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Si en el Ecuador un proyecto quiere convertirse en ley, debe pasar un largo proceso cuyo trámite empieza en las manos de Libia.

Ella (la doctora Libia Fernanda Rivas Ordóñez, riobambeña de 36 años, divorciada, un hijo de 10) es la secretaria general de la Asamblea Nacional y es la primera mujer que ocupa ese cargo en la historia parlamentaria del Ecuador.

Libia, cuyo nombre significa “Libertad”, es delgada, de mediana estatura, cabello negro largo y brillante, nariz respingada,  rostro fino, ojos vivaces.

Quienes la conocen desde pequeña, en su ciudad natal, la recuerdan como una excelente estudiante, perfeccionista al máximo, la primera en casi todo (menos en deportes), presidenta de curso, abanderada del Pabellón Nacional y una de las mejores egresadas en la historia del prestigioso colegio María Auxiliadora,  regentado por monjas salesianas. En sus libretas de calificaciones siempre había esta cifra: 20/20.

Aunque en teoría es funcionaria de la Procuraduría del Estado, donde empezó a trabajar hace unos siete años, está en comisión de servicios para la Asamblea desde el 2008, cuando Francisco Vergara, entonces secretario de la Constituyente en Montecristi, la motivó para que lo acompañara en ese proceso histórico.

La idea entusiasmó mucho a Libia, pero tenía un problema: su responsabilidad de madre (estaba en los trámites de divorcio y pensaba en su hijo, en esa época de cinco años). Pero el padre del niño la apoyó. Él se quedaría con Martín entre lunes y viernes para que ella pudiera viajar a Montecristi.

En su amplia oficina, en el primer piso del edificio central de la Asamblea,  en Quito, destaca, a la derecha de su escritorio y junto al ventanal, una reluciente bandera del Ecuador.

Al fondo, como uno de sus elementos fundamentales de trabajo, en un mueble-biblioteca guarda todos los volúmenes de la Enciclopedia Jurídica Omeba, considerada por los juristas como la obra magna del Derecho, la fuente de consulta de todos los abogados.

Sobre ese anaquel y en una vitrina cercana a su escritorio, donde abundan documentos acomodados con un orden absoluto, una Libia aparentemente muy seria y formal muestra el otro lado de su personalidad.

Tiene el trofeo de un campeonato interno de vóley, ganado por el personal de la Secretaría.

A la derecha de la bandera nacional, en la esquina, un mueble deja ver su lado espiritual, místico, católico: una serie de réplicas de vírgenes, en algunos tamaños, la mayoría traídas desde otros países por quienes la estiman mucho y conocen su fe religiosa, una fe que hace que ningún domingo deje de ir a misa.

Pero si hay algún objeto que valora con especial afecto y admiración es El árbol de la vida, manufacturado en cerámica por artesanos de Toluca, México. Se trata de un bellísimo y multicolor paisaje divino, humano y natural de todo lo que representa la existencia. Es su preferido.

Con sus dos teléfonos celulares sobre el escritorio (un Samsung personal y el Blackberry entregado hace pocas semanas a todos los altos funcionarios de la Asamblea Nacional), esta joven mujer, aparentemente seria y distante, pero de sonrisa blanca y explosiva, tampoco es lo que parece cuando enciende el equipo de sonido ubicado a sus espaldas, junto a la ventana principal, y escucha a sus ídolos: Andrés Calamaro, Charly García, Soda Stéreo, Vicentico y la banda ecuatoriana Los Tigres del chaulafán.

Lo que a muchos desconcentra, a Libia no: ella es capaz de escuchar su música, en volumen bajo, mientras despacha, escribe o elabora documentos legislativos. Y es capaz, también, de sostener su fe sin desmayar, rezando en distintos momentos de cada jornada:

-Todos los días de mi vida encomiendo a Dios mi existencia, la de mi hijo y a la de mi familia, de las personas que me rodean y trabajan conmigo, para que les vaya bien.

Está convencida de que todo lo que tiene es un regalo divino. “No asumo que yo solita me lo he ganado. Estoy segura de eso y cada día le doy gracias a mi Dios por todo lo que me da”.

