La banda sonora de una nación

Por Miguel Ángel Bastenier *

(Epílogo del libro Batallas Personales, de Rubén Darío Buitrón)

El libro que el lector está a punto de terminar, presumo que absorto en la intensidad medida de sus páginas, no es una historia académica del Ecuador; tampoco la biografía de sus próceres contemporáneos; menos aún, una geografía política o económica del país.

Pero sí una historia, una sucesión de apuntes biográficos y una geografía del alma ecuatoriana.

Y es, por encima de todo, salvando una breve y quizá innecesaria incursión en otras latitudes, la banda sonora de un país.

Así habla el ecuatoriano medio, menos que medio y más que medio, siempre con claridad, sencillez, pasión educadamente contenida, patriotismo rural y urbano que no se engaña, sin embargo, sobre los problemas, las carencias, las insuficiencias de una realidad frecuentemente abrupta, que sobrelleva con paciencia, inteligencia y tesón, en suma, ecuatorianeidad.

El periodista Rubén Darío Buitrón ha compuesto un excelente libro-reportaje, a la manera de un recorrido por los cuatro puntos cardinales del Ecuador con Quito, tan adivinado como querido, siempre en el centro; y también como una “roadmovie”, un recorrido nacional que se detiene en tantas estaciones como historias personales nos relata.

Son daguerrotipos con el tono sepia de lo que fue y el aire de quien por muy en el presente que se encuentre y desde el que nos hable, nos mira con el recuerdo de lo que está permanentemente dejando de ser, un presente que se tritura a sí mismo para hacerse ayer.

Hay toreros tan lumpen como los propios astados en las corridillas que discurren de villorrio en villorrio; apacibles ancianos, que si fueran españoles imaginaríamos sentados a la puerta de su casa viendo pasar la historia; y todos ellos con una dignísima modestia en la expresión que desde el otro lado del Atlántico a uno se le hace que es como una especie de rasero del ser nacional.

Hay retro-inmigrantes que vuelven de una España que en la mayor parte de los casos se adivina o se declara que no ha sido todo lo acogedora a que su dedicación y esperanza les hacía acreedores, pero que no ha dejado por tal motivo de operar en ellos una transformación que hace el pasado irrecuperable, de manera que ya no son del todo de aquí ni de allá.

Son los ecuato-hispanos con el ruido inclemente de la Península en la garganta y en el corazón.

Rubén Darío Buitrón, como periodista avezado y profesional impecable, se ha acercado a cada uno de estos seres aplicando rigurosamente el escalpelo de las Tres D, drama, dinero y diversión, lo que se vive, el peaje diario de ese vivir, y los momentos de contento interior que algunos llaman felicidad.

Y todos ellos se le han revelado desde distintas posiciones sociales, pero con un vástago central común: una natural serenidad; la masa coral que desfila por estas páginas está integrada por hombres y mujeres que saben quiénes son, lo que es menos común de lo que cabría pensar en el melting-pot racial de la América andina.

Ecuador, usted lector ya lo sabe, pero no todo el mundo puede decirlo con idéntica certeza, no es Bolivia ni Perú, aunque los de fuera seamos capaces de confundirlos.

Son personajes que apenas nos han dicho “hola” ya nos están diciendo “adiós”.

Y con toda probabilidad este periodista, en pulcro cumplimiento de su cometido, ha tenido que hablar con mucha más gente de la que aquí aparece, con una galería aún más extensa de voces, ademanes y actitudes para poblar en una selección natural estas páginas.

Yo suelo decir que el periodista necesita diez veces más material que el que luego encuentra acomodo en el diario o en el pigmento digital, para poder decir que ha hecho a conciencia su trabajo.

Por eso, me atrevo a afirmar que este libro fabricado de fogonazos y crepitar de leños es como la parte emergida del iceberg, esa décima o undécima parte que sobrenada porque debajo yace la gran masa de la vivencia ecuatoriana.

Y también es una lección de periodismo. A mis alumnos de la Fundación de Gabo en Cartagena o de la Escuela de Periodismo de EL PAÍS en Madrid les repito que el reportaje, el encuentro directo, sin intermediarios, del periodista con la realidad, con lo que transmutará en objeto narrativo, es el momento sumo de nuestra labor como profesionales.

Y en Rubén Darío, sabedor de que la separación entre opinión y factualidad no es más que una bienintencionada jaculatoria, el reportaje, o interpretación de las cosas que lucha por ser veraz sin que por ello pueda creer en La VERDAD, así con mayúsculas, es la explosión amaestrada de lo subjetivo.

El periodista Rubén Darío Buitrón tiene como un imán en el trato que hace que sus personajes le hablen como si estuvieran monologando con ellos mismos, única manera de llegar hasta el fondo del saber.

Es este, por ello, el soliloquio probablemente más periodístico con el que he tenido que relacionarme y que he dejado que me llene, que me empape de una sustancia, de un elemento hasta ahora indefinido para la ciencia, que sería la materia prima de la que se hace una nación.

Este magnífico libro-reportaje es por todo ello la banda sonora de una voz que se subdivide en las docenas de personajes que la encarnan y, a su vez, se refieren a una fragmentación mucho mayor que es la voz de todo un país.

Y hoy creo saber mucho más del Ecuador por el placer que he experimentado escuchando un libro.

Gracias a Rubén Darío, el periodista y amigo de la tierra de en medio del mundo.

Madrid, España, mayo de 2013
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* Miguel Ángel Bastenier, español, ex subdirector del Diario El País, de Madrid. Como uno de los periodistas de mayor reputación en el mundo, Bastenier ha formado decenas de generaciones de reporteros en su país y en América Latina. Es maestro de la Escuela de Periodismo de El País y pertenece a la élite de instructores de la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), con sede en Cartagena, Colombia, y fundada por Gabriel García Márquez.

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