COMIDA PERUANA.

Y suena “José Antonio”, uno de los valses que hiciera mundialmente famosos la legendaria Chabuca Granda.

Y la música llena la planta baja del hotel Sheraton, en Quito, donde Jaime Arbulú y su conjunto hacen sonar las guitarras, las voces, el sintetizador, el inigualable cajón peruano.

Máximo Rodríguez, un médico limeño de 73 años, que llegó hace apenas tres meses al Ecuador, desde la mesa del fondo, exclama “Así es el Perú, señores”.

Se levanta, camina hacia el grupo musical, se queda en el centro del salón y canta.

Y baila.

Y pide a la orquesta que le dejen tocar.

Y toca un solo de cajón que por su calidad, su perfección, su sonido estremecedor y combativo y festivo, sorprenden al conjunto de Arbulú.

Sí, así es el Perú, confirma desde una mesa lateral el ecuatoriano Eduardo Zurita, ícono musical del país entre los años 1966 y 1986, tiempo en el que grabó 21 L.P. y diez CD.

El pianista y organista más famoso de aquellos años observa, con ojos de fascinación, la danza folclórica con la que Máximo, bailando en solitario y viviendo cada movimiento con ojos y gestos de pasión por su Perú, despierta todos los sentidos de sus compatriotas y de los comensales ecuatorianos.

En la mesa de Zurita hay ceviche, papas a la huancaína, chicha morada y una copa de pisco.

A Máximo no le importa la altura quiteña, que le resta oxígeno para continuar bailando, porque jamás podría desperdiciar una oportunidad como esta de que su corazón se agite como una orgullosa bandera nacional.

“Sin tapujos –pronuncia Zurita, con voz firme-, puedo declarar que la mejor gente de América Latina es la de la nación hermana y que los mejores amigos de mi vida, los más profundos, son peruanos”.

Fiorella Barcés también es limeña.

Vive en Quito hace siete años.

Es una experta chef pastelera que explica la particularidad de los dulces de su país: vienen de distintas culturas (la japonesa, la árabe, la alemana, la italiana, la inca). “Y las hicimos nuestras”.

Y las hicieron suyas porque hay una amorosa, delicada y audaz manera de mezclar los sabores ancestrales de todas aquellas culturas, de convertir esos sabores en delicias y texturas y olores únicos en el planeta.

Fiorella, alta, morena, de cabello negro y ojos vivaces, joven madre de familia, hace un juego de palabras, elabora su propia filosofía: “Comida peruana-peruana ya no hay en el Perú. Ese es el secreto”.

Christian Ramírez, un joven de sonrisa amable y poco cabello sobre su cabeza, se califica de “made in Quito”.

Es un chef de 30 años, graduado en la Universidad UTE, de la capital.

“Si los ecuatorianos juntáramos  fuerzas, nuestra comida también sería mundial”, dice con tristeza. Pero, no. “Simplemente estamos dispersos”.

Rodríguez, Zurita, Barcés y Ramírez, aunque algunos no se conocen entre sí, coinciden tanto en lo que dicen que es imposible no creer en sus certezas acerca de esa intensa magia llamada Perú.

Promperú puso la sazón

Convertirse en el destino culinario más importante del mundo le costó al Perú décadas de trabajo y esfuerzo.

Porque les costó mucho convertir una política de Estado en una manera de vivir, actuar, emprender, proponer e innovar en torno a un solo proyecto: posicionar al Perú como un excepcional destino turístico.

Fue difícil porque ellos, como nosotros, solemos caracterizarnos por realizar emprendimientos aislados y desconfiar del otro, de nuestro propio compatriota.

María Teresa Villena, peruana, trabaja en la embajada de su país en Quito.

El éxito turístico de mi país –afirma María Teresa- se debe a la unión y al trabajo persistente, incansable y coordinado, entre Promperú (la empresa estatal) y el sector privado.

Lo dice sentada junto a una pantalla plana donde se ven los más hermosos paisajes de su tierra (Macchu Pichu, los barrios coloniales de Lima, la zona de Barranco, al borde de los acantilados y junto al mar, la fauna, la flora, los postres y el lema oficial que lo pronuncia con altivez: Perú, mucho gusto).

Abrazos estratégicos

Decir Perú es hablar de un sinónimo de exquisita gastronomía criolla. De exquisita comida nacional.

Costumbrista pero, simultáneamente, cosmopolita.

Cosmopolita y única en el mundo.

Y es por eso que en los más importantes restaurantes de América, Europa y Asia, muchos de ellos de propiedad de grandes chefs peruanos con la categoría del maestro Gastón Acurio, ofrecen ají de gallina, ceviche, arroz con leche, chicha morada, tiradito, causa, arroz con pato, anticuchos, solteritos, paiche, chupe de camarón…

Perú no tiene rubores al momento de diseñar sus alianzas estratégicas. Cuando Lima y Quito firmaron la paz, el estado peruano promovió la llegada de inversionistas ecuatorianos.

En una primera ola, llegaron grandes empresas. Hoy suman 80 solo en Lima. En una segunda fase, decenas de ecuatorianos no solo llegan a invertir sino a trabajar y a vivir.

Hay contadores, marqueteros, publicistas, médicos, expertos en software.

Pero de allá para acá también se han producido importantes oleadas humanas.

Solo en Quito existen 12 chefs peruanos, de altísimo nivel, la mayoría con sus propios restaurantes.

Aman y admiran la fritada, el hornado, el locro de papa, ciertos mariscos que también se encuentran allá pero que acá tienen un gusto diferente.

Y entienden que Ecuador tiene el mismo potencial que Perú, aunque deban decir, con franqueza (y se disculpan por la opinión), que a los ecuatorianos aún nos hace falta unidad en torno a un gran proyecto nacional gastronómico.

Potencial hay.

Mucho potencial, dicen.

¿Qué están esperando?

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Imagen tomada de El Comercio de Perú

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