Kaveh H. Steppenwolf

La llamada fue repentina y casi telegráfica. Alguien de la familia me pedía que fuera a la clínica porque Juan, mi primo más fraterno, había sufrido un accidente en el gimnasio.

En veinte minutos, sorteando automóviles y peatones, todos crispados por el horror del tráfico de las seis de la tarde, atravesé media ciudad y aparecí en el lugar donde hermanos, primos, tíos y amigos hacían sus disquisiciones.

El médico de guardia había dicho que lo prudente era esperar a que llegara el traumatólogo de turno, aunque podía adelantar que Juan tendría que quedarse unos días en la clínica: era evidente, según el joven médico, que lo ocurrido terminaría en una intervención quirúrgica.

Cuando llegó el traumatólogo, revisó con minuciosidad a Juan durante quince minutos, pidió radiografías de la columna, salió a conversar con los parientes y aclaró que lo primero que había que descartar era una hernia discal.

Nos explicó que mañana le harían resonancias magnéticas y que, por tanto, el paciente tendría que ingresar, pero nos advirtió que como había que aplicarle sueros e inyectarle calmantes, lo mejor sería que lo acompañáramos en forma permanente.

Cuando el médico dijo la última frase (“lo mejor sería que lo acompañaran en forma permanente”) unos miramos al piso, otros fingimos pensar en otra cosa y otros, más realistas, nos hicimos la pregunta clave: ¿quién podía quedarse con Juan esta noche?

El médico nos miró  y dijo que la cuestión era seria y que, quizás, tendría que quedarse una semana.

Peor. Hubo más miradas al piso, alguien bostezó, otro miró el reloj, otro tecleó su celular.

-Lo más justo es hacerlo por sorteo. Hacemos números y el que sale elegido se queda.

Lo dijo Claudia, hermana de Juan.

Una hora después ya se habían ido todos, menos yo, que resulté favorecido. Claudia se ofreció a ir a mi casa y traerme lo que necesitaba para acompañar a Juan en la habitación 306.

Junto a la cama donde mi primo dormitaba había un sofá-cama. Era cuestión de acomodarse.

Pero si algún momento pensé que podría descansar e ir a la oficina al día siguiente sin rastro de haber pasado una mala noche, cometí una tremenda equivocación.

A eso de las diez comenzó el martirio. Entraban y salían las enfermeras para ponerse a las órdenes.

Una acomodó el lugar donde yo descansaría y me dio instrucciones de que evitara la posibilidad de que se salieran las agujas que conectaban las venas de Juan con el suero de la bolsa de  plástico que colgaba de un trípode.

La señorita licenciada me dijo que sus recomendaciones eran las de rigor, pero que eso no quería decir que yo me desvelara.

Hasta casi las seis de la mañana, las enfermeras debieron haber entrado por lo menos doce veces. Doce veces que, por supuesto, yo cuasidesperté en mitad de un sueño ácido y extraño.

Excepto Juan y los pacientes de las habitaciones vecinas, que como consecuencia de las medicinas que les suministraban estarían sumidos en la más profunda inconciencia, podría asegurar que en el piso tres nadie más durmió.

Los teléfonos repicaban. Las camillas recorrían los pasillos. Un televisor permanecía encendido, sin ninguna compasión. Se escuchaba correr el agua de los baños. Las enfermeras entraban y salían de los cuartos encendiendo la luz. Saludaban. Preguntaban si todo estaba bien. Yo murmuraba que sí y salían después de apagar la luz.

A las seis en punto, con el día asomando por la ventana, entró el señor de la basura, encendió la luz de nuevo, cambió los recipientes del baño y de la habitación, apagó la luz de nuevo, se despidió y cerró la puerta.

No pasaron diez minutos y la puerta se abrió otra vez. Ahora era la enfermera que traía el desayuno para Juan, pero no para mí. Me explicó la situación:

– Pagaron por la cama de compañía, pero el desayuno es aparte.

Además de pasar en vela, con la espalda tensa debido a cierto pliegue incómodo del sofá-cama, tendría que esperar a que Juan despertara y mirarlo desayunar. Solo mirarlo, porque para mí no había un café ni un pan.

Juan abrió los ojos de a poco y la enfermera le dio los buenos días. Le dijo que estaba listo su desayuno y volvió a repetir la explicación, pero esta vez con una carga de culpa contra nuestra ignorancia burocrática:

– Pagaron por la cama de compañía, pero el desayuno es aparte.

Con hambre, con sueño, con un malestar insoportable, vi a Juan y traté de calmar mi ansiedad.

Cuando terminó de servirse el jugo, una suerte de aguado de naranja, se volvió a dormir.

Minutos después llegó Claudia, me agradeció y me dijo que esta mañana y tarde ella se quedaría con su hermano. Que en la noche “habría que ver”.

Tomé el ascensor, llegué a la planta baja, me dirigí a emergencias y pedí una pastilla para dormir y un permiso para faltar a la oficina.

El médico dijo que no podía extenderme ningún permiso laboral ni tampoco recetarme psicotrópicos.

Con los nervios destrozados fui a casa, me bañé, tomé un café y un taxi me llevó al trabajo.

No sé qué más pasó ese día, pero ni hice el intento de llamar a la clínica para no tener la suerte de que mi número, otra vez, salga premiado.

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Ilustración de Kaveh H. Steppenwolf