Simon Siwak

Es la hora más intensa de la oscuridad.

Cae una fina garúa.

El tradicional frío de la madrugada se mezcla con los vientos de agosto.

Pero te toca despertar a las cuatro y media de la mañana.

Bañarte.

Tomar un café negro, muy caliente. Muy.

Un jugo de naranja.

La interminable serie de pastillas contra el colesterol alto, contra el estrés, contra el agotamiento físico.

Vestirte con ropa abrigada.

Salir de casa a las cinco y quince de la mañana.

Pasar, alrededor de las seis, cuando el día empieza a despertar, por los contrastes de riqueza y pobreza en calles y barrios y pueblitos del valle.

“Torres de Cumbayá” se lee al pasar frente a la poderosa puerta de hierro de un elegante conjunto de casas de románticos tejados y amplios ventanales de corte clásico.

Encontrarse, a las seis y diez minutos, con un lío de tránsito. Han chocado un taxi y una camioneta 4×4.

Caminar por la estrecha vía peatonal del temible puente de El Chiche, para sentir lo que podría pasar si ese frágil puente se cuarteara.

Vivir el riesgo y el vértigo y el estremecimiento de la estructura de acero, aunque esa mañana no existan problemas para el paso.

Mirar el reloj. Preguntar a un vecino.

– Aún falta una media hora para el aeropuerto.

Al finalizar el puente, un enorme rótulo con letras azules y fondo blanco anuncia:

“Trabajamos por Quito. La mejor ciudad del mundo”. Abajo, el lema municipal: “El Quito que queremos”.

(Preguntarte: ¿no es eso una cacofonía?)

Taxis de tres tipos (amarillos, amarillos con verde, amarillos con negro).

Camiones con carga pesada.

Los buses de color verde con grandes letreros que dicen: Yaruquí-Quito (¿otra cacofonía?).

Automóviles particulares.

Conos de color naranja fosforescente, vehículos  de la policía de tránsito, doble cabina, con sus faros rojos y azules encendidos de forma intermitente.

“Quito, el mejor lugar del mundo”, expresa otra valla con un gigantografía del centro colonial con sus iglesias y torres iluminadas.

Muchos policías de tránsito a lo largo de la vía. Muchos. No podemos contarlos: nuestro vehículo debe acelerar porque el conductor del Mercedes Benz que viene atrás se molesta por la lentitud con la que vamos observando la ruta y aplasta el pito como si hubiera desayunado leche de tigre.

Una hora y quince minutos después de salir de casa nos saluda una valla con fondo verde: “Bienvenidos. Aeropuerto Mariscal Sucre”.

En el área de salidas nacionales, la fila más numerosa es la que forma un grupo de turistas estadounidenses que van a Galápagos.

Daniela Paredes, una morena de 29 años, es la encargada del grupo. Viste blue jean y botas de color café. Tirita un poco. Pertenece a la empresa Galaven, que organizar el crucero llamado Galápagos Expedition Yatch.

Daniela, que hace este trabajo todos los días, solo acompaña hasta que los papeles de cada turista estén listos. No viaja.

¿Problemas con el aeropuerto? No –dice con espontaneidad-. A veces hay atrasos en los vuelos, pero eso es normal.

Son las seis de la mañana con cincuenta minutos.

Uno de los tableros electrónicos donde se registra el cronograma de vuelos del día parece contradecir a Daniela: dos vuelos de Tame, el de Loja a las 7:00 y el de Guayaquil a las 7:45, acaban de cancelarse.

En los “counters” la actividad es incesante.

Aerogal, Tame, Lan.

Pasajeros que demandan información.

Pasajeros que piden se les explique las cancelaciones.

Pasajeros con gestos que mezclan la molestia con la resignación.

Víctor Villafuerte (30), cuyo vuelo arribó a la una de la mañana, descansa en la sala, cobijado por un “sleeping bag”. Está sentado sobre el reluciente piso. A su lado tiene un bolso grande y un pequeño.

Viene desde República Checa por KLM. Su itinerario ha sido Praga-Amsterdam-Lima-Quito. Casi 24 horas de viaje.

Es el clásico mochilero. Estará en Quito una semana y luego irá a Centroamérica y Australia. Ingeniero informático, su pasión es viajar:

-Tengo un ADN curioso. Mi padre, Carlos Alberto, es ecuatoriano y mi madre es checa. Ambos viven en Praga.