Porque no tiene nada de qué quejarse. En sus años colegiales fue la estudiante con mayores éxitos y cuando vino a Quito a estudiar Derecho en la Universidad Católica tuvo trabajo casi desde que empezó la carrera.

Hiperactiva, ama el trabajo. Y eso es parte de su mística:

-Todas las personas que Dios ha puesto en mi camino y todos los que en su momento me dieron una oportunidad merecen lo mejor. Ellos depositaron en mí su confianza y eso es algo que jamás traiciono. La lealtad es una de mis virtudes y es el principio básico del ser humano. Soy leal hasta la muerte.

¿Y Riobamba? Salió de su ciudad a los 17 años, con la duda de lo que quería estudiar: biología marina. Pero su madre, Libia también, la persuadió de que siguiera Derecho.

Y eso fue lo que hizo, aunque sus primeros años en Quito fueron complicados: tuvo que vivir en dos internados, una de monjas y otro civil, hasta que su madre le diera el voto de confianza y se fue con una amiga a vivir en un departamento.

Cuando empezó a estudiar Derecho supo que eso es lo que haría feliz como profesional  y como persona.

Y ahí está, convertida ahora en un personaje clave de la Asamblea Nacional.

Junto con Chistian Proaño, el prosecretario, Libia –aunque no lo admita, por modestia- es una suerte de motor de las sesiones del Plenario.

A su cargo están, además, el Archivo Biblioteca, el Área de Actas, la secretaría del Consejo de Administración de la Legislatura (CAL), la constatación del quórum en cada sesión, las estadísticas del trabajo de cada legislador…

Por ella, una mujer que trabaja al menos 12 horas y que, al mismo tiempo, debe preocuparse por su pequeño Martín y por el área que maneja (cinco abogados y cinco asistentes), pasan todos los proyectos y las leyes.

Por eso dice, pensando en voz alta:

-¿Se imagina usted la enorme responsabilidad que tengo?

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 ‘Martín es mi prioridad’

El termómetro de la paciencia, la serenidad y el amor materno de Libia Rivas se llama Martín Vizcaíno Rivas y tiene diez años.

Martín es, para Libia, como un huracán de felicidad.

Los dos viven en un departamento de una zona residencial de Quito, al extremo norte del sector de la avenida González Suárez, en el departamento A103.

La vivienda tiene paredes impecablemente blancas y piso de madera oscura y fina, con un jardín de plantas multicolores que Libia cuida.

Una vitrina de tradicional artesanía cuencana, ubicada en la sala, guarda sus recuerdos, fotos, souvenirs.

Sobre el mesón que separa la cocina y el comedor, un I-Pad de estuche rojo exhibe, en forma secuencial, las fotos del ídolo musical de Libia, Andrés Calamaro, como protector de pantalla.

A Martín le dedica todo el resto de su tiempo. Con él juega ajedrez, mira películas en DVD y lo motiva a leer un libro una hora diaria a cambio de una hora de videojuegos.

Supervisa sus clases de piano (una tradición familiar de tres  generaciones) y de guitarra, aunque Martín, rubio, inteligente y vivaz, se queja del instructor: “Ha faltado a dos clases”.

Ahora que está de vacaciones, Martín, entre sonrisas y cejas fruncidas, plantea iniciar algún negocio que, lógicamente, empezará con la venta de dulces para sus compañeros del colegio Cervantes.

En el estudio del departamento hay una miniatura del busto de Eloy Alfaro, una versión original del acta final de la Asamblea Constituyente de Montecristi, los libros de dinosaurios, que Martín tanto ama, y los de Libia: tratados de Derecho mezclados con textos de literatura, filosofía y autoayuda (Coelho, Osho, Platón y John Grisham, el autor best seller de novelas judiciales).

Libia acaba de terminar “El monje que vendió su Ferrari” y un libro sobre el poder de la mente.

Este tema la apasiona. Y se debe, quizás, a su necesidad de perfeccionismo espiritual y de mantener y cultivar la firmeza de su fe.