructura de aluminio que sostiene la pantalla de 24 metros cuadrados y las torres de parlantes, cuatro a la izquierda y cuatro a la derecha.

Aparecen tomas en vivo del Salón Amarillo, imprecisas todavía porque los camarógrafos estarán ajustando sus lentes y encuadres.

Desde los parlantes suena, en alto volumen, la canción “No puedo estar sin ti”, del compositor y cantante romántico mexicano Armando Manzanero.

Por la acera de la García Moreno camina Elsa Amaya, colombiana, ama de casa de 49 años que reside en Quito desde hace cinco. Es guapa, alta, distinguida, de piel rosada.

La escoltan dos ancianos, su padre Raúl, de 80 años, y su madre Miriam Castilla de Amaya, de 73, quien pide que se le ponga “de Amaya” como ”símbolo de mi amor por este hombre y por mi hija”.

Raúl y Miriam acaban de conocer la iglesia de La Compañía de Jesús y llevan en su memoria el impacto que les ha causado la belleza de la fachada, para Miriam “algo único en el mundo”.

Se mezclan con el centenar de personas que visten accesorios de color verde PAIS y gritan consignas y lemas a favor de la revolución ciudadana, del presidente Rafael Correa y del mandatario boliviano Evo Morales, quien se halla dentro del Palacio.

Raúl admira a Correa desde hace mucho tiempo. Miriam complementa: “Ya quisiéramos nosotros, en Colombia, tener un presidente como Rafael”.

No lo dice como gesto de cortesía: Elsa explica que sus padres siguen la trayectoria de Correa y afirma que hubo un hecho reciente que consolidó el afecto por el jefe de Estado.

“Cuéntele usted, pues”, dice Miriam sonriendo y Raúl obedece.

Hace una semana estuvieron en Tonchigüe, una hermosa playa esmeraldeña. Él sintió ahogamiento, presión baja, taquicardia.

Lo llevaron a un centro de salud. Jamás olvidará -dice con la mirada en algún punto de su recuerdo- las atenciones que recibió de los eficientes médicos y enfermeras que lo cuidaron en ese instante difícil: él había temido un infarto o algo así, pero los galenos le tranquilizaron y curaron.

“Y gratis, todo gratis”, recalca Miriam. Elsa sonríe con ternura filial. “Si fuera por ellos, se quedarían aquí el resto de su vida –dice-, pero ya les toca volver a Colombia”.

Están a punto de tomar la calle Chile con dirección al Municipio cuando se escucha una ovación: los militantes miran hacia arriba, al balcón de la terraza de Carondelet.

Correa y Morales, ambos con elegantes trajes y camisas bordadas de motivos andinos, observan el paisaje humano y saludan a sus simpatizantes.

Es un momento decisivo. Los comandos populares aplauden, vivan, corean: “¡Nunca más secuestros en el aire!”, “¡abajo el imperialismo!”.

Una anciana, pequeña y con el rostro surcado de arrugas, complementa el ¡abajo los imperialistas!” con un sorprendente “¡abajo, hijueputas!”.

Ella acompaña al grupo que porta un cartel donde se pide el premio Nobel e la Paz para Evo “por su defensa inclaudicable de la Madre Tierra”, según reza la pancarta. Otra exige “mar territorial para Bolivia”.

Los presidentes se retiran del balcón y en pocos segundos aparecen en la pantalla. Allá, adentro, mandatarios, ministros, funcionarios, invitados  y periodistas están listos para la ceremonia protocolaria.

El verde se multiplica y expande por la plaza: en las chompas, las gorras, los sombreros, los pañuelos, las banderas, los collares, las pulseras, los cintillos.

Igual se multiplican los símbolos: los legendarios Che Guevara y Eloy Alfaro. El rostro sonriente del exmandatario venezolano Hugo Chávez.

La fuerza del sol quiteño no amilana a los comandos. “Chávez vive, la lucha sigue”, suena la voz de un veterano activista desde el megáfono.

Frente a la entrada a Palacio, donde descansa la alfombra roja por donde pasó Evo, se alinean y se ponen firmes 17 soldados en traje camuflaje, conpistolas al cinto, boinas negras y chaleco antibalas.

El activista del megáfono se llama Claudio René Robalino Ruiz, quiteño de“casi 66 años”, según expresa.

Vestido de manera sencilla, delgado y canoso, acolorado, él es incansable. Agita, pide apoyo, corea todas las consignas.

Pertenece al comando PAIS y al Comité de Apoyo a la Revolución Ciudadana. Mientras dos gotas de sudor bajan por su frente, confiesa, orgulloso, que vive en la ciudadela Barrionuevo, en el sur de la ciudad, y que está aquí desde las siete y media de la mañana.

En la pantalla gigante empiezan a proyectarse las imágenes de los acuerdos que firman los ministros de Ecuador y Bolivia.

Inmediatamente, el maestro de ceremonias anuncia que hará uso de la palabra “el presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, compañero Evo Morales”.

Robalino se acerca a la estructura de aluminio. Toma el altavoz y recuerda “a todos los compañeros que estamos convocados al parque de la Casa de la Cultura a las cuatro de la tarde para estar junto al compañero Evo”.

Dios le bendiga, me dice mientras se aleja y acomoda sobre sus hombros el megáfono y la bandera verde.

Frente a la pantalla, a partir de ese momento, los militantes asumen una actitud reverente, silenciosa, casi mística, mientras los va envolviendo la atmósfera de la calurosa tarde quiteña.

2.

Entre las siete y media y las ocho de la mañana, unos cien militantes de PAIS llegan a la Plaza Grande.

Portan banderas, afiches y carteles.

Con el paso de las horas se unen personas de distintas condiciones sociales.

El grupo, cada vez más numeroso, permanece, incansable, coreando las consignas y los lemas de la revolución ciudadana.

Y ahí está La Mujer Maravilla, como ella dice que la conocen y, sobre todo, como ella se siente y como ella siente el proceso que vive el país.

Se llama Silvia, pero prefiere que la distingan por su nombre de combate.

Con plumas alrededor de su cuello y un cintillo en su frente, ambos accesorios de color verde PAIS, La Mujer Maravilla es una de las más entusiastas y decididas.

Tiene unos 70 años, quizá. La edad es uno de sus secretos y no hay para qué insistirle.

Vive en la avenida Veinticuatro de Mayo y pertenece a uno de los grupos de apoyo a la revolución ciudadana: el colectivo Plaza Grande.

Pequeña, con el cabello teñido de castaño oscuro, gafas y un desgastado vestido con brillos dorados, pide “tres apoyos para el compañero Evo Morales” porque está convencida de que “la dignidad de América Latina no tiene precio”.

Admira a Dios, al Che Guevara, a Eloy Alfaro, a Rafael Correa.

Se agita cuando en la pantalla gigante aparecen escenas del salón Amarillo.

Pero ella tiene una suerte especial: antes de que adentro empiece la ceremonia protocolaria, mira hacia arriba, al balcón de la terraza, donde por cinco minutos aparecen Rafael y Evo, como ella los llama. Agita sus brazos para que la miren un ratito y le brinden una sonrisa.

Silvia regresa su mirada hacia el grupo.

Y dice, con sus ojos pequeños, con sus labios felices: “Cómo no voy a ser La Mujer Maravilla”.

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Fotografía: Henry Lapo