IMAGEN PIEL URBANA UNO

En la pantalla del celular apareció un número desconocido.

El ringtone “Lyra”, de mi tablet Samsung Galaxy Note, sonaba con tanta insistencia que desde mi apocalíptica visión de la vida se me ocurrió que podría ser algo grave.

Eran las dos de la tarde. Estaba somnoliento y con un ligero malestar estomacal. Me sucede cuando duermo después de almorzar.

La secuencia es, más o menos, así: una buena comida en casa, la muy buena compañía de mi esposa, la decisión de recostarme por unos minutos, el sueño que llega convertido en breve pesadilla indescifrable, el abrir los ojos y sentirme malhumorado.

Cuando dije “¿aló?” ya era tarde para cortar la llamada: del otro lado de la línea, una voz nasal parecía leer lo que me decía o repetir un “speech” aprendido de memoria.

La consigna era clara: impedir que le dijera gracias, no me interesa. Se identificó tan rápido y pidió de una manera tan lastimera que le escuchara unos segundos que solo alcancé a pronunciar un “sí, claro, dígame nomás”.

La voz impersonal tenía, además, una estrategia: conmoverme por la posibilidad de que dejara este mundo con una pesada deuda a mis familiares y hacerme sentir culpa si me negaba a la oferta.

¿Cómo podría rechazar que mi tarjeta de crédito me concediera la posibilidad de que si aceptara la propuesta de que me descontase mensualmente una cantidad mínima, al momento de mi fallecimiento la empresa no cobraría nada a ninguno de mis parientes?

Eso sí -precisó la incansable y vertiginosa voz que no me dejaba responder talvez, quizás o déjeme pensar-, debemos advertirle que la propuesta no será válida si usted muere antes de que se cumpla un año de la firma del compromiso o si se suicida mientras dure el contrato.

Mezclada con el recuerdo todavía fresco de la pesadilla post-almuerzo, la voz pasó a convertirse en una suerte de conminación celestial.

El temor a tan misteriosa situación metafísica hizo que, por fin, reaccionara, apuntara mis labios al micrófono de la tablet y me atreviera a decir que ya no deseaba escuchar nada más, pues mi deuda es tan poca que no creía verme obligado a aceptar semejante ofrecimiento.

Mientras iba a la oficina, una vez sacudido el sopor y decidido a olvidar el mal momento, recordé las dos condiciones que la incorpórea voz me había planteado.

¿Estaba insinuando, acaso, que tendría que esforzarme al máximo para no morir el primer año, no morir de nada y por nada?

¿Estaba sugiriéndome, talvez, que aunque sufriera un cáncer terminal, un infarto múltiple o un ataque cerebral no podrían fallecer en los primeros 12 meses del contrato, es decir, tendría que resistir heroicamente cualquiera de esas posibilidades?

¿Estaba diciéndome que la tarjeta de crédito aceptaría mi muerte por esas u otras razones (un accidente de tránsito, la caída de un avión en el que yo viajara, un terremoto que ocurriese justo cuando me encontrara en la terraza de un rascacielos) solo si se produjera a partir del mes número 13?

La otra condición me pareció más trágica y, de ninguna manera,  por favor, irrelevante o chistosa.

¿En el probable contrato de condonación de mi deuda a mis familiares diría, explícitamente, que el documento no se haría efectivo “si procediera a suicidarme”? (estoy hablando en el tono con el que los abogados financieros suelen escribir esos tenebrosos textos).

Cuando dejé el automóvil en el garaje de mi lugar de trabajo sentí alivio de que los 15 minutos que duró el viaje entre mi casa y mi oficina hayan sido paradisíacos: ni un choque, ni un frenazo, ni una pelea con el vecino gruñón del auto de al lado, ni un francotirador apostado en alguna ventana esperando que pasara para apretar el gatillo, ni un gato negro atravesado en el camino.

Pero ya no pude ser el mismo. ¿Y si tomara el ascensor y me quedara atrapado, sin oxígeno? ¿Y si en lugar del ascensor preferiría subir las escaleras donde al pisar algún líquido aceitoso regado por casualidad perdiera el equilibrio? ¿Y si el jefe me llamara para decirme que ha decidido jubilarme anticipadamente y esa noticia me produjera un shock?

Pasé la tarde inquieto, alterado, recordando la estentórea voz nasal que me amenazó con no premiarme si me moría antes de tiempo, como si las personas tuviéramos plazos específicos para vivir o, peor, como si ella pudiera ponerme plazos para no morir.

Después, serenándome, me arrepentí de no haber hecho más preguntas a la premonitoria funcionaria, aunque, posteriormente, me puse nervioso al pensar que quizás solo era una grabación y que jamás habría podido responder mis inquietudes existenciales.

Sin posibilidad alguna de concentrarme en mis tareas, tomé el teléfono, vi el número desconocido, aplasté la tecla “send” y me dispuse a enfrentar el miedo.

Lo que oí del otro lado de la línea me estremeció. Era una voz lejana, que musitaba algo en inglés, imperceptible, y luego se desconectaba.

¿Imaginé aquello de la llamada? No. El número estaba en la pantalla. ¿Fue un coqueteo del destino? Quizás.

Aunque no creo que mi muerte sería una tragedia para la sociedad, decidí que a partir de aquel episodio no sería buena idea hacer la siesta porque, quién sabe, la próxima vez la llamada sea para comunicarme que he sido aceptado ipso facto en algún lugar del cielo gracias a mi tenacidad para no caer en la tentación de la tarjeta de crédito.

_________________

Ilustración de Kaveh H. Steppenwolf

Anuncios