Foto libro RDB 2013

Prólogo de Javier Darío Restrepo*

A primera vista este es un libro que recoge retratos hablados, notas de viaje, páginas de diario, apuntes de memorando, el registro de hechos, de personas, de sensaciones o de experiencias.

El lector siente a ratos que hojea un álbum de imágenes vivas, algunas a todo color, otra en blanco y negro o en color sepia, ese color que parecen tener esos recuerdos que no quieren caer en el olvido.

Pero estas páginas escritas por el periodista Rubén Darío Buitrón son más que eso. Léanlas despacio y encontrarán que son interpretaciones varias y densas de personajes y hechos de la vida de este país.

La gran diferencia entre las postales comerciales y las imágenes que recrean las palabras de Rubén Darío, está en que a medida que uno avanza en la lectura de las distintas notas, entiende más, participa más, descubre más.

Me pasó con esa nota inicial, Filosofía del verdugo, sobre el miedo que se esparce en las ciudades como un gas tóxico. ¡Cuántas veces había leído los relatos periodísticos sobre esa modalidad delictiva del secuestro express, que ha llegado a contemplarse como parte del paisaje urbano! Son relatos para la curiosidad efímera y para el olvido.

Pero, recreada la escena con el lenguaje y la sensibilidad de Rubén Darío, lo convierte a uno en parte de aquel miedo y de aquel rechazo. Deja de ser un hecho curioso y se adhiere a la sensibilidad y a la conciencia como una interpelación a la que es imposible sustraerse. Más que informar sobre un hecho, el autor lo ha interpretado y lo ha hecho conciencia.

Cuando a comienzos del siglo XX, Joseph Pulitzer decía que el periodismo es mucho más que dar noticias, revelaba otra dimensión de esta profesión que no solo cuenta lo que pasa, además debe interpretarlo.

Al ser humano no le basta con el curioseo de los hechos. Hay algo trunco en ese acercamiento a los hechos que suceden, o en esa lectura apresurada de titulares, o en ese barrido de cámara que muestra pero no deja tiempo ni da elementos para entender. Se necesita más.

Escribía George Steiner que “sin interpretación no habría cultura, solo un silencio sin eco. La existencia del arte y de la literatura, la realidad de la historia sentida y vivida en el seno de una comunidad, dependen de un proceso continuo de traducción e interpretación… No es exagerado decir que poseemos civilización porque hemos aprendido a traducir más allá del tiempo”.

Por eso, quien interpreta civiliza, quien solo muestra, satisface curiosidades pero no agrega humanidad. Así se siente cuando aparece en este libro aquella Elena que llega para despedirse.

Rubén Darío no deja que la historia de esa mujer que recorre su pasado se convierta en anécdota. Al interpretar el hecho, induce una experiencia, interroga e interpela, hace de aquella mujer y de su recordación de voces e imágenes del pasado, una experiencia interior.

El que interpreta logra el prodigio de convertir a sus lectores en sujetos de la historia. En los años sesentas el periodismo de Estados Unidos fue sacudido por las teorías de Neal Copple cuando afirmó que “ni el director ni el escritor deberán sentirse satisfechos con la simple enunciación de los hechos”.

En este siglo XXI y emplazados por los hallazgos y aplicaciones de la tecnología digital, periodistas y dueños de medios están descubriendo que un periodismo que solo cuenta hechos tiene pocos años de vida por delante. El“periodismo ciudadano” tiene los instrumentos y está encontrando nuevos espacios, cada vez más amplios, para contar hechos.

Si ese relato lo puede hacer el no profesional, con sus solas buenas intenciones y la ayuda de aparatos de moderado costo, ¿para qué se estudia periodismo y qué servicio puede prestar al periodismo profesional?

El apremio de preguntas como estas ha llevado al descubrimiento: hay un periodismo que nunca será reemplazado por las máquinas ni por los aficionados: el que interpreta y hace entender lo que sucede.

Lean en este libro la historia de la mujer que en un asilo de ancianos repasa su vida, y comprueben que esta y muchas historias de las escritas por Rubén Darío nunca podrán hacerse con los solos instrumentos de la tecnología.

La interpretación exige un conocimiento de los antecedentes de los hechos, una sensibilidad para lo humano (notarán la enorme carga de humanidad que hay en cada capítulo de este libro).

