Zurita

Sí, como la de un boxeador que recibe un golpe, queda en estado semi-inconsciente y no sabe cómo manejarse, no entiende qué es lo que está sucediendo en el ring.

La fama hay que saber administrarla, decía un laureado escritor a quien, precisamente, la vanidad hizo que el éxito se le diluyera entre los dedos.

Lo dice también Eduardo Zurita Gil, el organista más famoso del Ecuador entre 1965 y 1986: hizo cantar, bailar, llorar, emborrachar, enamorar a miles de parejas con sus 21 discos L.P., sus 10 CD y sus centenares de presentaciones ante un público que le rendía tributo y lo seguía por teatros, coliseos, estadios.

Fue uno de los primeros artistas que decidió fundar su propio local: el inolvidable El Candil, en las quiteñísimas calles Amazonas y Cordero, esquina.

Por El Candil de finales de los años sesenta pasaron grandes artistas iberomericanos como Leo Marini, Yaco Monti, los Wawancó, Armando Manzanero, Altemar Dutra,  Alberto Vásquez, Enrique Guzmán…

El Candil no duró, a pesar de tanto éxito. Cinco años después se cerró y Zurita emprendió un viaje en busca de escapar de lo que pensaba que debería escapar: la música.

No sabía por qué intentaba dejar lo que era el eje de su vida.

Cosas de los seres humanos, tan inconformes con lo que nos hace felices, tan mirar a un lado cuando es en el otro donde está lo que realmente somos.

Llegó a Bolonia, Italia, como cónsul del Ecuador, en 1971. Intentó afianzar sus estudios en Derecho. Ya los había terminado en la Universidad Católica de Quito, pero aún le faltaba conseguir el título de abogado.

¿Jurisconsulto? ¿Diplomático? Los dioses de la música se opusieron ferozmente a esas extrañas decisiones de alguien que nació solo para tocar el órgano y llenar las almas de sentimientos, de nostalgias, de amor, de pasiones futuras y presentes.

Fueron esos dioses los no quisieron saber nada de un tal Eduardo Zurita convencional, protocolario, encorbatado, perdido en la multitud.

Y entonces, un general Guillermo Rodríguez Lara, conocido como “El Bomba” por la redondez de su abdomen cubierto de uniformes y medallas, dio el golpe de Estado contra el legendario presidente José María Velasco Ibarra.

Y como sucedió con muchos funcionarios de Cancillería, Zurita terminó de manera abrupta su consultado en Europa y aupado por aquellos dioses vino el milagro: volvió al Ecuador y decidió que nunca más desafiaría a su destino.

Sí, nunca más. Porque, ¿cómo era posible que abandonara la música profesional alguien que solo en Guayaquil y Quito había vendido, en apenas cinco años, más de ochenta mil copias de sus L.P.?

Volvió.

Y nunca más dejó de ser este artista que justo ahora, en la suite 806 de las lujosas Torres Marriot, donde vive y trabaja, se sienta en el taburete, retira el cobertor con el que protege al instrumento que lo ha acompañado toda su vida -un órgano Hammond de los años cincuenta- e interpreta con inusitada pasión, olvidándose de todo lo que está a su alrededor, uno de los pasillos más emblemáticos de la historia de la música nacional: “Noches del Niza”, de Víctor Manuel Salgado.

¿Lo hizo de manera impecable?

¿Fue una interpretación extraordinaria?

A él le quedó la impresión de que no, porque la música, como las mujeres, es celosa.

Y por ser celosa, si la abandonas unas horas, unos días, te reclama, se vuelve indiferente, te deja para siempre.

“Los dedos se me entumecen cuando no toco con regularidad”, reflexiona con un gesto de asombro, con las cejas blancas alzadas, con los ojos muy abiertos, con la sonrisa desconcertada.

Sí,  aquella metáfora (¿metáfora?) de los celos no es un mito. Le acaba de suceder.

En la suite de tres ambientes, decorada con sugerentes óleos abstractos. este hombre de 69 años, con su cabello impecablemente cano, su calvicie brillante y sus características barba y bigote tipo candado, exhibe dos vitrinas donde guarda, con el mismo celo que la música lo trata a él, los tesoros tangibles que ella le ha dado, en especial un disco de oro que ganó en Nueva York, Estados Unidos, a gigantes como Jhonny Ventura, de Republica Dominicana, y a Jaime Llano González, de Colombia.

Mientras ha hecho música, tanta música durante más de medio siglo, Zurita ha ejercido cargos públicos importantes, aunque importantes es un decir: el que más le ha interesado, y que hasta ahora lo hace, es la mediación de conflictos.

Lamenta que el mercantilismo y la música comercial hayan golpeado no solo a los artistas nacionales sino a la identidad ecuatoriana.

Es lapidario:

– En busca de nuestra identidad musical, la hemos ido perdiendo.

Amigo del expresidente Galo Plaza, jamás olvida lo que este le dijo alguna vez en Washington, cuando Plaza era secretario de la OEA:

-Los artistas están donde terminan los hombres y comienzan los ángeles.

Bella frase. Contundente, pero difícil de asimilar sin pensar en la fama,  como aquel K.O. del cual pocos boxeadores son capaces de recuperarse y por eso intentan huir, inútilmente.

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Fotografía cortesía revista Semana de Expreso 

 

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