ASAMBLEÍSTAS OPOSICION

A unos se los nota cansados.

O, más que cansados, derrotados.

Aunque, claro, te dicen lo contrario: estamos luchando, estamos dando guerra, no vamos a dejar que la aplanadora nos pase por encima…

Pero así se los siente y se les percibe: derrotados.

A otros, pese al contexto, se les desborda el entusiasmo por cumplir su calidad de representantes de los ciudadanos, elegidos por votación popular.

Y también te lo dicen, pero con más énfasis: estamos luchando, estamos dando guerra, no vamos a dejar que la aplanadora nos pase por encima…

Tienen, todos ellos, una particularidad.

O dos.

La primera, que pertenecen a lo que podría llamarse bloque de oposición, aunque de bloque tienen poco.

O nada.

La segunda, que sus oficinas se encuentran a medio kilómetro (a pie) de la sede de la Asamblea Nacional.

¿Podríamos llamarlo “el cuartel de los pocos”?

Porque integran la minoría legislativa frente a la mayoría absoluta de PAIS.

Porque cada partido solo tiene, apenas, cinco, cuatro o tres asambleístas.

Porque la desolación política los marca.

Porque algunos se esfuerzan por armar un presunto bloque monolítico de oposición, pero eso es peor que la utopía: allí no hay monolito ni hay bloque. No hay nada.

Solo esfuerzos particulares.

Luchas que cada uno emprende desde su perspectiva.

Iniciativas aisladas.

Gestos solitarios de quien sabe que perderá la partida y, sin embargo, la tiene que jugar.

El edificio Alameda II es una caja rectangular de nueve pisos, incluida una sórdida terraza a la que se accede por unas estrechas y maltrechas escaleras.

Espléndida vista de Quito en 360 grados.

El sur.

El Panecillo.

El centro colonial.

El centro norte con sus primeras casas de varios pisos, las más antiguas.

El norte, con su inusitado crecimiento urbanístico y sus descomunales y elegantes rascacielos.

Pero antes, por supuesto, está la entrada al edificio, ubicado en la avenida Diez de Agosto, frente al tradicional parque llamado también La Alameda (aunque no existe un solo álamo, sino árboles de otras especies).

Desde afuera, al ciudadano común, al transeúnte, no le llama la atención esa gigantesca caja con marcos de vidrio en cada piso donde apenas existen dos indicios, poco perceptibles, de que allí funciona una parte de la Asamblea.

En el segundo piso, donde están los legisladores de CREO, hay una ventana con una serie de afiches con el rostro del excandidato Guillermo Lasso.

En el tercer piso, en otra ventana, hay una bandera del Ecuador en un asta de madera. Nada más.

En la planta baja hay dos ambientes discordantes.

El uno, a la derecha, unas lúgubres oficinas donde funciona la biblioteca económica del Banco Central.

El otro, a la izquierda, un espacio con dos banderas, la de la Asamblea y la Nacional, unas mesas  y un “counter” donde están tres o cuatro policías, entre clases y oficiales, como parte de la escolta legislativa y la seguridad.

En la pared izquierda, también, casi junto a la puerta, un afiche colorido: “Asamblea Nacional. Las leyes que necesitamos para el país que soñamos”.

Un lema de la modernidad política que contrasta con la obsolencia arquitectónica del Alameda II.

Sobre las puertas de los dos ascensores se lee una antigua placa que revela la edad del inmueble y el uso original que tuvo: “Homenaje al doctor Rafael Antonio Terán Varea, Superintendente de Bancos 1952-1956. El personal de la oficina de Quito, 17 de diciembre de 1956”.

Adentro, el personal de Jimcorp, una empresa privada que presta los servicios de limpieza y mantenimiento, se esmera porque cada piso esté reluciente.

Gloria (“solo Gloria”, dice) lleva tres meses laborando allí. Lo hace en el horario de 10:00 a 19:00. Integra un equipo de 11 mujeres y un hombre. Está contenta: tiene trabajo.

En cada piso, al acceder a él desde las escaleras o desde los ascensores, llaman la atención las carteleras informativas, la sobriedad de las paredes, los avisos firmados por Saúl Cueva, administrador del Alameda II.

Unas de las hojas notifica, en caracteres grandes, que el pasado 25 de junio se hicieron cambios de todas las computadoras.

Hoy, todas son nuevas.

En cada piso, también, hay un extinguidor de incendios que, por la calma y el silencio reinantes, parecería que nunca tendría que utilizarse, al menos para apagar discursos fogosos de una oposición que casi no respira.

Está también un dispensador de agua. Están los baños para hombres y para mujeres. Está otro dispensador: el de gel antibacterial, muy popular ahora que ha vuelto el fantasma de la gripe AH1N1 y que está matando gente en el centro del país.

El piso 1, si cabe decirlo así, es corporativo.

Ahí funcionan el centro de copiado, el restaurante (atiende de 12:30 a 14:00), el archivo de Recursos Humanos.

La octava planta es igual: la Tesorería, la Dirección Financiera, el departamento de Contabilidad, el área de Entrega de Retenciones, el departamento de Control Político.

En los sucesivos pisos, mientras se los recorre y sube, se encuentran, por ejemplo, con elegantes placas junto a las puertas, la oficina 205 de la asambleísta afro Mae Montaño, de CREO.

Y la del legislador con el nombre más largo: Andrade Varela Júpiter Gozoso de la Cruz, en la 706.

La 505, de Cynthia Viteri, del PSC-Madera de Guerrero (“Yo entiendo que así es el juego democrático. Antes nos tocó ganar y ser mayoría. Hoy nos tocó perder y ser minoría”).

La 604, de Gilmar Gutiérrez, de Sociedad Patriótica (“El escenario político es mucho más difícil ahora. En la oposición no existe la voluntad de unirnos”).

La 501, de Henry Cucalón, del PSC-Madera de Guerrero (“Detrás de mi actitud de luchar a pesar de las dificultades está mi filosofía de que la política es una concepción de vida”).

La 403, de Lourdes Tibán, de Pachakutik (“Cuando estamos en las sesiones para votar y sé que vamos a perder, solo se me ocurre decir: Al empate, Calceta).

La 402 de Cléber Jiménez y la 405 de Pepe Acacho, ambos bajo procesos jurídicos que podrían comprometer su permanencia en las curules.

Y así, todo el edificio.

Por su forma y su diseño, parece concebido para que los asambleístas que allí trabajan casi no se encuentren, casi no se vean.

Quizás no sea así, pero la impotencia que expresa la mayoría de la minoría hace que “el cuartel de los pocos” sea eso, un cuartel donde escasos asambleístas no se sienten derrotados y aseguran que siguen vivos.

Un cuartel donde el resto, aunque diga lo contrario, va perdiendo las ganas y la voluntad de luchar por lo que creen, porque se sienten, porque son, la minoría de la minoría.

_________________

Fotografía de Carlos Silva, diario Expreso

_________________

Comentario 1:

Saludos Rubén.

 Aún no sé por qué “El cuartel de los pocos” me suena más a una oda al derrotismo que un “análisis” a la situación política de “los pocos”, justamente el ¿por qué?. Solo me queda como reflexión final una frase que les va: Cosechas lo que siembras, y creo que lo cosechado por ellos, no es tan malo respecto a sus “semillas” plantadas.
Con respeto,
Miguel