A las diez de la mañana vendrá a recogerlo un pariente. Mientras tanto, se distrae llenando los casilleros de crucigramas de un periódico tabloide llamado Krizovka.

¿Ha desayunado? Comió algo que trajo en su bolso. ¿Los precios de la comida acá?

– Mmmm, normales, pero no quiero gastar.

Al fondo, a la izquierda con relación a la entrada del aeropuerto, están los locales de comida.

En las paredes laterales hay pantallas gigantes marca Samsung donde anuncian Produbanco, Adelca, Cemento Chimborazo, Graiman…

En el local Johnny Rockets, The Original Hamburger, una franquicia estadounidense con decoración estilo años cincuenta, atienden 12 personas por cada uno de los tres turnos.

En Johnny Rockets trabajan las 24 horas del día.

Janeth Godos, (35), hija de padre peruano, atiende allí. Admite que existen usuarios que cuando se acercan se quejan por los precios, pero, según ella, luego de comer se van agradecidos.

La hamburguesa más famosa es la Rocket doble, que cuesta 12 dólares. Más la gaseosa, infaltable compañera, cuesta 2 dólares con 25. Total: 14, 25. Y la gente paga…

En la sala de arribos nacionales se escuchan estos diálogos, estos monólogos, estas quejas, estas percepciones.

-Vengo de Guayaquil. Pagué 11 dólares por exceso de equipaje. He pasado acá más de 46 minutos esperando que nos entreguen las maletas. ¿Cómo es posible que nos traten así a quienes viajamos frecuentemente y pagamos pasajes que cuestan más de 140 dólares?

Lo dice el porteño Luis Granda, ingeniero civil de 59 años. Está indignado.

-No entiendo por qué no hay cajeros automáticos en el área de llegada de pasajeros nacionales. ¿Es tan difícil colocarlos acá y evitarnos subir un piso más?

Lo afirma Olga, también guayaquileña, que prefiere omitir su apellido y profesión.

-Todo bien en Tame. Salimos de mi ciudad a las 6:40 y llegamos a las 7:30. Al aterrizar se mueve bastante la nave, pero eso es normal. Lo de Tababela es un mito urbano.

Lo dice un sonriente Paúl Granda, alcalde de Cuenca. Va en busca de un taxi.

-Tame nunca ha llegado a tiempo al Coca. Cancelan vuelos. Se atrasan. Pero nunca explican nada.

Lo sostiene Wilson Andrés Simbaña (24), egresado de ingeniería electrónica, pasante en una empresa petrolera en la Amazonía.

-Estoy laborando desde las doce de la noche en esta isla librera, pero el movimiento empieza a las tres de la mañana. La gente compra confites, chocolates. Periódicos, pocos. ¿Libros? Poquísimos. Algunos de fotografías paisajísticas. De autoayuda. El inevitable Inferno, nuevo “best seller” de Dan Brown.

Lo comenta Sara Vega (19), que ya trabaja cuatro meses acá.

Mirar, a las ocho y quince, el tablero electrónico: ahora son tres vuelos cancelados, dos de Tame (a Guayaquil y Santa Rosa) y uno de Aerogal (Coca).

Comprobar que en el local “De Volada”, los precios de la comida son más  baratos que en otros locales.

Leer en una pizarra, escrita, con tiza tradicional, la oferta del día: un hotdog más un refresco más papas fritas, dos dólares con noventa y nueve.

Percibir cómo transcurren las horas extrañas.

Escuchar quejas, malestar, conformismo, satisfacción, indiferencia, aplausos, risas.

Contagiarse en la sala de arribo internacional: la espera, la tensión, el desborde amoroso, los abrazos, las lágrimas, las flores, los apretones de manos, los carteles escritos a mano y al apuro con marcador rojo:

-Bienvenido a tu tierra, hijo mío.

Preguntarse qué hacer con la distancia entre Quito y Tababela.

¿Y con el frío?

¿Y con la necesidad de madrugar?

¿Y con el costo del transporte hasta el aeropuerto antiguo?

¿Y con los vuelos cancelados o demorados?

¿Y con el futuro de este aeropuerto?

Quedarte con tantas preguntas, pero…

Entender las emociones y los nervios y la resignación y los sentimientos y la prisa y la urgencia y los mitos y los tabúes…

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Ilustración de Simon Siwak (enkil.org)