Supone, además, capacidad para romper las membranas de la superficie e ir hacia adentro, hacia lo profundo de los hechos y de las personas (Rubén Darío hace una inmersión así en las notas sobre Gonzalo Benítez o Jorge Enrique Adoum).

Interpretar es, por tanto, dar solidez y sustancia, y atisbar con los lectores las numerosas caras de los hechos. Hubo un tiempo en que el diario The Washington Post tuvo dividida la sala de redacción en dos secciones: la de los redactores que se atenían solamente a la reseña exacta de los hechos, y la de los que no se quedaban dentro de esos límites e iban más allá.

Estos últimos acabaron señalando la dirección que debía seguir el periódico para progresar. Y son los que hoy están revelando las claves de la supervivencia al periodismo. Sobre todo, la interpretación responde a una necesidad del lector, oyente o televidente.

Dejó escrito Ryszard Kapuscinski que “el hombre inteligente compra el diario para encontrar las explicaciones de lo que estaba ocurriendo el día anterior en la televisión. Ellos esperan encontrar explicaciones y estímulos de reflexión, por eso los periodistas deberán ser cien veces más sabios que ellos”.

A esa necesidad del hombre individual habría que agregar la del hombre como parte de una sociedad. La interpretación entrega a la sociedad los elementos que descifran el presente y avizoran lo que vendrá. Con justificado énfasis denunciaba el historiador Eric Hobsbawm que en el siglo XX fueron muy pocos los acontecimientos dramáticos que respondieron a predicciones: “¿predijeron los cronistas los 30 años gloriosos del gran auge mundial? ¿Predijeron el fin de la edad de oro a principios del decenio de 1970? ¿Predijeron los actuales problemas económicos?”.

La prospectiva dejó de ser una disciplina para especialistas y es hoy un campo abierto para el periodista que con la práctica de la interpretación rompe las delgadas gasas con que se cubre el futuro.

“El periodismo es un fenómeno de interpretación y más exactamente, un método para interpretar periódicamente la realidad social del entorno humano”, apunta el profesor Lorenzo Gomis en su “Teoría del periodismo”.

Acabo de leer las notas de Rubén Darío sobre las fiestas de Jaramijó, o su visita a los artistas de la filigrana y de la arcilla de Chordeleg en Azuay, y las comparo con las notas que aparecen en las revistas de avión o en las secciones de turismo.

Me resulta palpable la diferencia entre un periodismo que se hace con los sentidos y con intención propagandística, y el que no se contenta con poco y asume el reto de interpretar la realidad social.

Este tiene la larga vida de lo indispensable para el espíritu humano; aquél, tan transitorio como la vida de una mariposa, tiene la duración de las sensaciones.

Debo anotar, todavía, para beneficio de los que entrarán en las páginas de este libro, otro motivo de encantamiento: el manejo de las palabras.

Para los periodistas la palabra es nuestro instrumento de trabajo. Tenemos el reto de manejarla con la misma habilidad y eficiencia con que el cirujano maneja el bisturí, el abogado los códigos, o el pintor el pincel.

Son, además, instrumentos para ese milagro diario que nos asemeja a Dios. Él dijo y las cosas fueron hechas; los periodistas decimos y los hechos se recrean.

Es una recreación múltiple, porque las palabras le permiten al periodista recrear para sí, el hecho de que fue testigo directo o indirecto; después sus palabras recrean el hecho por segunda vez para el relato que imprime o difunde; y esas palabras, en la mente del lector, reviven por tercera vez la historia y lo convierten en sujeto, artífice o creador de la continuación de esa historia.

Cuando uno finaliza la lectura de este libro siente que ha recreado, con las palabras de Rubén Darío Buitrón, a personajes, escenarios, quehaceres, episodios.

Con razón escribe el autor al regresar a Quito: “Camino por estas calles del pasado en busca de nuevos significados”. Es su tarea y tal es la riqueza que ofrece al lector.

Bogotá, Colombia, 2013.
* Javier Darío Restrepo, escritor, periodista y catedrático colombiano, es uno de los referentes éticos más importantes del mundo. Es maestro de la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), presidida por Gabriel García Márquez, con sede en Cartagena, Colombia.